Xenofobia, balas y votos

Donald Trump no ceja en su prédica —y en su acción— belicosa

 

El resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos tendrá nulos efectos sobre la política de Washington hacia América Latina. Su rol de pretendido gendarme continental, su acoso a Cuba y Venezuela y su persistente apoyo a las operaciones mediáticas, jurídicas y de inteligencia, orientadas a impedir el desarrollo de proyectos soberanos, continuarán con la misma persistencia evidenciada en el último siglo. América Latina irrumpió en la campaña electoral estadounidense sólo con la imagen desoladora de 15.000 hondureños escapando de su hogar por la pobreza, la inseguridad, las mafias y el narcotráfico, que arrasan sus tierras en forma creciente, desde el golpe de estado contra Manuel Zelaya el 28 de junio de 2009, impulsado desde Washington.

El 12 de octubre, fecha paradigmática en la historia de la colonización destructiva de América, partieron desde el norte de Honduras en una larga caravana, miles de hondureños acompañados de 3.000 niños. Planificaron colectivamente su emigración mediante la aplicación de WhatsApp y caminaron hasta el día de las elecciones en Estados Unidos, alrededor de 1800 kilómetros, hasta alcanzar la Ciudad de México. El presidente Trump catalogó la larga marcha como una “peligrosa invasión” que incluía “elementos del Medio Oriente”, y firmó una orden ejecutiva por la cual se desplazarán fuerzas militares en la frontera sur de ese país, dispuestas a reducir en campos de concentración a los migrantes y/o ejecutarlos si llegaran a “tirar piedras”. Luego de los amenazantes anuncios de Trump, una segunda caravana inició su derrotero hacia el norte: algunos de sus integrantes confesaron a integrantes de organismos de derechos huimos que lo que les espera en la frontera norte de México no puede ser “más miserable y violento que lo han vivido en los últimos años” en su país.

 

Herencia

La situación desesperante que viven varios países de Centroamérica es el resultado de la sistemática intervención política y económica de las empresas trasnacionales, mayoritariamente estadounidenses y la protección promovida por las embajadas de Washington hacia los sectores oligárquicos de la región.

La participación del Pentágono en las guerras civiles de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, que han costado la vida de medio millón de personas en los años ’70 y ’80, son elementos centrales para comprender la situación de Honduras. Esta última se ha visto asolada por las mafias, las pandillas (maras) y el entramado de una centena de familias encargadas de garantizar la prolongación de los ingentes beneficios de las empresas extractivas y turísticas; todas pertenecientes a inversores extranjeros comprometidos en financiar a los partidos políticos funcionales a ese vaciamiento.

La mara Salvatrucha (pandilla mafiosa originalmente salvadoreña que violenta a poblaciones centroamericanas) se difuminó por Centroamérica luego de ser conformada en las cárceles de Los Ángeles, en la década de 1980. Sus miembros fueron deportados a sus países de origen, luego de purgar sus condenas en California y continuaron sus prácticas delictivas en sus países de origen. Las maras se han constituido en la fuerza de choque de las organizaciones del narcotráfico que garantizan el transporte de estupefacientes desde Colombia, primer productor mundial de cocaína, hacia Estados Unidos. Muchos de esto grupos han sido los responsables de las últimas matanzas colectivas de campesinos en Honduras. Masacres de las que escapan quienes han iniciado la larga marcha hacia el sur de los Estados Unidos para huir de un país que se encuentra entre los cinco Estados con mayores índice de homicidio por cada 100 mil habitantes. Uno de los investigadores más relevantes de esa problemática es Nicholas Valentino, profesor del Centro de Estudios Políticos de la Universidad de Míchigan, confirmó la responsabilidad de Washington en la crisis actual de los migrantes: «Las políticas de los gobiernos de Estados Unidos han sido punitivas en lugar de intentar resolver realmente los problemas que hacen que los centroamericanos y sudamericanos huyan de sus países para venir a Estados Unidos en busca de asilo».

 

Guerras

Las guerras de Estados Unidos contra la denominada insurgencia y la población civil han producido el desplazamiento de dos millones de personas en Centroamérica y la destrucción de las redes campesinas de autoabastecimiento. Las políticas extractivas, avaladas por las oligárquicas aliadas a Washington, han promovido a su vez la expulsión de las familias hacia los centros urbanos. Estos últimos han sido incapaces, ante la carencia de inversiones productivas, de brindar trabajo a los expulsados. En Honduras la pobreza y la indigencia alcanzan al 50 por ciento de la población y sus integrantes son en su mayoría hijos y nietos de campesinos, provenientes de pueblos originarios, desterrados de su tierra en las últimos cuatro décadas. Elizabeth Oglesby, investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Arizona, explicó en una reciente intervención que “esta larga marcha de hondureños es la continuidad de los primeros grandes flujos migratorios producidos por las masacres y persecuciones financiadas de forma indirecta por Washington”. Ese ciclo de intervenciones de Estados Unidos en la región se originó en 1956 con el golpe de Estado contra Jacobo Árbenz, en Guatemala, hecho que impactó decididamente en la consciencia de un médico argentino que entonces trabajaba en ese país, y que luego se haría conocido mundialmente.

A pesar de esas evidencias, Donald Trump ha calificado la marcha de los emigrados como una invasión de narcotraficantes y posibles terroristas. En plena campaña electoral, sin embargo, un supremacista blanco, judeofóbico, Robert Bowers, fue detenido luego de entrar en una sinagoga de Pittsburgh, Pensilvania, y acribillar a 11 feligreses. Al otro día de concluido el acto electoral, Ian David Long, de 28 años, un veterano de la guerra de Irak, que fue parte del cuerpo especial de la Marina del Ejército, asesinó a 12 personas que se encontraban en un bar en Thousand Oaks, en el estado de California. Paradójicamente, los datos oficiales de criminalidad asociada los migrante ilegales representa, a pesar de la demonización xenófoba del presidente Trump, un tercio de la expresada por los ciudadanos que exhiben su tarjeta de residencia permanente, conocida como Green Card.

 

Balas

Más allá de la obvia utilización fraudulenta de los migrantes hondureños, la campaña electoral no redundó en la temática de la política exterior de los Estados Unidos. Washington se encuentra en la actualidad implicado en siete operaciones bélicas simultáneas: en Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Somalia, Libia y Níger. Sólo en una de esas confrontaciones, en Irak, se contabilizan hasta 2017, 1.455.590 muertes. La guerra de Afganistán que permitió el nacimiento de Al- Qaeda en los años ’80, se ha constituido en el conflicto bélico de más larga duración para Estados Unidos en toda su historia. El presupuesto militar aprobado tres meses atrás por el Capitolio, para afrontar estos conflictos bélicos y las 800 bases militares esparcidas en todo el mundo, alcanza los 717.000 millones de dólares, más de dos veces el PBI de la Argentina, y superior a la suma de todos los presupuestos militares sumados de Rusia, China, Alemania, Brasil, Gran Bretaña India, Turquía y la totalidad de América Latina. El 36 por ciento del gasto mundial en armas es gestionado por el Pentágono.

A nivel doméstico, las elecciones de medio término en Estados Unidos implicaron una derrota para Donald Trump. Sus asesores y aliados intentaron desvirtuar ese escenario, en el que la mayoría de la Cámara de Representantes (símil de la diputados de Argentina) será dirigida por los demócratas. El partido republicano ha perdido esta legislatura por primera vez en 8 años y el magnate neoyorquino tendrá que gobernar los próximos dos años con quienes buscarán instituir comisiones de investigación sobre la labor presidencial. La asunción de esa derrota se expresó con claridad a través de uno de los acostumbrados exabruptos presidenciales: “Si los demócratas usan su nuevo poder para impulsar más investigaciones, implicará una guerra”. En el trasfondo de la amenaza figura el papel del actual fiscal especial y ex director del FBI, Robert Mueller, quien se encuentra abocado a relevar presuntas irregularidades cometidas por el entorno de Trump en las elecciones de 2016. El resultado de esta pesquisa deberá ser presentado ante una comisión que ahora será dirigida por miembros de la bancada opositora.

Ante una consulta realizada en la conferencia de prensa concedida a los medios con posterioridad la elección del martes, Trump remarcó: “No hubo mala práctica [en relación con las elecciones], la investigación debería concluir porque es muy mala para nuestro país”. Cuando la periodista afrodescendiente Yamiche Alcindor inquirió sobre la reiterado convocatoria al uso de la palabra nacionalismo, durante la campaña electoral, y su posible analogía con el “patriotismo blanco”, Trump respondió que “esa es una pregunta racista… lo que acabas de decir es insultante”. En esa misma lógica, el Presidente de Estados Unidos se enfureció contra el periodista Jim Acosta, quien lo inquirió sobre “la marcha de los migrantes hondureños”, como forma de convocar al pánico entre el electorado. “Es una invasión”, respondió el magnate. Y agregó: “Eres una persona terrible… es una desgracia para esa empresa [por la CNN] que trabajes para ella». Dos horas después de la tensa conferencia de prensa, Jim Acosta fue informado sobre la cancelación de su acreditación como periodista en la Casa Blanca, bajo la acusación de impedir que una pasante le quitara el micrófono.

La violencia en Estados Unidos no parece provenir de migrantes. América Latina no verá cambios en la política exterior de quien se empecina en impedir proyectos soberanos en la región. El país de las barras y las estrellas seguirá inundando de armas el mundo. Pero ni Trump ni nadie podrán evitar algo que sucede hace 100.000 años: el lento, contínuo y persistente camino de los migrantes. Como lo enuncia Warsan Shire : “Nadie se va de casa salvo / que la casa sea la boca de un tiburón / solo corres hacia la frontera / (…) aliento ensangrentado en sus gargantas / el niño con el que fuiste a la escuela / que te besó aturdido detrás de la vieja fábrica de hojalata / lleva una pistola más grande que su cuerpo / (…) Nadie se arrastra debajo de vallas / nadie quiere que le peguen / que sientan lástima de él. / Nadie elige campos de refugiados. / Nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído / que dice: / vete, / huye de mí ahora / no sé en qué me he convertido / pero sé que cualquier lugar / es más seguro que aquí».

 

 

 

Casa. Warsan Shire

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