Un adiós con los dedos en V

Murió Héctor Spina, un histórico de la Resistencia Peronista

 

Héctor Julio “El Petiso” Spina, parte de la generación nacida cuando despuntaba la década del ’40, era un adolescente cuando el país viró desde un Estado de bienestar a uno donde las clases populares deberían aferrarse con las uñas al mantel para defender su derecho a seguir sentados a la mesa.

Al igual que otros, no cayó en la cuenta de ello tras los bombardeos a la Plaza de Mayo ni cuando Juan Domingo Perón fue enviado al exilio. Fue cuando cayeron fusilados en un basural hombres tan comunes como cualquiera de sus allegados. Así lo recordaba: “Yo no había sido peronista en mis épocas de estudiante. Nosotros fuimos la resultante de una sociedad que se construyó como se construyó. Yo ni siquiera era nacionalista. Permanecí ajeno a todo eso, jamás fui a la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Los fusilamientos del ’56 nos fueron aferrando a una militancia que empezaba a tomar otro cariz”.

Spina se integrará a esa nueva generación de quienes pondrían el cuerpo a instancias de otros que les llevaban casi una década de experiencia, como Gustavo Rearte (nacido en 1931), dirigente de la primera Juventud Peronista (JP) post-derrocamiento, fundada hacia noviembre de 1957. Entre ellos estuvo meses después, cuando confluyeron con otros grupos en la Junta Coordinadora Nacional Provisoria de la JP –en la cual se conformó la Mesa Ejecutiva–, según estudios citados por Juan Pedro Denaday (UBA).

Allí compartió militancia con Jorge Rulli (n. 1939), Felipe Vallese (n. 1940) y Envar El Kadri (n. 1941), entre otros que no imaginaban su destino de “históricos”. La generación que, sólo un año después, comenzaría a participar más activamente, sumándose a la toma del frigorífico Lisandro de la Torre para evitar su privatización. Continuarían con misiones internacionales –desde Montevideo a China–, con recurrentes escalas en cárceles argentinas.

A poco de la recuperación del electoralismo (democracia no había; el peronismo estaba proscripto), el Presidente Arturo Frondizi anunció el plan de estabilización recomendado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo hizo antes de las fiestas de fin de año para –durante el verano– enviar al Congreso un proyecto de Ley de Carnes que pretendía vender el frigorífico Lisandro de la Torre a una Corporación Argentina de Productores controlada por la Sociedad Rural, según investigó Alfredo Mason. Los trabajadores, en asamblea presidida por Sebastián Borro, votaron la toma pacífica y colgaron un gran cartel a la entrada: “¡Patria sí! ¡Colonia, no!”.

A la consiguiente represión con un millar de policías en aplicación del plan Conmoción Interna del Estado (CONINTES), el pueblo respondió con una masificación del conflicto. Allí la JP aportó lo suyo, según recordó Spina: “Conseguimos hachas para tirar los postes de luz y se levantaron los adoquines para que no pudiera entrar la policía […] Algunos estábamos con gomeras, otros tenían armas. La Caballería no podía entrar porque le llovía de todo: bulones, piedras. Y no se veía nada porque íbamos rompiendo todas las luces de la calle”.

En marzo de ese 1959 repitieron atentados contra empresas “imperialistas”, como Shell. Esta vez, el CONINTES apresó a más de tres millares de personas, entre las que cayeron El Kadri, Spina y Rulli. Los dos últimos y un par más fueron a dar a una celda porteña, de la que eran sacados por la avenida Las Heras en un camión militar hacia el tribunal constituido en el cercano Cuartel 1 de Palermo. Como ese paseo se repetía a diario, fantasearon con ser rescatados. Pronto supieron que el plan estaba en marcha a cargo del grupo de Gustavo Rearte, que preparaba un operativo bajo el puente Pacífico.

Amenguaron su entusiasmo cuando oyeron los detalles: la cercanía de comisarías en un lugar con tanto tránsito implicaría un tiroteo que debería ser sostenido por un último voluntario. Así supieron de la valentía del futuro compañero José Luis Nell. Fueron trasladados antes de que la operación avanzara.

Spina, como los de su generación, pasó periodos de cárcel alternados, en consonancia con la inestabilidad política de aquellas dos décadas (1955-1975) de empate hegemónico entre los bloques del capital.

Hacia marzo de 1961, la militancia lo ubica en la toma de un cuartel de guardia aeronáutico en Ezeiza por parte de un grupo dirigido por Rearte e integrado por El Kadri, Carlos Caride y Vallese. Esa acción se inscribió en la historia como la primera de la resistencia armada urbana y fue firmada por el Ejército Peronista de Liberación Nacional (EPLN), que “recuperó” dos ametralladoras PAM, uniformes y municiones, según un detallado artículo de Juan Del Barrio. Así consta en otras fuentes escritas, uno de cuyos firmantes, Blas García, evaluó que aquel acto equivalía al deslinde entre la etapa del Peronismo de la Resistencia (que terminó con la toma del Frigorífico) y el inicio del Peronismo Revolucionario. El primo de Spina le dijo a El Cohete que Héctor nunca habló de esa acción.

(Según el Boletín Oficial del 6 de junio de 1961, un homónimo era emplazado a comparecer en una causa por estafa, pero se trata de Agustín Héctor Spina, mientras que nuestro sujeto es Julio. En el mismo boletín consta que el secretario del cercano juzgado 18 era un tal Jaime L. Smart, futuro ministro de Gobierno bonaerense entre 1976-79, detenido por crímenes de lesa humanidad. Otro contemporáneo que repetirá sus fechorías durante el Proceso genocida será el inspector Juan ‘El Tano’ Fiorillo, a cargo de los policías de la Unidad Regional San Martín que secuestraron al obrero Vallese el 23 de agosto de 1962.)

Acerca de su prisión durante el periodo frondicista, Spina relató: “Estábamos en las celdas de a tres, algunos de a dos o de a cuatro, según el tamaño del lugar. No teníamos camas, sólo unas tarimas con frazadas, las sábanas y dos cajones, que eran los que se ponían debajo de las tarimas para armar la cama. Y no te quedaba otra que dormir todo el día”.

En esos años en que el plan CONINTES no alcanzaba para contener el conflicto social y el partido militar saturaba de planteos a la administración Frondizi –que debió anular las elecciones ganadas por los peronistas–, un golpe de Estado blando permitió que el Poder Ejecutivo quedara en manos del senador José María Guido. Los presos usaban las cárceles como grandes unidades básicas, donde leían diarios y libros, debatían y soñaban construir otro país. En eso estaba también otro preso CONINTES en Magdalena, Manuel Gallardo, cuyo destino estaría por intrincarse para siempre con el de Spina en lo que sería la primera recuperación del sable del Libertador José de San Martín.

 

 

El sable

El proceso electoral de 1963, con Guido en la Casa Rosada, depararía una amnistía para los presos políticos. El 7 de julio, el radical Arturo Illia fue electo Presidente con sólo el 25% de los votos, ya que el peronismo votaba en blanco. Un mes después, el 12 de agosto, tendría lugar la primera acción sobre el sable.

Del triunvirato que dirigía la JP, el único que estuvo fue Spina (de 25 años), con Alcides Bonaldi (33), Gallardo (28), Osvaldo Agosto (24), Luis Sansoulet (24) –quien dibujó a sus 12 años (1951) el sable que iba a tomar– y Ricardo Ibarra. Dejaron un comunicado en el que exigían romper con el FMI y anular los contratos petroleros con empresas extranjeras.

El Cohete ya había publicado cómo fue aquella incursión sobre el Museo Histórico Nacional, según el testimonio de Gallardo, muerto hace un año:

El segundo en caer, Osvaldo Agosto, cree –sin fundamento– que fue delatado por el ex policía Gallardo, quien le contó a El Cohete que había ingresado a esa fuerza para defender al régimen peronista. Un memo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA) del 26 de agosto de 1963 detalló: “El ex oficial Gallardo, conocido militante peronista de la agrupación ‘Juventud’, y que trabaja de empleado en el sindicado ATE (…) se declaró autor de la sustracción del sable del General San Martín. Según sus declaraciones (…) la Juventud Universitaria Peronista le propuso intervenir en la sustracción del sable, que se haría con propósitos políticos y con el compromiso de reintegrarlo si las nuevas autoridades nacionales electas procedían a denunciar los contratos petroleros y rompieran con el FMI, además de otras medidas que luego se dieron a publicidad”.

El documento en grandes carpetas que El Cohete pudo ver en la Comisión Provincial por la Memoria fue resumido en un artículo publicado por Juan Ignacio Provéndola en el 55° aniversario de aquel episodio, revisitado una y otra vez en libros y en el cine. Nada dice el texto acerca de las torturas a Gallardo, por las que admitió su participación y pagó con la cárcel. En cambio, Agosto fue liberado de culpa y cargo. Pronto definió su derrotero personal: una década después fue jefe de prensa del entonces titular de la CGT, José Ignacio Rucci. Y con el regreso del pejotismo al gobierno, terminó con Carlos Menem como operador del Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE).

Otro que debía participar con Agosto del ocultamiento del sable –hasta tanto se concretara el regreso de Perón– era Aníbal Demarco, quien se apuró en devolvérselo al Ejército. Por eso se ganó el mote de “traidor” que le endilgó la JP. En la siguiente década, Demarco también se acomodó con la derecha peronista. Presidió Loterías y Casinos y trepó hasta ser uno de los sucesores de José López Rega como ministro de Bienestar Social durante el gobierno de Isabelita. Murió en 2007.

En todo ese tiempo, Spina continuó su amistad con Manuel Gallardo, siempre, hasta sus últimos días.

 

 

El dibujo que hizo Luis Sansoulet a los 12 años.

 

 

No perder la ternura

En una de tantas encanadas, en la Unidad 2 de la cárcel de Devoto, Spina recibió la visita de su madre Manola y de su primito, 20 años menor. El pequeño Julio, “El Negrito”, recuerda los juegos en el patio, cuando el mayor, jocoso, lo lanzaba hacia arriba y lo atajaba al caer con cara de miedo. “Al despedirnos, me habrá visto triste, porque me señaló una pileta de natación vacía mientras me decía: ‘En verano la llenan con Coca-Cola, así que podés venir’. Lo quise más”.

Héctor no llamaba al primo por su nombre, le decía “compañero”. Cuando tuvo diez años, le enseñó a cantar la Marcha Peronista. A los 15 ya le había mostrado toda su ‘ferretería’, rememora Julio.

 

 

Se va la segunda

Héctor se quedó con la espina de aquella devolución del sable y planeó una segunda apropiación, justo dos años después. Aunque parezca una película de Olmedo y Porcel, para recobrarlo debieron entrar nuevamente al Museo, en cercanía de la misma fecha sanmartiniana.

El 19 de agosto de 1965, cuatro gatos locos de la JP se llevaron el sable corvo a la casa de Néstor Zuviría, otro de los ideólogos que, en esta oportunidad, lo escondió dentro de un colchón, en una guardería de muebles. El 4 de junio de 1966 fue recuperado por segunda vez por los servicios del Ejército, según reconstruyó Rodolfo Piovera en su libro El sable, un thriller peronista, para el que Spina brindó su testimonio.

No fueron los únicos pasos de comedia en esta historia que se repetía. De nuevo, la JP pedía romper con el FMI, mientras la prensa –que por entonces no era llamada hegemónica– titulaba desde la revista Gente: “La política no debe manchar la historia”.

 

 

A los saltos

Después de tantos cruces con los servicios de inteligencia, de militares que no se sabía para qué lado tiraban y militantes fichados por la policía debido a sus continuas entradas, estar libre no era ninguna garantía de tranquilidad en aquellos años en los que las facciones del poder económico no terminaban de dirimir qué modelo imponer.

Cada tanto, la casa del primo en Congreso era allanada y revuelta a punta de ametralladoras.

En esa época de libertades condicionadas, “El Negrito” Spina recuerda que un mediodía de domingo llegó a la casa un obeso de bigotes quien, muy nervioso, interrogó a la madre y a la tía: “¿Dónde está Héctor Spina?”. “El Petiso” dormía. “Que se raje ya”, advirtió.

“No vi salir a mi primo, por lo cual supuse que –como nuestros gatos– se había ido una vez más saltando por los techos de chapa. Los vecinos jamás abrían la boca, pero sabían de qué se trataban esos ruidos latosos sobre sus cabezas. Un rato más tarde, llegó un grupo de policías para allanar. Entre ellos, estaba el gordo enorme de bigotes, ahora con uniforme”.

 

 

A los tiros

La precisión del archivo indica que el 30 de abril de 1968, los intentos de financiar la guerrilla se cobraron la vida del sargento Gregorio Gómez y la de un empleado en el asalto al Banco de Llavallol. Por ese hecho, el 24 de mayo de ese año fueron detenidos Adolfo Silenzi de Stagni –acusado de apoyar a la guerrilla de Uturuncos– y otros marcados: Spina, Bonaldi (por el sable); Ramón Torres Molina (luego de viajar a Cuba) y Carlos Alberto Del Río. Spina estuvo alojado en Coordinación Federal, donde el abogado Ricardo Rojo fue testigo de torturas a Carlos Caride.

La memoria, no tan precisa, cree ubicar por ese tiempo el relato de Spina acerca de un tiro que le quedó en el pulmón. Repite el primo Julio: “Estaban en un aguantadero peronista de la calle Humberto Primo, en San Telmo, cuando los represores entraron. ‘El Petiso’ y algunos más los repelieron hasta que corrieron a la terraza para huir por los techos. En la oscuridad, Spina cayó sobre una parrilla improvisada en la que al mediodía habían hecho asado. De entre varios balazos, sintió uno definitivo que le entró por la espalda desde un fusil de la Marina de Guerra”.

Spina vio de lejos la irrupción en 1970 de otra generación que, para presentarse, tiró sobre la mesa la tarjeta que exhibía el fusilamiento de un dictador, a partir de lo cual habrían de quedarse con la representación de la JP.

Tras esa última prisión durante la dictadura de la “Revolución Argentina” que fue de Onganía a Alejandro Agustín Lanusse, Spina no llegó a formar parte de la liberación del ’73, cuando asumió su tocayo Cámpora.

Al igual que Gallardo, también Spina fue excarcelado meses antes. En 1972, luego de estar en el buque-cárcel “Granadero” (parece una ironía), recibió la opción de salir del país. Se fue a Lima, Perú, donde vivió en la casa del también exiliado Darcy Ribeiro, un intelectual brasileño quince años mayor que él, autor de libros, co-fundador del Partido Democrático Trabalhista y ministro de Educación en Río de Janeiro. Luego pasó a Chile, gobernado por el compañero Salvador Allende, hasta que regresó clandestino para la campaña electoral argentina, según resumió su primo.

 

La democracia

En aquel periodo de cinco presidentes (Cámpora, Raúl Alberto Lastiri, Perón, Isabelita e Ítalo Luder) Spina se mantuvo como cara visible de la JP, aunque en un contexto de tensión con un esquivo equilibrio. La Juventud Peronista mayoritaria adhería a quienes habían luchado contra la dictadura y reconocía la conducción de Montoneros. Contra esos recién llegados que tenían como cara visible a Mario Firmenich, siempre fue crítico Jorge Rulli; tanto más cuanto más tiempo transcurriera después del genocidio.

Spina se sumó al gobierno de la Capital Federal desde junio de 1973 como director de Espectáculos Públicos, adonde llevó a Gallardo. Enterados de que durante el regreso de Perón en Ezeiza podía haber problemas, fueron “a parar lo que se pudiera”, con los resultados conocidos.

Luego del atentado contra Rucci, hacia septiembre, Spina recibió a un compañero de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), el ‘Beto’ M. (pidió reserva de su nombre a El Cohete), quien le habló de Carlos Alberto Del Río. Del Río revistaba con máxima jerarquía militar en la columna Capital de Montoneros donde estaba Mateo –viejo cuadro en esa conducción– y donde Mario Koncurat era subjefe. Según la memoria de Beto M., Spina oyó:

—(Del Río) me dijo que el Operativo Villas de Emergencia que hacen acá deja bien parado a un gobierno del que ya estamos en contra. Me pidió que me saliera. Me cuestionó la compañía. Se refería, sin nombrarlo, a (Carlos) Maguid, y su opinión es la de ellos, la pesada de la M.

—Parece mentira que un histórico como Carlitos, preso por el Aramburazo, sea cuestionado por un fierrero sin formación política —comentó Spina.

—Lo último que me dio a entender en el bar fue que participó del operativo que mató a Rucci. Le creo.

—Yo también —cerró Spina.

(Beto M. le contó a El Cohete: “Del Río y su mujer recalarán en Avellaneda. Detectados, envolvieron con un colchón a sus dos hijos y los metieron en el ropero para salvarlos del tiroteo que los mató”. Ella era Margarita Cuello, asesinada en noviembre del 1976.)

El primo Spina aporta más: “Mientras ‘El Petiso’ era clandestino y paraba en casa cuando venía de Brasil, me contó que sentía un dolor muy grande por haber iniciado en la militancia a ‘un pibe que se llamaba Carlos Del Río’”.

Perón al poder

Spina fue un protagonista del momento de máxima tensión entre la JP de la Tendencia Revolucionaria con el Presidente Perón, hacia enero de 1974, luego de que el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) tomara un cuartel militar bonaerense y eso deviniera en la eyección del gobernador y sus funcionarios, además de la renuncia del grupo de los ocho diputados nacionales que no querían votar leyes más represivas.

La JP Regionales quedaba así raleada de la superestructura. Algunos que no quisieron correr tan presurosos hacia lo que vislumbraban como un desierto, hilvanaron argumentos para quedarse. Tal el caso de los legisladores Juana Romero, Carlos Giménez y Néstor Svercek, tildados de “traidores” por sus camaradas.

“La ‘defección de los tres diputados corrió paralela a la convocatoria de unidades básicas y militantes de la juventud’ que orienta Héctor Spina”, destacó la revista Panorama del 31 de enero de 1974. “Un número reducido de la JP se ubicaría en esta posición ‘tercerista’ entre la tendencia y los ortodoxos de Julio Yessi, que responde al Consejo Superior Justicialista”, agregaba.

En esa semana, Spina le dijo a Panorama: “No hay proyectos alternativos al de Perón”. La revista resumió: “La reunión de Perón con sectores juveniles en la quinta de Olivos arrojó, como balance, no sólo la ausencia de las agrupaciones enroladas en la Tendencia, sino también la presencia de la Asamblea de Unidades Básicas, Agrupaciones y militantes de la Juventud Peronista, representados por el ex montonero Carlos Maguid y por Héctor Julio Spina, antiguo militante peronista que hasta poco antes de este pronunciamiento integraba los cuadros de la JP. (…) Panorama dialogó con Spina:

—¿Las Asambleas intentan reemplazar a la JP como organización de la juventud?

—No (…) Pretendemos abrir una opción superadora, apelando a la madurez de los militantes. Las Asambleas salen hoy a la luz luego de un lento trabajo de casi cinco meses y aparecen ahora porque la coyuntura se muestra favorable.

—Ustedes participan de la reunión de Olivos, mientras que la JP decide no hacerlo. ¿Han roto con la JP?

—No hemos roto con ningún grupo; expresamos nuestra política no como organización estructurada, sino como corriente de ideas. El General nos invitó a través de (Vicente) Solano Lima y aceptamos. Me arriesgo a opinar que la Tendencia reverá su posición y concurrirá a futuras reuniones. Todo es producto de una equivocada formulación política y de cierto “elitismo”.

—¿Cuáles son esas equivocaciones?

—(…) Las Fuerzas Armadas ya no son enemigas y la acción política debe predominar por sobre la militar. De otra manera se contrapone el proyecto propio al de Perón, y esa contradicción es insoluble.

La entrevista completa puede ser leída en el sitio Mágicas Ruinas.

 

Revista Panorama, con detalle de Maguid y Spina.

 

El intento de Spina y Maguid por mantenerse “neutrales” no los salvó de las amenazas de la Triple A. Sus apellidos aparecieron en la contratapa de la revista El Caudillo entre los condenados a muerte por la banda parapolicial de José López Rega. Maguid, participante del secuestro del dictador Pedro Eugenio Aramburu, marido de Nora y cuñado de Norma Arrostito, será secuestrado en Lima y desaparecido.

 

El Caudillo N° 21, 5 de abril de 1974.

 

 

1976

La noche anterior al golpe no durmió en su casa. Pero la mañana del 24 de marzo se instaló en la mesa junto a la ventana de un bar sobre Cerrito, frente al Mercado del Plata, a mirar cómo llegaban los camiones militares que allanaron las oficinas municipales –incluida la suya–, mientras mojaba las medialunas en el café con leche.

Vivió justo un año en la clandestinidad, lo que parecía no incomodarlo, a pesar de las puteadas de la familia que lo conminaban a irse. Para el aniversario del golpe, supo por los diarios acerca de la detención de un grupo que hacía mucho era buscado por un grave hecho delictivo en el que se había usado un arma provista por él. En realidad, Spina le había prestado un “fierro” a un compañero, que nunca se lo devolvió.

Se fugó a Río de Janeiro, donde haría carrera política Darcy Ribeiro, con quien había convivido en Perú. Usó falsos documentos uruguayos, aunque mantuvo “Julio” como nombre de pila. Después de un tiempo de esfuerzo, junto con unos exiliados que labraban artículos de cuero, empezó a irle tan bien que compró un barquito con motor al que bautizó “Don Juan”. Cuando en 1981 oyó la requisitoria de su primo “El Negrito” por la motivación de ese nombre, respondió: “¿Y qué querés? ¡No podía ponerle Juan Domingo!”.

 

Un nombre de dos siglos

Hacia 2002 brindó un largo testimonio de su militancia y de la época para el documental Los malditos caminos, de Luis Puenzo y Luis Barone, producido por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y la Universidad Nacional de Lanús, con eje en la relación entre José Luis Nell, Lucía Cullen y el sacerdote Carlos Mugica.

 

Captura del film ‘Los malditos caminos’.

 

 

Con el inicio de la era kirchnerista iniciada en 2003, los viejos resistentes empezaron a ser recibidos en despachos que durante décadas les habían sido ajenos. Así, un grupo integrado por Manuel Gallardo fue recibido en 2005 en la Casa Rosada, tras una gestión del autor de esta nota ante Carlos Kunkel, por entonces subjefe de Gabinete.

En 2008, Spina estuvo entre los presos Conintes propuestos para ser reconocidos por ley de la Legislatura de la Ciudad Autónoma, que el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, vetó en un acto de coherencia con sus intereses patronales. Recién al año siguiente, durante la gobernación de Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires, se sancionó la ley por la que se entregaron pensiones a 75 sobrevivientes.

El sable que había sido el desvelo de Spina regresó al Museo Histórico Nacional –ubicado dentro del Parque Lezama, en San Telmo– el 25 de mayo de 2015, por decreto 843 de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

 

 

El acto de devolución del sable con CFK:

 

Breve historia del derrotero del sable:

 

Los reconocimientos a los artífices de la Resistencia han sido extensivos a varios compañeros. Por ejemplo, en estos días, la jefa comunal Mayra Mendoza participará de la imposición del nombre Manuel Gallardo a una Unidad Básica de Quilmes.

Asimismo, el viernes 18 de febrero tuvo lugar la emotiva presentación de un libro sobre el combativo Jorge Di Pascuale en el Sindicato de Farmacia. Fue en ese marco que se difundió el fallecimiento de Héctor Spina, quien en la última primavera había cumplido 83 años. El triste anuncio, según consignó Juan Del Barrio para el sitio Nac&Pop, recibió como respuesta un espontáneo y larguísimo aplauso, ante todos de pie: “Compañero íntegro e incansable, Spina, un referente ineludible por décadas para todos los jóvenes de la militancia”.

 

 

 

 

Fuentes

Artículos de Julio Spina, Roberto Bardini, Juan Del Barrio y Blas García.

Revistas Jotapé, Panorama, El Caudillo, Marcha, de Uruguay y Semanario CGT, Nº 45, contratapa del 22 de mayo de 1969.

Sitios Mágicas Ruinas y argentinaperonista-rollon.blogspot.com.

Trabajos académicos de Alfredo Mason (Pensamiento Latinoamericano) y Juan Pedro Denaday (UBA/CONICET) con citas a libros de Oscar Anzorena y José Pablo Hernández.

Plan Conintes y resistencia peronista 1955-1963, Instituto Nacional Juan Domingo Perón de Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas, Buenos Aires, 2010.

 

 

 

 

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