Milagro y advertencia

¿Será capaz Massa de ir más lejos que la gestión albertista en relación con los grandes empresarios?

 

Uno de los problemas centrales que observamos de la gestión de Alberto Fernández fue su reticencia a tomar medidas que pudieran ser percibidas como “agresión” por parte de diferentes sectores del poder económico. Se procuró que nada pudiera ser interpretado como voluntad expropiatoria o confiscatoria.

El problema profundo de esa actitud es que se adapta a las “percepciones” de actores que no son portadores de una estricta racionalidad económica, sino que están fuertemente ideologizados, como demostró el apoyo decidido de la elite empresaria al pésimo gobierno de Mauricio Macri, que incluso llevó a algunas empresas importantes a sufrir fuertes pérdidas. Además, la grotesca extensión del concepto de expropiación hacia cualquier voluntad reguladora u ordenadora de la economía, o limitadora de ganancias desmesuradas, llevó los derechos “adquiridos” de esos conglomerados al límite de lo antisocial.

Es decir, que los deseos de esos actores de gran peso económico no pueden ser identificados como la expresión de la racionalidad económica, ni siquiera en términos de sus propios intereses. Por alguna razón que se dilucidará en el futuro, el criterio del Presidente ha sido no ofenderlos, aunque eso implique renunciar a políticas públicas de gran importancia social o económica.

Así ocurrió con los casos del grupo Vicentín, del control de los precios de los alimentos, del control del movimiento en los puertos –que además se está complicando con el narcotráfico—, del control sobre las maniobras empresariales evasoras con el comercio exterior y del pago de deudas en dólares al exterior, etc., etc.

Entendemos que esa actitud puede haber tenido algún beneficio político transitorio –el reducir los puntos de fricción con el poder— pero tuvo altísimos costos económicos: así se llegó al final de la gestión Guzmán, con niveles inflacionarios muy peligrosos y con una corrida cambiaria producto del descontrol regulatorio previo, asentada en la escasez de las reservas que no supo cuidar la administración hasta mediados de este año.

Esa recaída en una maraña de especulación constante y acelerada fue producto de no ejercer con autoridad el rol del Estado, que en el capitalismo –no en el socialismo— tiene también la función de proveer de previsibilidad y estabilidad al ciclo económico. Al prestarse a los caprichos de las diversas fracciones empresariales, el gobierno incumple con su función en la economía, y al mismo tiempo queda expuesto ante la sociedad como el responsable de la irracionalidad que no es capaz de neutralizar. La carne vacuna tiene el precio que tiene en nuestro país porque el Estado no está en condiciones de establecer reglas de juego que compatibilicen el interés empresarial con el interés social.

La mirada empresarial puede ser miope, porque se ocupa de su negocio y nada más. Pero si el Estado abdica, en nombre de la “convivencia” de su rol regulador fundamental, precisamente colabora con la destrucción de las bases de la convivencia, y de un sobreentendido civilizatorio básico: los derechos a la supervivencia les asisten a todos los habitantes.

¿Será el ministro Massa capaz de ir un poco más lejos que la inconducente gestión albertista de la relación con los grandes empresarios?

Al comienzo de la gestión pareció mostrar una actitud más enérgica: denunció prácticas de empresas importadoras cuya verdadera función era arrebatarle dólares baratos al Banco Central. Recientemente también fue denunciada por las autoridades una empresa minera que opera en Catamarca, que declaraba sólo un tercio de lo que estaba exportando. El viernes pasado, el diario Ámbito Financiero informaba: «Aduana volteó mega cautelar por U$S 128 millones. La empresa la iba a utilizar para ‘stockearse’ a valor oficial. Al ser descubierta, desistió».

El intento de saqueo de los recursos que  legalmente le corresponden al Estado es permanente y tiene enormes dimensiones. Las exageraciones delirantes en torno al “estado expropiador” encubren exactamente lo contrario, la voluntad de actores del sector privado de saltearse todas las normas con tal de maximizar ganancias, aunque eso arrase la capacidad estatal de funcionar correctamente. Y los castigos para ese sector parece que no existen.

 

Inflación por expectativas ideológicas

Producto de la increíblemente débil autoridad estatal es que el liderazgo económico, y sobre todo la generación de expectativas, queda exclusivamente en manos de aventureros, delincuentes o estafadores ideológicos. Las expectativas no son un producto de la naturaleza, sino un conjunto de imágenes que se les aparecen a los individuos y a los tomadores de decisiones, fuertemente intervenidas por la sociedad en la que se desenvuelven, sus fuentes de información o desinformación, el sector social al que pertenecen, las ideologías que circulan en su entorno.

Parte de esto es lo que pasó con la corrida cambiaria que aceleró la renuncia del ministro Guzmán. En las semanas previas y posteriores a la corrida, el desconcierto, la incertidumbre y la creencia en cualquier rumor llevaron a una remarcación completamente desordenada de precios, que caotizó aún más las cadenas de producción y comercialización.

Hoy tenemos precios altísimos en relación al poder adquisitivo de la mayoría, desordenados, que encubren tanto ganancias extraordinarias como incapacidad de venta en ciertos sectores. Si el gobierno lograra quebrar la expectativa devaluatoria recomponiendo fuertemente las reservas, el paso siguiente debería ser dotar de cierta racionalidad a los precios del entramado productivo, desordenado por el caos inflacionario. Naturalmente, no podía ser baja una inflación producto de esa ensalada de reacciones sociales arbitrarias y caprichosas.

No sabemos en qué estrategias está pensando el ministro para bajar la inflación –y mejor aún, bajar los precios—, pero lo que no puede pasar por alto es que repetir el camino “gradualista” (hacia la nada) de Guzmán no es una buena decisión política.

 

Gira por Estados Unidos

El ministro Massa exhibió sus relaciones con importantes sectores de la política y la economía norteamericanas en su reciente visita a Nueva York, Washington y Houston. Si bien no se concretaron anuncios de grandes sumas de dólares de diversas fuentes que podrían acrecentar las reservas del Banco Central, ni se terminó de cerrar el muy importante acuerdo de intercambio de información tributaria –que permitiría captar mayor recaudación impositiva de dinero fugado a ese destino—, es evidente que expresó un acercamiento significativo con la administración norteamericana.

El gobierno del Frente de Todos aparece hoy tironeado entre la vocación multilateralista y latinoamericanista de algunos sectores, y el alineamiento abierto con los norteamericanos de otros.

Para Estados Unidos, que está librando una batalla global contra el ascenso de la República Popular China, reafirmar su control sobre la región sudamericana, a la que considera naturalmente propia, resulta fundamental y explica la hiperactividad del embajador Stanley. Los norteamericanos tienen en el bolsillo a Juntos por el Cambio y a Milei. Con ellos ni hace falta hablar. La duda está en relación al FdeT y en especial sobre el kirchnerismo.

Entre los campos que especialmente interesan a los norteamericanos figuran los enormes recursos naturales en materia de energía y minería, el acceso de las empresas norteamericanas a diversos negocios en el mercado local, la capacidad de nuestro país de afrontar los grandes vencimientos de deuda dentro de pocos años con grandes fondos norteamericanos, y por supuesto, acotar la presencia china en nuestra economía y en la región.

La posición norteamericana, repudiando el atentado a la Vicepresidenta, marcó un punto de equilibrio frente a la impresentable reticencia de la oposición local, y demostró nuevamente que la derecha local sólo es anti-norteamericana cuando se trata de defender posiciones aún más reaccionarias que sus referentes estadounidenses.

La Argentina, para terminar de recomponer su situación económica, debería negociar con todos los espacios que le puedan aportar soluciones financieras, productivas, comerciales y tecnológicas. No está en condiciones de desdeñar ningún aporte externo a su recuperación y esperemos que continúe el impulso que ya se está concretando con el ingreso a los BRICS.

Como venimos insistiendo en esta columna, la dirigencia política no debería estar dispuesta, en el contexto de una coyuntura complicada, a entregar el destino nacional y las políticas públicas estratégicas a quienes externa o internamente nos tiren unos dólares para zafar en la coyuntura.

Que el escarbadientes Claver Carone no nos tape el bosque.

 

 

Cristina y el milagro

El intento de asesinato de Cristina va mostrando una cara horrible de la sociedad argentina, que se viene incubando desde hace un tiempo. Es inevitable relacionar la irracionalidad, el odio, y la pasión violenta con el movimiento social que dio origen al macrismo, el conflicto desestabilizador del campo contra el gobierno kirchnerista. De allí en más, la derecha cultivó la furia y fidelizó a su propio electorado hundiéndolo en un mar de falsedades que promovían la indignación y el resentimiento.

La milagrosa supervivencia de Cristina al criminal atentado debería hacer reflexionar a sus propias filas. ¿Cómo se llegó a esto? ¿Qué cosas no se hicieron bien? ¿Por qué hay un avance incesante de la derecha, a pesar de haber protagonizado un gobierno pésimo y de no mostrar ninguna propuesta que tenga que ver con el cuidado y la protección de la gente? ¿Tendrá esto algo que ver con una estrategia política y económica claudicante del gobierno del Frente de Todos, que desestimuló y desmovilizó a sus propias bases?

En su reciente reunión con valiosos curas y mujeres pertenecientes a la iglesia católica, uno de los sacerdotes presentes, en forma muy sencilla, señaló que los principales problemas de los pobres hoy son los precios de los bienes básicos, la falta de terreno para la vivienda y el avance de los narcos en los barrios más pobres.

Cristina, que los escuchó con atención, comentó en algún momento que se debe dialogar con los que piensan distinto. No es nuevo en ella. Lo ha señalado reiteradas veces en los últimos años: ha convocado insistentemente a un acuerdo amplio, un acuerdo político, un acuerdo para superar la economía bimonetaria, que involucre a todos los actores, incluidos los medios. Creo que la mirada de CFK va más allá: observa los peligros de la desintegración nacional y quiere preservar un país pacífico con cierto control de su propio destino.

Podríamos ir más lejos para observar la postura acuerdista de Cristina: podríamos decir que la propia designación de Alberto Fernández como candidato a la Presidencia de la Nación fue en sí misma una propuesta de diálogo.

Y no cabe ninguna duda que Alberto Fernández, ya como primer mandatario, hizo todo lo posible y lo imposible para establecer un diálogo nacional. Nadie lo podría acusar de lo contrario sin faltar a la verdad. Que se hayan burlado de él, que hayan aprovechado su estilo para aumentar sus beneficios a costa de la sociedad, que hayan mostrado el eco nulo de las convocatorias a la responsabilidad lanzadas por el Presidente, va por cuenta de los que fueron invitados a conversar.

Lo cierto es que “el otro lado” no sólo no acepta la propuesta de intercambio, sino que interpreta como debilidad el convite al diálogo, y utiliza todas las herramientas a su alcance para debilitar al gobierno, al movimiento popular y a los trabajadores. La rama más extrema busca directamente la aniquilación del kirchnerismo, cosa que es imposible sin una dictadura o un régimen fascistoide.

Cristina, luego de un atentado contra su vida, vuelve a convocar al diálogo.

¿Se podrá concretar ese milagro?

  • El milagro de acordar con quienes no quieren acordar.
  • El milagro de dialogar con respeto con quienes no quieren respetar ni escuchar ni converger.
  • El milagro de pacificar a los que apuestan al odio y la beligerancia permanente como su principal argamasa política.
  • El milagro de un acuerdo nacional para aquellos a los que la palabra nación ha perdido todo significado trascendente, no en nombre de la Humanidad, sino de la rentabilidad.

Sería lamentable que en este contexto de brutal agresión derechista y de surgimiento de un neofascismo que trata de abrirse paso en nuestra sociedad, el punto de encuentro y de moderación colectiva se estableciera en torno al proyecto regional neocolonial de los Estados Unidos.

Todo dependerá de cómo el movimiento popular procese el intento de asesinato, que no es sólo a Cristina, como todxs sabemos.

 

 

 

 

 

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