Permiso

El patrón que hoy es calle en el cuartito del fondo

 

Hola. Por favor, no se asuste. Soy la hija de Silvia, ¿se acuerda de mí? Celeste, sí. Era chiquita cuando iba a su casa. Claro, pasó mucho tiempo. Sí, mi mamá andaba para todos lados conmigo a cuestas y a mi hermano más grande, lo dejaba en casa. Él sabía hacer muchas cosas, cuidaba todo cuando no estábamos y se las arreglaba para prepararnos algo rico con lo que hubiera para comer. Pero a mí no me podía cuidar él y mamá no sabía qué hacer conmigo, así que me llevaba a todas partes con ella, claro. Papá murió cuando cumplí dos. Fue un accidente de auto, sí. Terrible. No se pudo salvar nada. Mamá siempre decía eso y lo lamentaba, pero era dura, nunca lloraba. No, yo no me acuerdo de él, ni tampoco sé cómo era ella antes. No hablaba mucho. Sólo sé que era una mujer de su casa y de pocas palabras. No había terminado la escuela. Se casó a los trece y nunca trabajó hasta que enviudó. Bah, seguro que tuvo mucho trabajo, con las dificultades de mi hermano y las cosas de la familia, pero no tenía la experiencia de salir a ganar dinero. No le quedó otra, después. Esa era su principal referencia, lo más importante, el eje sobre el cual giraba. Ella era una mujer fuerte, orgullosa de lo que hacía, responsable, siempre energética y amable. No puedo imaginar qué persona era ella cuando estaba mi papá. En cuanto al rol social, el trabajo le daba una significación mayor incluso que la viudez o la maternidad. Ser una mujer trabajadora era su vida, su identidad. No la recuerdo haciendo otra cosa, se la pasó trabajando sobre-esforzada. Toda la vida así. Sólo volvía para dormir. Se recostaba en la cama y ahí quedaba, tiesa, sin mover un músculo, por cuatro o cinco horas, pero yo sabía que aunque tuviera los ojos cerrados no descansaba nada. Estaba siempre alerta, en tensión, nunca aflojaba. Se levantaba antes de que asomara el sol, antes de que cantaran los gallos o sonara la alarma. Se daba una ducha y me despertaba. Tomábamos unos mates y salíamos, de farra.

Mucha gente nos tendió una mano y dos también. Abrieron las puertas de sus casas para que mamá las limpiara y tendiera las camas, a cambio de esos pesos que nos ayudaron a subsistir, y sí que lo hicieron. Pudimos vivir bien, pese a todo, nunca faltó nada. Terminé la escuela, estudié. Soy maestra. Me gustan los chicos. Ahora es distinto, pero a veces los veo y me acuerdo. Yo no fui nunca al jardín de infantes, entré directo a la primaria y no sabía jugar. No tuve mucha infancia. Hasta los siete fui con mamá a todas las casas donde trabajaba. Aprendí otro tipo de cosas. Era muy chica, pero me acuerdo de todo. Y soy agradecida. Hubo cosas buenas, sí, y algunas cosas raras, porque cada casa es un mundo y nosotras rotábamos por varias.

Aprendí a no incomodar y ser discreta, a no llamar la atención. Mi pasatiempo favorito era mimetizarme en el espacio, como si fuera un mueble o parte de un decorado. Bueno, en general se olvidaban de que estaba ahí. Entonces me volvía invisible, realmente, sucedía la magia. Sin querer descubría secretos. Veía cómo la gente se transformaba. Lo que más me sorprendía era el momento cuando las caras que normalmente mostraban, desaparecían y se convertían en otras, como si usaran máscaras. Al final, no sabía cuál era la verdadera, cuál era la falsa. Cambiaban especialmente la voz y la mirada, y hasta se movían de otro modo cuando creían que nadie observaba, como animales en sus dominios, brutales, groseros, dispuestos a cualquier salvajismo. Vi mucha gente así, en ese estado y lo peor no fue verlos. No. Lo peor fue que me descubrieran viéndolos, que me atraparan. Sí. Algo falló, no sé qué hice mal. Quedé expuesta, perdí la invisibilidad. Fue la entrada a otro mundo, que no era mío. Era ajeno, pero se volvió parte de mí. Lo peor es que no sé decirlo todavía. No sé cómo sacármelo. No sé cómo salir. No sé por qué vine, señora, disculpe, ya me voy. Es que necesitaba confirmar que este lugar existe, que era cierto, que no lo imaginaba. Es así. Sucedió. Fue aquí, en esta casa. Ni puedo contarlo hasta el día de hoy. No hay palabras. No hay nada que hacer, no se preocupe, no quiero molestarla. No, tampoco busco nada. Tengo un buen recuerdo de usted y de la chocolatada. Perdón. No quiero que lo tome a mal. Esto fue hace mucho tiempo, lo sé, pero no puedo dejar de recordar, especialmente estos últimos días, desde que pusieron el nombre del señor a la avenida principal. Cada vez que veo el cartel, la náusea me ahoga, me da un mareo que me atraganta. Me viene a la mente su sonrisa y luego su voz. Clara… pero no esa voz blanda de gelatina que usaba en público, no. La otra voz. Cuando hablaba en serio, en ese tono extra suave, más bajo de lo habitual. Lo que decía era firme y preciso, sin tonterías, sin vueltas. No me hablaba como a una nena. Su voz era feroz, encantadora y amarga, eficaz, sin fallas. Me daba un terror que paralizaba y aunque me pudiera mover, no podía hacer nada. Era ineludible. Sólo hacía lo que él decía, me dominaba. Moría de miedo y de vergüenza, porque en realidad no me obligaba. Sólo me lo pedía, o me lo ordenaba, con respeto, de manera educada y yo obedecía, sin resistirme, sin decir palabra.

Me enseñaron a ser obediente. La palabra de los patrones era palabra santa. Especialmente con él, a quien además todos obedecían con reverencias. No imaginaba hacer otra cosa que obedecer y, a la vez, siempre llevaba la culpa adentro, porque sentía que le daba permiso, que lo dejaba. Eso era lo peor. Era así. Entendía que eran las reglas del juego, era el precio de la subsistencia, la desgracia, el valor de la comida diaria. Entonces lo dejaba que me llevara al cuartito del fondo, al lado de la pileta, mientras mamá limpiaba alguno de los baños, a la hora de la siesta.

Usted sabe. Entró y salió por la puerta, ¿recuerda? Él no se dio cuenta porque estaba de espaldas, pero yo sí, la vi. Usted lo vio. Yo era muy chica. Nunca le dije a nadie, ni a mi mamá, ni a mi hermano, ni a mi marido de grande. Nunca hice nada. Pero estos días estuve pensando y yo no quería eso, ¿sabe?

Me robó la autorización y ahora me doy cuenta, claro, que no la necesitaba. Él tenía permitido hacer esas cosas.

El poder sobre mí, todos se lo daban.

 

 

 

 

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