La educación argentina es producto de la modernidad, afirmación que se ha naturalizado entre la intelectualidad que analiza los procesos que llevaron a la sanción de la Ley 1.420, y que en general decide sobre las políticas educativas. Sin embargo, dichas reflexiones, así como la enseñanza de la modernidad en la educación básica obligatoria, adolecen de la profundidad necesaria y la contextualización pertinentes como para ser comprendidas en su real dimensión y orientar a futuro a las jóvenes generaciones.
La modernidad fue, a grandes rasgos, una revolución en las ideas, que tuvo lugar en la Europa entre los siglos XVII y XIX, con epicentros en la Inglaterra burguesa que impuso la monarquía parlamentaria (1688) y en la Francia revolucionaria (1789) con la consagración del ideal republicano, interrumpido y subsumido por las iniciativas del Directorio, Consulado y por el Imperio Napoleónico. En ambos casos, la monarquía absoluta quedó clausurada, aunque no así la nobleza, que debió compartir y ceder buena parte de su predominio en la esfera económica a las burguesías emergentes, lanzadas a la expansión colonial de ultramar.
Resulta necesario aclarar que el impacto de la modernidad en el mundo tuvo efectos diferentes según se tratara de las naciones que surgían en Europa o bien en las regiones del sur global, periférico, como por ejemplo América Latina, donde, salvo la excepción mejicana con su Revolución de 1810, el resto optaron, luego de su Independencia, por ser portadoras de un ADN neocolonial.
Dicha situación se explica al observar que las decisiones de las elites latinoamericanas que monopolizaron el poder a principios del siglo XIX o bien en la segunda parte del mismo tuvieron como referencia las ideas de libre mercado impulsadas por una Inglaterra que había decidido abandonar las posturas coloniales en la región y manejar los territorios ahora independientes al calor de las ventajas comparativas que les proporcionaban la revolución industrial, su flota comercial y su poderío naval-militar, en contextos de capitalismo.
En la Argentina, la modernidad fue y es enseñada desde perspectivas románticas y reduccionistas, lo que ha dado lugar a todo tipo de interpretaciones. Lo cierto es que, en nombre de la razón y la desacralización del mundo, y asociada al capitalismo libremercadista en ciernes, la modernidad implica asimismo sometimiento, disciplinamiento y expoliación de recursos naturales. Para ello, contar con sistemas educativos que plasmaran el mensaje moderno resultaría clave.
Es necesario aclarar que ni la Argentina ni el resto de los países afectados por esta nueva realidad se parecen siquiera a lo que conocemos como países modernos, industriales, entendiendo por estos a las naciones del centro y norte de Europa y a Estados Unidos, los que configurarían tiempo después el llamado “mundo occidental”, principal beneficiario del sistema-mundo capitalista.
La modernidad fue, asimismo, la invención de un Occidente superior, lo que pone al descubierto a la empresa moderna como un proyecto imperial, financiado por intereses no solamente burgueses, con la firme convicción de establecer una idea de supremacía cultural, económica, científica y racial sobre las naciones de América Latina, Asia y África, continentes y subcontinentes en los que expusieron diferentes modelos de intervención, en los que la violencia resultara moneda común.
El período moderno comienza a declinar con el proceso abierto con la Primera Guerra Mundial, pasando por la crisis económica de 1930, hasta la segunda posguerra mundial. Hacia los ‘70, el derrumbe de la economía liberal-burguesa era un hecho.
Asimismo, la modernidad fue algo funcional a los imperialismos de turno que organizaban la vida de los territorios y las naciones, y, como se ha dicho, los sistemas educativos, entre otros, constituyeron uno de los pilares formadores y consolidadores del mensaje moderno.
La educación moderna surgiría, tal cual lo indicaba la configuración dicotómica del mundo de la modernidad misma, consolidando un relato eurocéntrico, que naturaliza una narrativa supremacista moderno-occidental, homogeneizante, que la mayoría de los países de Latinoamérica “adoptó” bajo responsabilidad directa de sus elites de turno.
Dicha situación permitía configurar dispositivos de poder especializados en la construcción de sociedades desiguales, y en el control de la vida y las conductas de las personas, suministrando un conocimiento fragmentado, institucionalizado según modelos y pautas metropolitanas y grupos gestionadores de un Estado garante del capitalismo beneficiario de minorías.
El cruce de la ciencia y la tecnología con el capital, como parte del mensaje moderno, ha sido boicoteado permanentemente por un imaginario colonial, según el cual el orden y el progreso permitirían alcanzar un supuesto desarrollo que nunca llegaría, ya que el mismo se encontraba prohibido por la antigua división internacional del trabajo, hasta la represión directa de las iniciativas en dicho sentido, consumadas antaño por golpes de Estado cívico-militares como en 1930/55/76.
Conviene tener en cuenta, además, que el surgimiento de los Estados europeos durante el siglo XIX no fue ningún proceso autónomo, sino que tuvo una contraparte estructural como fue la interacción colonial, con la consiguiente depredación de recursos, aceptada en general por las administraciones y elites gobernantes, configurando un proceso de acumulación por desposesión, iniciado desde Europa con la llegada de los españoles a América en el siglo XVI.
La modernidad, en sí misma, constituyó una epistemología de la dominación, un dispositivo disciplinario que inventó un otro bárbaro, salvaje, pobre y humanamente inferior. En la Argentina fue pilar del proyecto fundacional de 1880, sostenido por un texto constitucional en consonancia, que define la subjetividad moderna periférica en términos de subordinación al mundo europeo.
Dichas opciones fueron rápidamente apoyadas por un sistema educativo que no advirtió que el uso del guardapolvo blanco en la escuela podía servir también para ocultar diferentes realidades que eran legitimadas por los manuales de historia e “higiene” de ciudadanía, la gramática de la lengua y del cálculo, así como por las prácticas disciplinarias autoritarias y excluyentes, verdaderas matrices pedagógicas para la comprensión un mundo “civilizado y moderno”.
El hecho de ser blanco, varón, padre de familia, católico, propietario, letrado y heterosexual, junto al mensaje del libre mercado y el individualismo exitista, se encontraba destinado a quienes en definitiva serían quienes participarían –con una forma particular de votar– de la nueva vida democrática hasta 1912, cuando la sanción de la Ley Sáenz Peña habilitó el voto universal, secreto y obligatorio.
Las afirmaciones precedentes nos permiten inferir, al calor de las teorías poscoloniales, que la educación argentina funcionó y lo sigue haciendo como un aparato ideológico construido por la estructura moderna- neocolonial, principal sostenedora de valores en consonancia, así como la desestimación interesada del pensamiento crítico y una ambigua interpretación de conceptos como raza y cultura, que la escuela argentina no ha podido aún decodificar.
Nos parece, que finalizada la modernidad, el sistema educativo argentino debería cambiar su modalidad y mensaje, así como la formación de sus docentes, de modo de no reproducir ideales inexistentes y que han mutado. El punto de partida podría ser la gratuidad, la obligatoriedad, su carácter humanista y disponiendo a modo de beneficio de las culturas digitales en términos de emancipación y no como dominio de nuestras mentes.
Nos encontramos en un punto de no retorno, en el que volvemos de 210 años de historia “independiente”. En la actualidad los dispositivos panópticos del actual Estado Neoliberal se inscriben en amplias estructuras geopolíticas mundiales, configuradas nuevamente por vinculaciones coloniales entre centro y periferia, aunque asistidas por grandes plataformas de dimensión global, con autonomía operativa, que por sí solas determinan el funcionamiento de las economías, por los algoritmos que nos persiguen donde vayamos, por las redes que nos inundan de mala información y, como si fuera poco, por una Inteligencia Artificial desregulada, lo que constituye una infraestructura de poder de un capitalismo digitalizado, un nuevo orden de dominación y explotación, no solo de las personas sino de sus mentes. Ante esta nueva realidad no podemos responder con nuestros modelos clásicos de educar, ni prohibiendo o habilitando celulares, ni con las propuestas que nos estuvo planteando el neoliberalismo de los ‘90 o el vigente Buenos Aires Aprende.
La modernidad no fue una panacea para los territorios de conquista y colonización de Europa. Sin embargo, nos dejó el sistema democrático y la política, que hoy el neoliberalismo capitalista y financiero calcifica y elitiza, pone en tela de juicio y desconoce, destruyendo el sistema republicano, a lo que se agrega la crisis del modelo de representatividad y el federalismo argentinos.
Necesitamos una escuela que redefina y construya nuestra propia cosmovisión ciudadana desde la perspectiva de un nosotros mismos y desde un Sur Global, destrabando los dispositivos que nos hacen ver inferiores que el resto, a partir del desmontaje del conocimiento hegemónico, desmitificando la idea de que la subjetividad moderno liberal es la única humana y adelantada, demostrando que somos capaces de construir nuestro propio desarrollo político, industrial y científico-tecnológico.
* Raúl Moroni integra el Grupo Rescate EMEM. Fue supervisor de Educación Secundaria, director de Educación Media y Técnica. Director-organizador escuela EMEM 1 de 20 “Biblioteca del Congreso de la Nación”, Lugano, CABA.
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