Hasta la muert7, de Raúl Perrone

¿Qué hay detrás de quien vive en la calle? La pregunta es política, no sociológica y menos policial

 

¿Qué hay detrás de quien vive en la calle? La pregunta es política, no sociológica y menos policial.

De Graciadió a P3nd3jo5, de 8 años después al tríptico de cuatro paneles que cerró con Las pibas, Perrone va detrás de una forma que, al ser auténtica como en su caso, ayuda a definir nada menos que la vida propia y la ajena, bien remita a un joven ayuno de las certezas del adulto (leitmotiv de toda su obra), bien a otra que ama a una mujer y siente en cuerpo y alma que el mundo todo es amenaza (“el Perro”, como se lo conoce, se adelantó al contemporáneo y necesario denuesto al heteropatriarcado), bien —como en su último film, presentado en el Festival de Cine Documental en la Argentina— a una pareja que vive hace tiempo en la calle y no está dispuesta a borrar con el codo la promesa que los une.

Como Godard, Perrone es una forma que piensa. La película se abre con una panorámica desde lo alto del cine de Ituzaingó. Desde allí se muestra un sector de la plaza, la vereda de enfrente a la sala por la que pululan –en realidad uno descansa, la otra trabaja de “trapito”– los protagonistas, María y Bonifacio. Antes que “buscas”, ellos son parias que, de tanto estar ahí, se han invisibilizado para todos menos para el cineasta, quien en lugar de enfocarse en la factura de un film y cómo se ve o verá en pantalla, prefiere dar media vuelta y prestar oído al mundanal ruido que viene de afuera.

Podría pensarse que quien filma no es más que un observador con patente de director. Perrone registra silencios, duermevelas, conversaciones, juramentos y hasta plegarias no atendidas. (Hay una secuencia en la cual cuatro parias rezan alrededor de una mesa que es digno de Courbet y a la vez de antología.) Su estética se adhiere a esos cuerpos golpeados por la intemperie y muestra el robo de sus pocas pertenencias, así como el despojo llevado a cabo por familiares inflexibles que los echan como perros. Una estética que es al mismo tiempo una ética.

Como en Lucrecia Martel y Albertina Carri, en la estética de Perrone el fuera de campo tiene un valor decisivo. Al igual que en buena parte de su obra, en Hasta la muert7 el fuera de campo pesca sirenas de ambulancias que levantan hundidos y aullidos de celulares policiales que amenazan acorralados. Se recurre al primer plano en las escenas de intimidad y en otras –en tránsito por las calles, en diálogos entre sí la pareja protagónica y otros parias– se apela a la distancia. Pero propios y extraños —gente mayor y jóvenes que viven en la calle donde “no hay noche ni día”— parecen aceptar a Perrone como uno de los suyos; reconocen en este humanista no al cineasta bienpensante que acude en su socorro para filmar y nunca más volver, sino al primus inter pares que no olvida que no somos nada sin un grupo de pertenencia. Perrone, el samurai del Conurbano, nos recuerda que no solo pertenecemos a una comunidad, sino que también nos debemos a ella.

Hay quienes ven a este director como un sociólogo del suburbio. Aferrarse a los sujetos sobre los que pone el foco podría llevar a ese equívoco. Que se potencia si uno da por cierta una secuencia con factura y fecha de 1984 donde la pareja protagónica camina por las calles, anclaje temporal que conduce al período que se abre desde el retorno a la democracia a nuestros días, cuando el capitalismo en fase zombie desparrama desechos humanos por la ciudad. El fingido rescate de un tape viejo, amén de remitir a sus orígenes y en particular al pilar artesanal que guía una estética, desmarca al director del morbo forense, la manía de archivista y la fidelidad al dato puro y duro propias del sociólogo. Como la intervención en imagen y sonido en la que reverbera el eco del cine mudo de la secuencia final, la fingida redención ubica al Perro como un artista que arriesga apostando con la forma. Su cine incomoda y es puro riesgo. Lo ha sido desde siempre, hecho que no dejamos de valorar.

Quien lo considere apenas un sociólogo le retacea al César lo que es del César. Perrone lo es, y no sólo de Ituzaingó. Es un César, de los pocos que hay en el cine, porque muestra que detrás de todo aquel que vive en la calle hay una deuda pendiente y una historia de la cual, mal que nos pese –¡perro atrevido, qué lo tiró!– somos responsables.

 

 

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