Far west

Grupo de choque privado en tierras públicas

 

Un grupo de choque de veinte jinetes y otros treinta a pie, todos con el rostro cubierto, atacó una marcha pacífica en tierras públicas de Río Negro, en inmediaciones del lago Soberanía, dentro del área natural protegida Río Azul-lago Escondido (Anprale). El domingo 6 de febrero, la patota plantó una bandera argentina en la costa del Soberanía y en nombre de la patria impidió que la manifestación accediera por un camino público al lago Escondido, ubicado dentro de tierras propiedad de Tavistock Group del multimillonario Joseph Lewis. Dos efectivos policiales también fueron denigrados y desconocidos como autoridad pública. Nicolás Bernardo van Ditmar, directivo del grupo Lago Escondido y socio en varias firmas, estuvo al frente de la patota, según la denuncia penal realizada por un abogado de la Fundación Interactiva para Promover la Cultura del Agua (FIPCA), organizadora y convocante de la sexta marcha para exigir la reapertura del acceso público al Escondido por Tacuifí. Al menos dos propietarios de establecimientos vecinos del paraje El Foyel y varios empleados de la empresa Hidden Lake SAU fueron identificados por los manifestantes, que el último viernes brindaban testimonio en juzgados de Bariloche.

 

 

Captura de pantalla: FIPCA.

 

 

Diez días antes, desde El Bolsón, un grupo de Veteranos de la Guerra por las Islas Malvinas liderado por el carapintada Aldo Rico llamó a “la unidad de los argentinos bajo una sola bandera” en defensa de la soberanía de todo el territorio nacional, que consideraron en riesgo por el reclamo territorial de los pueblos originarios. El 21 de noviembre pasado, horas después del crimen de Elías Garay Cayicol en el paraje Cuesta del Ternero, a unos 15 kilómetros del centro de esa misma localidad, una patota de gauchos a caballo interrumpió el final de una fiesta hípica y atacó al galope a los manifestantes que repudiaban la violencia contra la Lof Quemquemtrew y temía por la vida de otro joven mapuche herido.

Esta escalada consolida la práctica de la violencia por mano propia en defensa de la propiedad privada de los capitales que avanzan en el control del territorio, permitido por el repliegue oportuno de las fuerzas estatales. El grupo de choque actuó fuera del perímetro de la propiedad privada de Hidden Lake, una de las firmas con las que opera Tavistock en la Argentina. En Cuesta del Ternero, dos contratistas de Esquel ejecutaron de un solo disparo a Garay, argumentando las pérdidas económicas que sufrían como consecuencia del asentamiento de una comunidad mapuche en el lugar donde explotaban una forestación quemada por incendios.

 

 

Junto a sus hermanos, van Ditmar era socio de la inmobiliaria de su padre hasta que creció con Lewis, a partir de los ’90. En abril de 2011, a metros de la Casa de Gobierno de Río Negro, en Viedma, amenazó con defender la propiedad privada con el Winschester en la cintura, cuando realizó un acampe para impedir el proyecto de expropiación de la pista aérea de Lewis sobre un amplio frente marítimo. En aquella oportunidad, un grupo de empleados de la firma, algunos a caballo, rodeó y golpeó a Omar Lehner, dirigente político que participaba del reclamo de reapertura del camino público e impulsaba la expropiación de la pista.

 

 

Miras recortadas

La provocación con el grupo de choque, además, enturbia el espacio social para analizar al menos dos procesos diferentes. Por una parte, la dinámica de treinta años de Tavistock en el país, con acaparamiento de tierras en Río Negro, inserción en el mercado de los hidrocarburos y producción de energía, transporte aéreo y de infraestructura de puertos internacionales. Por otra, estanca una reflexión colectiva sobre soberanía, territorio, patria, nación y símbolos nacionales, especialmente en una zona donde gente del pueblo mapuche-tehuelche y otros sectores sociales buscan consolidar otras cosmovisiones con nociones propias de territorio y bienes de la naturaleza, además de las banderas de autoidentificación.

 

 

 

Gustavo Bellido y Pablo Orllet son ex combatientes, presidente y secretario respectivamente del Centro de Veteranos de Malvinas Unidos de Merlo, provincia de Buenos Aires. Fueron parte del grupo de veintidós manifestantes que fue interceptado por el grupo de choque en la costa del lago Soberanía cuando buscaban hacer el difícil camino de cuatro kilómetros hasta la costa del Escondido. Caminaron desde el sur, cruzaron el Soberanía y los esperaba el grupo al desembarcar en cuatro kayaks. Los manifestantes portaban banderas celestes y blancas; los atacantes también. Al mediodía, durante cuatro horas, bajo los rayos del sol y sin vías de comunicación con los grupos de apoyo en el pueblo, intentaron hablar sin éxito.

Al regresar de la montaña, estuvieron de acuerdo en la necesidad de recordar que al interior del movimiento de los veteranos existen visiones no sólo diferentes y contradictorias, sino hasta excluyentes, como es el caso de quienes sostienen a ejecutores de crímenes de lesa humanidad por su condición de ex combatientes y quienes marchan junto a los organismos de derechos humanos.

 

Foto: Sebastián Miquel.

 

“Vayan de nuevo a Malvinas”, los increparon voces anónimas encapuchadas. “Nosotros sí hacemos patria”, gritó alguien del grupo que comandaba van Ditmar desde el fondo. Bellido (59 años) y Orllet (60) ya habían participado de la Quinta Marcha en febrero de 2020, cuando 52 manifestantes llegaron al lago y un grupo de ocho acampó frente a la residencia principal.

“La bandera y el himno se utilizan para cualquier cosa. Esta patota sacó la bandera para actuar como forajidos”, acordaron, conociendo que otros veteranos coparon las calles de El Bolsón para reforzar las políticas represivas y criminalizadoras. “Hay muchos Lewis en la Argentina, mucha ausencia de soberanía”. “No me considero un héroe de Malvinas. Se puede ser un héroe por algo que se elige”, dijo Gustavo, entendiendo y respetando que la gente muchas veces los vea y sienta como tales.

 

Foto: Sebastián Miquel.

 

El Centro de Veteranos de Merlo usa, en su emblema, la imagen de las Islas Malvinas recortadas sobre una wiphala (bandera), símbolo de los pueblos andinos originarios.

Frente a la estrategia violenta del capital privado en acuerdo con los distintos poderes del Estado, algunos datos, unos pocos símbolos, pueden dar cuenta de posibilidades de diálogo contra-hegemónico en sociedades plurinacionales que todavía no se reconocen como tales.

 

 

 

 

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