VOTAR CONTRA EL CRIMEN

Hay que pegar un grito de rebeldía, y el primero pegárselo al FMI

 

La deuda contraída por el gobierno de Cambiemos ha sido una política y un acto criminal. Un delito grave. Un crimen contra el pueblo y la Nación. El FMI ha sido copartícipe de ese crimen. No sólo por el incumplimiento probado de los procedimientos y disposiciones que la normativa nacional exigían para la firma del stand-by, sino por la cuestión de fondo: el destino de los casi 45000 millones de dólares que el organismo entregó y el gobierno dilapidó en fuga de capitales. Dice el último documento del colectivo Comuna Argentina, titulado No deben pasar: refundar la esperanza, que “las deudas externas forman parte de los actos de guerra del capital financiero internacional”. Cuando se examina el endeudamiento al que sometió al país el gobierno de la Alianza que integraron Macri, Rodríguez Larreta, Santilli y María Eugenia Vidal, esa afirmación cobra una dimensión de realidad como nunca antes. Deuda y saqueo se juntaron en un acto único. Recientes declaraciones del ex Presidente dan testimonio de ello. Miles de millones de deuda sin contrapartida alguna en activos que mejoren la economía. Empobrecimiento abrupto y general del pueblo. Concentración del ingreso, de la riqueza, de la economía y de la oferta de productos básicos para el consumo popular. Concesión abierta del comando compartido del manejo monetario argentino a los burócratas del Fondo Monetario. Ahora el líder de Juntos promete que si fuera Presidente arreglaría la deuda en cinco minutos. No es más que la confesión de la disposición a hacer todo lo que organismo multilateral desea. Que no es otra cosa que aceptar lo que el nuevo Braden – el anunciado futuro embajador de los Estados Unidos, Marc Stanley— exige sin recato, y lo que el capital financiero internacional quiere imponer.

Pero también hay un factor interno que ha estrechado lazos con el proyecto neoliberal, que es el que asimila todas las exigencias del FMI, que persisten en las recomendaciones privatizadoras, ajustistas, de reforma laboral contra los trabajadores, de reforma previsional contra los jubilados y, también, devaluacionistas del peso –con el objetivo de rematar a precio vil lo que resta del patrimonio público, pero también las actividades todavía llevadas a cabo por empresas privadas – especialmente medianas y pequeñas—.

Si ganan esta elección de medio término tratarán de trabar cualquier despliegue del proyecto del Frente de Todos y preparar su retorno para el 2023, con un programa que los discursos del 2015 ocultaron, pero que los de hoy entonan a viva voz: el programa del liberalismo antidemocrático, antinacional y antipopular. Quienes son los que ganarían: la alianza Juntos, el bloque concentrado del capitalismo local financiarizado y el capital financiero internacional que quiere cobrar la deuda del crimen y seguir haciendo negocios en el país.

Votar al Frente todos hoy, es sufragar contra el retorno de la acción criminal.

 

 

Libertarios o fascistas

A la derecha, pero acompañando a Juntos, aparece con incipiente peso electoral la formación ultra del liberalismo neo Avanza Libertad, comandada por Espert y Milei, dos economistas que expresan con su formación de manual de la apologética fundada por Hayek y Friedman la vocación de reducir el Estado a su rol coercitivo y represivo –el conocido Estado Mínimo—, destruir el presupuesto para el gasto social, emprender contra la existencia del Banco Central, desarticular toda la legislación laboral que protege derechos de los asalariados y abrir la economía sin restricción alguna, lo que consumaría la destrucción completa de la industria nacional. Han tenido notable éxito en su funcionalidad de presionar por derecha a Juntos para que sincerara sus verdaderos objetivos programáticos. Son el calco de la relación de Vox con el Partido Popular en España. Su carácter libertario es al anarquismo como el nacionalsocialismo lo fue al ideal socialista. Una falsificación para provocar confusión. La propuesta de disolución del Estado del anarquismo fue sobre la base de una utopía autogestiva de sociedad que pueda prescindir de ese instrumento, no coincidía con el desconocimiento de la sociedad. Para estos libertarios la desaparición del Estado no es precisamente una sobrevaloración del desarrollo de la sociedad que permitiría esa prescindencia, sino el desconocimiento mismo de lo social, y la implantación de la libertad de la ley de la selva, sólo limitada por el orden impartido por el aparato estatal represivo.

 

 

Politizar el malestar

El documento de Comuna Argentina caracteriza que “vivimos en malestar. Pero aún más decisivo que describir el malestar en que estamos, es advertir hasta qué punto conecta con formas imprecisas pero poderosamente activas del fascismo contemporáneo. Discutir si se trata de variantes más o menos próximas a figuras clásicas de la autoridad del Estado, como en Hungría o Italia, o a tentativas de disolución en las corporaciones, como en Avanza Libertad o en los halcones que anuncian rapiñas, puede tener alguna relevancia para la politología y la comunicación; lo que aquí queremos subrayar es que de conjunto se trata de variantes ‘salvíficas’, destructivas, que sitúan el mal en la vida popular y democrática ya dañadas”.

Una conclusión de esta interesante conceptualización es el intento de la derecha de lograr la despolitización del malestar. Dicen que la culpa la tiene la política, o los políticos, llaman casta a los que participan de la acción política. La destrucción del Estado la asocian a lograr el final de la política. En cambio la verdad la depositan en el discurso tecnocrático de un pensamiento único que habrá de restaurar el orden que conduce al progreso. Sin sociedad, sin lo social, pero con empresas regidas por el homo economicus, el interés individual. Construyen una identidad entre sociedad y mercado. La propiedad absoluta es la representación única posible de su concepto de libertad. La democracia es entonces la libertad de mercado, con un Estado que haga imperar el reino absoluto del valor-propiedad, y la elección de su administración por el voto recibe la denominación de democracia. La democracia sería sólo un procedimiento.

Las derechas no fascistas también coinciden en la supresión de la idea de sociedad, porque no interpelan a la ciudadanía, su idea de la vida comunitaria no es el pueblo sino el “vecino”. El ideal de gobierno es un “equipo” tecnocrático y no los representantes mandatarios de un proyecto de Nación.

En cambio para el Frente de Todos la democracia es un contenido y no un procedimiento. La libertad es indisoluble de la igualdad y no de la lógica de propiedad ilimitada. Es por lo que la elección de hoy no es entre dos miradas, dos proyectos de administración alternativos para una nación democrática, una sociedad y un pueblo. Es la elección entre la construcción de un lazo social potente, de una construcción de un futuro común humanista en cooperación igualdad y libertad, y otra opción antagónica que concibe un lazo social débil, donde su motor es el interés económico y el egoísmo del propietario una determinación esencial.

Politizar el malestar significa construir soberanía política, despolitizarlo es una estrategia de la oligarquía de las corporaciones para garantizar el statu quo y destruir la democracia. El sustento axiomático de la democracia es la posibilidad del cambio, siempre depositada en la voluntad general de la ciudadanía sin ataduras a naturalizaciones, como el reino de la propiedad absoluta. El futuro de la democracia implica su divorcio del liberalismo que supone esencialidades que constituyen un límite que impide su avance.

 

 

La deuda no se paga con la vida

El empresariado concentrado local, Techint, Arcor, la COPAL, Funes de Rioja, la conducción de la UIA, la AEA, están tan o más comprometidos con la aplicación de un plan de ajuste que el propio FMI. La tecnocracia que promueven Cornejo, Frigerio, Morales, López Murphy, Carrió, Patricia Bullrich el PRO, la UCR, la CC se ofrecen como la opción política del ajuste. No hay ajuste neutro o progresivo. Las dos experiencias que ensayaron ese intento, el Plan Austral y la política griega de Tsipras, condujeron a crisis, pobreza y fracaso. Una buena elección de Juntos y su accesorio libertario los conduciría a presionar por un ajuste sin cortapisas. Habrán de promover la eliminación de derechos laborales como las paritarias y las indemnizaciones por despidos, aumentarán sideralmente las tarifas y liberarán los precios. Se prepararán para llevar esa política económica a los hechos a partir de 2023. La caída del salario real, la suba del desempleo, la reducción del gasto social de un rumbo de este tipo devendrá en una violación desenfrenada de los derechos económicos y sociales de la población. Pobreza, hambre y enfermedad.

Acometer un acuerdo sin resistencia a la lógica tradicional del FMI, con sus estructuraciones y condicionalidades sería pagar la deuda con la vida. Porque esos deterioros no son sin costos en términos de la vida material en los sectores vulnerables. Pero también conducen a la vida indigna, fuera de las condiciones materiales que el siglo XXI puede ofrecer. Sería una tragedia que la despolitización del malestar abra el paso a que acontezca un arrasamiento del país por una ola de injusticia social. Consentir una vida indigna es violar los derechos humanos. Los economistas ortodoxos y muchos que se precian de heterodoxos concentran su discurso en las ecuaciones de los equilibrios o desequilibrios “aceptables” de la macroeconomía. Este aparato cultural del poder debe ser enfrentado desde la mirada social de la economía crítica. Poner a la lógica macroeconómica como condición primaria y necesaria es la estrategia axial del posibilismo.

Una buena elección del Frente de Todos es la posibilidad de abrir un debate respecto de temas no cerrados. Podrían seducir ideas de ajuste progresivo, son cantos de sirena a los que habrá que oponer el programa de 2019. Pagar sin ajuste. Una política de desarrollo e igualdad exige un Estado más grande. Los plazos de pago de la deuda deberán contemplar que primero se alcancen esos objetivos para que cumplir con la obligación jurídica con raíz en un crimen no condenado porque rigen unas Leyes financieras, locales e internacionales hechas a medida de los acreedores especuladores de las finanzas, no se haga a costa de la vida popular.

 

 

El posibilismo es un veneno

El pensador más innovador y destacado del comunismo indoamericano, Juan Carlos Mariátegui, cita en su texto Dos concepciones de la vida (1925) al pedagogo, periodista y escritor español Luis Bello, quien fuera miembro de la Izquierda Republicana, quien afirmó: “Conviene corregir a Descartes: combato, luego existo”. Mariátegui comenta que la fórmula filosófica de una edad racionalista tenía que ser: “Pienso, luego existo”. Pero a “esta edad romántica, revolucionaria y quijotesca, no le sirve ya la misma fórmula. La vida más que pensamiento quiere ser hoy acción, esto es combate. El hombre contemporáneo tiene necesidad de fe. Y la única fe que puede ocupar su yo profundo, es una fe combativa”. La reflexión puede completarse con el cierre de su escrito El Hombre y el Mito (1925): “La misma filosofía que nos enseña la necesidad del mito y de la fe, resulta incapaz… de comprender la fe y el mito de los nuevos tiempos. ‘Miseria de la filosofía’, decía Marx. Los profesionales de la inteligencia no encontrarán el camino de la fe, lo encontrarán las multitudes. A los filósofos les tocará, más tarde, codificar el pensamiento que emerja de la gran gesta multitudinaria. ¿Supieron acaso los filósofos de la decadencia romana comprender el lenguaje del cristianismo? La filosofía de la decadencia burguesa no puede tener mejor destino”. El posibilismo devenido del academicismo más potente del capitalismo de la financiarización, la macroeconomía, parece impotente para encontrar la falla en crecimiento inconmensurable de la arquitectura financiera internacional, y la decadencia del Imperio estadounidense. Tampoco percibe la potencialidad de generar un camino de transformaciones profundas en la Argentina a partir de ese crujido en la globalización. Parecen necesitarse más textos y menos manuales. Más política y menos economía. Más Quijotes y menos prudencias.

En esa dirección avanza el documento de Comuna Argentina: “Abrir las compuertas de la imaginación en tanto gesto necesario para configurar un nuevo objetivo popular. Ampliar el campo de la realidad implica tener la capacidad de revisar la historia y la política —la experiencia pandémica, la memoria anterior del derrumbe y la resistencia, los años recientes de goce popular latinoamericano y su historia— e imprimir un nuevo impulso imaginativo que pueda brotar de un conflicto renovado, de un saber decir no a los nuevos modos de dominación contemporánea, de la lucha como forma del cuidado popular para alcanzar una relación nueva entre el mundo interior y la materialidad del mundo exterior. La configuración de ese nuevo objetivo depende del trabajo de construcción en común sobre la base del malestar que experimentamos en el presente”.  

Son reflexiones y razones que intentan otorgar un sentido mucho más significativo al resultado electoral de hoy. Pero cualquiera fuera, se trata de promover el rescate de la acción política y la movilización y organización social y popular en los próximos dos años. Abrir un debate con quienes piensan en el reino de una correlación de fuerzas por la cual el destino estuviera echado. La sociedad es mucho más misteriosa que la previsibilidad del posibilismo abúlico, desmovilizador y conformista. Hay que pegar un grito de rebeldía. Y el primero pegárselo al FMI.

 

 

 

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