Prohibido prohibir

Silencio cómplice frente a la censura contra Rusia

 

Según tengo entendido (puedo equivocarme), el autor de la ingeniosa políptoton anárquica que titula esta nota sería el entrañable doctor cordobés Deodoro Roca (1890-1942), quien la acuñó en el lejano 1918. Otros atribuyen su origen, algo posterior, a la mente literaria de André Breton.

Sí tengo la certeza de que ese aforismo se volvió mundialmente famoso décadas después, cuando se convirtió en el más popular de los graffitis pintados en los muros de La Sorbona por los revolucionarios de mayo del '68. Esos jóvenes buscaban derrocar al anciano general Charles De Gaulle, hombre mucho mejor que todos ellos, quien finalmente les dio el gusto el 28 de abril de 1969 al tomar la decisión de renunciar a la presidencia de su amada Francia.

Hoy, aquellos jóvenes revolucionarios del '68 son, en su mayoría, viejos burgueses capitalistas, ya retirados. Sus hijos gobiernan Europa y no son otra cosa que engranajes obedientes y serviles a los intereses de Estados Unidos y de la OTAN. Un comportamiento que De Gaulle, si estuviera vivo, deploraría profundamente.

Paradojas de la historia. El viejo general conservador que había peleado en las dos guerras mundiales, resulta hoy –por sus ideas sobre Francia, la OTAN y Estados Unidos en relación con Europa y Rusia– mucho más revolucionario, rebelde y querible que la gris progenie que le sucedió. Nada diferente a la que gobierna el resto de la Unión Europea, ni a nuestros cipayos abanderados del “mundo libre”. Todos reducidos a la ínfima función de repetidores de una propaganda facciosa sobre una guerra que jamás debió ocurrir, pero que en gran parte tiene lugar por el papel subordinado y abúlico de Europa en la geopolítica internacional.

Esa indignidad europea tiene otras manifestaciones. Una es la pasiva tolerancia, cuando no abierta complicidad, con la campaña mundial de censura a los artistas y el arte rusos, articulada por una voluntad ciega, amplia y poderosa, cuyo objetivo es condenar todo lo que se identifique bajo ese nombre. Europa, en su postración cultural, ya ni siquiera tiene memoria de los slogans anarquistas del Mayo Francés, de los que sería la progresista heredera.

  

 

Listas negras

En mi nota sobre el pianista Daniil Trifonov señalaba la censura y muerte civil impuesta por los países “democráticos” a ciertos artistas rusos. Me ocupaba del director de orquesta Valery Gergiev y el tsunami personal que transitó apenas empezó la guerra.

Mencionaba también allí a la gran cantante lírica Anna Netrebko, que debió soportar una situación similar a la de su descubridor y mentor Gergiev, ambos con lazos personales con Vladimir Putin, de los que deberían abjurar. Ante esas exigencias, Netrebko prefirió suspender todas sus presentaciones en Estados Unidos y Europa durante este año. Dejó también un mensaje en Facebook sobre lo que piensa: “Forzar a los artistas o a cualquier figura pública a expresar sus opiniones políticas en público y a denunciar a su patria no es correcto. Debería ser una elección libre. Como muchos de mis colegas, no soy una persona política. No soy una experta en política. Soy una artista y mi objetivo es unir a las personas por encima de esas divisiones”. El Teatro Colón, al menos hasta hoy, no ha suspendido la presentación de Netrebko fijada para el 23 de noviembre. Hago votos para que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no se sume al conjunto de países que dice defender las libertades mientras las anulan, confeccionando listas negras de artistas y obras prohibidas.

La categoría de Netrebko como cantante lírica no reconoce parangón. Sería largo ilustrarla. Quien quiera tener una idea aproximada puede buscar en Wikipedia, en inglés mejor que en castellano. Censurar abiertamente a una artista de su estatura exhibe una inconfesable necesidad de demonización del enemigo, que no sólo no ayuda a la causa de Ucrania, sino que lleva a preguntarse por qué necesita de semejante exceso para hacer valer su justicia.

 

 

Hitler, ¿dónde estás?

Esta semana, varios periodistas televisivos insistían en sus programas en identificar a Putin con Adolf Hitler. Machacaban a toda hora con la idea.

Recuerdo que antes de que Hitler se revelara al mundo en toda su tenebrosa locura, uno de los rasgos que permitieron anticiparla fueron las quemas selectivas de toda clase de libros y las prohibiciones y censuras a determinados artistas y formas de arte. Hitler cumplía, mediante esas prácticas, con el oscuro deseo del presentar al Tercer Reich como la antítesis de la frustrada República de Weimar, con sus libertades, tolerancia y florecimiento cultural.

Qué paradójico. La analogía con aquel proto-Hitler (aunque falta todavía la quema de libros rusos) la estamos verificando actualmente no en Putin, sino en el Occidente “libre”, el de las redes sociales y los grandes medios multinacionales, que bendicen –por acción u omisión– las listas negras y las censuras a Rusia. En contraste, no tenemos noticias de que ocurra algo similar en Rusia, que parece no haber actuado de modo recíproco. Por el momento, no se conoce que Putin haya prohibido y armando listas negras con artistas europeos o norteamericanos, o con las obras culturales que los representan.

Concedo que quizás no lo sabemos porque en las democracias occidentales, además de todo lo dicho, se censura y selecciona la información que proviene de Rusia para que solamente nos alimentemos de las noticias que genera una de las partes de la contienda. Información que se convierte, por su parcialidad, en propaganda: ese arte menor que los nazis llevaron a un nivel nunca antes alcanzado en la historia.

 

 

Deutsches Requiem

Jorge Luis Borges escribió sobre el nazismo, del que tanto se habla, en el cuento Deutsches Requiem, incluido en el libro El Aleph (1949). Allí se colocó en la persona del oficial nazi Otto Dietrich zur Linde, que reflexiona antes de ser fusilado por torturador y asesino, responsable de un campo de concentración.

Tres aspectos llaman la atención de este texto de Borges, que contiene una advertencia a estos señores que suelen encontrar nazis por todas partes, menos entre ellos mismos o sus preferencias.

El primer aspecto es el carácter marcadamente civilizado, culto y sensible que revela zur Linde a través de su relato autobiográfico. Al leerlo nos parece imposible que quien escribe sea un torturador que va a ser fusilado por horrorosos crímenes y no una persona virtuosa. La idea que subraya Borges es simple y sugestiva: probablemente ningún nazi real haya sido parecido a la idea estereotipada, cinematográfica, que tenemos sobre los nazis.

El segundo aspecto es que zur Linde sabe con certeza que hizo el mal y asume su responsabilidad, aunque no aparece, en absoluto, arrepentido. Ya fue hallado culpable en un juicio justo. Su juicio particular ya fue consumado al momento del relato. Zur Linde piensa: “Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo”; “Me satisface la derrota porque es un fin y yo estoy muy cansado”; “Me satisface la derrota porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un hecho real es blasfemar del universo”. Por esa conciencia sobre sus crímenes, zur Linde se encuentra ansioso de recibir el castigo que le corresponde. Lo vive como una forma de felicidad que, tratándose de Borges, remite a Dante y a la escatología católica de La Divina Comedia. Los condenados al Infierno están ansiosos de lanzarse a la pena: “Prontos son a atravesar el río, /porque el Juicio eternal los espolea, / y les muda el temor en ansia y brío” (Inf. III, 124-126). La impaciencia por entrar en la perdición, que prevalece sobre el inmenso terror de un tormento eterno, es la prueba de que el fin último del hombre está más allá de él mismo: es el orden moral del universo.

El tercer aspecto, el más inquietante del relato, es una reflexión de zur Linde que supera el ansia de castigo individual por sus crímenes para establecer cómo llegó a ser, siendo quien era al principio de su vida (un noble prusiano), la persona en que finalmente se convirtió. Zur Linde creía fervientemente que los malos –los nazis– eran los otros, sus enemigos. No él, ni el nazismo. Afirma que, en definitiva, lo importante es que rija la violencia. Que la victoria, la injusticia y la felicidad sean para las otras naciones: “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

Los tres aspectos ilustrados conducen a una conclusión que no es más que una grave advertencia del texto de Borges al mundo de 1946, que prosigue a la derrota de Hitler. Su idea-fuerza es que nadie pudo pensar que Alemania terminaría sumida en el nazismo. Por eso cuando –en el futuro– el nuevo mundo que surja en 1946 elija el mal, deberá recordar que aunque quisiera convencerse de que es bueno y de que jamás podrá ser igual a aquello que resultó el mal absoluto (el nazismo), si está eligiendo positivamente el mal y lo ejecuta, los nazis estarán de vuelta en el nuevo mundo. “Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo (…) Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir”.

Los periodistas argentinos pueden estar acertados en afirmar que Putin es un tirano y asesino como Hitler o que el gobierno ruso es una dictadura, de las peores que existen. También que Putin, sus generales y su ejército sienten placer en masacrar a civiles y niños en Ucrania. Pueden decir todo eso y más sobre las monstruosidades que hoy hacen los otros, los rusos, los nuevos nazis.

Pero que no les vaya a pasar como a zur Linde que, horrorizado con los crímenes que atribuía a los otros, a los enemigos, vivió conforme bajo lo que consideraba la virtuosa facción a la que pertenecía sin jamás ejercer en su contra el más mínimo espíritu crítico. Hasta que fue muy tarde y ya ni siquiera tenía fuerza moral para escribir sobre las torturas y crímenes indecibles que había cometido.

Actualmente, la actitud de elegir el silencio cómplice frente a la indubitable censura, las listas negras y las cancelaciones, asumidas sin tapujos contra todo lo que sea ruso en Occidente, equivale a la paradoja del nazi zur Linde. Veía con espanto a sus enemigos, pero no percibía en absoluto los horrores propios, los únicos sobre los que tenía certeza plena en cuanto a su realidad, porque él los ejecutaba. Esperemos que, como zur Linde, algunos lenguaraces periodistas argentinos no terminen descubriendo que los nazis, finalmente, son ellos y no Putin.

 

 

El dictador misógino

La primera víctima de toda guerra es la verdad. Así vimos como Ucrania calculaba esta semana entre 10.000 y 12.000 soldados rusos muertos, apenas superados los siete primeros días de la guerra. Al día siguiente de esas estimaciones, el Pentágono hizo el “preciso” cálculo de que los muertos eran entre 2.000 y 4.000. En menos de 24 horas, resucitaron entre 6.000 y 8.000 soldados rusos. Paralelamente a lo anterior, conforme informaciones presentadas con asertividad, ese mismo diezmado y debilitado Ejército ruso procedió –de modo contemporáneo a las bajas– a ejecutar una indiscriminada masacre de civiles, con mayoría de mujeres y niños, haciendo gala de una crueldad indescriptible que habilita la intervención de la OTAN en territorio ucraniano. La respuesta a la información sobre tales masacres llegó rápidamente y desde China, recordando a las potencias occidentales su sociedad indestructible con la Federación Rusa.

Putin es también, en su persona, destinatario de mitos denigrantes. Uno de los más populares y repetidos en la prensa es su misoginia machista, que automáticamente lo coloca en el campo opuesto al feminista. Estas semanas supimos que es amigo de Anna Netrebko. Además, nuestros comunicadores no se cansan de recordar su amical relación con Cristina Kirchner. Putin resulta así un extraño misógino al que, por lo nos informan los mismos medios que lo denigran, le gustaría trabar amistad con mujeres tan talentosas como hermosas.

Mejor terminemos escuchando a Netrebko, interpretando dos arias de Giacomo Puccini, Quando me'n vo' soletta per la via y O mio babbino caro:

 

 

 

 

 

Dos arias en el papel de Violeta en La Traviata, del maestro Giuseppe Verdi; el Brindisi –junto a Rolando Villazón– y luego, Addio, del passato, la oración fúnebre que trata sobre la soledad esencial del alma humana y el destino inexorable de la muerte.

 

 

 

 

Por último, dos arias de Mozart: Deh vieni non tardar, de Las Bodas de Fígaro y La ci darem la mano, de Don Giovanni.

 

 

 

 

 

 

 

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