¿Celebrar a nuestros mártires?

Ellos no "dieron la vida", sino que se la robaron

 

Muchas veces, y creo que con razón, nos critican a los cristianos acusándonos de “necrófilos”. Dicen que aplaudimos el dolor y la muerte. Celebramos a los santos el día de su muerte, no el de su nacimiento, tenemos como signo emblemático una cruz y un crucificado, damos valor a los sacrificios y creemos que lo que nos “salvó”, lo que nos da la vida, es el sufrimiento y la muerte de Jesús. “Carne de diván”, dirá más de uno con sabia ironía.

En estos días, los argentinos (para seguir en esta línea) vamos a celebrar, a conmemorar a cuatro mártires: cuatro asesinados por la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica. ¿Tiene sentido celebrar la muerte, la tortura, la violencia? Sin duda, ¡no!

Creo que hay mucho de todo eso, lamentablemente. Mucho es fruto de una vieja espiritualidad “dolorista” que debiéramos haber dejado atrás hace ya mucho tiempo. Esa que hablaba de cilicios y ayunos, flagelaciones y sangre. Hace tiempo que destacamos que no valoramos a aquellos que “dieron la vida” (sic) sino a aquellos que “dieron vida”, lo cual es muy distinto. Y precisamente porque dieron vida, eso molestó a los artesanos de la muerte. Estos, los asesinos, los que “odian” la vida, son los que celebran. Celebran haberse sacado de encima, hacer desaparecer del horizonte del cotidiano a quienes molestan. A quienes les molestan. Es que la vida abundante, para algunos, debiera ser solo para ellos, de puro angurrientos que son. Y por el contrario, los que quieren dar vida empecinadamente buscan que todos la tengan, en especial aquellos que la tienen amenazada. Los pobres.

La palabra clara de Carlos de Dios Murias molestaba a los que querían una vida solo “para mí y los míos”. Cuando lo van a buscar los desaparecedores, Gabriel Longueville le dijo “voy con vos”, porque la vida de Carlos también le importaba. La vida de sus compañeros campesinos le importaba a Wenceslao Pedernera, tozudo e insistente con eso de las “cooperativas” para que la vida digna llegara a todos. La vida de su comunidad (“rebaño”) le importaba al Pelado Angelelli y no quiso dejarla para salvar la suya.

Es vida que sembraron, es vida que les arrancaron. No “dieron la vida”, se las robaron. Y lo que celebramos es la vida, la de ellos y la de aquellos que se beneficiaron con su siembra. Y odiamos la muerte, la violencia y la tortura (no a los matadores, violentos y torturadores, para seguir el consejo de Wence… y el de Jesús).

La complicidad con los matadores, la de ayer y la de hoy, nos duele. No por los cuatro, que ya no pueden lastimarlos más. Tampoco por nosotros, porque no les creemos. Nos duele porque aquellos que debieran mirar la vida de frente y reconocerla, y celebrarla, eligen cerrar los ojos y desviar la atención. No esperamos nada, en este sentido, de los aplaudidores de la dictadura de ayer y gobierno de hoy. Tampoco de los bendecidores. Por eso esperamos que el Pueblo de Dios pueda mirar a Carlos, Gabriel, Wenceslao y Enrique y ver vida, ver siembra, ver frutos. Pobres los que celebran sus muertes, cómplices inconscientes de los criminales. Bienaventurados los celebradores de la vida. Los que miran sus ejemplos y testimonios, vidas de fidelidad y compromiso que no se achican ante la violencia y la muerte, sino que la enfrentan y la miran a los ojos confrontándola con la vida. Y bienaventurados los que hoy, siguiendo sus huellas, quieren seguir sembrando vida. Los que creemos en el Dios de la vida sabemos que de siembra se trata, “Dios da el crecimiento” (1 Corintios 3,6).


Publicado por Blog de Eduardo en 2º Blog de Eduardo de la Serna el 4/15/2019

5 Comentarios
  1. Lorenzo dice

    SANTOS QUE CONOCEMOS

    Un día de los años 1972 o 73, cuando aún no había terminado el secundario, un intercambio estudiantil me llevó a Córdoba, junto a estudiantes y profesores.
    Cuando faltaban pocos días para regresar a nuestro pueblo – San Clemente del Tuyú -, a instancia de una profesora y dos compañeros viajamos a la ciudad de La Rioja.
    El motivo, visitar a un grupo de monjas de la Congregación de Inmaculada Concepción, ellas habían sido nuestras profesoras en el colegio del pueblo.
    Esas religiosas, habían tenido con nosotros una conexión espiritual, que daba origen a un mutuo cariño.
    El encuentro fue muy emotivo, fuimos a una vivienda parroquial detrás de una pequeña capilla, donde ellas humildemente residían.
    Volvernos a ver después de bastante tiempo con nuestras ex profesoras, fue emocionante para todos. Por lo tanto, para nada extraño fue un amontonamiento de palabras, historias mal contadas, y preguntas a medio responder.
    Mate va y mate viene. Demasiado afecto nos había unido durante varios años. Ellas ahora, cumpliendo un Voto de Pobreza, habían dejado nuestro pueblo de mar y arena.
    En un momento «apareció» aquel hombre, alto, de tez blanca, algo calvo, cara redondeada, gruesos anteojos de aumento, vestido con una camisa blanca arremangada, pantalón obscuro, ropa que me pareció muy sencilla y modesta, cuando supe quien era.
    —Les presento a Monseñor Enrique Angelelli Obispo de la Rioja. — dijo una de las monjas.
    El Obispo, bastante ancho, robusto, con expresión de hombre bonachón y campechano, sonriendo nos invitó a ser nuestro “guía turístico” por unas horas.
    Para no dejar descansar mi capacidad de asombro, nos mostró su vehículo que era una especie de motoneta un triciclo con un gran canasto de madera.
    Dado el “tamaño” del religioso, verlo conducir aquel carromato motorizado, daba para caricatura, pero ¿Quién se podía reír del Señor Obispo?. Pronto supimos que el era el primero en reírse de su estampa.
    Subió al volante y salimos por los polvorientos caminos de aquella provincia, nos paseo por paisajes serranos cercanos a la ciudad, un embalse, de los más bellos lugares de esas geografías, algún sitio histórico impactante a nuestros ojos bonaerenses. Nunca olvidaré aquel Patero exquisito que una amable señora me dio de beber.
    Tampoco puedo olvidar, sitios suburbanos de aquella Rioja de los setenta donde la pobreza, miseria y desamparo “dolían a vista y alma”.
    En un momento Angelelli detuvo el precario vehículo frente a un rancho con paredes de adobe y techo de paja, nos invitó a ingresar con él e inmediatamente estábamos dentro de la única dependencia de la precaria vivienda de metro y medio por metro y medio.
    El techo era tan bajo que nos obligaba a tener encorvada la espalda. Allí había una única mujer pequeñita sentada en una silla, luego supe de su gran dificultad para caminar, tendría unos 75 años.
    Sentada en penumbra del ajustado espacio del rancho hilando lana con sus sufridas manos.
    Era pleno invierno, por eso había encendido dentro de un brasero unos leños para calentar el lugar.
    El aire era irrespirable, casi no podíamos abrir los ojos, las lagrimas no paraban de caernos, espeso el humo, nosotros “llorando” y Angelelli sin dejar de sonreír, besó a la anciana mujer. Ella le entregó ovillos de lana y él le dejó unos alimentos y algo de dinero.
    En un rincón, una vieja máquina de coser y sobre ella un retrato de Evita en blanco y negro, era una definición en carne viva de un mito imposible de explicar.
    Nos despedimos de la anciana, Angelelli prometió volver al otro día.
    Salimos de allí y nos describió cual era la tarea que realizaban para menguar el sufrimiento por aquellos cerros. Llevaban lana virgen a estas personas necesitadas para que las convirtieran manualmente en ovillos de hilo y luego el mismo la comercializaba y cambiaban por alimentos y dinero, que entregaban a esos seres, pobres de toda pobreza.
    Creo que, el polvo de esos secos caminos, las lágrimas del humo entreveradas con la emoción y el olor penetrante de aquella improvisada calefacción, me duraron varias horas, pero no me importó demasiado, ese día supe que aquel Obispo de la Rioja era; no solamente el más alto dignatario de la Iglesia Católica en aquellos lugares.
    Yo que había estudiado en un colegio religioso, nunca había cruzado mirada alguna y menos una palabra, con un Obispo en mi provincia.
    A pocas horas de conocerlo, aquel ser de maravilloso, abrió su corazón para hacernos saber de qué se habla, cuando se dice; prójimo.
    Obviamente sin saber lo que ocurriría años mas tardes con Angelelli, no era difícil saber que habíamos presenciado el milagro de ver, en “carne y hueso”; un Hombre Santo, caminando entre nosotros.
    Un automóvil pasó lentamente por allí,”— nos siguen—“, recuerdo alguien dijo.

    Enrique Angelelli fue asesinado por el Terrorismo de Estado en agosto de 1976.
    Camino a la ciudad de Chamical. Cerca de la ruta nacional 38, donde cayó muerto, hay un Santuario que lo recuerda.
    Un día del año 2000, recorriendo por turismo esos lugares, me detuve frente al monumento.
    Un campesino, pasaba arreando unas cabras por allí. Se me ocurrió preguntar:
    — ¿Sabe usted por qué murió?
    —Por comunista, dicen. — respondió el hombre.
    Allí no había humo, ni polvo, ni penumbra, pero no pude contener las lágrimas y lloré. Lloré con mi frente apoyada contra la fría piedra del monumento.
    Después, alejándome del Santuario, sentí deseos de mirar atrás por última vez. Allí creí ver, como tantos años antes: El cura morrudo, pelado, de grandes anteojos; saludando con la sonrisa ancha y buena.

    Disculpen si salió algo triste, soy bastante chúcaro para la religión.
    Más de tanto en tanto recibo lecciones, donde alguna voz parece decirme;
    “— ¡Si no crees, al menos recuérdame, por los Santos que alguna vez puse en tu camino!—”.

  2. Andrea dice

    Como católica, y como persona, este recordatorio del sentido de esas trágicas muertes ,que fue luchar por una vida celebrable, me despabila y me hace bien.
    Gracias! por la reflexión.

  3. Norberto dice

    Esta lacra neolibfascista q está destruyendo con prisa y sin pausa, con sistemática y premeditada planificación, los lazos económicos y sociales de nuestra patria, se vanagloria de haber cambiado la imagen de los devaluados billetes argentos. Preconiza una «celebración de la vida» así, en términos biológicos, animales.
    Contra una presunta glorificación de la muerte.
    La perversión simbólica inscripta en esta operación, nos dice, invirtiendo el sentido profundo del rol que adquiere la moneda en un país, que los seres humanos que vivieron en el pasado que por sus acciones públicas adquirieron el carácter de próceres, están muertos. No merecen ser recordados ( en la versión neolib. » glorificados» «exaltados» ). Así deshistorizamos, rompemos todo lazo con el pasado y nos movemos -impunemente- en un presente de neocolonizacion desideologizada, como gustan decir. Son seres nefastos, su única consigna es maximizar ganancias.
    Como el pueblo argentino dijo NUNCA MÁS al terror de Estado y a los golpes, tiene que ser para siempre un nuevo NUNCA MÁS al endeudamiento y a la fuga de capitales, al interés de grupos concentrados sobre el de las mayorías, un NUNCA MAS al FMI, adoptado como emblema de campaña.

  4. myriam dice

    No hay resurrección milagrosa para ellos. Sólo la memoria.

  5. hugo dice

    Muchas gracias!!! y al decir de Leonardo Boff…»no es la muerte quien posee el sentido de las cosas, sino la vida y la resurrección».

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