El crimen de un testigo

Condena a uno de los policías que ejecutaron al testigo clave del caso Miguel Bru

 

Mauro Beto Martínez estaba detenido en la Comisaría Novena de La Plata, el 17 de agosto de 1993, cuando apareció un joven estudiante en su celda. Ese joven, lo sabría poco tiempo después, se llamaba Miguel Bru.

Martínez fue el testigo perfecto de aquella noche fatal. A pocos metros, presenció cuando los policías torturaron salvajemente a Miguel y vio cómo luego lo llevaron a rastras de la unidad policial. Eso lo contó en la instrucción judicial por la desaparición del estudiante de Periodismo, pero antes que declarara en el juicio oral, el policía Ismael Gauna, brazo ejecutor de sus jefes, le dio una paliza en el bosque platense para amedrentarlo. Martínez lo denunció inmediatamente aunque nadie hizo nada. Todo continuó su curso y Martínez, sin temor a un nuevo escarmiento, ratificó sus dichos ante el tribunal, que lo consideró un testimonio clave del caso Bru.

Los años pasaron. En 2002, Martínez volvió a estar detenido por otro hecho delictivo. Y Gauna saboreó la venganza. A Martínez lo llevaron a la Comisaría de El Dique, pero se fugó con otros presos. El comisario de El Dique recibió un dato: Martínez estaría con sus hijos en la periferia platense y llamó a Gauna, demostrando espíritu corporativo. Ismael Gauna reunió a un grupo de agentes, entre los que estaba el ignoto Luján Martínez, y salieron de cacería.

El Beto Martínez se entregó rápidamente con los brazos en alto, después de un allanamiento ilegal en la casa donde permanecía prófugo. Primero lo esposaron, después lo sacaron a la calle y en pocos minutos le dispararon a quemarropa. Al tiempo, Gauna declaró que fue Mauro Martínez quien en realidad había disparado en su pierna y que ellos debieron defenderse de su ataque. Los peritajes lo desmintieron. En el medio, se condenó a otro testigo por falso testimonio: estaba claro el armado del hecho con una víctima indefensa que se había entregado a la policía, salvo para la Justicia. Además, aunque el Hospital San Martín estaba a pocas cuadras, lo llevaron herido al Hospital Gutiérrez, en la otra punta de la ciudad, según un testigo “porque quedaba más lejos y podía morir en el camino”. Beto murió al día siguiente como resultado del disparo recibido.

Finalmente, a Ismael Gauna -que falleció tiempo después, en un accidente doméstico— y Luján Martínez se los absolvió en 2008 por legítima defensa en un juicio plagado de irregularidades. A partir de allí Rosa Bru, la madre de Miguel, empezó otro largo peregrinaje en la Justicia, hasta que la Corte provincial revirtió el fallo del Tribunal Penal I de La Plata. La espera parecía tan eterna como la de Godot.

Hace pocos días, sin embargo, una noticia causó revuelo en los pasillos judiciales de la capital provincial. El Tribunal de Casación Penal dictó sentencia definitiva y condenó a perpetua a Luján Martínez, un fallo por el que la Asociación Miguel Bru luchó durante trece años, desde la absolución de los ex policías. “A la Asociación no le bastó tener la condena de los policías por la desaparición de Miguel Bru, sino que se comprometió con todos lo que acercaron una colaboración para esclarecer el caso, como ocurrió con Mauro Martínez, cuyos dichos resultaron fundamentales para imputar a los culpables”, dice el abogado Ernesto Martín, que fue una pieza esencial en dar vuelta la impunidad de los policías.

Considerado como un caso emblemático de la maldita policía bonaerense, en la Justicia platense se acreditó que Miguel Bru fue asesinado en la Comisaría Novena, en 1993. El juicio llegó recién en 1999 y probó que Miguel fue detenido ilegalmente y torturado hasta su muerte en un calabozo. Cuatro personas fueron condenadas: a prisión perpetua el subcomisario Walter Abrigo y el suboficial Justo López; a dos años el comisario Juan Domingo Ojeda —“torturas posibilitadas por negligencia”—, y el suboficial Ramón Ceresetto, por fraguar el libro de guardia.

Su crimen demostró no sólo la impunidad de la policía bonaerense sino también la protección política y judicial. El caso sentó jurisprudencia —se logró una condena por homicidio sin la presencia del cuerpo asesinado, como sólo había ocurrido con los crímenes de la dictadura—, logró remover a un juez —el por entonces destituido por jury, Amílcar Vara—, pero todavía, a casi treinta años, quedan muchas cuestiones pendientes. Entre ellas, el capítulo del testigo clave asesinado, que al resolverse trajo un enorme alivio a la Asociación.

Rosa Bru recuerda que su Asociación “debutó” con el caso del Beto Martínez. A dos meses de la desaparición de Miguel, en su vigilia frente a la Comisaría Novena que después se convirtió en un clásico de los organismos de derechos humanos, se acercó una amiga de Beto para hablar con ella. “Al Beto lo mató la policía”, le dijo casi susurrando a los oídos.

“El juicio del Beto Martínez, en 2008, nos dolió mucho. Las pruebas eran contundentes, sabíamos que Gauna y Luján Martínez lo habían matado por lo que declaró sobre Miguel, él lo vio todo y quedó impactado. Ahí comenzó nuestra lucha, nos involucramos de pies a cabeza con la familia del Beto. Gauna fue beneficiado con la muerte, y ahora Luján Martínez tiene que cumplir con la condena. No tenía buenas expectativas y el fallo me sorprendió”, dice Rosa Bru a El Cohete a la Luna.

Luján Martínez no era un desconocido para la Justicia: ya había sido acusado de graves hechos por violencia de género. Ahora los jueces Ricardo Borinsky y Víctor Horacio Violini lo condenaron a prisión perpetua por homicidio agravado por alevosía. “Atento el estado de indefensión de la víctima, resultando coautores en tanto Martínez ejecutó el acto material y Gauna tenía el dominio del hecho al sostener a la víctima esposada a fin que recibiera el disparo por parte del primero”, concluyó el veredicto.

Cuando se enteró por su abogado de la sentencia, lo primero que sintió Rosa fue un fuerte dolor de cabeza. Y un cierto ahogo que todavía —dice— está en su cuerpo. “Lo considero como un logro del equipo del abogado de Ernesto Martín, que colabora con la Asociación de forma voluntaria, sin cobrar. Y fue un recorrido de años, en el medio falleció la mamá del Beto. La justicia llegó después de mucho tiempo de espera, pero siempre vale la pena luchar y no claudicar”.

Miguel Bru sigue desaparecido, la causa por la búsqueda de su cuerpo nunca se terminó de cerrar y en la historia del caso se hicieron innumerables rastrillajes. La familia Bru todavía quiere que se juzgue a los policías que fueron testigos, los que estuvieron esa noche en la Comisaría Novena y, antes de contribuir con el esclarecimiento del crimen, ayudaron a taparlo.

Rosa, en efecto, no piensa bajar los brazos y hace un nuevo llamado a los integrantes de la fuerza policial. “La sentencia nos da esperanzas, nosotros hemos tomado como propia la causa del testigo Martínez porque, en definitiva, queremos seguir averiguando dónde está Miguel. En los últimos tiempos, hay una nueva recompensa del gobierno para que los policías puedan dar información. Ojalá digan el lugar donde está mi hijo, no necesitan dar su nombre ni nada, pueden hablar por terceros y con identidad reservada. Nosotros no estamos cazando policías, sino que lo único que queremos con el corazón es encontrar el cuerpo”.

En la investigación del periodista Pablo Morosi —¿Dónde está Miguel? El caso Bru. Un desaparecido en democracia (Marea)—, Rosa recuerda: “Fueron los chicos, sus amigos y compañeros de Periodismo, los que nos abrieron los ojos, nos hicieron ver el hostigamiento del Servicio de Calle de la Comisaría Novena hacia Miguel”.

Hasta hoy, Rosa Bru –que fue declarada doctora honoris causa por la UNLP y recibió el premio Rodolfo Walsh por su lucha en defensa de los derechos humano— evoca sus primeros pasos en la Asociación Miguel Bru (AMB), entre los que se topó con el asesinato del Beto Martínez, sin saber qué hacer. Cuando las marchas en La Plata se visibilizaron, muy tímidamente comenzaron a acercarse otros familiares de casos impunes de violencia institucional buscando y recibiendo apoyo, acompañamiento, consejos. “El afán de verdad de los amigos y de nosotros, los familiares, fue referenciando al grupo como organización social”, sintetiza Rosa. A la vez, la desaparición del joven y la condena a sus asesinos echó luz sobre muchos casos que habían tenido a la Bonaerense como protagonista estelar del gatillo fácil.

Con el paso del tiempo y ganando experiencia colectiva, La Bru fue armando redes y en la actualidad es una de las referentes en el patrocinio legal de casos de abuso policial. Y cada 17 de agosto realiza una vigilia en la puerta de la Comisaría Novena, con una pregunta que continúa: ¿Dónde está Miguel?

“Pudimos ponerle fin a esta pesadilla y derribar la impunidad, porque además este hombre —el policía Luján Martínez— mientras estuvo libre tuvo un intento de femicidio de su ex pareja, a quien le dio 6 puñaladas. Esto nos inspira para seguir buscando a Miguel, algo que no es personal sino de toda la sociedad que lo tiene presente en su memoria”, concluye Rosa Bru, quien también citó otros últimos reconocimientos de la comunidad, como que la Secundaria número 50 de La Plata se rebautizó con el nombre de Miguel Bru tras una votación en dicha institución.

 

 

 

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