TODO TERROR ES POLÍTICO

Marcelo Figueras juega a lo Stephen King sobre el escenario de la crisis de diciembre de 2001

 

Dos frases históricas contienen, atraviesan, enmarcan y sostienen el conjunto del texto. Una, la que Dante Alighieri (Florencia, 1265-Ravena, 1321), en la Divina Comedia, instala en los pagos de Caronte, encargado de llevar las flamantes almas dolientes por la antesala hacia el InfiernoLasciate ogni speranza, voi ch’intrate (siete siglos de debate sobre significado y traducción nos contemplan; podría ser «Abandonad toda esperanza, quienes aquí entran»). Cita que se reitera cuando el protagonista se enfrenta a un dilema sin aparente salida.

En su reiteración ampliada dos versos más adelante: Qui si convien lasciare ogni sospetto/ Ogni viltà convien che quí sia morte (“Déjese aquí todo recelo/ que muera aquí la cobardía”), Karl Marx la aplica como broche de oro a su genética Introducción General a la Crítica de la Economía Política de 1857, nada menos, donde por vez primera expone que el ser humano hace la historia pero no lo sabe pues las determinaciones de la realidad material transcurren por fuera de la plena conciencia.

Versos también componen la otra y acaso prioritaria frase, la de William Shakespeare (Stratford-upon-Avon 1564-1616): “El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”. Pertenece a La tempestad, esa obra mágica —tardía, pletórica de experiencia vital, dramática y literaria— con un mago vengativo y sabio, un especie de ángel, un monstruo buenazo, una hechicera, una ninfa y gran elenco, todos náufragos en una isla perdida en la mar bravía, a la espera de que un milagro o el amor los rescate. Porque todos los paraísos son los perdidos, los infiernos proliferan.

 

 

El autor, Marcelo Figueras.

 

 

Bajo semejante advocación, Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) asombra con su novísima novela que toma por título el predicado de la sentencia shakesperiana, con lo que, desde el vamos, deja en suspenso aquello de que quedan vacantes a rolete en el magno horno y, tangueramente, tampoco allí es preciso acudir para encontrarnos. Por el contrario, Todos los demonios están aquí convoca al compromiso con la batalla versus el plan celestial capaz de hacerle el aguante a todos y cada uno de los hijos de puta que en el mundo han sido, del más insignificante al más poderoso. Faena tan difícil como evitar spoilear la trama, porque tanto los actores del relato como el lector comparten la creciente ignorancia acerca de dónde se están metiendo. Con la nada pequeña diferencia de que, mientras los primeros padecen más pálidas que sosiegos, los lectores han de sosegarse a medida que el libro le devora las retinas y cuesta encontrar un recreo para ir al baño o evitar que el café (o sucedáneo) se enfríe.

Si bien los versos de marras resultan cimientos ineludibles, nada desdeñables resultan las coordenadas que el autor pide prestadas de John Milton, Tom Waits, Kurt Vonnegut, R.E.M., G.K. Chesterton y, cada tanto —no podía faltar— al Indio Solari. Encuadre que enriquece una historia propiamente infernal en lo que el Averno tiene de inquietante, por encima de la moralina amenazante con el castigo (que, como se sabe, se inscribe en la familia de palabras casto-castidad-castigo-incasto-incesto). Se trata de lo ignorado –generalidad complementaria a hacerse el boludo— , esa materia prima de la desolación y la angustia que carcome en forma paulatina sin mostrar la jeta, escamoteándose en la siniestra sombra de la más próximo, conocido, familiar. Figueras en momento alguno precisa teorizarlo ya que sus personajes lo materializan en acciones, una tras otra, en forma incansable; varias esporádicamente simultáneas, sin tropezarse ni superponerse entre sí. Lo más cercano son unos pensamientos que parecen provenir del ángel y el diablito que se les paran en el hombro a los dibujitos animados, esta vez al doctor Tomás Pons, psiquiatra casi cuarentón, histriónico baluarte de la salud pública, cura fallido, padre soltero reciente, hijo de santurrona y abogado de purpurados genocidas. Nada tiene de dibujado. Por eso se dice: “Puedo conversar en lenguas con un demente, lo más campante. Pero me cuesta lidiar con una mujer sensata”; desear “single malt”; anticiparse “…y le recuerde qué actitudes son propias de un enfermero…, y cuáles de un verdugo”; también “… más blanco que teta de campesina rusa”, o “no me lo imagino cagando, a este no lo despeina ni un baldazo”.

 

 

Dante y Virgilio en el Infierno, según Bouguereau.

 

 

La acción despliega diversos escenarios. Parte de un paso de comedia en la guardia psiquiátrica  del hospital público que el autor —a la sazón primer oficial de este Cohete a la Luna— tuvo la generosidad de adelantar un par de semanas atrás. Enredos que ya comienzan a insinuar acontecimientos alejados de la divinidad para apropiarse de lo dantesco. El doctor Pons, a continuación, cede a la serpiente tentadora disfrazada de euros y acepta un puesto jerárquico en un oneroso loquero de alta gama enclavado en una lejana isla de Tigre. Necessitatis caragis legis. Con la atmósfera bucólica que en la lejanía se asemeja al muelle La Liberación de Rodolfo Walsh y Lilia Ferreyra sobre el río Carapachay, aunque de inmediato se transforma en la isla El Silencio que la curia metropolitana cedió a los asesinos de la ESMA para que en 1979 ocultaran a los detenidos desaparecidos, el psiquiátrico Jenseits se yergue sobre una mansión que evoca al hotel de El Resplandor, versión Stanley Kubrick. Ensamble prodigioso cuya eficacia Figueras se permite acrecentar en el “placer más simple —¡jugar a Stephen King!— según informa al final del libro, en los agradecimientos. Vaya si lo logra: hasta se da el gustazo de poner por ahí un payaso maldito.

La trama se desarrolla entre el 5 de octubre y el 19 de diciembre de 2001; sin embargo abarca siglos en varios universos que, si no paralelos, se tornan contemporáneos. Mientras transcurre la aventura personal de Pons y los suyos con los esperpentos valleinclanescos cautivos y fugados, la Argentina arde en aquellas inolvidables jornadas de corralito, estado de sitio, sangre, llamas y ningún ahorro de puteadas a Cavallo, de la Rúa y demás cómplices. El Hades se multiplica en los mutuos reflejos que intercambian el psiquiátrico delteño con la revuelta popular que, al chocar, conjuran el retorno de los demonios provenientes de los ayeres simultáneos; de los chiflados internos y sus no menos desquiciados cuidadores, de los asesinos y criminales que por entonces devastaban la Nación (y que los de hoy no son para nada ajenos). Crescendos replicados, puestos en igualdad de condiciones frente a la debilidad de quienes los enfrentan a fuerza de solidaridad, desespero y convicción. Entre medio, en la interna del hospicio y de la lucha popular, una constante: la locura que “estremecía a la gente, levantaba un espejo en la cual no les gustaba verse”. Una locura palpable, para nada romántica, sin balada ad-hoc ni fulano mirando al sudeste: la locura es una mierda y se contrasta con la belleza de la lucha popular. Escenas que convergen “cegados por el humo, entre efluvios lacrimógenos y eludiendo estampidas, con Pons aplicado a dar vida a sus locos carismáticos. Los que fatigaban las calles fueron testigos de algo que los diarios y la televisión no vieron”. En el maremágnum, la batalla totémica del Bien contra el Mal se torna deslumbrante.

Horror esencial que se politiza, el de Todos los demonios están aquí se abastece de breves chispazos de novela negra:

—No soy siempre así de comprensivo —dijo Pons—. Hoy tengo un buen día, nomás.

—Un buen día puede marcar la diferencia.

Pons soltó la birome y dijo:

—Un buen día no alcanza para nada.

Acude a la crónica no sólo mediante los acontecimientos de diciembre del 2001. Apela a lo cotidiano sin desplomarse en el costumbrismo: refiere a Mr. Ed, el caballo con voz; a la renuncia del Chacho Alvarez a la vicepresidencia, a los videos del Blockbuster, los patacones y las LECOP’s, al Indio Solari de todas las épocas. Señales que cobijan al lector en tiempo, atmósfera y lugar donde encontrar un refugio conocido entre el magma misterioso del desquicio y lo siniestro.

 

 

Cuando se desató un infierno entre nosotros.

 

 

Marcelo Figueras emprende un salto cualitativo en el estilo, expresado a través del pormenorizado uso del lenguaje, bordado con estricto punto de gobelino. No solo en el extenso, cuidado desarrollo de la jerga porteña, desenvuelta mediante concomitancias tales que han de tornarse amigables a las diversas hablas hispanoamericanas (¡oh!, ¿por qué los autos ponen “reversa” en vez de “marcha atrás”?). También en la efusión de los diálogos y el hallazgo de la palabra justa en las descripciones. Novela de terror  hecha y derecha, se anima a las hoy inusuales más de cuatrocientas páginas salpicadas de gotas de humor, evocadoras del relato fantástico inglés del siglo XIX no menos que del cinismo ácido del policial norteamericano del siglo pasado. Inspiración que tiene por efecto una mixtura superadora, alcanza originalidad propia de alta afinidad con los fantasmas presentes en la identidad latinoamericana.

Novela con imprescindible destino cinematográfico -no en vano Figueras confiesa que años ha fue el boceto de una serie-, su lectura convoca imágenes en movimiento, escenarios en dèjá-vu, fragmentos de noticiero, desata fraguar el elenco apropiado. Narrativa de representaciones, pasa a ocupar un vacío dentro del espectro literario, hasta aquí subalternizado por un naturalismo yoico, cuya redundancia se diluye en el caldo de lo hegemónico. Todos los demonios están aquí, con Marcelo Figueras revive una poética que tracciona a Shakspeare y al Dante y a tantos otros combatientes del horror y la mediocridad. Propone lecturas cruzadas sin esquivar temblores inquietantes provenientes de horrores desconocidos, ni tampoco del arrastre de los espantos que aún nos acompañan.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Todos los demonios están aquí

Marcelo Figueras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

430 páginas

 

 

 

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