Un Mengele argentino

Falleció José Antonio Bergés, un médico torturador que apropiaba bebés

José Antonio Bergés.

 

Jorge Antonio Bergés, como el ex capellán Christian von Wernich, fue elogiado por el jefe de la Policía Bonaerense Ramón Camps ante Vicente Romero Ramírez, corresponsal español del diario El Mundo, en enero de 1983. Les daba “asistencia médica y espiritual”. Así de funcional fue el quilmeño fallecido el lunes.

Recién después de que su jefe lo exhibiera, aún en dictadura, empezó su derrotero de menciones ante la CONADEP (1984); el juicio a las Juntas (1985) y los procesos de 1986, trámites tan necesarios como insuficientes, equivalentes a los de Nüremberg: donde de 172.000 fichados como criminales de guerra nazis, Josef Mengele incluido, sólo medio millar fue condenado.

 

 

Mirando al sudeste

Bergés, nacido en 1942 en Avellaneda, regresó a su ciudad en 1964, destinado a una seccional. Allí, se encontraría con Miguel Etchecolatz, jefe de Comisaría y de la Brigada.

En la cercana Banfield, desde 1974 usaban como centro de detención una vieja dependencia conocida como el Pozo, donde retuvieron a Susana Mata, embarazada de Alejandrina Barry, legisladora porteña en la actualidad.

El 18 de febrero de 1975, Bergés ingresó a la Dirección General de Investigaciones bonaerense donde confluyó con Etchecolatz.

Veinte días antes del golpe, en la limítrofe Bernal, su policía secuestró a la maestra Hilda García (18 años), a quien le robarían el bebé Pedro Nadal, de nueve meses. Bergés falsificó el certificado de nacimiento para un efectivo de la Brigada Quilmes, apropiación que terminaría en condena con el aporte investigativo del autor de esta nota.

Durante la dictadura, informaba “la fortaleza de las víctimas para resistir las torturas”. En Arana, aprobó: “Dale, que tiene una chapa en el corazón”, delante de Juan Destéfano, ex presidente de Racing y ex ministro de Gobierno bonaerense, secuestrado en junio de 1976. Fue visto autorizando “si continuaba o se detenía la tortura”, por Héctor Ballent, quien fuera durante treinta años director de Ceremonial en la Gobernación.

A Pablo Díaz lo mandó a compartir celda con Gabriela Carriquiriborde hasta que comenzara su trabajo de parto. Lo mismo ordenó a los demás adolescentes de La Noche de los Lápices: “Bergés dijo a los guardias que respondan a nuestros llamados, que las embarazadas eran las ‘joyas’”. E incentivó: “Si quieren divertirse, usen a las chicas; pero no a las embarazadas”.

Tronó también en la Comisaría 5.ª de La Plata, grabada en las memorias de Jorge Julio López y de la embarazada Adriana Calvo, secuestrada con su marido Miguel Laborde de su casa en febrero de 1977. Era la voz de quien hacía la “revisación ginecológica”.

En Banfield, Bergés recibió a Calvo desnuda, esposada, con la beba nacida en un Falcon, y el cordón umbilical atado con un trapo, le quitó la placenta, le ordenó limpiar la camilla y el piso, riéndose.

Condujo el procedimiento para otros partos –como el de Leonardo, el 12 de marzo– que Calvo presenció hasta su liberación el 28 de abril.

Ese día, cerca, aparecieron baleadas Generosa Fratassi y Luisa Martínez, personal del Hospital Iriarte que avisó del parto a la familia de Isabella Valenzi, llevada desde el Pozo de Quilmes por Bergés.

 

La partera Martínez.

 

Bergés arrancó a Carmen de los brazos de Aída Sanz el 23 de diciembre, secuestrada con Eduardo Gallo, matrimonio de uruguayos, cuatro días antes del parto.

“Siempre estaba, en COT-I Martínez o en Puesto Vasco —según reconoció Jacobo Timerman—. Era un torturador implacable. Cuando me atormentaban, siempre estaba cerca. Aparecía, prolijo, con su guardapolvo blanco, y daba miedo”.

En P. Vasco, Don Bosco, a fin de año, inyectó veneno al corazón de tres secuestrados, junto al policía Julio Emmed.

En 1978, mandaba a la embarazada María Asunción Artigas, pareja de Alfredo Moyano, a recoger un tarro usado como inodoro y lavar el trapito con que se limpiaban los secuestrados, según declaró el albañil Diego Barreda, quien en septiembre le oyó dar a luz a Victoria.

Otra mañana de 1978, en una esquina del conurbano sur, preguntó: “¡Martita! ¿Qué hacés acá?”, cuando vio a Marta Leiro con el marino Carlos De Luccia, a quienes les entregó a Carmen envuelta en diarios manchados con sangre y la partida de nacimiento con su firma.

Descansaba de tales sorpresas, en la casa de su compinche en Temperley, Valentín Milton Pretti, a cuya hijita “sentaba en sus rodillas”.

 

 

Permaneció en Investigaciones hasta el 18 de diciembre de 1984, cuando pasó a la Dirección de Servicios Sociales (sugestivo destino), después de que a la delación de Camps sumara la del agente que relató a la CONADEP sus inyecciones de veneno. Antes de terminar la década, leerá en Clarín que Emmed murió “en un enfrentamiento”. No podría, en cambio, silenciar a Adriana Calvo ante la CONADEP ni en el Juicio a las Juntas.

“Creen que soy el doctor Mengele”, minimizó, antes de presumir que iba preso por presión del mismísimo Presidente, quien terminaría beneficiándolo con las leyes de impunidad.

Como señalara Horacio Verbitsky: “La libertad de Guglielminetti es un acto de gobierno por más que no se origine en la voluntad del Poder Ejecutivo, (además de) la reincorporación a la Policía del médico torturador Bergés, aunque no en un cargo jerárquico como aclaró con ingenuidad o cinismo el gobierno provincial” (revista El Periodista, 31 de enero de 1986).

A pesar de que Bergés fue condenado a seis años de prisión el 2 de diciembre de 1986 –cuando Raúl Alfonsín se aprestaba a anunciar la ley de Punto Final–, cumpliría menos de seis meses. Sería absuelto por “falta de capacidad decisoria” en aplicación de la Obediencia Debida convalidada por los Cortesanos Supremos Augusto Belluscio, José Caballero y Carlos Fayt.

No halló semejante tolerancia en la sociedad. Cuando solicitó su reingreso al Círculo Médico de Quilmes, presidido por Eduardo Penhos, una asamblea de 170 profesionales, rodeados con intimidatorios patrulleros, vio su solicitud rechazada.

Tras la aprobación allí de la moción de los doctores Ricardo Angelino y Justo Blanco, fue declarado persona non grata por el Concejo Deliberante. Bergés conocía a Blanco, jefe de Obstetricia en el hospital distante a una cuadra del Pozo de Quilmes desde donde llevó a Isabella Valenzi. No lamentó la explosión que partió la casa del médico. Otra cosa lamentó de Angelino y su esposa: su auto se les incendió porque la bomba no estalló.

 

Blanco, homenajeado por concejales que responden a Mayra Mendoza.

 

Con ambos, en reuniones de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), conversábamos sobre las mujeres que se atendían en su clínica sin conocerlo. Adriana Calvo trajo el relato de un doctor de Avellaneda que contaba que lo primero que Bergés hizo en libertad fue patear la puerta del Colegio Médico buscando a quien le había quitado la matrícula.

Con ese carácter, fue a encargar un volumen a la librería más grande de Quilmes, donde oyó de Miguel Angel Morelli la advertencia de que, aunque sería difícil, lo intentaría. Lo tomó como una promesa y con tales ínfulas regresó a exigir el compromiso.

Bajó los humos tras las denuncias de Adolfo Scilingo, difundidas por Verbitsky desde marzo de 1995, que revitalizaron reclamos como los de Hijos de desaparecidos, quienes pidieron al Colegio Médico de la Provincia retirarle su matrícula.

 

 La comunidad quilmeña denunciante.

 

Bergés seguía en la nómina policial bajo Pedro Klodczyc cuando se enteró del pedido de captura emanado del Juzgado de Roberto Marquevich por la apropiación de la beba de los uruguayos. Solicitó licencia y, en julio de 1995, se fugó.

Para el 12 de agosto, lo sometimos a un juicio ético frente a la estación Quilmes (la Intendencia de Aníbal Fernández ayudó a cortar las calles) con Adriana Calvo sobre un enorme escenario.

 

El juicio popular.

Padeció en carne propia su figura emblemática. El 4 de abril de 1996 fue baleado por una Organización Revolucionaria del Pueblo (ORP), con la que pretendió una operación de desprestigio, hasta que la verdad fue revelada por el varelense Francisco Benzi, espía de la división Protección al Orden Constitucional (POC) de la Policía Federal.

“Bergés usó como escudo a su mujer”, declaró Adrián Krmpotic ante la jueza María Servini cuando se atribuyó los 20 balazos. La esposa alejó con retórica a la prensa: “¿Están contentos?”.

Internado en el hospital de Berazategui, fue visitado por otro comprensivo nostálgico de la dictadura, Rito Egisto Villafañe, custodio del intendente Carlos Infanzón (ex médico de la Policía Federal), en su Falcon rojo B2023128.

 

El Falcon de Villafañe.

 

 

Nueva era

Desde 2003, tras declararse inconstitucionales las leyes de impunidad, con la revitalización de los juicios platenses a Etchecolatz, Bergés se vio otra vez en la mira cuando el colegio profesional de la capital provincial impulsó quitarle la licencia a condenados, para lo que el Colegio Médico bonaerense no estaba habilitado y para lo que la diputada Susana Fernández (PJ) consiguió sanción en su Cámara.

En marzo de 2004, Bergés (con Etchecolatz) fue condenado a siete años de prisión por la apropiación y supresión de identidad de Carmen Gallo Sanz; pero debido a su salud (seguía en silla de ruedas desde el atentado de hacía ocho años) recibió arresto domiciliario. Igual, en mayo, debió soportar que la APDH de La Plata solicitara a la Cámara porteña su detención.

Berges con Etchecolatz.

 

Contó con gente comprensiva, como el fiscal Juan Romero Victorica, quien pediría anularle la condena por la uruguaya secuestrada debido a la “prescripción” del terrorismo de Estado. 

En La Plata, hacia julio, tuvo compinches que secuestraron al fiscal Carlos Dulau Dumm durante diez minutos en su auto, para reprocharle la pena pedida y repetirle que se apartara de los Juicios por la Verdad, antecedente del primer proceso ante el Tribunal Federal 1.

El 5 de agosto festejó que los jueces que lo sentenciaron pasaran a excarcelarlo por el beneficio (derogado) del 2x1, aunque pronto recibió otro pedido de detención por parte del juez Rodolfo Canicoba Corral, solicitado desde la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre en una causa contra el Primer Cuerpo de Ejército. 

Hizo tiempo internado en el Hospital Ramos Mejía, donde el 17 de agosto fue sorprendido por vecinos de San Cristóbal, con médicos y ex detenidos que, a centímetros de su cama, le gritaban “asesino”.

En septiembre recibió otro pedido de arresto por parte del juez Arnaldo Corazza, un ex abogado quilmeño con pasado peronista, el primero en encarcelarlo por robo de bebés. Aunque Bergés se negó a ir desde la cárcel de Devoto hasta La Plata, fue llevado en un móvil con camilla para notificarse de que debería completar la pena por tormentos que obturara la  ley de Obediencia Debida.

En octubre fue procesado con prisión preventiva por “privación de la libertad y torturas” a Adriana Chamorro, Eduardo Corro y Amalia Marrón en la Brigada Lanús del Primer Cuerpo.

Recién en marzo de 2005 vio reducida su sentencia a cuatro años por supresión de identidad, gracias a la Sala I de Casación (Alfredo Bisordi, Juan Basavilbaso y Liliana Catucci). Más gente comprensiva.

Ese año, a partir de causas promovidas en su contra, masculló la restitución de los nietos Pedro Nadal García y Leonardo Fossati Ortega. Por lo tanto, a la confirmación que la Corte hiciera de su condena en la causa Camps, hacia 2007, sumaría en 2008 otra sentencia por apropiación.

No obstante, hacia 2010, recibió el beneficio de la prisión domiciliaria, lo que motivó el repudio de las Madres de Plaza de Mayo.

No podía dejar de oírlas. Hasta debió mencionarlas ante el Tribunal cuando respondió dónde vivía: “en la calle Madres de Plaza de Mayo 1441”, escupió, forzado por el cambio de nombre de la ex Magallanes, votado por concejales quilmeños.

“No entiendo por qué hablan de centro ‘clandestino’, si realicé exámenes legales. Nunca presencié tortura; nunca vi torturados”, negó en 2011.

Recibió el convite de la declarante Carmen Ledda Barreiro: “En calidad de abuela que busca a su nieto, que son hombres y mujeres que a su vez tienen hijos; no hay una generación que no sabe, sino dos. Voy a pedir a señores como Bergés: antes de morir, déjennos una carta, digan dónde están, para que ellos sepan quiénes son y que los estamos buscando. Es un llamado con toda la nobleza de que soy capaz ante mis enemigos”.

Bergés guardó silencio. En 2012 fue condenado a 25 años de prisión en la causa por el Circuito Camps.

 

Escrache en su casa.

 

Afrontó su último proceso desde octubre de 2020: el juicio unificado contra las Brigadas. En ese marco, salió de su prisión domiciliaria para despegar los carteles que le preguntaban dónde estaba la beba Valenzi. En una audiencia fue acusado de violación. Por fin, hacia 2024, fue condenado a perpetua por la sustracción, retención y ocultación de menores en perjuicio del hijo de Repetur-Carriquiriborde; de Diego Ogando Montesano; de Daniel Santucho Navajas; de María José Lavalle Lemos; de Rosa Valenzi, de Carlos D’Elia Casco y de Victoria Moyano Artigas.

A su casa se acercaron estudiantes a cargo de la profesora Viviana Buscaglia que fueron a entrevistarlo para su proyecto "Dejar huellas", como relataron a Hugo y Vicente Muleiro en el libro Los monstruos.

 

 

Luego del fallecimiento este lunes 9 en el sanatorio Urquiza, el Colectivo Memoria, Verdad y Justicia expresó en un comunicado: “Habitó Quilmes, en las mismas calles en las que perpetró sus crímenes. Muere llevándose la verdad sobre los apropiados (…) la identidad y destino de Rosita, hija de Silvia Isabella Valenzi, nacida el 2 de abril de 1977, robada por su patota. Estos miserables no merecen ni una mención, excepto para dejar claro que son responsables; que, aunque la Justicia actuó, mueren en sus casas. Fue un genocidio y son 30.000. Bergés no descansará nunca en paz”.

 

 

 

 

 

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