Me pregunto dónde reside el resorte que salta incontenible cuando muere alguien amado por el pueblo (y que me perdone Loris Zanatta, porque escribo en una lengua que, con toda su sabiduría, él no puede entender). Algunos eran muy jóvenes, otros todo lo contrario. Recuerdo la procesión cuando se repatriaron los restos de Gardel, que vi hace algunos años en una filmación en 35 milímetros. Después son ineludibles los casos de Evita y de Perón. "Buenos Aires, aguantame un cacho más" dijo Pichuco en 1975, y poco después se fue. También lo acompañó una manifestación colectiva de dolor. Sospecho, que tan poco después de la muerte de Perón, se vislumbraba que venían días de horror. También Gatica y Bonavena convocaron multitudes. Hubo que esperar hasta 2010, para que la muerte de Néstor Kirchner actuara como un chasquido que despertó a multitudes hipnotizadas y postergó por tres lustros el castigo que se incubaba para un pueblo que se atrevió a ser feliz. Hace seis años, la despedida al Diego parecía escrita por Scalabrini Ortiz, con el subsuelo de la patria sublevada como aquel 17 de octubre. El Indio es el único de todos ellos que nunca contó con un aparato de difusión, que llegó a una masividad única despreciándolos y dándoles la espalda. Cuando la multitud iba llegando a la Plaza de Mayo el viernes se olía el miedo visceral del gobierno. Y anoche la policía hizo lo que mejor sabe y más le gusta; una absurda provocación con golpes y gases. No voy a escribir más que esto porque mi prosa abarata su poesía. Mejor escuchalo a él, porque es la mejor manera de explicar por qué lo amamos. Le pedí que armara la lista a una persona que quiero mucho y que creció con el Indio.
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