Utopía o gestión

Debates abiertos y necesarios sobre planificación o gobernanza

 

En una nota publicada aquí el 10 de octubre, Guillermo Wierzba se refiere al frente climático epocal del posibilismo realpolitikero o política market friendly para englobar un grupo de argumentos y políticas públicas que se esgrimen a diario. Por otro lado, en la edición pasada de El Cohete a la Luna, Eduardo Crespo ha denominado como anticapitalismo posmoderno y partido antiexportador –con una fuerte enemistad contra el movimiento ecologista– a otro conjunto de fundamentos.

Los artículos de Crespo y de Ricardo Aronskind son una fiel representación de estas dos posturas. Claramente discrepo con los planteos de Crespo, compartidos por otros políticos, académicos y periodistas, y me siento más en sintonía con Wierzba y Aronskind. Se trata de un debate fundamental, que debemos propiciar, promover y alimentar, siempre en un clima de respeto y rigurosidad, dejando los egos personales de lado y posibilitando el aprendizaje colectivo.

Cuando se pone el énfasis en los problemas ambientales, el debate se plantea en términos ambiente-desarrollo, pero Aronskind y Wierzba no son particularmente militantes de movimientos socioambientales. De tal manera que podría replantearse entre el posibilismo cortoplacista del eterno presente o el planificacionismo de mediano y largo plazo. Esta no es una discusión sólo de los argentinos, sino que existe una profusa literatura en Ciencias Sociales destinada al tema. Me atrevo a decir que se trata de uno de los grandes debates del siglo XXI, al que me propongo contribuir. El ejercicio que propongo a continuación es reproducir citas cortas de la nota de Crespo con algunas observaciones que me parecen pertinentes.

Crespo plantea que es erróneo pensar que los oligopolios son un problema, sino que “la gran empresa es un producto de la competencia, no su negación”. Luego afirma que “la idea de que miles de productores diminutos podrían producir a precios más competitivos que las grandes compañías es una fantasía insostenible tanto en términos teóricos como empíricos”. 

Ese planteo no es válido como generalización y debe analizarse sectorialmente. A su vez, para planificar políticas públicas para la prosperidad social ya no es suficiente analizar un clúster empresarial sectorial en términos de rentabilidad del sector y precio final del producto en el mercado, sino que deben incorporarse otras variables. El debate implica qué se mide y cómo se mide, el horizonte de soberanía y bienestar social que se pretende alcanzar y en qué plazo. La econometría posee sesgos ideológicos y no se trata de la objetivación de una realidad. Los instrumentos de medición de la economía convencional son obsoletos para los desafíos del nuevo milenio.

Otras variables a medir podrían ser:

  • Mayor generación de empleo por producto.
  • Capacidad de abastecer al mercado interno, desacoplado de los precios internacionales.
  • Reducción de costos o externalidades ambientales, que el privado no internaliza y asume el Estado.
  • Cadenas cortas de comercialización, que mejoran los problemas de logística e intermediación.
  • Desdolarización de las cadenas de valor.
  • Know how nacional.
  • Desarrollo territorial equilibrado y planificado para revertir uno de los males de nuestra historia política.
  • Reducción del poder político de sectores empresariales sobre el pueblo y el Estado.
  • Y un largo etcétera.

Siguiendo la anterior línea argumental, Crespo continúa diciendo: “Si los pequeños productores efectivamente pudieran ofrecer a precios menores, ¿por qué no lo hacen y desplazan a los ‘oligopolios’?”.

Este argumento reproduce la lógica meritocrática neoliberal aplicada a las empresas en vez de a los individuos. Un oligopolio, justamente, representa la imposibilidad de que las pymes puedan salir a competirle en el mercado. La ausencia de políticas de Estado que atiendan esta situación genera que el grande se coma al pequeño y que el pequeño no tenga posibilidades de satisfacer demandas sociales, para no decir de mercado. Oligopolio refiere no sólo a pocos actores, sino al abuso de posición dominante en la formación de precios en distintos eslabones de las cadenas de valor vinculadas al consumo.

En el fondo, lo que hay que discutir aquí es el rol del Estado en la planificación. Qué tipo de Estado capitalista está en discusión: si es un Estado emprendedor y/o Estado empresario, si es un Estado que planifica su futuro en todas sus dimensiones (monetario-financiera, industrial-sectorial, uso de suelo y ordenamiento territorial, control de exportaciones e inversiones extranjeras, salud, educación, desarrollo científico y tecnológico, etc.). Si el área de desarrollo (inversión de capital, I+D) es inviable para los pequeños y las pymes y si se trata de un bien estratégico (gas y petróleo, telecomunicaciones, transporte, generación y distribución de energía, etc.) ahí más aún el Estado tiene que hacer valer su peso. La historia (YPF, SOMISA, IAME, INVAP, Fabricaciones Militares, Industria Naval, etc.) y estudios recientes [1] nos dan la razón al respecto. Si se trata de un bien común, público o estratégico es el Estado y no el privado el que tiene que tomar las riendas de su propio destino.

Asimismo, Crespo sostiene que “el partido anti-exportador insiste con el argumento de que promover oportunidades productivas en el interior equivale a sacrificarlo. En la práctica refuerza la hegemonía política e ideológica del agro pampeano, que desde hace décadas busca revertir y extirpar de raíz el legado histórico y la memoria social del peronismo”. Quienes criticamos el proceso acelerado de la concentración de la tierra y de la renta con el modelo tecnológico y de negocios de desarrollo inducido por las corporaciones agroalimentarias transnacionales creemos mucho más en el legado de Juan Domingo Perón. Reforma agraria de la mano del Estatuto del Peón Rural es su legado y es Evita enfrentando a la oligarquía terrateniente. Vivir en un eterno presente es también el desconocimiento y la naturalización de la historia y de los hechos actuales, con la consecuencia de vivir en un constante ciclo de repetición desde el cual no se pueden imaginar futuros alternativos.

El modelo agropampeano que se consolidó a partir de la llamada Revolución Verde en los ’70 –potenciado con los paquetes tecnológicos de los organismos genéticamente modificados a partir de su aprobación en 1996, de la mano de Felipe Solá– reforzó su hegemonía, encabezado por la Sociedad Rural y otras organizaciones (la Mesa de Enlace). Despobló los campos, los pueblos rurales e impidió el desarrollo de las economías regionales, potenció el éxodo rural-urbano (superpoblando los periurbanos de las grandes ciudades) y facilitó que el mercado interno de los alimentos quede atado a los vaivenes de los mercados de exportación. La cara opuesta fue la política agropecuaria planificada por Perón entre 1945 y 1955. La planificación estratégica se sale de la historia reciente y abraza la historia profunda para diseñar el futuro en un proceso de retroalimentación entre un Estado protagonista de su propio destino y los movimientos sociales del nuevo milenio (ecologismo, feminismo, antirracismo y la cultura libre del ciberactivismo).

Por otro lado, Crespo plantea que “es erróneo y contraproducente tratar la salida de capitales como un asunto policial. Los grandes autores de la economía política clásica explicaron este punto con claridad: el capital se mueve en función de la rentabilidad esperada”. Me parece muy preocupante escuchar esto cuando se están discutiendo mundialmente los problemas de la evasión fiscal a gran escala a través de las guaridas fiscales. En el caso argentino, se está viendo cómo controlar el tráfico ilegal que se instrumenta con diversos mecanismos jurídicos y portuarios. Lo que más me llama la atención es que un académico plantee, con la liviandad con la que podemos opinar quienes no estamos en cargos de gobierno, cuestiones menos progresistas y nacionalistas que las que proponen funcionarios de primera línea con el peso de la responsabilidad política.

Vuelvo al debate sobre la planificación. Debe estar centralizada por el Estado con la participación popular. Lo opuesto es la gobernanza sobre los grandes empresarios, dejando que ellos sean los que planifiquen las áreas estratégicas de inversión y desarrollo y que las necesidades del pueblo se satisfagan únicamente vía mercado. Hace tiempo que los Estados dejaron de planificar su futuro: el posibilismo realpolitikero lo deja en manos de otros –las corporaciones transnacionales, las potencias económicas y las oligarquías locales– mientras vive este eterno presente. Los Estados del post-neoliberalismo (no sería el caso de China) no planifican el futuro, viven el presente coyuntural de maniobras posibilistas que los lleva a futuros no deseados una y otra vez. Los políticos que han hecho historia son aquellos que han podido ensanchar el espectro de lo posible.

Paul Mason [2] plantea que estamos en una nueva Guerra Fría, pero que ya no se trata de capitalismo mercantilista norteamericano contra comunismo soviético, sino entre capitalismo liberal occidental de mercado (Estados Unidos) contra capitalismo de planificación de Estado (China). La historia reciente y los análisis prospectivos están dando señales del éxito del modelo chino por sobre el estadounidense y los debates que giran en torno a las ideas de aceleracionismo [3] y poscapitalismo [4] vislumbran futuros alternativos probables, posibles y deseados/indeseados.

El eterno presente del posibilismo realpolitikero no tiene un plan estratégico, aunque así lo afirme. No hay mediano plazo, sólo cortoplacismo. Su plan persigue objetivos numérico-estadísticos como “crecimiento económico”, “aumento del consumo interno”, “generación de empleo”, “sustitución de importaciones”, “equilibrio macroeconómico”, “atracción de inversiones extranjeras” y “aumento de las exportaciones”. Si esa es la planificación estratégica de los sectores progresistas del capitalismo periférico, estamos condenados al fracaso. El momento histórico merece planteos menos conservadores y mayor sintonía fina en áreas que no son las habituales de las agendas de gobierno de la historia reciente.

Dice Arboleda [5] que “se precisa fomentar una facultad que hoy se encuentra adormecida: la de imaginar y de producir un futuro que no sea un mero pastiche de la sociedad ya existente”. El presente perpetuo del posibilismo termina en futuros planificados por otros. Estamos mal hoy, estábamos mal con el macrismo y la década ganada –con sus virtudes– lejos está de ser el mundo deseado de lo posible. Incluso, quizás no podamos volver a ese pasado reciente. Entonces, ¿qué promesas de futuro, qué imaginario de cambio de sistema social brinda el relato político –siempre teñido del relato económico– a su pueblo?

Concluyo citando nuevamente a Arboleda, cuyo libro recomiendo para alimentar este debate: “La historia de la planificación económica aviva y reactualiza trayectorias de democratización que han desaparecido ante el eterno presente del realismo capitalista y que podrían trazar el rumbo hacia una planificación distinta en el futuro. El Green New Deal parte del presupuesto de que una transición energética a gran escala es inconcebible sin antes garantizar el bienestar material de las clases trabajadoras, y particularmente de las comunidades más afectadas por los efectos del cambio climático y la crisis económica. Si bien el proyecto del Green New Deal se originó en el mundo angloeuropeo, actualmente está siendo apropiado por partidos y movimientos sociales en varios países del mundo para combatir de manera simultánea los dos grandes desafíos del presente siglo: el calentamiento global y la desigualdad extrema. En América Latina, la discusión sobre un posible Pacto Verde aún es incipiente, pero ya empieza a esbozar algunos caminos posibles para la descarbonización y democratización de las economías de la región”. 

 

 

 

[1] Mariana Mazzucato, El Estado emprendedor, mitos del sector público frente al privado, Editorial RBA, 2019.
[2] Paul Mason, Postcapitalismo, hacia un nuevo futuro, Editorial Paidós, 2016.
[3] Armen Avanessian y Mauro Reis (compiladores), Aceleracionismo, estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Editorial Caja Negra, 2019.
[4] Paul Mason, ibídem.
[5] Martín Arboleda, Gobernar la utopía. Sobre la planificación y el poder popular, Editorial Caja Negra, 2021.

 

 

 

 

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