Bella Ana

«Algo dentro mío decía que no era sólo alguien que estaba mal de la cabeza»

 

Alejandra Slutzky acaba de publicar Ana Alumbrada, el libro en clave de trabajo de campo que busca la historia de su madre. Aquí, Ana Svensson no es sólo objeto de búsqueda de una madre recluida en los pabellones psiquiátricos de Buenos Aires durante la dictadura, sino un emergente que habla de lo que su hija denomina el sistema de desaparición de gente en vida. Alejandra reconstruyó esa historia con los códigos de la arqueología, entre archivos derruidos de lo que menciona como manicomios, documentos de las agencias del Estado y testigos. Pero la contribución específica de época, quizá va más allá. El trabajo sobre la investigación biográfica de quien se escribió cartas con Julio Cortázar durante los años de internada, es sobre todo una llave para volver a darle a su madre los espacios de todas las libertades políticas y sexuales de las que fue corrida.

Confinada al inframundo después de una estadía en Cuba de la que volvió separada de su esposo, un escenario que Alejandra sitúa como clave de la caída, Ana permaneció manicomializada hasta su muerte en 1982. Sus dos hijos, Alejandra y Mariano, la habían visto por última vez en 1977 antes de que se los llevaran exiliados a Holanda. Durante esos años, Ana se escribió las cartas con Cortázar pero también dictó otras páginas con la historia de su vida a enfermeros de uno de los psiquiátricos. En esos papelitos desordenados, como dice su hija, Alejandra encontró huellas para leer el destierro. Como la mención del amor adolescente a otra mujer a los 16 años castigado con tratamiento de hipnosis que aparece como primer contacto traumático con la psiquiatría. Alejandra le arma a su madre nuevos linajes en la enorme fila de las locas que han sanado este país. «Ana era diferente y estaba dispuesta a ejercer la libertad en toda su plenitud», escribe. «Vivió los ’60 inspirada en Europa y los pensadores de su época. Le atraían las mujeres que se liberaban de ataduras culturales y religiosas accediendo a niveles altísimos de formación intelectual, comprometidas. Todo parecía posible y mi mamá seguía su ejemplo. Se liberaba como mujer. Vivir de acuerdo con sus elecciones de vida y sexualidad le iba a costar caro». A eso alude el maravilloso prólogo de Astrid Rusquellas, compañera generacionalmente de sus padres, profesora clínica de Psiquiatría de la Universidad de California, SF, Fellow de la American Academy of Psychoanalysis y miembro vitalicio de la American Psychiatric Association. Durante en aquel momento de apogeo de la Cuba de los años ’60, dice, «es que su grupo, sus propios compañeros, la juzgan y ella se siente profundamente traicionada. Empapados por sus miedos a la futura represión del sistema capitalista al que volverán en Argentina, con la posibilidad muy real de la muerte, emprenden una actuación grupal paranoica. Funcionan con un dogmatismo y una lógica maniquea binaria: bien-contra-mal, más propia del fanatismo religioso que de un pensamiento revolucionario. Ana es condenada cual chivo expiatorio. Obviamente, lo que era regla en las conductas de los muchachos se vuelve ‘peligro para la seguridad’ en la conducta de esta chica». Alejandra desea que este libro, dice, ayude a que nadie más considere locas ni a las Madres de Plaza de Mayo ni a cualquier otra mujer que sea diferente. «Deseo que este libro no lleve a la locura. Tal vez proponga mirarla de otra manera».

 

El escritorio de Alejandra. Las fotos de Ana y Samuel.

 

¿Por qué ahora la historia de Ana?

Mi mamá siempre fue para mi «mi mamá» o Toty, nunca Ana. Me separé de ella a los 6 o 7 años cuando volvíamos de México, después de Cuba. De ahí en adelante la visité de vez en cuando y lo que más oí decir sobre ella, es que estaba mal de la cabeza o estaba loca. Es lo único que me decían. Mi papá nunca habló de ella. Yo sabía que se habían separado en Cuba, pero después del secuestro de mi padre, con mi hermano nos fuimos del país. En el ’77 habíamos perdido a la familia: mi padre; su hermano que había sido secuestrado, liberado y se fue del país; mataron al hermano de mi madre; mis cuatro abuelos se habían muerto y mi madre estaba hospitalizada. Ella murió justo antes de la democracia, es decir antes de que pudiéramos ir a verla. Más tarde, yo tuve mis propios hijos. Y siempre aparecía el nombre de mi papá, siempre muy homenajeado, querido por mucha gente, por su militancia, porque era muy amoroso. Pero nadie, nadie, se acordaba de ella y empecé a sentir que no estaba bien. Que mi papá pudo hacer su militancia porque ella nos cuidó cuando éramos chicos, mientras él se iba al monte tucumano o la cárcel. Sea como sea, ella tuvo responsabilidad sobre nosotros. Y algo adentro mío me decía que no era sólo alguien mal de la cabeza. Así me puse a buscar a Ana. Y digo Ana porque ella es Ana, antes de que le fuera todo mal. Antes de Cuba, de lo que le pasó ahí, que lo que planteo algunas claves. Antes de los manicomios, es decir cuando tenía disposición sobre su propia vida. Cuando podía hacer elecciones. Y lo que fui encontrando me maravilló, porque resultó ser una mujer que pintaba, que escribía poesías, que militaba, que tenía una convicción sobre cómo vivir la vida y cómo imaginaba el mundo. Y víctima, también, de las variables de un mundo religioso y machista. Una mujer que se creyó la utopía del mundo mejor, pero no se dio cuenta que ese mundo no cambia de un día para otro, que la revolución todavía iba a tardar.

Su búsqueda te abrió otras preguntas.

Me di cuenta que ella había quedado tapada y oscurecida por el manto de la locura y que no merecía quedar atrás de los muros de los manicomios. Y con ella me fui encontrando otras historias similares que también aparecen en el libro. Por eso hay dos tipos de letras. Con una, sigo la historia de mi mamá. Con la otra, el paradero de otros y otras compañeras que transitaron por manicomios. Esas dos búsquedas hablan del sistema y del uso de la psiquiatría como lugar de desaparición en vida de gente. Por eso estás los dos formatos, con una historia y dos búsquedas.

 

Hospital Moyano. Cartel: Zona de Detención.

 

En el camino aparecen cartas de Cortázar. Un día vos encontrás parte de las cartas en Internet. ¿Ya sabías de la existencia de esas cartas?

Siempre supe de las cartas, consideraba a Cortázar como amigo íntimo de mi madre pero nunca quise saber qué se escribían. Sentía que las cartas eran de mi mamá. Cuando volvimos a Argentina por primera vez, mi tía abuela —que era la persona que se encargaba de ella— nos entregó un paquete de cartas de él a ella y de ella a él. Porque en un momento mi mamá ya no podía escribir, dictaba cartas a mi tía abuela y ella escribía. Después de muchos años, agarré la caja que estaba de arriba del placard y me puse a leerlas. Él le mandaba dinero para sobrevivir cuando estaba en una clínica psiquiátrica de Turdera, le mandaba libros, textos y le pedía que los comentara. Para él, ella era Ana y se escribían así, sobre literatura y sobre cosas que él hacía. Yo creo que a ella la mantuvo en vida por adentro, con ánimo, con la mente despierta. Creo que realmente eso la salvó en su dignidad, como mujer, como ser humano, en el entorno de manicomio. Y yo le agradezco ese apoyo que nosotros no pudimos darle, porque perdió a sus hijos, porque perdió a su marido, porque la historia nos separó. Para mí jugó un papel en su vida. No sé muy bien cuándo se conocieron, pero diferentes personas señalan que podría haber sido en el ’67 durante la reunión del O.L.A.S en La Habana cuando estaban todos ahí. Como yo ahora conozco a Ana, imagino que ella pudo haberse escapado del entorno cerrado del entrenamiento para encontrase con él en las reuniones. Y fue una amistad que duró muchos años, la primera carta que tengo es de 1975, y la última en 1983, ya después de la muerte de mi mamá.

En ese contexto, aparecen las cartas en Internet con las actividades por el centenario del nacimiento de Cortázar.

Yo buscaba a mi mamá, y mi amiga Marcela me llamó para decirme que en Facebook hablaban de ella. Lo puse en el libro. Reconocí las cartas porque alguna vez las había visto, pero no las tengo. Pregunté al hombre de dónde eran, nunca me contestó claramente, pero así es como Ana empezaba a salir a la luz. Con esa búsqueda me fui encontrando con amigos de ella los primeros años, Jorge y Mirta Molinero, Jean Louis, Leticia, luego con Margarita de la época con papá. Pero también encontré a otro compañero de HIJOS con la madre en una situación parecida, internada en el Moyano. No es que era la primera vez que buscaba, pero me di cuenta que cuando buscás, encontrás. Y así encontré una carpeta enorme de ella en el Moyano.

La mirada sobre los archivos.

 

El libro da gran espacio a eso y a la transcripción de fichas de la Dipba, con datos que discutís, pero también tomas en serio. ¿Por qué?

La Dipba tenía una carpeta muy impresionante, y ahí encontré la militancia de mi mamá. A sus compañeros y el primer retrato. La foto de portada es la primera foto que yo tengo de ella, muy joven, y es la foto de ese legajo. Lo que quiero decir es que ahí aparece una dimensión que yo no conocía. Su militancia. De la que nadie hablaba. Su participación política. Lo que hacía. Y en el Moyano creí que no iba a encontrar nada pero me dieron una carpeta gorda. Y adentro había unos papelitos sueltos donde dicta su vida. Es un relato de su vida que ella iba dictando a alguno de los enfermeros. Y era como que me los estaba contando a mí. Ahí supe lo que le pasó a los 16 años, los nombres de su profesor, que se fue a un país de Centroamérica donde le pasaron cosas. Cuenta un montón de detalles sobre nosotros y mi papá. Todavía me acuerdo que me causó tanta impresión, que no pude aguantar y me puse a leerlo en el colectivo. Todos los papeles estaban desordenados.

¿Cómo fue el paso por el Moyano?

Hice la búsqueda en el Borda y el Moyano mirando archivos oficiales y antiguos, literalmente llenos de ratas, ratones, piojos. Ahí descubrí que había sido internada en 1975 y que se quedó hasta no se cuándo. Sucede que la mayoría de las historias clínicas no tiene final. No dice cuándo sale la persona. Sé que después la trasladaron a una clínica de Quilmes donde no encontré nada porque la destruyeron. Y después pasó a la clínica de Turdera. Como la plata de la pensión no le alcanzaba, ese es el lugar que ayudó a pagar Cortazar. Murió ahí, y con los papeles de ese lugar encontré el lugar donde había terminado su cuerpo.

¿Dónde?

El cementerio de Lomas de Zamora. De todos los fallecidos de mi familia, siempre consideré que mi mamá tenía la historia más triste porque se había quedado sola y hospitalizada. Cuando murió nadie reclamó el cuerpo. Y hace muy poco supe que, en casos así, el cuerpo queda cinco años a cargo de la Policía. Y después pasa a una fosa común, un osario. Ese es el lugar al que yo le digo tumba, y donde la encontré hace muy poco. Pero Lomas de Zamora tiene un osario hermoso. Con una cruz enorme, rodeado de cartitas, velas, regalos, mensajes y señales que va llevando la gente a sus queridos con alguna ofrenda. Hay un árbol al lado. Cuando llegué a visitarla por primera vez todavía estaba en flor y lleno de pájaros. Eso me puso contenta porque sentí que por lo menos no estuvo sola sino acompañada de los desvalidos, de los pobres y abandonados. La gente por la cual ella había querido luchar y entonces sí entendí que esa es la tumba de ella.

 

La tumba de Ana.

 

El hallazgo parece parte de la otra increíble historia.

Un día me fui a Lomas de Zamora. Ese día el intendente justo se casaba con una modelo o una actriz y estaban todos de fiesta. Fui al Registro Civil. Había una empleada atendiendo a todo el mundo con bebés recién nacidos. Yo quería saber si mamá había fallecido ahí. Estaba con una amiga. Imaginábamos que íbamos a tener que esperar horas. Y pensamos: si ella murió por ahí, podríamos obtener algún dato en una cochería. ¿Dónde están las cocherías? Cerca del cementerio. Y cuando llegamos al cementerio, entramos a preguntar por las cocherías. Yo tenía mi ficha, nombre y fecha de nacimiento de mi mamá. Hicimos cola. Y le preguntamos a una señora si podíamos decirnos qué cochería estaba abierta en aquella época, para saber qué pasó con su cuerpo. La señora me dijo: Esperate que me fijo acá. Se fijó en la computadora. Después se fue al fondo a ver un archivo de papel. Fue con mi papelito en la mano, volvió y dijo: Tu mamá está acá nomas. La podes ir a visitar. ¿Qué?, dije. Sí, sí, me dijo. Y me explicó que estaba en la Cruz Mayor.

Hay cosas de la locura, que parecen el confín próximo para muchos todo el tiempo. Acá hay un rescate de ese mundo, no sólo salva a ella, ¿sino a vos? ¿A muchos? ¿Puede pensarse de qué se trata ese intento? También hay una discusión en primer plano sobre los códigos de la militancia, la libertad y elección de las mujeres. Sin embargo, no salís a matar a esos tipos. Las balas están, pero pones el acento en otra parte.

Durante todos estos años muchas veces sentí que en realidad avanzaba guiada por mi madre. Hay anécdotas. Muchas. Un llamado de María Adela Antokoletz para avisarme que las Madres iban a estar en la Feria del Libro de París. Fui de un día para el otro sin nada. Y en una mesa conocí a un residente del Moyano que había estado con mi madre. Pero yo espero que lean. Aquí rescato a Ana como mujer, como compañera y discuto el repliegue a la locura, esa categoría que quiero que se discuta. Capaz alguno no se lo aguanta. Hubo compañeros muy entrañables de mi padre que nos tuvieron muy cerca, pero nunca me dijeron nada sobre mi mamá, sobre el episodio central de Cuba.

Que aparece como espacio de trauma.

Incluso les cuesta verlo así cuando los confronté con los datos. Creo que lo que existe es mucho machismo. Yo la quise sacar a ella de ese lugar. A ella porque se lo merece, y a la gente que encontré en los archivos y también en los loqueros. Allí están las historias de Amanda, de Susana, de los colimbas repentinamente internados en dictadura por supuestas deserciones con legajos en los que comenzaban a ser señalados como zurdos. Intenté encontrar patrones. Y avancé con esas historias de las que recogí documentación, digitalicé el material y entregué a la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad.

 

 

Ana Alumbrada. Militancia, amor y locura en los ‘60.
Editorial Punto de Encuentro.

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2 Comentarios
  1. Ramona Quiroga dice

    Me remueve los sentimientos mas profundos de mi ser…Por muchas razones personales dado que la búsqueda de los seres que de uno o otra manera son parte de nuestra vida :nos lleva por caminos extremadamente dolorosos ,cada paso nos alumbra una esperanza,pero también nos destruye con lo que descubrimos.Y no se de donde sacamos fuerza y valentía para llegar a armar el rompecabezas hasta el final.»»Elevo el homenaje a ANA :por su lucha de vida ante tanta injusticia,A sus hijos y sus nietos/a y familia en general..Y en particular a Alejandra que es la semilla que germino como ANA siempre quiso ,con valores libres..donde nada la detuvieron en la búsqueda de la VERDAD..

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