¿Quiénes somos?

La comunidad Kolla de Salta, junto con varias otras, propone llamar al 12 de octubre “Día del Exterminio”

 

En su prólogo a la lúcida novela de Jorge Torres Zavaleta El malón grande, Carlos Martínez Sarasola subraya “la posibilidad de generar un espacio para la reflexión de un pasado que sigue iluminando este presente que nos interpela acerca de lo que más nos inquieta a nosotros, lo argentinos: ¿quiénes somos?”

En vísperas del 12 de octubre la sempiterna pregunta retorna con toda su fuerza. ¡Qué fecha tan ambigua, inquietante! Se la conocía como el Día de la Raza, para desazón de muchos. En nuestro país, y tras los magníficos festejos del Bicentenario, pasó a denominarse, por decreto, Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Nombre apropiado pero demasiado extenso. Hoy la comunidad Kolla de Salta, junto con varias otras, propone llamar al 12 de octubre “Día del Exterminio”. No les falta razón en vista de los desastres y dramas que los indígenas (ellos aprueban el término, lo entiende como que en verdad significa: oriundos del lugar) deben afrontar en medio de la pandemia y los tremendos incendios culposos, los desmontes, la falta de agua, pero por fortuna el exterminio propiamente dicho sólo quedó en la mente y la voluntad de figuras nefastas a lo largo de nuestra historia. Porque los pueblos originarios tienen una fuerza ancestral y están dispuestos a la lucha. Desde lo legal, naturalmente. Razón por la cual reclaman que se constituya un comité de crisis y reclaman “un fondo de reparación histórica para las comunidades originarias, la creación de un Ministerio Nacional de Educación Intercultural Bilingüe, y el impulso de planes intensivos de salud intercultural que permita ‘la revalorización de la medicina ancestral’”.

Porque hay exterminios por omisión, y aún más, por ninguneo, por negación. Recordemos cuando Mauricio Macri, en el Foro de Davos 2018, dijo su célebre frase: “En Sudamérica somos todos descendientes de europeos”, mientras su gente por estas comarcas inventaba la existencia de la RAM para poder reprimir a los mapuches del sur que alteraban el sueño –distante—de Benetton y de Lewis.

Mucha tinta ha corrido al respecto, y por fortuna mucha tinta indígena. Les viene de lejos, a pesar de las trabas que siempre han sufrido en materia de educación pública. “En el siglo XIX todos los caciques de La Pampa y de la Patagonia escribieron cerca de mil cartas que están en los repositorios de la Argentina; le escribían a los Presidentes, a los jefes de frontera, a los curas. Decidieron escribir para comunicarse con el blanco; escribían sus lenguaraces. Una muestra de cómo utilizaron el recurso del otro para poder comunicarse”, afirmó Carlos Martínez Sarasola en la última entrevista que concedió a un diario. Con este argumento, y con sus libros, sus trabajos y su vida, explicaba la profunda conciencia integradora que tenían y tienen los indígenas y que tanto perturba a los “blancos”. Supo ser el antropólogo argentino que más y mejor se consustanció con ellos, al punto de ser adoptado y rebautizado Colilonko/Colinao por la comunidad gününä ä küna-mapuche Vicente Catrunao Pincén.

En realidad una comunidad que él mismo ayudó a reconstruir, dado que había sido virtualmente eliminada, según cuentan, en vísperas de la llamada Conquista del Desierto. A pesar de lo cual el linaje continuaba en la persona de Luis Pincén, tataranieto del famoso cacique. El antropólogo lo contactó y juntos se  abocaron durante más de veinte años  a reconstruir la comunidad, es decir el Lof, y a revivir los ritos en la pampa, devolviéndole la vida a la sagrada ceremonia del Ngullatún.

Carlos Martínez Sarasola falleció tempranamente de un infarto masivo en Buenos Aires el 29 de mayo de 2018. Muches lo hemos lamentado profundamente, y sus hermanos del Lof narran la despedida que le brindaron:

“Nos preguntábamos: ¿cómo seguiríamos sin él? ¿Cómo haríamos para ocupar ese lugar que dejó vacío y cubrir los espacios que tan sólo él alcanzaba? No teníamos respuesta. Colilonko/Colinao era y es irremplazable».

«Aun así, desde su partida nos hizo sentir lo que sabíamos: que somos parte de un todo. Almas de una sola Alma. Que seguimos juntos. Que nosotros nos fuimos con él y él se quedó en nosotros. Nos reveló ‘el otro lado’, a donde llegan los que parten».

«Fue el primer ‘Blanco tan blanco’ (como lo define nuestro Lonko Luis Pincén) en recibir un ELUWÜN (Funeral Günün-a-küna/mapuche), una ceremonia que no se realizaba desde hacía más de cien años en la región pampeana. El funeral se realizó durante dos días donde acompañamos su viaje al encuentro con sus ancestros, quienes lo recibirían con alegría. Con esa alegría debíamos despedirlo: como es arriba, es abajo”.

 

 

La resiliencia, las recuperaciones

Por su entrega y por sus libros, sobre todo el titulado De manera sagrada y en celebración —que me deslumbró y me impulsó a conocer al autor—, fue que cuando se decidió en el Centro PEN Argentina formar el Comité de Idiomas Originarios, le rogué a Carlos Martínez Sarasola que lo organizara y presidiera. Puso su empeño y entusiasmo en eso, como en todo lo que hacía, y reunió a un valiosísimo y variado grupo: Tayta Carmelo Sardinas Ullpu, Quechua; Daniel Huircapan, Günün a küna (tehuelche); Tulio Cañumil, Mapuche; Francisco Morales, Aymara, y Angela Marcela Jaramillo, Kolla, responsable de Identidad Cultural, Cosmovisión Indígena y Educación Intercultural Bilingüe del Observatorio Regional de DDHH y Pueblos Indígenas.

En conciliábulo redactaron su manifiesto, cuyo punto principal establece lo siguiente:

«El Comité de Idiomas Indígenas reafirma que en la Argentina es necesario un proceso de descolonización tendiente a visibilizar y revertir situaciones institucionales, culturales y epistemológicas afectadas por el eurocentrismo y una falsa creencia de que somos un Estado Monocultural, que ejercen mecanismos de subordinación y poder históricamente en perjuicio de los Pueblos Indígenas y los colectivos más vulnerables. Este desafío lo asumimos como sujetos de derecho, en primera persona y con nuestras propias voces. Reafirmando que el término genérico indígena reúne a los casi 40 Pueblos preexistentes a los Estados Modernos, ante la ley. Y reafirmando la identidad y nombre propio de cada uno de estos Pueblos, como parte del Proceso de Re-etnización».

Las propias voces y la re-etnización son los términos claves. Muchos diccionarios bilingües han sido penosamente organizados rastreado vocablo por vocablo entre los abuelos y las abuelas de la tribu. Así ocurrió con un idioma que se creía extinguido cuando murió el último cacique en 1960, el  gününa yajüch de los Gününä ä küna de La Pampa. Daniel Huircapan no pudo resignarse y salió a rastrearlo con infinita paciencia hasta armar un diccionario bilingüe. Algo similar ocurrió con la variedad de mapudungun hablado en la zona de Los Toldos, donde el cacique Coliqueo llegó con su tribu en tiempos de Mitre. Recuperar y transcribir la lengua ancestral fue y sigue siendo una ardua y gloriosa tarea. Y recuperar los cantos, tal como lo hace Carina Carriqueo cuando con su conmovedora voz entona un Tahiel sagrado.

 

 

 

 

 

 

En medio de tantas penurias y dolores, de tantas humillaciones y desprecios, es extraordinaria la resiliencia de estos pueblos apegados a la tierra. Ellos no deben preguntarse: ¿quiénes somos? Lo saben desde tiempos remotísimos, aunque hayan sido obligados a olvidarlo.

Pero el momento ha llegado de las recuperaciones, las reivindicaciones. Por lo pronto el pueblo Qom del Chaco ha logrado recientemente una reparación histórica tras su ardua lucha por el reconocimiento de la feroz masacre de Napalpí ocurrida en 1924. Juan Chico, investigador e historiador qom autor del libro bilingüe Napalpí, la voz de la sangre seguramente está festejando, si bien sabe que aún queda un largo camino por recorrer.

Mucha gente de las muy diversas etnias ya está preparadísima para entablar mano a mano diálogos con el poder, como los que reclama el cacique Miguel Siarez, de la Comunidad Kolla de San Antonio de los Cobres.

Por lo pronto un par de brillantes abogados, también kollas, Marcelo Lescano y Ángela (Nina) Jaramillo, mantienen un ciclo de encuentros virtuales de largo e ilustrativo título: La consulta previa libre e informada, la voz en primera persona de los pueblos indígenas y las comunidades.

Siendo la llamada Consulta Previa un derecho de los pueblos originarios a participar en todas las discusiones y medidas gubernamentales que los atañen, en estos encuentros los gestores entrevistan y de ser necesario asesoran a referentes y autoridades indígenas de los distintos pueblos originarios en el país, fomentando el dialogo intercultural con el Estado.

 

 

Los guardianes de la Tierra

Esta columna me ha quedado muy formal, quizá por exceso de respeto a quienes deben ser considerados y consideradas guardianes de la tierra. En estos momentos extremos en los que estamos viviendo, pienso que son las etnias originarias las que pueden restablecer la armonía. Porque saben del universo unificado en el cual los seres humanos, la Tierra y todo lo que en ella vive o yace forman parte de un mismo todo. Y late, y se impone de una vez por todas dejar de desatenderlo.

Con la llegada de los españoles ganamos una lengua franca pero perdimos en grande, más allá de tantísimas vidas humanas y culturas. Perdimos una cosmovisión integradora mucho más sabia que la nuestra. Como prueba basta un botón. O un poema, por eso para cerrar voy a triangular citando al gran poeta venezolano Gustavo Pereira, frecuentemente evocado por nuestro gran Leopoldo Castilla.

 

 

Sobre salvajes

Los pemones de la Gran Sabana llaman al rocío ChiriKé-yeetakuú, que significa Saliva de las Estrellas; a las lágrimas Enú-parupué que quiere decir Guarapo de los Ojos, y al corazón Yewán-enapué: Semilla del Vientre. Los waraos del delta del Orinoco dicen Mejokoji (El Sol del Pecho) para nombrar al alma. Para decir amigo dicen Majokaraisa: Mi Otro Corazón. Y para decir olvidar dicen Emonokitane, que quiere decir Perdonar.

Los muy tontos no saben lo que dicen

Para decir tierra dicen madre

Para decir madre dicen ternura

Para decir ternura dicen entrega

 

Tienen tal confusión de sentimientos

que con toda razón

las buenas gentes que somos

                       les llamamos salvajes.      

 

 

 

 

 

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