YO PECADOR

¿Cómo contar el asesinato de Úrsula?

 

 

Uno de los libros que disfruté mucho en los últimos tiempos fue el que compila las historias de Alack Sinner. Ustedes se preguntarán: «¿…Las historias de quién?» Y yo sentiré dos cosas en simultáneo. Primero pesar, porque Alack Sinner debería ser infinitamente más popular de lo que es. Pero al mismo tiempo sentiré alegría, porque eso significa que, si no meto la pata, habrá alguien que descubra Alack Sinner por mi intercesión. ¿Y a quién no le gusta compartir una maravilla con una amistad, aunque ese amigo o amiga sea virtual, y por ende invisible?

Alack Sinner es una de las glorias del cómic o historieta hecha por argentinos. Lo cual, tratándose de una cultura que engendró títulos como Sargento Kirk, Mafalda, Nippur de Lagash y Ficcionario, equivale a decir que es una obra de nivel internacional, que dialoga en pie de igualdad con las consagradas del mundo, desde Corto Maltés hasta Watchmen. Alack es uno de los mejores personajes de nuestro imaginario, ese teatro mental donde proyectamos obsesiones, miedos y deseos: el proyecto colectivo que parió, entre otros, a Martín Fierro, al Eternauta y la Maga. (Nota al pie: en algún momento habría que responderse por qué nuestra narrativa, siendo tan rica, es a la vez tan magra en personajes que se hayan vuelto icónicos. ¿Tendrán razón los chistes sobre nuestro ego, será que nuestros creadores no toleran parir criaturas que se vuelvan más importantes que ellos mismos?)

 

 

 

 

Dibujado por José Muñoz y escrito por Carlos Sampayo, el personaje nació condenado desde el bautismo. «Alack» es una expresión de pena o desesperación propia del inglés arcaico, que suele asomar en tragedias shakespirianas. En Romeo y Julieta hay quien dice: «Alack, alack (penoso, diríamos, o tremendo, terrible), que el cielo practique estratagemas semejantes sobre una persona tan tierna como yo». Y sinner significa pecador. Combinadas, las palabras que fungen por nombre del personaje sugieren algo así como oh, pobre de mí, pecador. Cualquier persona a quien se la llame así tiene el destino medio cocinado, y no del mejor modo.

 

 

Carlos Sampayo, escritor.

 

 

Alack Sinner es un tipo estoico, de pocas palabras, un tanto jetón —con algo de Charles Bronson pero rubio: ojitos chiquitos, nariz aplastada—, que ha sido policía raso en Nueva York pero que, asqueado por la institución y repudiado por sus compañeros, terminó desertando para probar suerte como detective privado. Esta es una de las características de su arco narrativo. Alack Sinner empezó siendo un policial negro tradicional: detective solitario y parco, surfeando una ciudad (sociedad) impiadosa. Tanto los dibujos de Muñoz como el cuño de las historias —organizadas como casos: El caso Webster, El caso Fillmore— participaban de las convenciones del género. Pero en Viet Blues la cosa empieza a salirse de madre. El género policial se desdibuja, a veces hasta desaparecer: porque no hay crimen convencional, o porque Sinner reniega de ese mundo. Durante una temporada, negándose a renovar su licencia profesional, Alack se contenta con trabajar como taxista. Lo cual tiene sentido: su función en términos narrativos es siempre —tanto cuando ejerce como detective como cuando labura de tachero— la de ayudar a personajes a quienes considera más interesantes que él a trasladarse a otra estación de su destino, por un módico estipendio.

 

 

José Muñoz, artista gráfico.

 

 

A partir de entonces cambian las historias y cambian las imágenes. Todo se hace más expresionista, zarpado, más jazzero (una línea argumental pasa por un pianista adicto que se torna personaje recurrente, en un episodio aparece el Gato Barbieri)— la cosa deja de ser lineal, convencional, realista. Una de las virtudes del policial negro era que funcionaba como un microscopio, ponía en su platina un crimen específico y a partir de esa mínima evidencia infería el grado de corrupción del tejido social todo. Esto suponía un avance respecto del policial a la inglesa: los relatos a lo Agatha Christie tenían un tono ligero, con mucho de divertimento o pasatiempo intelectual, juego ingenioso de clase social acomodada. (¡Adivine quién fue el asesino!) Mientras que la veta noir pretendía hacer uso de la crítica social mediante un realismo que, más que sucio, venía percudido de fábrica. Por eso el ejercicio genuino de la narrativa negra jubiló enseguida a los detectives onda Spade y Marlowe, en tanto asumió que ya no había margen para que un hombre solo hiciera algo parecido a justicia sin perder su alma en el proceso; y privilegió, en cambio, los relatos como El cartero llama dos veces y 1.280 almas, donde nadie es inocente y todo termina como el culo.

 

 

El Gato Barbieri, asomando en el universo de Alack Sinner.

 

 

La receta se rompe cuando los protagonistas, y por ende sus autores, ya no pueden diferenciar el bien del mal. Y no sólo por limitación individual, sino porque la comunidad que los contiene insta al relativismo ético. En ese sentido, la sociedad argentina hizo mucho por enterrar la narrativa negra tradicional. Salvo excepciones —pienso en Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued— nunca supo bien cómo encajar ese género, tan redondito él, en el buco anárquico de nuestra realidad, de contornos fractales. (Uso aquí fractal como sinónimo de lo que parece irregular, azaroso, pero esconde un sistema y sus variaciones musicales.) En este país, subís a un ascensor con un cana y un chorro y, aunque el edificio tenga más pisos que una mole de Dubai, llegás al penthouse sin saber quién te asusta más. ¿Qué se puede esperar de una sociedad donde no hay nadie más salvaje que su gente encumbrada?

 

Los puntitos que se articulan para contar algo más grande, en la pinturas de Seurat.

 

Alack Sinner se desmarca del género porque carece de sentido hacer foco en un crimen particular, cuando las fuerzas que determinan casi todo lo que ocurre —los poderosos y su forma de blandir poder— son criminales en esencia. Sería como aislar uno de los puntos que componen un cuadro de Seurat: no diría nada, el truco es retroceder y ver qué forma aparece cuando esas pinceladas se unen y articulan. Eso es lo que hace Alack Sinner: larga el microscopio, pone distancia y observa the big picture. No es que ya no se dedica a su métier, de tanto en tanto resuelve algún caso. Pero su deseo se aboca a hacer sentido de su propia historia, cultivar amistades y ensamblar una familia. Lo cual ya no es la tarea de un detective profesional, sino lo que todos intentamos, sea cual sea nuestra profesión: entender qué hacemos acá, perseguir algo parecido a la felicidad y disfrutar de —y proteger a— los afectos.

 

 

Sophie Milasewicz, el amor de la vida de Alack Sinner.

 

 

En ese camino se cruza con uno de los personajes que más me gustan de su saga: una chica llamada Sophie, o sea Sofía, el nombre que los antiguos daban a la sabiduría. Y que pronto demuestra que no lleva ese nombre en vano.

Lo primero que queda claro respecto de Sophie —flaquita, pecosa, por la cual a simple vista no das dos mangos— es que le ha echado una larga, severa, filosófica mirada a este planeta y lo que hicimos de él, para concluir lo siguiente.

Que lo único sensato sería prenderle fuego al mundo entero.

 

 

 

Pentimento

«Si no vuelvo, rompan todo». La frase me estalló en la cara, un pájaro que se inmola contra el parabrisas. Quedó estampada ahí, en la pantalla de mi computadora. Todavía no sabía quién la había pronunciado ni a santo de qué, pero me quedé enganchado porque la Sophie de Alack Sinner —esa pirómana vocacional, la pibita poseída por una indignación sagrada— rondaba mi mente y teñía mi percepción. Descubrí ahí nomás que la frase pertenecía a Úrsula Bahillo, 18 años, oriunda de Rojas, provincia de Buenos Aires, y que la había escrito y compartido cuando vaticinó que no sobreviviría la relación con su novio, Matías Martínez (de aquí en más, MM), de profesión policía. Era, en consecuencia, el testamento de una víctima. Una versión argenta, femenina del fantasma de Hamlet padre y su reclamo de venganza. ¿Qué persona decente puede sustraerse al deseo que alguien formuló desde el umbral de la muerte?

 

 

Alack Sinner se cruza con el detective de otra época, Dick Tracy.

 

 

Poco después se difundió otra frase de Úrsula, que compartió con una amiga durante sus últimas horas: «Me veo muerta», dijo. Una expresión casi literaria, porque miedo tenemos muchos pero pocos se desdoblan para observarse a sí mismos en la situación temida. O puede que también subrayase una disociación temporal. En ciertos estados de consciencia, siempre extremos, es posible sentir que uno vive dos tiempos a la vez: el presente formal y un futuro que se intuye, pero que se siente tan verosímil, tan persuasivo, que no cabe otra que preguntarse si no será real. Algo parecido a lo que explicaba el Johnny Carter que Cortázar creó en El perseguidor. Jazzero como los predilectos de Muñoz & Sampayo, saxofonista amigo de las sustancias que alteran la percepción, Carter experimenta el tiempo de un modo diferente. Para Johnny está el tiempo físico, cronológico, el beat que marca su cuerpo, pero asimismo existe un tiempo otro, desde el cual el Johnny eterno interviene el presente y lo invita a decir cosas como esto lo estoy tocando mañana. De todos modos, Johnny Carter perseguía ese tiempo elusivo de manera voluntaria. (Privilegios de nuestro género.) Úrsula, en cambio, fue acorralada por un tiempo al que no quería ni debía llegar. Se podría reescribir su frase como esto lo estoy muriendo mañana, el registro del tiempo distorsionado por la intuición —¿por la certeza?— de la fatalidad.

 

Alack encajando la noticia del asesinato de John Lennon.

 

 

El asesinato de Úrsula parece digno de un policial negro, porque de ese crimen de pago chico se podría extrapolar lo que está mal en el país. ¿Cómo es posible que esa chica haya sido acuchillada, cuando como ciudadana hizo todo lo que había que hacer — acudir a las instituciones creadas para representarla y defenderla, y a los funcionarios sentados en sus sillones, para que todo y todos le diesen la espalda? Ese homicidio pinta como una radiografía de este presente argentino, donde todo crimen es político: el daño que se produce cuando el Séptimo de Caballería no logra rescatarte, porque no dispone sino de balas con pólvora trucha.

De todos modos, descontextualizar esta situación sería un error. A primera vista la cosa es inequívoca: el Estado le falló a Úrsula en cada instancia, forjando una cadena de actos de abandono de persona. Por eso hay que retroceder unos pasos y buscar la figura que surge cuando se combinan todos los puntos, al estilo Seurat. Lo que yo veo ahí es la política criminal que desarrolló el otro MM, tupacamarizando el Estado argentino para que nadie objetase la entrega de sus bienes al interés corporativo. El gobierno actual es otro, se sabe, pero por eso mismo sufrimos a diario la tensión entre nuestros deseos y necesidades y la inadecuación de los instrumentos con que contamos para realizarlas. Aspiramos a ganar el Gran Prix al volante del Super Chatarra Special. Vivimos en los suburbios del poder real, cascoteando su bunker blindado.

 

 

Un cameo de Hugo Pratt (y su criatura mejor, Corto Maltés), asomando en un universo que le debe mucho.

 

 

A esta limitación hay que sumar el lastre de los funcionarios que no funcionan. El destino de Úrsula lo sellaron los representantes del Estado que incumplieron su responsabilidad. Momento en que el cuadro deja ver lo que había pintado por debajo originalmente, ese fenómeno llamado pentimento: los trazos oscuros de las corporaciones, verdaderos Estados dentro del Estado («somos un sistema dentro de otro sistema», dice un jefe de policía en Alack Sinner), que están allí desde mucho antes que este gobierno y que el gobierno de MM; organizaciones podridas hasta la raíz, incapaces de purgarse a sí mismas, como fueron incapaces de limpiarse las Fuerzas Armadas de la post-dictadura: me refiero al Poder Judicial y la policía. No deja de ser una ironía muy hija de puta de que el asesino de esta chica también haya sido un representante del Estado, un policía que circulaba libremente como vos y yo porque la Justicia no hizo lo que debía. Aquellas instituciones que debían protegerla terminaron matándola.

 

 

Pentimento en un clásico de Van Eyck: lo que quedó, y lo que estaba pintado debajo.

 

 

Pero ojo, que aquí no aplica la noción de tragedia. Ese género enfrenta a sus protagonistas a fuerzas sobrehumanas que los condenan a un destino inescapable. Úrsula no tuvo a los dioses en su contra, ni padecía de un defecto que tornaba indefectible su caída. Ella tenía la posibilidad clara y cierta de llevar adelante una vida bella pero ya no está ni estará mañana, porque una serie de hijos de puta, muy humanos ellos, hicieron algunas cosas y dejaron de hacer otras y todos esos puntos se articularon para dibujar su muerte. Por eso se me ocurre que el número de puñaladas que recibió expresa una verdad poética. Su asesino material fue uno: MM, que no es un loquito ni un monstruo sino un hijo del patriarcado, que no hizo otra cosa que aquello para lo que fue educado y por eso se le retribuyó, mientras se pudo, con una protección más poderosa que la ley. Pero para que hiciese lo que hizo contó con la colaboración inestimable de ciertos representantes del sistema.

 

 

 

No conozco, ni me interesan, los nombres de quienes fueron funcionales al hecho. Aquellos que permitieron que MM fuese trasladado entre comisarías en vez de juzgado y condenado por sus ofensas previas; quienes lo apañaron en la comisaría de Rojas y no lo detuvieron cuando debían; los funcionarios judiciales que incurrieron en pecados capitales como la pereza, la soberbia y la avaricia, congraciándose con los poderes locales en vez de hacer su trabajo. Por eso cuesta poco atribuir cada cuchillada sobre el cuerpo de Úrsula al nombre concreto de las personas concretas que muy concretamente ayudaron a matarla.

No sé cuánta de esa gente será juzgada y obtendrá condena formal, pero sí sé que la pagarán de un modo u otro. Porque este universo está fundado sobre un principio binario y tiende al equilibrio, y compensa por un lado lo que quita por otro. No quisiera ser ellos cada noche, cuando apoyen sus cabezas sobre una almohada que arde. Vayan donde vayan, seguirán viendo a Úrsula, oyendo su voz, recibiendo sus frases por mail y WhatsApp. (Sus amigas se van a encargar del tema.) Como en esa tesis en verso sobre la culpa que es Macbeth, pasarán el resto de sus vidas pensando algo parecido a esto, aunque con palabras más burdas:

¿Podrá el océano del gran Neptuno lavar esta sangre

Limpiando mi mano? No, lo más probable es que esta mano

Vuelva todos los mares de color rojo.

 

 

 

Fuego, fuego

La pregunta eterna para quienes fabricamos historias es: ¿cómo contar ciertas cosas? Los géneros garpan siempre, porque establecen un mínimo set de reglas con que arrancar el juego. Llegado el caso, parte de la gracia pasa por asumir un género para cagarse en él: así de plásticos, de maleables son, y por eso los adoramos. A través de los géneros uno habla de lo que lo obsesiona, sin que siquiera se note. Un hipocondríaco puede abordar sus miedos a través de la ciencia ficción e imaginar un futuro donde se compra otro cuerpo cuando se le manca el actual; o pasarse al terror para contar una posesión —aquí el cuerpo respondería a las órdenes de otro—, o lo que siente el protagonista cuando lo infecta un virus que lo convierte en zombie.

 

Alack Sinner lee el diario mientras escucha al amigo Lou Reed.

 

 

Algo parecido intentaron —creo— Muñoz & Sampayo a través de Alack Sinner. Al principio jugaron dentro de las convenciones, pero enseguida entendieron que el policial negro ya no era adecuado para contar el mundo actual, por lo menos en su forma tradicional. ¿Qué hacer entonces con su detective? Por lo pronto, invirtieron la carga del género: lo criminal y su resolución pasaron a un segundo plano, y avanzaron al proscenio el personaje y sus relaciones. A veces da la sensación de que uno está leyendo / viendo a uno de los maestros del realismo sucio —un Carver, ponele— contando la historia de un tipo que es detective como podría ser cartero o limpiador de piscinas. Durante tramos enteros te olvidás de que Alack es un investigador y sólo querés saber —como nos gustaría saber respecto de nosotros mismos— si el tipo, con quien ya te encariñaste, encontrará una forma positiva de vivir en el mundo sin destruirse ni destruir a nadie noble en el proceso. Alack Sinner es un ejemplar único dentro de su género: una verdadera obra de arte que detona las convenciones del policial negro, a través de una gráfica deslumbrante que no tiene miedo de ser experimental, y que plasma la ambición de describir el arco casi completo de la vida de un hombre, de su juventud a su madurez.

La duda sería: ¿cómo contar la historia de Úrsula? Se podría recurrir a elementos del policial y reconstruir la trama de corruptelas, bajezas y desidias que se cobraron la vida de una inocente. Pero sería achicar el cuadro, perder una oportunidad. Acá el criminal es el sistema económico que corroe las instituciones por dentro, para que no funcionen bien y responsabilizarlas por todos los males; y su factoría internacional de contenidos, que vende egoísmo como modo de vida y ningunea la virtud, para que nadie recuerde que existió algo semejante. Mi impresión es que Muñoz & Sampayo intuyeron algo parecido, y que por eso la última historia que le dedicaron a Alack Sinner retoma la intención de los comienzos, pero corrigiéndola. La historia vuelve a adoptar como título el de un caso, pero ya no gira en torno de un individuo. Se llama El caso USA y transcurre en 2001. Aquello que está en juego no es un crimen particular, sino uno que coincide con las dimensiones de un imperio.

 

 

La principal limitación del policial de hoy y de la narrativa toda es, creo, que todavía no encontramos cómo contar la versión actual del Mal con mayúsculas. Ya no se trata de Satán, porque no es obra de criaturas majestuosas en su oscuridad; no se trata de la Matrix, porque no es obra de inteligencias artificiales sino de limitadas inteligencias humanas, que prometieron civilización y nos vendieron una escenografía de cartón piedra. El Mal con mayúsculas que padecemos hoy es obra de un puñado de hombres horribles —lo peor de la especie—, que han diseñado un sistema que les permite coordinar esfuerzos para maximizar ganancias económicas. Uno querría imaginarlos tremendos en proporción a su poder, pero son como los viejitos que pasean por un parque el final de El caso USA: un par de conchudos que cambiaron la Historia un 11 de septiembre y sin mosquearse, con tal de proteger el curso de sus negocios.

Leyendo el compilado de historias de Alack Sinner descubrí que no las conocía todas. Y me sorprendió reencontrarme al final con Sophie Milasewicz. Aquella jovencita que iba desnuda debajo de su impermeable, para poner a prueba la decencia de los hombres, se había convertido en una adulta. Yo la imaginaba consumida entre las llamas de un mundo que merecía arder, pero Muñoz & Sampayo tenían otros planes. Sophie parió dos hijos, maneja una gasolinera en medio de la nada y, una vez que Alack llega a su encuentro, ya no desaparecerá de su vida. La verdad es que debería haberlo imaginado. Alack Sinner abraza en sus páginas la sordidez del mundo, pero al mismo tiempo está llena de ternura: por la minoría negra, por las mujeres, por los inmigrantes, por las víctimas de la violencia sexual —su hermana fue violada cuando era adolescente—, por los revolucionarios latinoamericanos y por toda la belleza que somos capaces de crear aun en medio de una tormenta de mierda.

 

 

 

 

Los que contamos historias estamos convencidos de ser gente fiera, curtida, que refleja en sus obras la impiedad del mundo. Pero casi siempre terminamos metiendo allí gente preciosa, instantes felices y lo más parecido a un happy ending que encontremos. Hasta en nuestras narraciones más negras las Sophies sobreviven y crecen, mientras que en el mundo real las Úrsulas mueren. Si nos ofreciesen un pacto fáustico que invirtiese la cosa, agarraríamos viaje. Muñoz & Sampayo aceptarían matar a Sophie en la ficción —mientras lo incendia todo, obvio—, si a cambio Úrsula pudiese sobrevivir entre nosotros. Pero, alack, no es así como funcionan las cosas. Ya sé que hay que seguir contando historias bellas, para que nadie olvide qué queríamos construir. Pero todo indica que además hay que ser más vehementes a la hora de escribir la realidad.

Lo menos que le debemos a Úrsula es romperlo todo. Lo nefasto, todo lo que arruina vidas al pedo, sin necesidad. Romperlo sin violencia literal, pero romperlo: con política y concientización, con movilización, con mayorías en el Congreso y en las calles que alumbren instituciones nuevas, empezando por un Poder Judicial y una policía que no sólo condenen y castiguen a los pobres.

 

 

En el cuadrito final de la última historia de Alack Sinner, los viejitos turros pasean impunes, riéndose de la gente que se cruzan por creerla ingenua, ciega a los tejes y manejes de personas como ellos.

Pero el tipo del que se burlan es Alack Sinner, que juega con su nieto.

Este mundo está lleno de gente jodida. Pero yo sé quién reirá último, porque esto lo estoy viendo mañana.

 

 

 

 

 

 

 

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