El hermano del Che

Entrevista a fondo a Juan Martín Guevara de la Serna

 

Difícil ir por la vida siendo “el hermano de”. En el caso de Juan Martín Guevara de la Serna es algo ya natural, pero durante mucho tiempo prefirió pasar desapercibido y evitar hablar sobre su hermano. Era solo “Juan Martín”. Su perfil bajo hizo que se desconociera su militancia, su paso por las cárceles durante la dictadura, su vida entre Cuba y la Argentina a salto de mata, ejerciendo diversos oficios; algunos extravagantes, como el de embajador de la empresa Habanos, de capitales cubanos, y otros como librero, camionero y editor.

Los que compartieron su militancia o el tiempo en los presidios de la dictadura lo conocen bien y saben de sus andanzas, pero la gran mayoría ignora que el hermano del Che Guevara hoy vive en San Telmo y es un jubilado que cobra la mínima, que padece lo mismo que la gente de a pie, y que de tanto en tanto viaja a Cuba a ver a los suyos.

Ese silencio coincide, en cierta forma, con el que guardó la familia Guevara luego del asesinato del Che en Bolivia en 1967 y que fue llenado sólo con el libro Mi hijo el Che, publicado en 1981. Ernesto Rafael Guevara Lynch escribió ese testimonio antes de partir hacia Cuba, donde pasó los últimos años de su vida junto a su nueva pareja, con la que tuvo tres hijos más.

Desde entonces, nadie de la familia Guevara volvió a tomar la posta y contar sobre la vida del Che. Hasta ahora, que Juan Martín Guevara de la Serna, a los 79 años, decidió publicar su versión de la historia.

A propósito del libro, y gracias a un amigo en común (Maximiliano Montero), hace algunas semanas nos tomamos un café en el bar Ecuador de Diagonal Norte y Maipú. Transcribo parte de la entrevista a Juan Martín Guevara de la Serna.

 

 

 

 

El libro fue publicado en Francia y España, entre otros países.

 

 

 

El testigo de la familia

—Julián Axat: Empecemos por tu libro. ¿Cómo surgió?

—Juan Martín Guevara: El libro se armó en Francia. La periodista y escritora francesa Armelle Vincent ha sido corresponsal en periódicos como Le Figaro y el semanario Le Point. Yo entonces era el presidente de Habanos S.A. Ella me contacta y me hace una entrevista por Habanos. Y al final de la entrevista, me dice: “Bueno, pero vos sos el hermano del Che”, y yo le dije: “Sí, pero del Che no voy a hablar”. En aquella época estaba en negativa, no hablaba de mi hermano. Se fue sin la entrevista. Varios años después regresa a la Argentina y me contacta. Me dice: “Estuve viendo que vos que ya hiciste alguna entrevista sobre el Che, así que estás hablando”.

—JA: ¿Y por qué no hablabas del Che?

—JMG: Y qué sé yo… Había varias cosas que se juntaban. Por un lado, era como ocupar un lugar que no me parecía, ¿para qué voy a ocuparlo yo?

—JA: ¿Tus otros hermanos no escribieron sobre el Che?

—JMG: No, ni tampoco hablaban. Salvo por ahí Roberto, un poco, pero no hablaba en forma pública.

—JA: Escribió un libro tu viejo, tu mamá…

—JMG: En realidad la vieja no escribió, sino que tuvo conversaciones y alguien tomó las cartas y con eso se armó un libro. Escribir ella, no…

—JA: El relato más familiar entonces es el de tu papá. Después están los de Cuba: Aleida, Hilda…

—JMG: Sí, bueno, Rojo, Granados, Fidel…

—JA: Está bien, pero dentro de lo que es la historia de la familia, el relato es el de tu padre.

—JMG: Sí, del viejo es el relato más familiar. Cuando Armelle me propone la entrevista y a partir de allí escribir un libro para una editorial francesa, me di cuenta que era algo que no iba a escribir nunca, entonces ahí me acordé de un compañero cubano que decía que lo que sucede, conviene. Estuvimos mucho tiempo grabando y ella al final le dio formato de libro. Discutimos mucho algunos aspectos de su contenido.

—JA: Entonces no es tu escritura. ¿Ella narró lo que habían grabado?

—JMG: Sí, y la forma de decirlo es algo francesa, pero está bien escrito.

—JA: Claro, ella lo escribió en francés. ¿La traducción la hizo ella también?

—JMG: No, la traducción la hicieron unos españoles (Nota: Elena M. Cano, Íñigo Sánchez-Paños). Hubo algunas complicaciones con la traducción del francés, hice bastantes correcciones, y cierta tensión con la editorial francesa.

—JA: Alianza es la editorial española, ¿no?

—JMG: Exactamente.

—JA: ¿Los derechos son tuyos o son de ella?

—JMG: Los derechos los tiene la editorial francesa Calmann-Lévy. Lo que corresponde a los autores es mitad Vincent y mitad mío.

—JA: ¿En cuántos países se editó?

—JMG: En once países. Hasta en coreano lo publicaron…

—JA: ¿En Estados Unidos?

—JMG: En inglés, sólo en Gran Bretaña. En Estados Unidos circula esa versión inglesa.

—JA: ¿En la Argentina?

—JMG: No, lamentablemente. Alianza tiene un representante que, evidentemente, no tiene demasiado interés en que el libro circule por aquí.

—JA: ¿Cuál es la idea central del libro?

—JMG: Humanizar la figura de mi hermano. Humanizar a alguien que está allá arriba, y colocar sus pies sobre la tierra. Tenía padre. Tenía madre. Tenía hermanos… En fin, cómo era como tipo, mucho más que cómo era como Che.

—JA: ¿Hermano y compañero?

—Sí. Yo soy hermano de sangre y compañero de ideas de Ernesto. Pero compañero de ideas no quiere decir que yo haya estado con él conversando y discutiendo, para nada. Yo he leído lo que escribió y escuchado sus discursos, con los que estoy plenamente de acuerdo. Pero no es que yo sea un compañero en el sentido de ida y vuelta. Sólo conversamos dos veces. La primera en La Habana, luego de la revolución; yo tenía apenas 15 años. La segunda, yo tenía 18 años, cuando vino a Punta del Este en agosto de 1961.

—JA: En el libro, vos hablas especialmente de ese último encuentro con tu hermano. ¿Sobre qué tema giró la charla entre ustedes?

—JMG: Conversamos políticamente. Pero bueno, él no tenía tiempo (risas), iba y venía, estaba a mil. Pero me escuchaba con atención. Yo recién había comenzado a militar en el secundario. Fui presidente del centro de estudiantes del Colegio Avellaneda. Había toda una movida política, pero ya para entonces los acontecimientos me llevaban a militar en la izquierda, apoyando fuerte a Cuba. Comenzaba a darme cuenta que quería militar en una organización que fuera revolucionaria aquí en la Argentina, estaba en esa búsqueda. La conversación iba por ese lado, yo no me quería ir a Cuba.

—JA: ¿Pero tu militancia en ese momento era en el socialismo?

—JMG: No, no. Todavía no estaba metido, al poco tiempo sí entré en una escisión que hubo del Partido Socialista. Cuando viajo a Punta del Este en 1961, como te dije, yo estaba militando en el Colegio Avellaneda. Entonces los militantes de la familia éramos mi vieja y yo. Ella era cercana a Ismael y David Viñas, que formaron el MALENA (Nota: MLN-Movimiento de Liberación Nacional).

—JA: Entrar en la militancia siendo un Guevara no debía ser tan sencillo…

—JMG: En mi caso no, por eso casi no era pública mi militancia, en todo mi proceso de militancia yo fui Juan Martín, nunca Guevara.

 

 

El Che, en Punta del Este, en 1961 junto a sus hermanos Juan Martín y Roberto.

 

 

 

 

Libros, camiones y habanos

 —JA: ¿Fundaste una librería en los ’60?

—JMG: Sí, se llamaba Bohemia. Y después le puse La Pulga. Era en la misma cuadra que el teatro San Martín, en calle Corrientes. Fue una librería que tenía mucho que ver con todas las organizaciones políticas que estaban surgiendo en aquella época. Porque, además, en ese momento estaban los grupos del maoísmo que se abrían. Grupos guevaristas, leninistas, los trotskistas, del PC también. Después se conforman las cooperativas, que al final acaba siendo Credicoop, y bancos que van apareciendo… Toda esa etapa yo la viví en esa librería.

—JA: ¿Entre qué años estuvo la librería?

—MG: Hasta el 66. Hasta que no estaba Ernesto en ningún lado. Venían periodistas a preguntar a la librería. Me acuerdo que hace poco busqué una nota en la revista Gente de la época. Me hicieron una entrevista y el periodista me pregunta dónde estaba el Che. Y yo les dije: “No sé dónde está el Che, pero si supiera, no te lo voy a decir”. Entonces el periodista pone eso y además agrega: “Pero era evidente que sí sabía”, me lo enchufa así. Después fui a ver al periodista y le dije: “Vos sos un hijo de puta, me mandaste a toda la patota a buscarme”. Esto fue en el año 66, en el 67 ya estaba en la empresa Mendicrim, de camionero. Era repartidor, ahí estuve como seis años llevando y trayendo mercadería.

—A: ¿Y representante de Libros Cuba, en qué año empezaste?

—JMG: Arranqué después del 83. Yo era muy amigo de Hernández, el de la librería, que tenía una distribuidora y, como me proveía algunos libros, era muy cercano. Entonces, cuando salgo de la cana, me da laburo en la librería de Corrientes. Estuve un tiempo ahí y después los cubanos me contactan para que los asesore en el tema de la feria. Entonces empiezo a hacer ferias del libro y a distribuir revistas cubanas en los kioscos. Ahí fundo una editorial y un centro cultural: Nuestra América, pero después empiezo a agregar productos cubanos.

—JA: ¿Ahí llegas a los habanos?

—JMG: Claro. Ahí fundo, en paralelo, una distribuidora que se llamaba Puro Tabaco, dedicada a los habanos. Con el tiempo, la dos cosas no podía hacerlas bien y Nuestra América quedó en manos de un compañero que la hizo crecer y la dirige hoy. Yo me dediqué por entero al habano.

—JA: ¿Libros y Habanos? Linda conjunción.

—JMG: Habanos hasta 2001, que fue cuando los españoles entran en la sociedad, y yo entro a tener diferencias con ellos y en un momento dije: “Basta, vendo”. Porque yo ya tenía el 49%; el 51% lo tenían los cubanos o al revés, no me acuerdo cómo era (risas). Les dije que vendía mis acciones y que me quería salir. Tuve una discusión por el tema del ingreso de los españoles.

—JA: ¿Fumás habanos?

—JMG: Fumaba, fumaba. Después tuve que dejar de fumar.

—JA: ¿A quién le vendías habanos?

—JMG: A los tipos de más guita… Te cuento una anécdota. Me llama una vez uno y me dice, me suena el teléfono y dice: “Juan Martin, estoy en aeroparque, necesito habanos, porque estoy por viajar y no tengo habanos”. Y yo le decía: “¿Y cómo hago? “No, vení a aeroparque y traeme tal, tal y tal”. Llegué a aeroparque, pasé todas las cosas de seguridad, se iba en un vuelo con avión propio (risas).

—JA: Pero, ¿quién era?

—JMG: Un jerarca, de banco privado. Un presidente bancario importante, que siempre me llamaba en momentos insólitos, cuando se quedaba escasani de tabaco (se ríe).

—JA: ¿Y de qué otros personajes te acordás?

—JMG: Me cruzaba el charco a venderle habanos al presidente de Peñarol, que se la pasaba fumando truchos, y me esperaba porque yo le llevaba de los mejores. También le guardaba los habanos a (Carlos) Menem, pero venía su socio, el presidente de la Corte Suprema…

 —JA: Julio Nazareno…

—JMG: El mismo. Le decía “Don Naza”. Y venía a buscar, porque claro, los tenía guardados con aire acondicionado. Y como Fidel les mandaba, entonces tenía demasiados y los quería guardar en un lugar que estuvieran bien y así me vino a buscar. Y me decía: “Estos son del Presidente”.

—JA: Esta historia no está contada en el libro.

—JMG: No (risas).

 

 

 

PRT y en cana durante la dictadura

 —JA: ¿Y en el PRT cuándo te enganchás?

—JMG: En el 73.

—JA: ¿Cómo entrás al PRT?

—JMG: En realidad yo ya venía conociendo mucha gente, pero no militaba. Entro a militar en lo que es el FAS, que era una de las ramas del PRT. Tenías el ERP, que era la rama armada, y después tenías distintas ramas que tenían mucha influencia. El FAS tenía influencia, pero era más amplia, porque el objetivo era incorporar otros sectores que no fueran nada más que marxistas, leninistas, revolucionarios. La otra fue la Junta de Coordinación Revolucionaria, la JCR, que nucleó a los tupamaros, a los chilenos y al PRT. Fue un intento de hacer una organización internacional con los mismos objetivos, siempre con lo que se llamaba en aquella época, el faro de América, que era Cuba.

—JA: ¿En qué año caíste en cana?

—JMG: En el 74 primero, en Córdoba. Ahí se da el golpe del teniente coronel (Antonio) Navarro. Da un golpe que destituyó al gobernador y al vicegobernador (Ricardo) Obregón Cano y (Atilio) López, que eran peronistas, pero camporistas.

—JA: ¿Cuánto estás en cana en ese momento?

—JMG: Tres meses. Yo estaba viviendo en Córdoba, me agarran cerca de una fábrica y me inventan una causa. Ahí empieza a surgir el BDS (Nota: “banda de delincuentes subversivos”). Pero no había legalmente nada para acusarme, sólo tenía conmigo unas cuantas revistas porque estaba yendo a una fábrica con trabajo de propaganda. Y sólo por eso me comí tres meses.

—JA: ¿Sabían quién eras cuando te meten en cana?

—JMG: Sí, ahí surge quién era. A los meses me dan la libertad. Nos vamos con mi compañera a Rosario. Y en el 75 caemos ahí en cana los dos, en la casa en la que vivíamos. Nunca supimos por qué nos encontraron.

—JA: Caés de nuevo antes del golpe.

—JMG: Sí, por eso nos blanquean.

—JA: Si no, no la contaban.

—JMG: No, claro. Ya había muerto (Juan Domingo) Perón. Entonces estaba esa discusión de si blanqueaban o no, y nos blanquearon. Y ahí me comí hasta el 83.

—JA: 8 años.

—JMG: 8 años y pico, sí.

—JA: ¿Cuándo volvés a caer, te tenían más que fichado?

—JMG: Sí, de entrada me estaba buscando la patota policial de Rosario y me tenían re fichado, sabían que era el hermano del Che. Me llevaron a la Jefatura de Policía de Rosario, allí nos interrogan encapuchado, a mí y a mi mujer.

—JA: ¿Hubo un trato específico para vos de represalia?

—JMG: No, no. El trato fue siempre mal para todos, no hubo trato especial. De entrada me llevan a Devoto, al pabellón mixto de políticos y comunes. En Devoto, junto a los compañeros que estaban allí presos, hicimos varias denuncias. Yo firmé una denuncia contra el manejo de los alimentos, que la hicimos llegar a la Nunciatura Católica.

—JA: ¿Esa denuncia se desclasifica hace poco en los archivos del Vaticano?

—JMG: Sí, pero eso no significa hayan hecho algo por mí. De hecho, la Curia no hizo nada. Hay una nota de hace poco del portal Infobae que dice que la Iglesia se movió por mi caso, y eso no fue para nada así. Es claro que esa nota se trata de una operación berreta que busca desprestigiar a Cuba, diciendo que ellos no hicieron nada y que quien hizo fue la Iglesia Católica. Te repito que eso no es cierto. Los cubanos hicieron, todo lo contrario. El gobierno de Cuba refugió a muchos compañeros, y siempre nos apoyaron. Incluso cuando salí en el 83, el gobierno cubano me ofreció ayuda de todo tipo, como al resto de la familia.

—JA: ¿Qué denunciaron en Devoto con los presos, entonces?

—JMG: En Devoto conseguimos información sobre cómo el servicio penitenciario y otros funcionarios manejaban la guita del presupuesto para no darnos alimentos. El jefe del penal tenía incluso camiones que repartían carne a otros lugares, carne que nunca llegaba a nosotros, los presos. Tenían montado un negocio paralelo.

JA: Bueno, eso lo suelen hacer todavía. Es un clásico.

—JMG: Sí, y entonces hicimos esa denuncia que le llega a Pío Laghi, que era entonces el nuncio papal. Y de ahí viene el tema. Reciben la denuncia y, en vez de hacer algo, me envían al penal un sobre cerrado que contenía una medallita y un crucifijo. Eso me costó unas palizas sensacionales, porque yo le puse un piolín al crucifijo y me lo colgué. Y ahí cae requisa y se arma.

—JA: ¿Y la represalia fue el traslado?

—JMG: Sí, me trasladaron de inmediato. Pero te repito que la Iglesia no hizo nada. Los archivos desclasificados sólo demuestran que en la Nunciatura recibieron mi denuncia.

—JA: ¿Hubo alguna noticia internacional que dijera que el hermano del Che Guevara estaba preso?

—JMG: Mi hermana Celia estaba en Europa y ella hizo muchas denuncias. Una la hizo en Austria, y por eso el cónsul austríaco me vino a ver para darme su apoyo, pero no sirvió de mucho. Yo estaba delicado entonces, no estaba bien de salud.

—JA: ¿Del corazón?

—JMG: No, tuve una operación de apendicitis.

—JA: ¿Te operaron en la cárcel?

—JMG: Me opera el director médico de la Unidad. Le decíamos el Dr. Mengele (risas), ¿Sabés lo que era eso? Me tenía que operar urgente. Me la banqué en manos de Mengele.

—JA: ¿Estuviste en la Unidad 9?

—JMG: Sí, a la U9 me llevaron en 1976. Me acuerdo que el día que llegué, el director me lleva a su despacho y me dice: “Mirá, yo llegué a este nivel, pero no puedo llegar para arriba porque yo empecé como suboficial penitenciario, entonces yo quiero terminar mi carrera. Yo sé que vos sos vocero de los presos, vos deciles que va a estar todo bien. Si hacen un quilombo, yo abro la puerta y entran los milicos”. Al poco tiempo se armó un despelote de novela y entraron los milicos. Ahí mataron a varios compañeros. Lo hicieron figurar como intento de fuga, así caratulaban para encubrir los asesinatos. Y después la represalia era tremenda.

—JA: De nuevo los traslados.

—JMG: Sí, de la U9 nos trasladan ese día, era el 22 de agosto de 1976 a la noche. Nos llevan a tres de nosotros. Y entonces digo: “Bueno, chau, estamos fritos”. Nos llevan como animales a Sierra Chica. Recuerdo que antes de llegar al penal paramos en el medio de la nada y pensé: “Bueno, acá nos fusilan”. No, zafamos. Seguimos. Después estaba el peaje cuando llegabas a un penal, te daban flor de paliza de recibimiento. Entonces teníamos el convencimiento de que en algún momento éramos boleta.

—JA: La vida en la cárcel a partir de marzo de 1976 fue más dura que nunca.

—JMG: Exactamente. La represión que sufrimos en las cárceles fue parte de un plan de quebrarnos, de aniquilarnos adentro.

—JA: ¿Te tocó declarar en algún juicio en las causas de lesa?

—JMG: No. Nunca me citaron.

—JA: ¿Podrías hacer un resumen de todo el circuito que hiciste preso?

—JMG: Caí en Rosario, fui a Devoto. Se da el traslado por la represalia de la denuncia, y de allí un pasaje breve paso por Rawson, y de ahí de nuevo a Devoto, hasta que llegó el golpe del 76. Ahí nos trasladan a todos los presos políticos a la U9 hasta el 22 de agosto de 1976, que me trasladan de nuevo a Sierra Chica. Ese es todo el circuito que termina en 1983.

—JA: ¿Y de qué cárcel saliste finalmente?

—JMG: Rawson. Del sur. En Rawson estuve dos veces.

—JA: ¿Y ahí qué hacés con tu vida?

—JMG: En el 83 es cuando empecé a laburar en la librería Hernández. Y ahí me engancho con los cubanos y empiezo a laburar con Habanos S.A. y la editorial.

 

 

 

 

 

 

Entre Cuba y la Argentina

 —JA: Tu relación con Cuba fue siempre viviendo acá, nunca allá.

—JMG: Claro.

—JA: ¿Tenés nacionalidad cubana?

—JMG: No.

—JA: ¿Y cómo es tu relación con el gobierno de Cuba?

—JMG: Excelente. Imaginate que todos estamos de algún modo vinculados a Cuba. Además de los cinco hijos de Ernesto, mi hermano Roberto tuvo siete hijos y se exilió en Cuba. Mi hermana Celia pasó por Cuba. Mi hermana Ana María tuvo cinco hijos, que quedaron en Cuba. Yo en el 73 me fui con mis hijos a Cuba.

—JA: ¿Tu mujer también se quedó allá?

—JMG: Sí, pero murió 13 años después. Ya separados. Tengo cuatro hijos. Uno solo vive actualmente en Cuba. Martín, el más grande, vive en España. Ana también. Pablo vive en Cuba. Y Dolores, que es de la compañera con la que yo caí en cana, otra pareja, vive acá.

—JA: ¿Cómo es tu relación con tus hijos?

—JMG: Es buena.

—JA: ¿Ellos fueron y vinieron también?

—JMG: Sí, en cierta forma, sí. Justo el otro día encontré una carta que le escribí a Fidel. Fue cuando Ana tenía 15 años. Ella vivió en Cuba desde chica, después volvimos. Pero ella no quería saber nada con estar acá, se quería volver a la isla. Entonces hablé con la madre y decidimos que se vuelva si era su deseo, el tema era que era menor. Entonces fui a la Embajada cubana a plantearle esto, y me dijeron que ellos no podían hacer nada. Pero, ¿cómo iba a hacer ella para entrar? Entonces le digo a uno de los compañeros de ahí: “Está bien, vos no podés hacer nada, ¿pero si yo le escribo una carta a Fidel, vos se la hacés llegar?” Y me dijo que sí. Entonces le escribí la carta a Fidel, explicándole que ella era más cubana que argentina, que desde el punto de vista de su vida social, era socialista y que mi viejo, su abuelo, estaba allá.

—JA: ¿Y le llegó finalmente a Fidel?

—JMG: Sí, yo le dejo la carta manuscrita al compañero de la Embajada, y a la semana Ana ya está volando a La Habana. Al día siguiente que llega, la va a ver Fidel a la casa de mi viejo, que era donde estaba ella. “¿Y cómo estás?, ¿Cómo viajaste?”, le pregunta. Ella no se va a olvidar más de eso.

—JA: ¿Y tu relación con tu otro hijo, Martín? Él tiene una disidencia con Cuba, por ahí he leído las entrevistas que le han hecho en Infobae.

—JMG: Martín vive en España ahora. Trato de no discutir con él, tenemos miradas diferentes sobre Cuba y el proceso político. Yo en realidad no discuto con él, trato de llevarme bien, especialmente con mi nieto, con el que me llevo bárbaro, que también se llama Martín. A diferencia de mi hijo mayor, mi nieto se define como marxista. Vive en España, está estudiando física en Madrid.

—JA: ¿Y por qué tu hijo está enojado con Cuba?

—JMG: Ahí yo te diría que le hagas la entrevista a él, porque yo no quiero ni entrar en el terreno de cuál es su mirada, que yo considero que no es una mirada política, pero él dice que sí lo es. Creo que no, que tiene otra connotación, resentimiento, o algo por el estilo.

—JA: Y tus sobrinos, los hijos del Che, ¿tienen trato?

—JMG: Mientras estuvieron allá, sí. Ellos sí viven en Cuba, todos. Hildita murió (la mayor, hija de Hilda Gadea, la primer mujer del Che). Pero los otros cuatro, sí. Y son mis sobrinos, tengo trato con ellos. Con el que más trato tengo es con Ernesto, el menor. Una de las hijas de él es incluso casi como una nieta mía: Helenita, que terminó el secundario en Cuba y ahora está estudiando una carrera y viviendo en Ámsterdam.

—JA: ¿Y los hijos de Roberto?

—JMG: También viven casi todos allá. Tres murieron, Florencia hace muchos años, en el 72, Eleonora hace poco y Rafael hace muy poco. Roberto tuvo siete hijos. Dos viven acá, en la Argentina.

—JA: ¿Y Celia, cuántos hijos tuvo?

—JMG: No tuvo hijos. Celia vive acá, en la Argentina. Hoy tiene 94 años y está jubilada como arquitecta. Ella y yo nos quedamos acá.

—JA: ¿La familia es numerosa?

—JMG: ¿Viste? Mi viejo: ocho hijos; cinco, Ernesto; siete, Roberto; cinco, Ana María; yo, cuatro.

—JA: ¿Y los hijos de Ana María?

—JMG: Uno vive en Córdoba, Pedro, que es arquitecto. Santiago, Juan Ramón, Rosario y Ramiro están en Cuba.

—JA: ¿Y se juntan alguna vez todos?

—JMG: Y alguna vez cuando yo estaba en Cuba, pero si no, no.

—JA: ¿Los Guevara están en contacto por las redes?

—JMG: Sí, siempre nos enteramos de algo.

—JA: ¿Alguno está en la gestión en Cuba? ¿En el gobierno?

—JMG: No, en el gobierno no. En el Centro Che están Aleida y Camilo. Celia no, labura de veterinaria en el acuario, con los delfines. Pero no una actividad institucional de política. Y Ernesto tiene los tours de turismo en moto.

—JA: ¿Es famoso el nieto del Che con el tema de alquiler de motos?

—JMG: Sí, yo laburé con él. La verdad, le hice bastante pata para que saliera adelante. Pero después vino el tema de (Donald) Trump, el corte de Western Union de los vuelos de Estados Unidos, después de la pandemia y la caída del turismo; de cuatro millones y medio de turistas, pasaron a muy pocos. Los recursos que el turismo daba para Cuba eran importantísimos. Para Ernesto eran fundamentales.

—JA: ¿Cómo ves el gobierno de Cuba hoy?

—JMG: Yo hace mucho que no tengo un ida y vuelta. El otro día estuve ahí escuchando. Lo importante es hablar con la gente que allí vive. Y vivir. Ellos están con muchos problemas en estos momentos, de nuevo: falta combustible, energía, turismo. La pandemia y el bloqueo más ajustado, a partir de Trump. Porque (Barack) Obama los ajustó y Trump lo volvió a ajustar. Y (Joe) Biden tampoco aflojó.

—JA: Y con relación a lo que es la guerra hoy en día entre Ucrania y Rusia, ¿los coletazos llegan a Cuba? ¿Hay más desabastecimiento?

—JMG: No más que antes. Vos te imaginas que cuando se corta lo de los viajes de Estados Unidos, la última cifra, sobre 4 millones y medio, 600.000 eran cubanos-americanos. Por año. De 600.000 a 10.000 dólares por bolsillo, de cada pariente que llegaba. La cantidad de negocios que se abrieron tenía que ver con las familias, restaurantes, cosas para autos, peluquerías, etc.

—JA: Hablabas de los nietos Guevara. ¿Cómo ves a las nuevas generaciones en la Cuba actual?

—JMG: Y, es complejo. La mayoría de los jóvenes siguen pensando en la revolución. Claro, pero también están las redes, los celulares y la mala información que circula, las fakes. Cuando yo estaba allá veía programas de Estados Unidos, eso es de hace años. Cuba tiene una cuestión de amor-odio con Estados Unidos, es de toda la vida. Están ahí a pocos kilómetros. Bueno, en la época de (Fulgencio) Batista era una colonia, de distintas formas. Dejó de serlo, pero la cantidad de emigrados, tanto batistianos que se fueron y gente que no era batistiana, pero que se fueron a Estados Unidos, son millones. Y esos millones que viven en Estados Unidos siguen sintiéndose cubanos. Es su creencia. En Miami si no hablás español, no trabajás. Esa presión hacia la isla siempre va a estar. Es algo tremendo con lo que se convive a diario.

 

 

 

Argentina hoy

 —JA: ¿A quién votaste en 2019?

—JMG: A Alberto y a Cristina. Ahora, no sé a quién votaría.

—JA: ¿Estás desilusionado?

—JMG: Yo no soy antiperonista. También voté en su época a (Héctor) Cámpora. Pero sí creo, estoy hoy convencido, que la solución no pasa por el peronismo. Pero sí, voté a Alberto y a Cristina, y hoy cobro la jubilación mínima. Así que te podrás imaginar cómo viene la mano siendo un jubilado. El otro día escuchaba a Juan Grabois, y te digo que coincido bastante con lo que dijo sobre Alberto.

—JA: ¿Lo conoces a Grabois?

—JMG: No, nunca hablé. ¿Vos te imaginas, el hermano del Che y Grabois? Ufff (se ríe). Mirá, en el fondo, parece bastante oportunista ese muchacho. Su vínculo con el Vaticano a mí no me cabe. Cuando estuve en Italia, me quisieron llevar a ver a (Jorge) Bergoglio, y les dije que no. Me preguntan: “Y si el Che viviera, ¿qué pensaría de Francisco?” Y yo digo: “¿Por qué no hacen al revés y le preguntan a Francisco qué piensa del Che?”.

—JA: Se dice que Francisco habla todas las semanas con Raúl Castro.

—JMG: Está bien, es lógico que hablen, Raúl es un líder nato, con una mirada geopolítica para escuchar. Como lo fue su hermano Fidel.

 

 

 

En el nombre del Padre

 

 

El Che con Juan Martín en sus brazos, junto a su padre Ernesto Guevara Lynch.

 

 

—JA: Leí en alguna de las entrevistas que te hacían a propósito de tu libro, que relativizás algunas cuestiones sobre el libro de tu viejo, ¿puede ser?

—JMG: Yo a mi viejo lo defiendo desde un punto de vista. Él aportó algo para nosotros que no fue de ninguna manera un apoyo de padre, ni formador, sino más como un tipo que hace las cosas con pie a tierra. Te cuento una anécdota para que te des cuenta cómo era el viejo Guevara. Yo caigo en cana por primera vez a los 13 años. Era vagancia. Siempre venía el autito de la cana y una vez no pude rajar y me metieron adentro de una comisaría. Me sacan de la comisaría y mi vieja me dice que qué estaba haciendo. Y mi viejo: “Pedazo de pelotudo, ¿por qué te dejaste agarrar?” Con esto te quiero decir que al viejo no le interesaba en qué andabas vos. Desde el punto de vista de hijo, la verdad era un tipo bárbaro, inteligente, pero vení a tenerlo de padre.

—JA: Era un tipo versátil, evidentemente…

—Él era médico, pero también mucho más que eso. Hacía todo tipo de negocios, no era arquitecto y construyó edificios. Eso lo pinta entero. A ver, yo lo reivindico a mi viejo en el sentido de las cosas de la vida que me enseñaba. Y también las que no debías hacer. Bueno, el viejo… era un artista, y todos los artistas tienen el derecho de manipular la realidad.

—JA: Pero artista, digamos… no de obras. Sino de modo de ser.

—JMG: Él además escribía y pintaba, y qué sé yo, todo lo hacía bien (risas).

—JA: Un personaje…

—JMG: ¿Escuchaste alguna vez que Carlos Gardel tenía un tiro metido en la panza? En un quilombo en un burdel, se lo metió un Guevara Lynch.

—JA: Pero ese no fue tu viejo…

—JMG: Ahí está la discusión, si era mi viejo o un hermano. Mi viejo andaba de joda, y armado.

—JA: ¿Tu viejo se lo atribuía?

—JMG: (risas).

—JA: El duelo era una forma de resolver ciertos pleitos…

—JMG: Sí, pero no se estilaba ir así. Jugaba al ajedrez. Jugaba bien. Nos enseñó a jugar. Una vez estaba con una mujer ajedrecista. La mujer ya lo tenía contra las cuerdas, el viejo se levanta y le pega al tablero con la rodilla. No hubo forma de acomodar las fichas de nuevo. Yo laburé con mi viejo, hizo más cagadas… No me agarré a trompadas con él porque creo que me fajaba. Tremendo personaje. El libro que habría que escribir es sobre él.

—JA: ¿Y no hay algo así?

—JMG: Y no, porque además, él nunca te daba la derecha en lo que él hacía. Mujeriego, jugador. Tenía 40 y pico cuando yo nací, cuando yo andaba con él tenía como 60 años. A las piñas en cualquier momento andaba.

—JA: ¿Tenés guardados escritos de tu viejo, inéditos?

—JMG: Sí. Hay un escrito de mi viejo sobre Borges, sabes que él fue al colegio con Borges. Es una entrevista que le hace un periodista a mi viejo y lo graba, entonces eso queda escrito. En un momento dice: “Borges en su puta vida estuvo en un quilombo, todo lo que escribió se lo contaron porque no lo vivió”. Entonces le preguntan si no reconoce que es un buen escritor, y él dice: “Sí, escribía bien. La primera vez que conoció a una mujer es la que tiene ahora”. Lo basurea. Y cuando vos le estas diciendo a otro que en su puta vida tuvo un quilombo… yo aprendí lo que era. El viejo tenía cada historia…

—JA: En las biografías del Che, por lo general, cuando retoman la historia de tus viejos, todas giran en torno a la tensión entre lo quijotesco de tu viejo y el rigor monástico de tu mamá. El Che es una suerte de contradicción permanente entre dos matrices.

—JMG: En realidad no era contradicción, sino que sumaba una cosa a la otra. Porque el que nos enseñó a tirar, era el viejo. Y la vieja: “¡Eso no, porque Dios te va a castigar!” Mi mamá era recta, tenías que ser el mejor sin violar los principios. Mi viejo, con trampa o como fuera. Todos fuimos al colegio, sabiendo leer y escribir, ¿por qué? Por la vieja.

—JA: A vos te tocó ser el más chico…

—JMG: Y diez años más chico que Ana María.

—JA: “Que se críe solo, ya está, que lo críen los hermanos”.

—JMG: La calle.

—JA: Ernesto te llevaba quince años, ¿cómo es la sucesión?

—JMG: Ernesto, Celia, Roberto, Ana María y después yo. Y después vienen los otros tres que mi viejo tuvo en Cuba con su nueva pareja.

—JA: De los otros tres no se sabe nada…

—JMG: Sí, poco.

—JA: Son reservados.

JMG: No hablan. En realidad Ramiro sí, porque él desarrolló el Centro de Estudios Latinoamericanos Che Guevara en Rosario. Que después quedó como congelado, pero estuvo metido en eso. Y Ramón, que en este momento vive en Italia.

—JA: ¿Y quién fue la segunda mujer de tu viejo?

—JMG: Se llama Ana María Guerra. Se fue ya con ella para Cuba en 1972. Vive todavía. No tenemos demasiado trato.

—JA: ¿Él decide irse a vivir a Cuba o Fidel lo invita?

—JMG: Como te dije, se fueron en el 72. Estaba viviendo en un sucucho en la calle Paraguay, con la mujer y su primera hija con ella. Y se mete en un quilombo muy serio. Entonces yo hablo con la gente de Cuba, y bueno… se va para allá. Lo charlé con él y me ponía mil peros, pero no tenía mucha elección. Y bueno, allá fue. Entonces lo recibieron con los honores del “Padre del Che”. Fidel siempre lo trató en forma excelente.

—JA: ¿El libro lo escribió acá o allá?

—JMG: Acá. Y lo publicó en Planeta. Pero cuando comenzó a circular, él ya estaba en Cuba. El problema es que, antes de irse, firmó contrato con dos editoriales a la vez (se ríe).

 

 

La familia Guevara de la Serna.

 

 

 

 

El Che hoy

 —JA: Te quería preguntar sobre la cuestión de la revolución y del Che, en la actualidad. ¿Hay vigencia de sus ideas en nuevos contextos?

—JMG: Yo creo lo siguiente: en los años 60, en los cuales él participó en la lucha para la transformación o la revolución (la transformación profunda le digo yo, para no decir revolución, porque si ahora decís revolución pasas a ser narcotraficante, subversivo, qué sé yo…). Para contarte una, en Francia no hace mucho, me hacen una entrevista, y empieza a bajarme la caña con el tema de la revolución cubana, y que esto y que el otro… Y en un momento yo le digo: “Pero escuchame una cosa, ¿ustedes no tuvieron una revolución acá? ¿No son hijos de la Revolución Francesa? ¿No le cortaron la cabeza a un rey? ¿Por qué la revolución de ustedes es buena y la de nosotros no es buena? Ah, porque son franceses”. Y ahí ya me cambian el tema. Por eso el tema del paradigma para poder hablar de alguna cosa. El Che, cuando plantea alguna de las cosas que escribe, dice: “Se dice que nosotros somos marxistas, entonces si uno le pregunta a un físico si es newtoniano, claro que dice que sí. Nosotros, que estamos en la cuestión social, somos marxistas porque ya no hay ninguna discusión, porque después de Newton, vino Planck y vino Einstein. Sin Newton, no hubiera podido haber Planck y Einstein. Sin Marx, no podríamos estar nosotros. Marx es un escalón”. Entonces, él tenía cierta teoría marxista, se plantea leninista, no se plantea guevarista, porque queda mal. Pero hoy, la realidad está mostrando que la estructura, el sistema, es el mismo. Esto que llaman el neoliberalismo es el capitalismo en esta nueva etapa. Es aquel capitalismo el cual estudió Marx, hoy tendría que nacer Marx de nuevo para estudiar este capitalismo y este nivel. Cuando Lenin habla de imperialismo, habla del capitalismo en un nivel imperial. Hoy es neoliberal. La esencia es la misma, es la acumulación. Incluso cuando la derecha habla en contra del Estado, ¿de qué están hablando? Si han usado y lo siguen usando al Estado como un elemento para poder succionar la riqueza de cada sociedad. Entonces, ¿cómo luchás? ¿Cómo son y serán las luchas de los pueblos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no hay ejemplo en la historia en el que los poderosos le hayan dado el poder al pueblo graciosamente, porque sí. Siempre hubo lucha.

—JA: ¿Cómo leés al proceso, pensando en la teoría revolucionaria de los ’60/’70?

—JMG: En la etapa de los años 60, fue una etapa que fue de confluencia. Confluimos, nos derrotaron, pero confluimos. Hubo rupturas, y nos derrotaron. Teníamos un proyecto, un plan, una estrategia, y se ve que no estaba bien armada o no tuvo el apoyo que tiene que tener. Eso no significa que esté perdida la guerra o la batalla o la lucha, o lo que vos le quieras llamar. La lucha tiene que continuar.

—JA: ¿Con las crisis, las salidas suelen ser por derecha?

—JMG: Yo lo he dicho en varias oportunidades, nadie se imaginaba un Cordobazo. Y hubo un Cordobazo. Tuvo que venir el Ejército para tomar de nuevo la ciudad. Nadie se imaginaba un 2001. Hubo un 2001. Pero el tema de alentar los estallidos, ojo con eso…

—JA: El tiempo de los agoreros…

—JMG: Ojo con la derecha… Le dan manija.

—JA: La teoría del caos de Naomi Klein.

—JMG: Si abro la jaula del león, y meto el nene y cierro la jaula, no le puedo echar la culpa al león de que se coma al nene. El imperialismo es el león.

 

 

 

La imagen del Che de viejo

 —JA: ¿Cómo te imaginás que hubiera sido la cara de tu hermano a tu edad?

—JMG: Hay una imagen de él afeitado en el diario, se ve que se está mirando al espejo y dice: “Vuelvo a ser yo”. Ya le estaría creciendo la barba.

—JA: ¿Es la imagen de antes de ir a Bolivia?

—JMG: En Bolivia.

 —JA: La que está pelado.

—JMG: Sí, ahí en Cochabamba, en el hotel, contra el espejo, él se saca una foto. Es una metáfora de su rostro. Pero lo importante es lo que te acabo de decir, lo que no es metafórico, que si no se lucha, a llorar… Los poderosos nunca regalan nada al pueblo.

 —JA: Los que luchan y los que lloran…

—JMG: Exactamente. Como bien escribió Jorge Masseti. Y esa es la mejor enseñanza del Che.

 

 

 

Con Juan Martín en el bar Ecuador, durante la entrevista.

 

 

 

 

 

 

* El autor es escritor y abogado. Colaboración: Amparo Barros.

 

 

 

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