Detrás del hecho policial

El crimen de Fernando Báez Sosa interpela al conjunto de la sociedad

 

El juicio por el crimen del adolescente de 18 años Fernando Báez Sosa, sucedido el 20 de febrero de 2020, ha sido la noticia que acaparó la atención de los medios de comunicación durante lo que va del año. Los títulos y opiniones más escuchadas –al margen del desarrollo mismo de las audiencias– giraron alrededor de la sentencia más dura, que (en general, y a excepción de tres casos) finalmente fue dictada.

A fin de aportar al proceso en curso desde diferentes perspectivas, consideramos alertar sobre el carácter interpelante que este homicidio tiene para con la sociedad en su conjunto.

En la Argentina, las noticias vinculadas con la violencia, la promoción del odio, así como los reiterados ejercicios de discriminación y exclusión social, no son estudiados ni analizados a fondo por los medios de comunicación de mayor alcance. Los hechos se suceden, y una vez que dejan de ser noticia, se olvidan hasta que ocurre uno nuevo. Como si se tratara de un encadenamiento de fenómenos que deliberadamente se van olvidando y que indefectiblemente deben suceder y sucederse en el tiempo.

Para entender lo ocurrido en Villa Gesell debe tenerse en cuenta el contexto general, mucho más amplio, de una sociedad que se encuentra atravesada por una dinámica mundial, imparable, de dominación de algunxs pocxs sobre muchos otrxs. Se necesita consolidar a la mayoría de los humanos en una masa obediente, homogénea y dócil ante las exigencias de grupos hegemónicos y al orden que estos imponen.

La sociedad argentina viene siendo impactada por fenómenos de violencia y exclusión social, cuyos protagonistas son jóvenes. Quienes atacaron a Fernando Báez Sosa, quitándole la vida, son personas que actualmente tienen entre 21 y 24 años. Es un dato que llama la atención, ya que es un indicador de que durante su proceso de socialización y formación como ciudadanos, las instituciones a cargo, por las que pasaron y en las que se educaron, no han cumplido con su función esencial: entre otras, la de formar a las personas en marcos de democracia participativa, convivencia democrática y respeto por el otro, se trate de un par o de un diferente.

Existen grupos de jóvenes que se auto-consideran “elegidos” y socialmente superiores en comparación con otros, con presente y futuro de hegemonía, mando e impunidad. Dichos grupos son –además– cerrados, autoritarios, machistas y con vocación “higienizante” en relación con el resto de sus pares. No tienen ningún tipo de responsabilidad por lo que hacen. Disfrutan también del hecho de contar con su potencialidad, ya sea como grupo o banda. Los diferentes a ellos, que lo son porque no pueden ni quieren ser sus iguales, les provocan odio de clase y el objetivo de sacarlos del medio de alguna manera. Particularmente, de los lugares que ambos grupos frecuentan, como los boliches bailables, en donde la mayoría de las veces suelen coincidir sus presencias e intereses y donde suelen entrar en conflicto, como sucedió en el caso al que nos referimos.

El hecho de “pertenecer” a estos agrupamientos cuesta algo más que unos pesos. Requiere asumir toda una identidad, un modo de vivir, de ser, de aceptar, de vestirse y de participar de las convencionalidades correspondientes, que los ambientes que frecuentan les proponen y que estos grupos aceptan.

Conviene recordar que, aunque sus integrantes no tomen conciencia de ello, las conductas de los grupos violentos guardan estrecho vínculo con el odio y con el racismo.

 

 

“Pertenecer” conlleva sus costos.

 

 

 

La formación de los jóvenes

Sin embargo, y a pesar de todo, los jóvenes agresores no nacieron ni malos ni violentos. A lo largo de sus cortas vidas se han formado en diferentes ambientes. Distintas agencias socializadoras –por ejemplo, la familia, el barrio, la escuela, los clubes, las distintas confesiones religiosas y posiblemente otros grupos de amigos– conllevan una fuerte responsabilidad en la formación de las personas, en la construcción de sus subjetividades. Todos ellos pasaron por todas o casi todas las instituciones mencionadas y, por si fuera poco, convivieron, a su vez en una sociedad de consumo que los hizo presa de un individualismo consumista y exitista, lo que agrava el panorama.

En consecuencia, la multiplicidad de corresponsabilidades que hacen a los hechos ocurridos en Villa Gesell interpelan a la totalidad de la sociedad y a la política, por ser esta ámbito y plataforma desde la que algunos grupos neofascistas promueven y ejecutan tanto discursos de odio como hechos de máxima violencia.

Para completar el análisis, debemos mencionar la acción de los medios concentrados de comunicación, que proponen una mirada banalizada y a la vez sesgada de la realidad, subordinada a criterios penalizantes. Se apela continua y deliberadamente al sensacionalismo, al mensaje de lo concreto, como en el caso de la reiteración innecesaria y continua de la golpiza que recibió Fernando. Esta manera de comunicar perjudica el análisis y la reflexión de un público que se angustia, desorienta y termina acostumbrándose, aceptando dicha forma de transmitir los acontecimientos como una manera de enterarse de “la verdad”.

Las culturas juveniles terminan presas de estos contextos y modelos, de las carencias en su formación y/o de noticias claramente estimulantes para el ejercicio de la violencia y el desprecio del otro, ya sea porque “no me gusta”, porque es un “negrito”, o porque "es inferior a mí”.

A Fernando Báez Sosa la vida lo puso de golpe, y desgraciadamente, frente a este tipo de grupos.

 

 

 

Escuela, familia, clubes, cultos

Este no ha sido sólo un “hecho policial”, como han pretendido mostrarlo algunos medios. Nos encontramos frente a un hecho social y cultural. Social, porque se manifiesta en el seno de la sociedad y es, asimismo, un mensaje de disciplinamiento social, dirigido a que lxs diferentes no aspiren a su postergada integración. Cultural, porque se inscribe como un modelo de vida que se ha instalado en la sociedad, como una cultura violenta.

Como la referencia institucional, formadora, inmediatamente anterior del grupo agresor ha sido la escuela secundaria, creemos necesario reflexionar brevemente acerca de algunas de sus limitaciones. Insistimos en que la formación de lxs jóvenes debería darse en una convivencia democrática, participativa, de consensos, con el diálogo como eje de la comunicación. Y en la educación sexual integral (ESI), que al no poder ponerse en funcionamiento, dados los enormes prejuicios culturales que lo impiden y la falta de estrategias suficientes para hacer efectiva su enseñanza, se nos priva de una herramienta esencial para la formación de los jóvenes.

Dicha formación debe ser apoyada con valores en los que la solidaridad, la cooperación, la empatía y la alteridad estén presentes de manera tal que lxs jóvenes adquieran, desde el ejercicio del pensamiento crítico, capacidades como para poder decidir, reconocer al otro, entenderlo, aceptarlo, aunque deban despojarse de sus propios puntos de vista para hacerlo. No nos parece que la educación se encuentre profundizando lo suficiente en estos temas. También sería positivo que desde algún programa pertinente se implementasen talleres de apoyo a las familias de los alumnos.

Consideramos que, a pesar de todo, la escuela pública puede asumir el problema y llegar a ser el mejor de los ámbitos, el punto de partida para garantizar una educación personal y colectiva que apunte a la resolución de los opuestos irreconciliables de la sociedad argentina, incluidos –por supuesto– los políticos y los de género.

La profundidad y gravedad de estos temas es de tal magnitud que el Estado debería arbitrar los medios para plantear a todas las fuerzas políticas una propuesta de políticas públicas de formación, preventivas, para y con las familias, las escuelas y los clubes a los que concurren niñxs y adolescentes. Dicha iniciativa, para su sustentabilidad, debería contar con el compromiso de todos los partidos políticos.

Los clubes conforman un universo particular, que (salvo excepciones) en general no contribuye con estos temas. Reciben una cantidad importante de niños y jóvenes, pero no terminan de asumir las responsabilidades que ello conlleva. Mayormente, orientan la formación de sus asociados hacia la competencia y el logro de destrezas y habilidades, según el deporte que se trate, relegando el carácter humanista del mismo. Deberían contar con normas y mecanismos que regulen el vínculo con lxs otrxs y continuar y/o complementar lo que se enseña en la escuela, de modo que aquello no se pierda con el correr de los años.

Asimismo, el personal encargado de la seguridad de los locales bailables debería recibir actualizaciones en relación con sus aptitudes para relacionarse con adolescentes, ya que las acciones que se pudieron apreciar en Villa Gesell no son las adecuadas. Es hora de actualizar la normativa que los rige para mejorar las actitudes a seguir al momento de interactuar con jóvenes y de tener que resolver conflictos al interior del “boliche”.

Nuestras apelaciones a la convivencia y los valores de la democracia, desde la formación temprana de niñxs y adolescentes, apuntan a que pueda registrarse en quienes aprenden una toma de conciencia sobre el valor que tiene la adhesión a una práctica de la convivencia pacífica y a la aceptación de las diferencias, contra cualquier forma de violencia, intolerancia y autoritarismo.

 

 

 

El final

Los jueces han dictado sentencia, justa para algunos e insuficiente para otrxs. Conociendo las condiciones de nuestros sistemas carcelarios, nos preocupa, a partir de este momento, lo que ocurrirá mientras los jóvenes condenados estén en la cárcel. Al momento de finalizar sus condenas, se encontrarán nuevamente con la sociedad. El Estado deberá pensar cómo puede colaborar en su rehabilitación. Deberá hacerlo en sintonía con los planteos de esta nota o de otros convenientes. En cualquier caso, cualquier idea deberá contener la amplia gama de problemas que hacen a la situación que puso allí a estos jóvenes. Estos deberán llevarse algo de semejante castigo –al que no adherimos, por cierto– para poder reconciliarse con ellos mismos y con la sociedad.

 

 

 

 

*El autor es supervisor y ex director del área de Educación Secundaria de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (1993/97). Integra el grupo Rescate para la Educación Secundaria.

 

 

 

 

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