El coincidir de los opuestos

Lo viejo que no termina de morir: positivismo y materialismo

 

Los dos grandes males de la modernidad, exacerbados al extremo en nuestros tiempos, son el materialismo y el positivismo. Así como fue necesario para la civilización occidental superar el idealismo medieval, hoy en día hay que superar el materialismo en todos los frentes. La alienación de una humanidad que se reduce a la satisfacción compensatoria que ofrece el consumo está llegando a un límite: tanto en términos ecosistémicos como por la potencia de las nuevas generaciones que venimos manifestando un nuevo espíritu de época.

El ser humano se lanzó victoriosamente a la lucha por el dominio de la naturaleza. Y ahora que dicho dominio puede garantizar mucho más que sobrevivir, no logra trascender el registro meramente material de la experiencia vital. La ambición de acumulación sostenida con saltos de escala de las formas del capital dominante configura un escenario donde las distancias de las desigualdades se acrecentaron exponencialmente.

Este orientar la realización –la búsqueda de la plenitud– a poseer cosas constituye una forma de huida del miedo a la muerte. Considerar que podemos ser “dueños” de cosas, seres vivos, no tiene fundamento racional en tanto nuestro cuerpo físico es igualmente perecedero en este mundo. La pretensión tecno-científica de conquistar la vida eterna es otra expresión del miedo a la muerte que hiela los corazones de una sociedad que descuida la dimensión espiritual de la vida.

El apego a lo material también se expresa como apego a lo corporal. La imposibilidad de la realización espiritual en nuestras sociedades nos inclina hacia las dependencias fisiológicas: sobreconsumo, sobresexualización, uso cotidiano de enteógenos y fármacos. Artimañas desde las cuales el proyecto de dominación logra que estemos apegados a lo material; y, desde allí, cercenar las posibilidades de la experiencia espiritual.

Las disputas de poder por el dominio de las materialidades nos mantienen atentos, pendientes, divididos, orientando nuestra existencia hacia lo material. Todas las disputas políticas se basan en la distribución de recursos y es cierto que es un tema urgente (en la Argentina hoy más que nunca). Con más razón todavía: resolvamos la cuestión material de una vez por todas y pasemos a cosas más interesantes y relevantes para el ser humano.

La hegemonía del esquema de poder del imperialismo occidental nunca estuvo tan en crisis en la geopolítica mundial de los últimos mil años. Así como los Estados están logrando pararse por encima del capital a nivel mundial, la espiritualidad (entendida en última instancia como amor) tiene que lograr pararse por encima del poder.

El despliegue de las tecnologías digitales hacia el control es también orientación hacia el sostenimiento de un dominio material del mundo. Las mismas logran seducir, persuadir y afectar milimétricamente las interioridades psíquicas. En la última nota veíamos cómo el sostenimiento del materialismo ontológico en los cánones científicos nos imposibilita terminar de entender qué y de qué manera afecta la híper-mediación digital y algorítmica de nuestros tiempos en los psiquismos. El sostenimiento del prejuicio de la determinación materialista nos imposibilita comprender lo que constituye la captura en el inconsciente de los complejos psíquicos y la neutralización del potencial arquetípico que portan.

Además de no poder entender cómo y qué afectan en el inconsciente las plataformas digitales y los dispositivos algorítmicos, se mantiene cercenada la posibilidad de una fecunda amplificación de nuestras consideraciones en torno a los modos en que ofrecer resistencia –o mejor aún: lucha– a dichas orientaciones del poder. Lo álmico –las manifestaciones de lo arquetípico– podría constituir un punto de anclaje clave para las luchas por la liberación hacia nuestros días.

Las ontologías relacionistas o de la dualidad no constituyen dualismos. El dualismo separa los términos, excluyendo las evidentes relacionalidades. Las ontologías relacionistas toman como punto de partida la relación. Es posible identificar que las ontologías relacionistas y del devenir vienen en ascenso desde mediados del siglo XX. Ya es tiempo de reconocer que no podemos explicar la psique por la materia, ni la materia por la psique. Hasta el mismo Harari (2015) afirma que, a pesar de todos los avances y descubrimientos, “los científicos no saben cómo un conjunto de señales eléctricas en el cerebro crea experiencias subjetivas” (p. 111).

Este hecho, sumado a que toda posibilidad de conocimiento de la materia viene mediada por la condición psíquica, nos ubica en la simple asunción de que, parafraseando a lo que supuestamente dijo Sócrates, solo sabemos que no sabemos nada. Y si no sabemos nada, no establezcamos primacías ontológicas y dediquémonos a analizar la realidad atendiendo a las múltiples posibilidades de lo que se manifiesta fenomenológicamente: de lo material a lo material, de lo material a lo psíquico, de lo psíquico a lo psíquico y de lo psíquico a lo material; lo cual ya sucede en los hechos, por fuera o por dentro del canon científico moderno occidental.

En nuestras sociedades, las personas en su cotidianeidad no es que creen en la ciencia o en la espiritualidad: involucran ambas. Las personas hoy en día recurren a la medicina hegemónica (que bien cuenta con su utilidad) y también recurren a las medicinas alternativas y/o diversas formas de espiritualidad. De hecho, cuando se trata de dolencias del alma, las más de las veces las sanaciones vienen por las psicologías (que transitan los intermedios de ambos registros) y otras medicinas de lo álmico.

La suposición de lo inconsciente como un subproducto de las represiones de la consciencia, cuyo principio de afirmatividad se reduce a lo fisiológico, nos impide reconocer las manifestaciones de lo álmico en el inconsciente. El no reconocimiento de las manifestaciones de lo álmico en el ser humano constituye un mecanismo de represión del canon científico moderno, el cual surgió como giro reactivo frente a la teología católica medieval. La suposición de fondo es que reconocer las manifestaciones de lo álmico nos conduce inevitablemente a un oscurantismo medieval.

El prejuicio infundado de suponer que lo psíquico es un subproducto de lo fisiológico viene sosteniendo una violencia epistemológica que impide indagar en la cualidad arquetípica de las afirmatividades de lo inconsciente. Cosa que antes, ante formas del poder predominantemente disciplinarias, centradas en lo corporal, no tenía las implicancias que tiene hoy.

Pero frente a formas de control que se especializan en la afección inconsciente, sí. Los dispositivos del psicopoder logran neutralizar el despliegue de los potenciales arquetípicos de los seres humanos, tanto en lo individual como en lo colectivo. Por ello el no reconocimiento de las manifestaciones de lo arquetípico contribuye al sostenimiento de esta situación, al no poder, como se dijo: (1) comprender estas dinámicas y (2) ampliar las perspectivas en torno a cómo enfrentarlas.

Si tan solo pudiéramos resolver la cuestión material, pasando a un momento posmaterialista, podríamos priorizar otros aspectos de la existencia más interesantes. Como decía Varsavsky (1982): “La sociedad justa e igualitaria resulta entonces no solo un fin en sí misma, sino una necesidad para no desperdiciar la capacidad creadora que todos los individuos tienen en potencia y que la sociedad actual cercena, inhibe y deforma”.

Orientar nuestras sociedades en función del cultivo y despliegue de las pasiones y virtudes (manifestaciones de lo arquetípico) de los seres humanos: hacía allí tenemos que ir.

De la mano con el materialismo, el positivismo –como teoría social y como proyecto político dominante– se orienta a la eliminación del conflicto, del opuesto, de la alteridad. Allí su afinidad con el materialismo ontológico, en tanto este subordina ontológicamente un registro al otro, bloqueando el reconocimiento de las afirmatividades de lo arquetípico.

Las formas del poder disciplinarias expresan en gran medida el proyecto de sociedad positivista. Pero el mayor salto del poder hacia nuestros tiempos es lograr la eliminación de lo opuesto en lo psíquico inconsciente, a partir de su capacidad de dividirlo (abstractamente, en términos de datos y perfiles algorítmicos) y afectarlo milimétricamente, a partir de diversos usos digitales y ofertas algorítmicas. Todo esto sin obligación normativa externa, sino explotando la libertad (como le gusta decir a Byung-Chul Han) de amplios sectores de nuestras sociedades que tienen acceso a la digitalidad, en este “capitalismo de plataformas” (Srnicek, 2018).

Las formas en las que logran afectar las modalidades algorítmicas en lo inconsciente, logran neutralizar la emergencia de la alteridad: orientando siempre lo que emerge de la propensión inconsciente a cierto margen de lo algorítmicamente estipulado por los perfiles de metadatos. Las plataformas digitales ofrecen una imagen del mundo que se adapta a cada subjetividad, generando un ‘círculo de espejos’ donde el sujeto se acostumbra a dejar de enfrentarse a la alteridad, tanto en lo colectivo, en lo transindividual (vincularidades afectivas y técnicas) como en lo intraindividual (psiquismo personal).

Hacia la eliminación de la alteridad también se orientan los dispositivos de cancelación: modo en el que propusimos categorizar la dinámica del poder que se desenvuelve en el fenómeno contemporáneo de la ‘cultura de la cancelación’ propia de los progresismos globalizados y ciertas izquierdas (por un lado) y la reacción con la cual se retroalimentan, las nuevas derechas (por el otro). Allí incluimos la noción de “catalización catártica”, dando cuenta de que muchas veces el sujeto/objeto de la cancelación deviene en “chivo expiatorio”. Es decir, deviene en objeto de descarga de negatividades que tienen que ver con problemas estructurales de nuestras sociedades. A su vez, las nuevas derechas apelan –en más de una ocasión– a un fascismo de corte más clásico (discursivo y/o práctico). Sin lugar a dudas supone otra forma de orientarse a la eliminación del opuesto.

Tras el supuesto de que los problemas de nuestras sociedades pueden ser reducidos a personas específicas, se alimentan dinámicas donde el sujeto puede cumplir con su rol moral castigando a otros en lugar de hacerse cargo de su propia inmoralidad. Situación que posibilita y contribuye a que la sombra sea proyectada en los demás en lugar de ser integrada. Sin integración de la sombra no es posible la transformación del ser humano en la mejor versión de sí mismo (a partir del cultivo y despliegue de sus pasiones y virtudes).

Parar cerrar, una vez más decir que en relación a la grieta ideológico-cultural es necesario integrar los opuestos. Es posible y necesario integrar: tradición y deconstrucción, pasión y razón, libertad e igualdad, ciencia y espiritualidad, materia y espíritu, desarrollo y cuidado eco-sistémico, etc. Ello nos permitiría encumbrar una genuina alternativa civilizatoria.

Es momento de superar definitivamente el positivismo y el materialismo de nuestras sociedades. El punto de partida del coincidir de los opuestos es aquel que, más afín a nuestro mestizaje, nos permite emprender dicho camino. Nuestros marcos epistemológicos, la organización política de nuestras sociedades, nuestros modos vinculares (con nosotros mismos, con los demás y todo cuanto nos rodea) tarde o temprano virarán hacia el coincidir de los opuestos.

 

FUENTES

  • Han, B-C. (2012). La sociedad de la transparencia. Pensamiento Herder.
  • Harari, Y. (2015). Homo Deus. Debate.
  • Jung, C-G. (2004). La dinámica de lo inconsciente (Vol. VIII). Trotta.
  • Rouvroy, A. y Berns, T. (2016). Gubernamentalidad algorítmica y perspectivas de emancipación: ¿lo dispar como condición de individualización por relación? ECOPOS, 18 (2), 36-56.
  • Simondon, G. (2014). La individuación a la luz de las nociones de forma y de Información. Cactus.
  • Srnicek, N. (2018). Capitalismo de plataformas. Caja Negra.
  • Varsavsky, O. (1982). Obras escogidas. Centro Editor de América Latina.

 

 

 

 

 

 

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