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Murió Raúl Guglielminetti, símbolo de la represión ilegal en dictadura y de la mano de obra desocupada en democracia

 

Participó de la represión ilegal antes y después del golpe de 1976, del intervencionismo en América Central, del golpe de Estado en Bolivia, de las bombas en Costa Rica; integró la custodia presidencial previa y durante la democracia; comandó secuestros extorsivos millonarios y guardaba una de las cinco llaves de los cofres suizos donde decían esconder los secretos de la represión.

Además, “guardaba 70 millones de dólares, producto de ‘botines de guerra’”, según le aseguró un dirigente de la UCR al periodista Juan Gasparini, el primero en investigar la trama internacional que protagonizó el represor.

Raúl Guglielminetti había asestado un humillante escándalo al radicalismo, que cargaba con la responsabilidad de aquella transición iniciada en 1983 cuando fue reconocido por sus víctimas, quienes lo vieron en los medios como custodio de Raúl Alfonsín.

 

Inicios

Con 23 años, fue acusado de tráfico de armas y posesión ilegal (1964), aunque será condenado por robar vehículos (1965). Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía comenzó a actuar como guardaespaldas; desde 1968 formó parte de la Seguridad en la Casa Rosada. Fue incorporado a la inteligencia del Ejército en diciembre de 1970 como “agente de reunión” de información.

Fue visto reprimiendo en el Choconazo (1970) y en el Rocazo (1972). Desde 1971 operaba como espía en Neuquén. Con el retroceso de aquella dictadura, tras una toma de la JP, fue echado de LU5 Neuquén (de la cadena de Radio Belgrano), averiguó Fabián Nievas (en Las tomas de medios de difusión masiva durante el gobierno de Cámpora, Razón y Revolución 6, 2000).

Aun camuflado como “periodista”, aportaba primicias a la sección policiales del diario Sur Argentino, hasta que acumuló órdenes de captura desde Formosa, Misiones y Corrientes, que el comisario de Neuquén acató. Entonces contó con la protección del mayor Patricios, jefe del Destacamento de Inteligencia de la Brigada del Ejército asentada allí, que lo hizo liberar y llegó a apadrinarle una hija, relatará Enrique Oliva, ex director del matutino.

Desprendido de sus coberturas, Guglielminetti acompañó a la policía a una reunión de la Asociación Neuquina de Empleados y Obreros Provinciales, en un salón de la Uocra, donde se desencadenó un tiroteo.

A la vez, protegía a un pistolero de andanzas porteñas, Víctor Gard, que tenía una casa de descanso en un bosque donde criaba ciervos y organizaba cacerías, al punto de granjearse que millonarios aburridos lo contratasen para guiarlos en sus safaris en África, según supo el periodista Juan Salinas.

 

Golpe a golpe

Con el apoyo del mayor Patricios, se graduó como oficial del Ejército en 1974, instruido en inteligencia. A los 33 años, pasó a ser custodio de Remus Tetu, un rumano fascista que rigió las Universidades del Comahue, en Neuquén, y del Sur, en Bahía Blanca, adonde contrató como “personal de seguridad” al grupo de choque de extrema derecha que ya firmaba como A.A.A. y que en abril de 1975 asesinó al secretario general de la Federación Universitaria del Sur, David Cilleruelo, dentro de la propia UNS.

Hacia diciembre ya operaba en Buenos Aires junto a Aníbal Gordon y Eduardo Ruffo.

Cuando el dictador Jorge Videla llevó al ya coronel Patricios como secretario, Guglielminetti ascendió a representante del Ejército en la “comunidad informativa”, con acceso a los campos de concentración Club Atlético, Banco, Olimpo y Vesubio, según atestiguaron los sobrevivientes Horacio Cid de la Paz y Oscar González. También resultará culpable de torturas en La Escuelita, del Batallón de Ingenieros 188.

En septiembre de 1978 raptó a Raúl Aguirre Saravia, de lo que fue testigo un gerente de Industrias Grassi, y comandó el grupo de tareas que secuestró a Juan Claudio Chavanne, del grupo empresario homónimo. Otros integrantes de ese grupo declararían que “técnicos del Banco Central y de la Comisión Nacional de Valores participaron de los tormentos aplicados a empresarios” de Siderúrgicas Grassi, competidor de Acindar, dirigida por José Martínez de Hoz (Daniel Cecchini y Jorge Mancinelli: Silencio Por Sangre, 2010).

Al Olimpo llevaron a la familia de José Poblete —un chileno fundador del Frente de Lisiados Peronistas—, cuya beba Claudia, de ocho meses, fue apropiada en noviembre de 1978. Según la Corte Suprema (2005), “entre aquellos que tendrían conocimiento del destino que se le diera, se encontrarían Raúl Antonio Guglielminetti, ‘Mayor Guastavino’”.

Operando como Guastavino, en 1979, adscribió a la cofradía de la mano en la lata al desvalijar una joyería porteña. Cuando se internó en la gigantesca caja fuerte, ante un descuido el dueño le cerró la portezuela y quedó encerrado. Debió ser rescatado por el coronel Ferro, responsable de El Olimpo. En otro robo, al llevarse la casa rodante de un desaparecido, sustrajo además una estacionada al lado. De idealista occidental a mero ladrón automotor, como en 1965. Tras la denuncia judicial, fue conminado a devolverla, pero ya la había vendido con patente falsa, de acuerdo con un escrito del superviviente Roberto Ramírez (Legajo CONADEP 3524).

 

 

La pista suiza

Cuando la dictadura contó con la CIA para asesorar en lucha antiguerrillera a gobiernos de Honduras, El Salvador y Guatemala, Guglielminetti integró el Grupo de Tareas Exterior que financió y proveyó de armas a la Contra de Nicaragua (1979), atacó con bombas la Radio Noticias del Continente en Costa Rica (1980) y contribuyó a derrocar en Bolivia a la Presidente Lidia Gueiler (1980), reemplazada por los narcomilitares Luis García Meza y Luis Arce Gómez.

Por esas misiones se trasladaba a Miami, donde su socio, un empleado de finanzas del Batallón 601, Leandro Lenny Sánchez Reisse, contribuía a blanquear transferencias que promediaron los treinta millones de dólares detrás de la pantalla de una tienda de empeños que podía comerciar de todo, incluso armas. Contaban con un financiamiento inusual: los secuestros extorsivos.

Su participación quedó evidenciada en el intento por cobrar el rescate del financista uruguayo Carlos Koldobsky, cuando hacia marzo de 1981 cinco personas fueron atrapadas en Suiza; uno de ellos, Lenny, confesó y aportó un manuscrito firmado por Guglielminetti destinado a usarse como coartada. Guglielminetti no pudo evitar que su quinta en Mercedes fuese requisada por un juez independiente.

 

 

 

Tras un manto de neblina

Luego de la derrota en Malvinas, cuando Benito Bignone ascendió a general a Guillermo Minicucci a la vez que le encargaba seleccionara sus custodias, Guglielminetti estuvo entre los convocados, que heredaría Alfonsín. Diez después de la asunción, estuvo detrás de la operación de despegue de un avión Hércules con presuntos archivos destinados a ser escondidos en la banca suiza.

Allá, mientras su banda de cómplices detenida en Zürich iba a juicio, Sánchez Reisse hizo circular que, si después de cumplir su pena, era entregado a la Argentina, no debía ignorarse que él conocía las peripecias de esos baúles. “La señal iba dirigida a sus superiores, Guglielminetti y Guillermo Suarez Masón”, según Gasparini (El Testigo Secreto, 1999).De acuerdo al autor, Guglielminetti guardó una de las cinco llaves de esas cajas de seguridad, aunque una parte habría quedado en Francia, según el corresponsal de Clarín Enrique Oliva.

 

Democracia, divino tesoro

Guglielminetti constituyó una SIDE paralela con gente como Gard, su amigo cazador neuquino, o Claudio Pitana, alias Fafá (el mago que hacía desaparecer personas), torturador de la ESMA que pasaría a ser guardia de Alfredo Yabrán. Los reunía en un departamento de la Avenida Alem 218, por lo que el grupo pasó a ser llamado como la calle; “una oficina de informaciones organizada por el subsecretario general de la Presidencia Dante Giadone”, consignó Horacio Verbitsky (revista El Periodista, enero de 1986). “A Guglielminetti lo había traído un tipo que Alfonsín había designado en Presidencia. Era un operativo de la mano de obra desocupada. Se tiró del piolín y se descubrió a la banda”, rememoró Leopoldo Moreau ante El Cohete. Esa banda le aportaba al ministro Antonio Tróccoli pistas falsas sobre los secuestros de empresarios. Llegaron a contabilizar 250.

 

La humillación

Guglielminetti estaba en Alem 218 cuando recibió del torturador Juan del Cerro, alias Colores, el aviso de la llegada de tres tipos con mamelucos de ENTel que buscaban “comprobar desperfectos en las líneas telefónicas”. Fue hasta el living a auscultarlos, prólogo del ataque que haría propinarles por dos rudos que los tiraron y les ataron las manos mientras los golpeaban e hincaban las rodillas a la vista de un par de jóvenes radicales. Peinado a la gomina como el James Bond de Sean Connery, sonriente, con un anillo de oro y una pistola que apuntaba al piso con desgano, se sentó a observarlos mientras fumaba cigarrillos negros. Dicen que nadie habló durante horas mientras el líder de los visitantes fue torturado; “obligado a confesar quién lo había mandado; atado hasta que vomitó y se cagó o lloró o se hizo pis o cuantas cosas quisieran acotar quienes relataban” lo que le hicieron a Jaime Stiuso, según recabó Gerardo Young para su libro SIDE (Planeta, 2006).

Luego huyó del país.

Tres semanas después del inicio del juicio a las Juntas, el 15 de mayo de 1985, en su finca en Mercedes, le hallaron una tarjeta del general Otto Paladino —ex jefe de la SIDE y las AAA— con una anotación: “Lally Covas, 4535, embute trotyl”. Era el número de la calle Mendoza, en Villa Urquiza, domicilio de Amalia Covas y su marido, el policía Federal Luis Japonés Martínez (detenidos en Suiza junto a Lenny). Hallaron49 panes de trotyl en esa residencia valuada en 700.000 dólares, requisada cuatro años antes con relación al rescate de Koldobsky y reconocida por Fernando Combal como su sitio de secuestro en 1979.

El verdadero nombre del “mayor Rogelio Angel Guastavino” será público en boca del subsecretario de Interior, Raúl Galván, durante la conferencia destinada a desmantelar el primer complot anticonstitucional.

 

Guglielminetti mira a Isabelita, compañera de la Triple A.

 

 

La identidad será confirmada por Sánchez Reisse: “Guglielminetti es mi camarada y amigo” subrayó.

Sería procesado por secuestros como el de Emilio Naum (asesinado en verdad por el clan Puccio) o el de Enrique Menoti Pescarmona, cuyo rescate de dos millones de dólares fue pagado en Zürich en fecha coincidente con la de su visita a Sánchez Reisse durante un régimen de “salidas especiales”. Se quedó en Europa, por lo que debía ser buscado, tarea a cargo del comisario bonaerense investigador de secuestros Mario Naldi, acompañado por un agente del SIDE: Jaime Stiuso.

A los dos meses fue detectado en Marbella por el servicio secreto español, que necesitaba una confirmación antes de detenerlo. Una noche, cuando entraba a bañarse, fue reconocido por Jaime, que llevaba horas trepado para ver por una ventana del primer piso. Ya le había pasado la llave de las cajas suizas a Lenny, que aprovechó para fugarse de Suiza.

 

El socio de Guglielminetti, libre.

 

 

Extraditado el 2 de enero de 1986 para comparecer por el caso Naum, recibió una libertad condicional sin fianza por falta de pruebas, lamentó el fiscal Alberto Piotti. Ante el juez Juan Cardinali había sido careado con Colores sobre en qué casa había dormido y superó la pericia a un arma por la liviandad en la diligencia de hacer en dos días lo que tardaba dos semanas, informó Verbitsky: “La Justicia ha declarado prófugo a Guglielminetti luego de tenerlo a su alcance durante dos semanas. Es probable que si lo encuentra le comunique una vez más que puede seguir en libertad”.

Seguía con causas pendientes y acusaciones (robo calificado a la agencia de cambios Viacor, defraudación a la Cooperativa de Crédito Gurruchaga, atentados contra la planta transmisora de Radio Belgrano, querellas por su participación en la represión, incendio del auto del coronel Ataliva Devoto, una matanza en General Rodríguez, privación de la libertad y tortura de empresarios del grupo Industrias Grassi), por lo que optó por fugarse. “Una noche de febrero de 1986 la gente de prensa que montaba guardia en su domicilio asistió al desenlace. El ‘nazi de padre radical’ —como se autodefine— arrancó en su coche y dobló a un costado. Las fuerzas policiales destacadas para no perderle pisada se fueron para otro lado”, describió Gasparini.

Supo que Naldi fue alejado hacia Bahía Blanca y a Chascomús, destinos de “castigo”, según el periodista Ricardo Ragendorfer, quien llegó a confirmar la férrea relación entre perseguido y perseguidor (entre el narcogolpista y el millonario de la fuerza), o con Narcotráfico Norte, cuyo teléfono atendía como “mayor Guastavino”.

Un comisario del área, el inspector Emilio Azzaro, quien había descubierto el jarrón de Guillermo Cóppola en una causa armada, le contó al autor de esta nota que defendía a su amigo Guglielminetti porque “nunca hizo nada para perjudicar a la gente común; nunca jodió a personas humildes. Si se hizo con algo, fue a niveles altos”.

Guglielminetti desfiló por tribunales, mientras veía caer preso hasta a su abogado, Roberto Fabio Salmeri, a finales de enero de 1987, año en que enfrentaría su primer gran desafío judicial ante la Cámara Federal de Bahía Blanca, luego de haber prestado declaración indagatoria ante la jueza María Servini el 23 de abril de 1987. Arrastraba imputaciones por 24 delitos vinculados a la causa del I Cuerpo cuando, el 24 de junio de 1988, vería su proceso anulado en virtud de la ley de Obediencia Debida. Sólo cargaría una condena a seis años por tenencia de armas y explosivos de 1985.

En 1991 recibió una libertad anticipada. No se lo vio por un tiempo. Hasta que, en septiembre de 1993, se presentó “osado y burlón”, según Carlos Juvenal (Buenos muchachos, 1994), a renovar su registro de conducir en la Municipalidad de San Isidro mientras estaba prófugo de otras causas.

Igual, operaba. Visitó en Villa Devoto a Carlos Telleldín, preso por el atentado a la AMIA, para advertirle: “Cerrá el pico, pelotudo”. Se adelantó así a los supuestos efectivos del Servicio Penitenciario que intentaron sacarlo en 1996 con una orden falsa. (Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer: La Bonaerense, Planeta, 1997).

Como suele pasar en el espionaje, las relaciones se invierten: Guglielminetti, por intermediación de Naldi, pasó a hacer trabajos sucios para Jaime. Hasta que, con Fernando de la Rúa en la Rosada, cayó junto al millar de despedidos en la SIDE.

Tras la anulación de las leyes de impunidad, fue declarado prófugo hasta el 9 de agosto de 2006, cuando la orden de detención emanada del juez Daniel Rafecas llegó hasta su quinta:

–Busco al señor Guglielminetti. Soy Carlos, venimos de parte de los muchachos –dijo un agente de la Policía Federal a la hija, que entró a buscarlo.

Desde 2010 sumó 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad. En 2016 fue condenado a ocho años de prisión en el juicio Escuelita IV-Castelli, de Neuquén. En diciembre de 2019 recibió pena de prisión perpetua por los crímenes del 1º de junio de 1976 derivados del secuestro de militantes sindicales en el Poder Judicial; otra perpetua en 2021 tras el juicio Escuelita VII-Taffarel. En 2022 fue condenado a diez años por crímenes de lesa humanidad contra nueve víctimas del grupo Chavanne-Grassi.

Ese era el tipo que, preso en Ezeiza, el 11 de julio de 2024, entregó a diputados las propuestas para la liberación.

Al fin lo lograría. A fuerza de caerse y lastimarse la cabeza, fue a pasar sus últimos cuatro meses a su quinta La Mapuche, la que fuera allanada en los tiempos en que atentaba contra la democracia y donde la espiral de la muerte se cerró sobre él.

 

 

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