UNA OQUEDAD ILUMINADA

Seis cuentos de Marcelo Luján exploran la lengua compartida en parajes a la vez cotidianos y fantásticos

 

Seis cuentos con atmósfera y estructura de policial negro, tramas que incluyen costumbrismo nostálgico mixturado con grageas fantásticas, tiempos que se tuercen sobre si mismos, un lenguaje que va de la subjetividad a la descripción, son los parámetros que el facilismo crítico promulga al adjetivar la prosa de Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973) de “inclasificable”. Holganza que achata la profundidad y disuelve en el adverbio el inusual hallazgo de un estilo. Genera un prejuicio donde disciplinar una literatura que se revela a asilarse en ese canon marketinero que reniega del género narrativo, capaz de hacer gala de la ficción acotada.

Ahuyentado de la malaria de las costas rioplatenses durante el tsunami del cambio de siglo, Luján fue a parar con su humanidad a España donde supo conquistar un espacio cultural propio, de reconocimiento y, ahora, el VI Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Certamen insospechable de inclinaciones mercantilistas, no solo por su juventud sino por compartir el espíritu de otros tantos —pocos— de localidades del interior de la península que supieron obtener respeto y consideración por los jurados y calidad de sus elecciones. También, como en esta oportunidad, al fomentar la edición ganadora a ambos lados del Atlántico, cual ocurre en esta oportunidad con La claridad.

 

 

El autor, Marcelo Luján.

 

 

Cada uno de las historias está precedida por sendos pares de epígrafes. Uno, proveniente de variopinta música pop (Ratones Paranoicos, Pulp, Ramones, Bee Gees, Creedence, Lou Reed) y otro de pesadillescos parágrafos de las sagradas escrituras (Gálatas, Mateo, Isaías, Salmos, Apocalipsis) del cristianismo. Llaves que abren los oscuros pasadizos subterráneos que comunican los —al menos— dos espacios de sentido en que deambulan los españolísimos personajes. Algo sugiere Luján al comienzo de cada cuento acerca de los esperpentos que van a sorprender a sus actores bajo la forma de la codicia, el azar, el apuro, la tentación, la voluntad, el deseo. Puñado de variantes de la condición humana que, como ráfagas, caerán de improviso sobre cada caminante, para difuminarse del mismo modo que llegaron, o bien permanecer hasta el final. Y el final del final, o entretanto, donde “nada de lo que sucederá dentro de un rato debería suceder nunca pero sucederá de todos modos”.

Como la acción se dispara de cero a cien en tres líneas en todos los cuentos, parece adrede que en el primero, Treinta monedas de carne, y en el último, Más oscuro que tu luz, el arranque sea más moroso. No mucho, apenas una página; tal vez para permitirle al autor metaforear un rato, hábito del que se abstiene en el conjunto de las siguientes, donde el juego de contrastes rige el ritmo de cada relato. Sin respiro, la trama en algún momento pega un vuelco que deja en ascuas primero a los personajes, en seguida al lector. En el mentado primer relato, dos mujeres jóvenes salen a bicicletear mientras sus parejas se quedan en el camping viendo fútbol. Una es una espigada noruega que apenas balbucea el español sin saberse lo que dice y menos lo que piensa, la otra es una española que no deja de balbucear una cháchara celotípica, resentida, despechada, obscena. Se pierden en un valle, no hay señal de celular y, cuando todo hace prever una colisión entre ellas, el desastre proviene de ignotas latitudes, exteriores e interiores.

Es una constante en la velocidad del relato y su entretejido de inquietante oscuridad, que la escritura de Luján pase rauda por encima de algún cliché (la ninfa porta finos labios, la duda carcome) y haga del azar un actor —a menudo caracterizado de Mefistófeles, parca o aparecido— que la historia explora en forma sistemática y, aún más, tematiza. Jolgorio salpicado de motas macabras, posible gracias a un juego con los tiempos, narrativos y cronológicos, en los que la anticipación brinda pistas sin convertirse en obviedad: “Todavía ni sabía por qué mi tía tardaba tanto…” Hace centro en el impasse por sobre el objeto, en tanto toda certeza se diluye dejando sin lugar a la previsión: “No sabe que su amigo, hace unos minutos, tragó saliva exactamente así, como lo está haciendo él ahora. No sabe que la noche será corta ni que en el alma de todo deseo se halla el germen de su propia destrucción”. Entonces; ¿qué se destruye? ¿La noche, el alma, el deseo, todo ello, nada? Tiempos descuajeringados que caracolean dentro de una frase, en un párrafo, en todo un cuento y, por qué no, transitan de una historia a otra. El personaje secundario de una pasa al primer plano, de repente, en el medio de otra, en otra década y en distinta geografía, para esfumarse entre que una puerta se abre y otra se cierra. O al revés, emerge cumpliendo un destino plausible, aunque en momento alguno prefijado en el relato original.

Correlatos y antinomias que tuercen el lenguaje sin quebrarlo, pasan de la crónica naturalista al anclaje coloquial: “…Los clientes ya no hacen referencia a lo sucedido ni nos dicen Qué desgracia, ni Parecía tan buena, ni Si es que no se pudo uno fiar, ni Que el Señor se apiade de ella, ni Fijo que estaba drogada”. Más que un estilo, recursos y artilugios con los que el autor indaga una Lengua que se apropia de su escritura con exitosa eficacia. Por eso, los seis cuentos de La claridad es preciso leerlos como pronunciados con un fértil gracejo castellano, para descubrir que es el laborioso manejo de la generosa Lengua lo que irradia la luminosidad que el título alude, por sobre la oquedad que las singulares historias encierran.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

La claridad

Marcelo Luján

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2020

174 págs.

 

 

 

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