Ring

El teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto

 

Sonó el teléfono de casa, uno de esos aparatos donde teníamos que hablar atados a la pared y el cable enrulado se podía enrollar alrededor del dedo mientras se le daba vueltas a cualquier asunto. Era un modelo moderno de plástico naranja, que reemplazaba a aquellos viejos teléfonos negros pesados de baquelita de EnTel. Estaba coronado en el centro del disco con el logo de la empresa, que parecía una calavera ladeada. Sonaba y desde las habitaciones cada cual gritaba: ¡yo no voy!, ¡no atiendo!, ¡no estoy!, ¡atendé vos!. Finalmente, la única que levantaba el tubo era la subjefa del hogar y jamás era para ella que atendía. Entonces pasaba la comunicación a quien correspondiera, tapando la parte de abajo del tubo para que el micrófono no captara la puteada con que pretendía asumiéramos esa mínima responsabilidad. Sonaba el teléfono en la casa y cada ring hacía correr el tiempo. Había que llegar hasta la cocina donde estaba conectado el equipo, pero nadie quería hacer ese esfuerzo y mucho menos a riesgo de que la llamada fuera para otra persona. Yo a veces atendía, cuando no había nadie más en casa. Mis hermanos nunca lo hacían. Irma era chiquita. Siempre era chiquita, aunque ya no lo fuera y Nicanor era un príncipe maleducado que nunca hacía nada por los demás. Ese día el teléfono de la casa sonaba como cualquier otro. Como cuando llamaban Natalia, Tamara o Sebastián. Como cuando llamaban los clientes del negocio, o la tía, o las abuelas. Como cuando llamaba el que me gustaba, o como cuando llamaban a un número equivocado que justo era el mío, todo sonaba exactamente igual. No había un timbre especial, un guiño, ni nada distinto que pudiera anticipar que ese llamado entrante iba a cambiarlo todo. A las malas noticias les gusta ser imprevisibles. No hay cómo anticipar la tragedia. No hay premonición. No hay nada capaz de amortiguar el golpe, el dolor venidero de las palabras aplastadas entre fierros retorcidos como chatarra. El impacto inesperado de la vida que se detiene, como un camión que nos pasa por encima y se va. Se aleja. Una imagen detrás de otra. La escuela secundaria. El primer día de clases. El pelo finito y rubio de Leonela. Su pollera de verano blanca, casi transparente. La sonrisa enorme y los restos de comida atrapada entre los alambres de los aparatos fijos. Su cara de perrita pekinés. La letra redonda. El tablero, las láminas y la tinta rotring. Asomarnos por la ventana al pasaje. Salir al toque de timbre por la avenida Rivadavia, como eslabones del brazo con Julia, Mariana o Soledad. Sentarnos al fondo del 92 hasta su casa en la calle Colpayo. La habitación gigante arriba, donde todavía jugábamos a las muñecas cuando nos nadie nos veía y se nos mezclaban las ganas de seguir niñas por un rato y de crecer para devorarnos la vida sin dejar nada por probar. La pulsión de explorar y compartir. La luz apagada en su baile de cumpleaños. Las ganas de adivinar. El deseo de ser. Atesorar lo secreto. La fragancia. Chapábamos mucho ahí, todos con todos, a veces en serio, otras veces sólo por jugar. Pero el teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto. El verano. El camino interrumpido. La llamada. El cable enredado. El viaje a ningún lugar. La mano de mi amiga. Un saludo a los lejos. Una corona de flores. Un cuerpo. La realidad que no entraba en una caja. Una tristeza que no podía caber en ningún lugar.

 

 

 

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