¿Confiar en Alberto?

Más conciliador que combativo, el Presidente no sorprende

 

La primer nota que publiqué en El Cohete a la Luna se llamó Confiar en Alberto y merece un ajuste con más de un año de gestión y perspectiva, con las restricciones internas y externas traccionando casi a pleno, con una inflación de entre 3 y 4 puntos promedio en el último semestre, el grupo de tareas que comanda la embajada de los Estados Unidos prácticamente intacto y activo, una comunicación oficial que se recuesta sobre el presidente y deja el relato y la agenda en manos de la oposición mediática. Confiar en Alberto, en Cristina y la dinámica interna del Frente de Todos, ¿no queda otra?

Hace casi dos años y en un reportaje con Daniel Santoro (el muy bueno) publicado también el El Cohete hablábamos sobre las posibilidades de un Frente capaz de derrotar a un macrismo que parecía destinado a perdurar cuatro u ocho años más. “Yo creo que Cristina no está conduciendo el conjunto, conduce una parte. Nos conduce a nosotros pero no a todo el dispositivo. Ella tiene un liderazgo parcial y es importante reconocerlo, si no nos equivocamos. No hay una conducción general y esa es otra de las catástrofes”, reflexionaba el pintor que mejor utiliza al peronismo como objeto de representación.

Cinco meses después, la magistral jugada de Cristina poniendo por encima suyo a alguien capaz de conducirlos a todos, Alberto, el tipo en el que iba a encarnar la esperanza de una victoria indispensable, dramáticamente necesaria y que –con ella en la fórmula y no fuera, como reclamaba el peronismo responsable casi en su totalidad– retenía los votos kirchneristas, sin los cuales cualquier opción se transformaba en testimonial en los números y light en los contenidos.

Conviene actualizar la sentencia en forma de pregunta y atentos al estilo de conducción de Alberto y sus resultados, con pandemia atenuante incluida: ¿Alberto finalmente logra superar la limitación de Cristina y conducir a la totalidad del Frente y a los peronismos convivientes en su seno? ¿Es quien supuso Cristina que iba a ser y el que esperaban sus votantes? ¿Hay una conducción bifronte en el Frente? ¿Sería conveniente algo así? Si confiable es quien es fiel a sí mismo más allá de las coyunturas, ¿Alberto es Alberto?

 

Dentro del capitalismo todo, fuera… el vacío

Una de las sentencias más sonoras del presidente en la nota mencionada, que releva de mayores discusiones acerca de la caladura de sus acciones políticas, convierte en letra muerta la violación de off de Eduardo Van Der Kooy que provocó tanto escándalo y debería al menos esmerilar la amistad que mantiene con Alberto Fernández, fue la siguiente:

“Yo soy de los que piensan que la política es el arte de administrar la realidad, básicamente. Y esto es lo que hace cada uno: los conservadores la miran y no la cambian, los reformistas la miran y la cambian utilizando las reglas establecidas, y los revolucionarios la miran y tiran por la ventana casi todo lo disponible. Pero todos operan sobre la realidad. Cuando vos dejás de ver la realidad dejás de hacer política, un poco a eso me refería cuando hablábamos de los setentas. Harás otra cosa, pero política no harás”.

Alberto no piensa revolucionar nada, no lo pensaba antes, tampoco ahora. Cristina lo eligió por ese perfil republicano e institucionalmente moderado que parece encantar al votante desideologizado y propioculista que parece esencial para ganar elecciones polarizadas. Es cierto que la pandemia agudizó las contradicciones entre el Estado, las clases populares y los factores de poder, que Juntos por el Cambio alega amnesia y desplegó una campaña incesante e irresponsable contra la gestión política del aislamiento, la vacunación y las aperturas, que la puja distributiva fue más cruel y despiadada que nunca y entonces el estilo que más le sienta al presidente (advertir, persuadir, invitar, consensuar) se quedó sin margen y fue desafiado y desautorizado por turnos: la UIA, AEA, ADEBA, las cámaras que agrupan a las prepagas y las ARTs, la Mesa de Enlace y los agroevasores, Clarín y todo el dispositivo mediático opositor al que el presidente les prodigó tiempos, primicias y que hasta violaron un off the record, los formadores de precios de alimentos e insumos difundidos y finalmente la Corte Suprema.

Hasta hace no mucho tiempo, asesores directos y muy cercanos al presidente le aseguraban a este cronista y a otros que “no hay una enterrada de hacha unilateral con Clarín”, que “no nos tiran a matar como al kirchnerismo y hay una relación más razonable”. En el arranque de este año y repasando aciertos y errores, Ricardo Forster (ex funcionario de Cristina y actual asesor presidencial con despacho en la Rosada) aseguraba que “durante la pandemia hubo un reacomodamiento de Alberto respecto de su visión de país, me consta personalmente”, y que respecto a algunos de los retrocesos evidentes o advertencias sin consecuencias prácticas comprende perfectamente que el estilo y las acciones de gestión deben cambiar.

“Yo creo que hay un camino de aprendizaje que se hizo muy rápido en materia política y económica. En estos días debatimos los constantes aumentos de precios que afectan a las recomposiciones salariales y él tiene una clara conciencia de que la concentración en la producción y la oferta del rubro alimentos es gigantesca y que eso fue producto del ‘libre juego del mercado’. Está decidido a trabajar fuertemente para revertir esa concentración que hace que la cadena alimentaria esté dominada por un puñado de empresas que fijan el funcionamiento del mercado y la formación de precios”.

 

La única herramienta elector contra el neoliberalismo

¿Cristina es la suprema garante de que el contrato electoral no sea desvirtuado u olvidado por Alberto? Ella no suscribiría semejante bravata del kirchnerismo ofuscado, pero sí reprende a funcionaries timoratos (en público y en privado) y señala los ejes de una gestión que no la conforma ni mucho menos. Pero no subroga al presidente, se banca contraofensivas del mismo tenor y que suelen congregar al antikirchnerismo que vive dentro del Frente y monitorea no los debates de superficie acerca de las bondades de las críticas del propio palo sino precios relativos que no terminan de “alinearse”, la incapacidad manifiesta de reformar severamente a la justicia (que no tiene nada que ver con el proyecto que ya casi nadie impulsa ni defiende) y acabar con la cruzada del lawfare, la indisimulable auto promoción de Sergio Massa como eterno candidato presidencial y, por supuesto, el bien supremo de la única herramienta electoralmente probada contra el neoliberalismo: la unidad del Frente que debe seguir siendo de todos.

 

Cristina lo observó hace seis meses. El problema no es Losardo solamente, la reforma que no reforma lo esencial no tiene quién la defienda.

 

Si se repasan notas y acciones anteriores del presidente –incluso su navidad con Milagro Sala, cuando declaraba que estaba injustamente detenida más allá de que no compartía su ideología, y que comenzara a alejarlo del Frente Renovador– habrá de decirse que Alberto es Alberto, ninguna sorpresa para nadie. A veces más operador o analista político que ejecutor de soluciones prácticas y eficaces, a veces más deudor de Whitman o Dylan (Bob, no el perro) que de Perón en lo ideológico y creyente de que las amistades funcionan siempre igual sin importar los cargos que se detentan, a veces más conciliador que combativo pues según dice “aprendí con la 125 que ir por todo a veces te deja sin nada”.

Justamente el dilema que se debatía en un lejano 2005, en una tertulia trasnochada en Casa Rosada y presidida por Néstor y Cristina, cuando uno de los intelectuales que se sentaba habitualmente en esas mesas le sugería al ex presidente desembarazarse del PJ como la cáscara vacía que era, Néstor respondía: “no quiero disputar el peronismo, quiero disputar el poder, el tema es el poder”.

Uno supone que ya es evidente que –sin enfrentar decididamente a casi nadie– el riesgo es no hacer ni una cosa ni la otra. Y que Alberto tomó nota de eso y que Cristina o el pueblo que lo votó estarán allí para recordárselo. Confiar en Alberto entonces y que Alberto confíe en su base electoral, mientras se siguen debatiendo alternativas sin comisariatos ideológicos y construyendo poder popular para generar una correlación de fuerzas más favorable.

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