OTRAS PALABRAS CON LAS MISMAS LETRAS

Primera novela de una escritora consagrada de quien, se dice, renueva la literatura norteamericana

 

Útiles para poetas flojos de imaginación y psicólogos perezosos que cuando el paciente dice “pared” interpretan “padre”, indispensables en el Scrabble, los anagramas resultan singularmente deportivos a la hora de jugar con la generosidad del lenguaje. Forma de escarbar en la reordenación de la palabra es la elegida por Lorrie Moore (Nueva York, 1957) para estructurar y dar título a su primera novela, recién publicada por estas playas.

Anagramas, la novela, presenta una historia en la que el procedimiento atañe más que a algunas palabras, a tres personajes. Benna, protagonista y narradora, criada en una casa rodante fijada al terreno que sirve de vivienda permanente a una familia tipo, luego profesora de danza, de aerobics, de literatura en una versátil universidad municipal; creadora de relaciones imaginarias. Gerard, un músico más o menos frustrado, erudito de los clásicos y un tanto alcohólico. Eleanor, la amigota excedida de peso, tan descreída como ansiosa del amor. Personajes y vínculos que se mantienen mientras que los escenarios y las situaciones coyunturales varían.

 

 

La autora, Lorrie Moore.

 

 

Una escena puede ir cambiando a otra, a través de un acontecimiento aleatorio en una suerte de túnel del tiempo y el espacio que bien puede ser una venta de garage, una borrachera, un aborto. Tránsito, escenografía y atmósfera adquieren contexto a partir de pequeñas señales; estrenos cinematográficos, canciones de moda, Presidentes, íconos característicos de la protocultura del mediopelo norteamericano, reconocibles para la población de cabotaje no menos que fuera de esas fronteras a través de las series de TV. Material de abundancia cuantitativa y límites cualitativos, adquieren valor en una escritura basada en la tradición predatoria de la novela policial y la narrativa costumbrista que supo signar la literatura de los Estados Unidos durante medio siglo XX.

Doce años anterior a ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? (1994), su segunda y exitosa novela, Anagramas adquiere raudamente un ritmo frenético, propio del humor de una sitcom, que por ráfagas se convierte en un salpicado standapero en el que Moore sorprende ironizando lo patético: “Reviso las fichas para ver cómo mis estudiantes imaginaron alguna vez su alma. Hay dibujos de cosas que parecen platos voladores, galletitas Oreo, botellas de leche, lágrimas, fantasmas, cabezas de fantasmas, fuego, lenguas de fuego, un televisor, un bowl, una pelota negra, una ficha anónima que dice ‘esta clase es una mierda’, una silla, una flor, varias bombillas de luz”. Alegoría constante, machacona sobre lo banal, disimula su propia profundidad en un despliegue de lo cotidiano donde, en alguno de cuyos resquicios, el lector difícilmente evite reconocerse. Agilidad en la prosa, economía de toda letanía subjetiva, abundancia de localismos, encuentran una armoniosa complementariedad en la traducción argentina de Cecilia Pavón, que —adrede— encuentra un tono, gracias al esfuerzo por evitar cualquier sobreadaptación rioplatense. Casi irónico, el efecto es la traslación de un lenguaje compatible con el conocido doblaje al castellano de las series yanquis, sin exagerar. En el momento indicado, la traductora cuela “bola” por pelota, “sostén” por corpiño para, en otras páginas, llamarles por su nombre salteando los regionalismos.

Médula del relato es el componente imaginario del vínculo, identidad y acción de los personajes. Juego literario que convierte la paradoja en un absurdo teñido de realidad contante y sonante. Trama centrada en el carácter de no-marido de Gerard: “En el formulario de postulación para el trabajo de la escuela municipal, donde preguntaba ‘¿está usted casada?’ (se trataba de información opcional), yo había consignado un enfático ‘No’ y, a continuación, donde preguntaban ‘¿Con quién?’, había escrito: ‘Un tipo llamado Gerard’’’. Porque la vida cotidiana entre Benna y el tipo era la de cónyuges. Cuando estaban dadas todas las condiciones, actitudes y situaciones para ser un matrimonio, sin embargo no lo eran. Categoría, la de no-marido, que en ningún instante la autora explicita de tal forma, constituye un anagrama vincular, afectivo, que se reproduce al infinito con cada uno de los seres que esporádicamente atraviesan la novela. Curioso estado incivil que hace las veces de matriz lógica del relato en su conjunto, emergiendo entre las burbujas de un humor cáustico.

Construcción anagramática, la de Lorrie Moore inviste de cotidianeidad un trasfondo disparado por un pistolero tembleque que, sin embargo, hace impacto en un blanco ignoto aunque merecedor del golpe tal vez mortal.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Anagramas

Lorrie Moore

 

 

 

 

Traducción de Cecilia Pavón

Buenos Aires, 2020

270 págs.

 

 

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