En la Argentina, entre 1976 y 1983, la última dictadura dejó una cantidad incontable de víctimas que nombramos 30.000, aunque es posible estimar que la violencia represiva haya afectado a muchas personas más. Son incalculables las consecuencias del terrorismo de Estado e innumerables los daños del genocidio. Son incontables, por inenarrables en cuanto al horror y por imposibles de cuantificar. La cifra 30.000 sintetiza un genocidio, pero oculta dimensiones específicas del horror: entre los daños más invisibilizados (e incivilizados) que ocurrieron, están los crímenes contra las infancias.
El hecho cotidiano: los chicos estaban ahí, lo más tranquilos en sus casas, bajo techo y cobijo, cuidados, queridos, jugando, leyendo un cuento, o quizás ya sentados a la mesa a punto de comer, o descansando en la cama, calentitos, como cualquier otro día, en paz. Los chicos estaban ahí cuando tronaron las puertas y ventanas a patadas, para irrumpir de golpe en la intimidad de sus casas, para invadir el interior de sus habitaciones y de sus habitantes, grandes y chicos, para romper todo, lo material y lo inmaterial, para someter a través del terror. Los chicos estaban ahí, presentes y no como decorado o adorno. Los chicos estaban ahí como seres vivos, como personas, presentes sus miradas, sus sensibilidades y subjetividades, estaban junto a sus padres y madres, en sus casas o en la calle, estaban ahí, frente a una fuerza bruta desbordada en su propósito de destrozar vidas.
Chicos allanados, secuestrados y torturados, chicos utilizados para torturar a terceros, chicos fusilados, molidos a golpes, ahogados, gaseados y producto de la tortura desenfrenada. El Negrito Floreal Avellaneda, Pablito Míguez, Carlitos Zárate Manfil, Josefina Vargas Sánchez, María Eugenia y Fernando Amestoy, son apenas algunos de los casos que conocemos, hay muchos más. Evito los detalles de las marcas, las huellas de las torturas, las causas de muerte, los informes de autopsias, lo que hicieron, no quiero repetir el horror en palabras, otra forma de expandir el daño, el eco de una amenaza latente y funcional a la acción psicológica, que a través del terror sigue siendo efectiva, incluso a pesar del paso del tiempo.
La dictadura no solo quitó la vida a los muertos que asesinó, a los sobrevivientes también se las arrebató. Nadie volvió a tener la misma vida que tenía, ni a ser quien era antes de ser convertidos en receptores y depositarios de la violencia represiva. La vida anterior desapareció como la inocencia.
No fueron casos sueltos, ni hechos aislados, no fue algo sorpresivo ni excepcional, fueron prácticas comunes, mecanismos repetidos, metodologías habituales y hasta rutinarias, hechos cotidianos, previstos dentro del plan sistemático de exterminio. Los episodios criminales directos de la dictadura sobre las infancias fueron miles y el impacto, el trauma es masivo y generalizado, tan duradero que de eso casi no se habla.
Pasado todo este tiempo, hay verdades resistidas y un terror a recordar.
Busco entonces elaboraciones a través del arte, representaciones simbólicas, sensibles, poéticas, capaces de figurar esta realidad.
Recuerdo que durante una visita al Museo Nacional de Bellas Artes en 2019, me topé con un cuadro azul, de Carlos Alonso, de la serie Manos Anónimas, que retrataba justamente este tema. Escribí entonces una breve reseña:
Cristales rotos. Estallidos azules. Se aturde de sonidos
mi cabeza y la violencia irrumpe. Destroza
el límite. Detiene el tiempo. Pedacitos
transparentes, sostenidos en pleno vuelo
por el aire. Triangulitos vítreos
que brillan y no terminan nunca de caer. El mal
es amarillo sepia, pero en mi memoria será siempre verde.
La última bocanada de aire se comprime y permanece
adentro del cuerpo. Los ojos abiertos como ventanales en un incendio.
Un gesto desesperado que puede ser de cualquiera. La mano alzada
suplica. La ayuda que no llega. La boca del niño en un instante
de pavura que ahora dura
para siempre. La inocencia perdida. La contracción.
El mal perpetrado. El horror perpetuado
en ese otro rostro que sé que está ahí pero evito mirar.
Me quedo con el niño. Para siempre
en estado de alerta. Para siempre en estampida.
El instinto animal a flor de piel y las piernas
que apenas responden. No alcanza
con un sólo movimiento
para salir del paso de la bestia.
Es inminente. Ruge.
Ya no hay cuidado posible.
No hay adentro ni afuera.
No hay límite. No hay hogar.
La puerta azul no es igual
en la memoria. Se parte
la infancia dentro de este marco.
El movimiento se detiene.
El momento suspendido pesa.
La dimensión del mal
en la desproporción de las figuras.
Una fuerza imparable
superior y absoluta
capaz de atravesar el espacio
desencajar toda estructura
y sacar fuera de quicio
aquello que siempre contuvo.
Entonces todo cae.
La silla que sostuvo. El farol que alumbró.
Quizás caiga también el niño
no lo podemos saber aún
está allí. Para siempre niño.
Para siempre en medio del camino
hacia donde constantemente avanza
un sinsentido concreto de violencia represiva.
Vuelvo a la imagen. La escena congelada es explícita y elocuente, la obra es una acusación visual confrontativa que lo dice todo. El mensaje parece simple y directo, pero tiene capas, cosas que no son fáciles de procesar, de asimilar, de comprender.
Qué hacer con lo inaceptable; con lo difícil. Miro otra vez. En medio del desastre hay capas de profundidad y sentidos, un equilibrio gestual que interpela y me inquieta.
Supongo que, si existe este cuadro, tiene que haber otros. Esta pintura me lleva a buscar la serie completa de Manos Anónimas. Me obsesiono un poco con las imágenes a medida que las encuentro, las guardo en una carpeta, las comparto con quienes saben también de este tema y las pueden apreciar como el tesoro que son.
Días después de mi gran descubrimiento, viajo a Córdoba invitada a un Coloquio Internacional sobre Lenguajes de la Memoria y los Derechos Humanos, organizado por la Facultad de Lenguas de la UNC, y al terminar la última jornada, salimos con algunas compañeras a dar una vuelta por el centro. Pasamos por el Museo de Bellas Artes de la Provincia, alguien menciona que arriba hay unos cuadros de Alonso y nos metemos a último momento, a unos 15 minutos del horario de cierre. A las apuradas, consultamos por el camino más rápido, subimos directamente por el ascensor y al abrirse la puerta, ahí la gran sorpresa, aparece frente a mi colgada la serie completa de Manos Anónimas; como la confirmación de un camino que se concreta.

Allí está el bebé (o la bebé) en andador, todavía no camina, no habla, es pequeñito, cachorro y pelón, usa babero, es lactante, está dentando. El personaje del bebé es central en este grupo de cuadros. Si lo vemos de manera individual, puede parecer que el chico está sólo y abandonado. Está todo roto a su alrededor, no sabemos exactamente qué pasa, no lo podemos ver tan rápido. Los destrozos podrían ser producto de cualquier cosa, quizás hubo un terremoto, un tornado, una avalancha; pero no, claro que no, la clave de lo que está pasando, ya la vimos en el primer cuadro.
Entre las decisiones simbólicas, estéticas y políticas tomadas sobre las imágenes, resalta la diferencia en el tratamiento de las personas, que son retratadas con sensibilidad y hermosura plástica, con un pincel reparador, con cuidado por lo humano; mientras que en cambio los represores son estallidos de furia rayados a la fuerza, payasos grotescos repletos de violencia, con trazos que gritan, dientes de perros salvajes y rasgos de bestias.

Frente a lo monstruoso, están los chicos, con los ojos muy abiertos, sorprendidos, en estado de alerta y desconcierto, con el miedo contenido, el terror en el cuerpo.
En otros cuadros, lo ambiguo se hace explícito, la criatura directamente llora a los gritos pelados, con toda la boca desesperada abierta, mientras se la llevan a la fuerza.
Qué hace un niño en esta situación, qué puede hacer. Qué impotencia.
El conjunto de cuadros reunidos en la pared, dialogan y la situación se re arma, se completa. Al ver las obras originales colgadas y observarlas de cerca, integradas como parte de una misma escena, comprendo que lo que el bebé está viendo, es lo que vimos en el primer cuadro: el hombre bestia que irrumpe estallando la puerta. Si la mirada del niño va hacia la escena del cuadro azul, entonces el segundo cuadro, en espejo, representa la mirada del represor. Vemos lo que este miembro del grupo de tareas ve desde la puerta de la casa recién allanada: el niño asustado y el daño perpetrado. En plano y contra plano, dos miradas enfrentadas dentro de la misma escena.
Entones aparecen otras dimensiones. Alonso nos invita a verlas y a entrar en ellas. Somos espectadores, pero el punto de vista ya no es completamente del artista, ni tampoco nuestro, ni es un punto neutro. El pintor se pone en el lugar de los dos personajes, y mira a través de ellos, llevando al espectador a ese mismo lugar. Las miradas se superponen. Vemos a través de Alonso, que nos hace ver a través de los ojos del niño y del represor. Qué se propone al poner directamente, sin aviso, al espectador en el lugar de ambos.

Este ejercicio, este juego de superposiciones, como experiencia directa, deja en evidencia las diferencias, la asimetría, la desigualdad de las fuerzas. Desde la mirada de uno y la mirada del otro, nos permite y nos obliga a ser un poco cada uno de ellos. La obra es un espejo que refleja a la humanidad entera en sus extremos opuestos. No hay dos demonios. Hay hombres monstruosos; y hay niños pequeños. Unos armados con tanques, ametralladoras y jaulas, los otros con las mamaderas vacías. La sumatoria del poder público, el monopolio del uso de la fuerza, contra la fragilidad, la indefensión, la inocencia.
Pienso que la maestría del artista no radica solamente en la técnica, sino en la sumatoria de sensibilidad y política, la capacidad editorial para mostrar y demostrar, dejar plasmada la denuncia de lo ocurrido y representar la acción del terrorismo de Estado sobre las infancias. Estas obras, que fueron pintadas en 1986, dicen de manera tan clara lo que todavía es tan difícil de nombrar y de transmitir en 2026.
Alonso nos hace ver a los niños en esas Manos Anónimas, que desde el título indica son lo fundamental, el tema principal, el sujeto de la obra, lo que hay que observar. En su concepto, nunca deja de ver y subrayar a los victimarios, quienes generan la acción, los dueños del verbo, de la violencia, del daño, los ejecutores del conflicto dramático que se revela en la trama. Los verdugos son los verdaderos protagonistas, incluso en los cuadros donde no aparecen a la vista, están ahí, detrás. Sin aquellos que intrusan, sin la ruptura que sacude la composición, sin lo que espanta, sin la amenaza, sin todo aquello que está fuera de lugar, no hay cuadro, no hay dramaturgia; ellos son el drama.
Si hubo crímenes contra las infancias en dictadura, es porque hubo represores dispuestos, y estructuras represivas dedicadas a atacar y someter a los niños y sobre esto tiene que estar puesto el foco, en la represión y sus prácticas, sus metodologías, y sus instituciones, sus ideologías e ideólogos, sus ejecutores, sus cómplices, sus financiadores y sus continuidades en democracia.
La problematización de la violencia represiva sobre las infancias es como un asunto global, que se recicla y permanece, permite entender lo sistemático de estas prácticas a través del tiempo, y esto es fundamental para poder defender a los chicos y chicas en el presente.
Medio siglo después, la dictadura sigue haciendo efectos, sigue afectando y sigue costando vidas. Seguimos buscando justicia por los crímenes contra las infancias. Seguimos buscando comprender qué nos pasó, explicar nuestras memorias inmaduras, aliviar el trauma. Seguimos descubriendo casos, que se empiezan a tener en cuenta, y comprobamos que no se pueden medir los daños, que quienes los sufrimos somos muchos más de 30.000 y que no nos han vencido.