No hay peor sordo

Esforzarse por dar trabajo no es contradictorio con crear un Ingreso Básico Universal

 

Si usted es de aquellos que, cuando un niño le señala un árbol o una nube y le pregunta “¿qué ves?”, responde “un árbol” o “una nube” –según sea el caso–, por su propia protección no avance ni una línea más. El don de la imaginación, se cree, está reservado a los niños y a aquellos que guardan algo de ese niño aun siendo adultos, teniendo la enorme capacidad de desarrollarlo en algunas de las tantas artes que existen y dándole, digamos, un mejor y más agradable sentido a nuestras vidas.

Eso es cierto. Pero no deja de ser igualmente real que, para crear un mundo mejor, una sociedad mejor, hace falta de esa imaginación, de sueños, de quimeras y utopías por las cuales luchar.

Así, los grandes transformadores de las sociedades fueron quienes pudieron ver las figuras en los árboles y en las nubes, los que no se quedaron con lo establecido, los que lucharon por lo imposible en su tiempo para lograr lo que les fue posible y abrirles el camino a otros hombres y otras mujeres, con las mismas o aún más ambiciosas utopías, para que siguieran construyendo un mundo que ya había avanzado pero que, a fuerza de los sueños de los que van naciendo y son bandera, seguirá construyéndose para ser cada día un poco más cercano a cada una de nuestras utopías.

En diciembre de 2015 en la Argentina se encontraban registrados 7.309.527 trabajadores en relación de dependencia. No están incluidos en ese número los trabajadores en relación de dependencia que realizan sus aportes a las cajas provinciales que no fueron transferidas a la Nación. Cinco años después, en diciembre de 2020, había tan sólo 6.994.105 trabajadores en relación de dependencia, mostrando crudamente que en tan sólo un lustro tuvo lugar una merma de 315.422 trabajadores. Para diciembre de 2015 la población de nuestro país era de 43.075.416 personas mientras que en el mismo mes del 2020 los argentinos y argentinas sumábamos 45.195.777 de almas. En base a estos números, la proporción de personas con un empleo formal en 2015 alcanzaba casi el 17% y cinco años después ese porcentaje disminuyó a 15,47. Llevada esa diferencia a la población actual significa que una masa de 677.937 personas pasó a sobrevivir de otra forma, atento que el mercado del trabajo formal no está en condiciones de recibirlas.

En consecuencia, resulta evidente que, si se pretende resolver el problema de la pobreza sólo apelando al empleo, la cosa no sólo no se resolverá sino que se agravará día a día hasta que, en algún momento, la cuestión social estalle inevitablemente. El empleo es una gran herramienta dinamizadora de la economía, ordena a la sociedad y dignifica a las personas, eso no está en discusión. El problema es que las sociedades modernas cada día crean menos empleos y expulsan a más trabajadores. La cuestión central está en que la tecnología viene comiéndose el empleo, como un pacman. Sólo hay que salir a la calle y mirar a nuestro alrededor: el banco que hasta no hace mucho tiempo nos obligaba a hacer cola en una sala de espera para que nos atendiera un cajero, hoy nos obliga a realizar esa misma fila pero detrás de una máquina, incorporando día a día nuevas operaciones y tramites online, que evitan el contacto con los empleados. Muy de vez en cuando algún empleado caritativo sale a explicarnos, a los que ya estamos viejos, cómo funcionan esas malditas máquinas. ¿Dónde están los relojeros, los que arreglaban televisores y todo tipo de equipos? ¿Mecánicos de autos? Cada día hay menos. Cuando vas a una agencia, sacan con un pendrive la información de la computadora y esta les dice todo, cambian lo que está roto y a casa. Que a nadie se le ocurra abrir el capot de un auto para intentar arreglarlo: morirá en el intento. ¿Alguien se acuerda de lo que era la movilización de changarines que caminaban de cosecha en cosecha? Ahora todo lo hace una máquina satelital que maneja un chico desde una cabina surrealista con aire acondicionado. Los arquitectos y las arquitectas que tenían que dibujar un plano precisaban tablero, regla, papel calco y mucha pero mucha paciencia. Hoy se ponen frente a una computadora y mueven baños de un lugar a otro, te dan vuelta la casa y lo que quieras se arregla con un mouse mágico. Ni hablar lo que pasa en las grandes fábricas: a un auto lo llevan por una cinta y le van poniendo piezas que parece como si las pegaran, y eso que le pusieron tiene el torque justo y en el lugar exacto, como un reloj de los antiguos, ya que hoy son a pila y cuando no son más útiles los tiran a la basura. Ya nadie recuerda que comprar un reloj era una inversión soñada en un adolescente. No es difícil ver que estos ejemplos y varios más de este tipo representan trabajos que se perdieron.

Ahora bien, si ampliamos el análisis para los trabajadores monotributistas durante el mismo período que el indicado al principio, podremos notar que lo acontecido con ellos difiere significativamente. Mientras que en diciembre de 2015 eran 1.280.346, en diciembre de 2020 alcanzaban a 1.582.964 personas, de los cuales casi 500.000 son monotributistas sociales. Por lo tanto hoy existen 302.618 monotributistas sociales más que hace cinco años. Esto significa que, o se incorporaron al monotributo social en la expectativa de recibir una ayuda social, o intentaron desarrollar una actividad independiente que les permitiera sobrevivir.

Veamos qué ocurrió con los jubilados y pensionados del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) en el mismo período. Mientras en 2015 había 6.617.587 de beneficios (se habla de beneficios y no de beneficiarios habida cuenta que una persona puede tener jubilación y pensión), en diciembre de 2020 sumaban 6.822.447. Pero si calculamos el porcentaje de jubilados y pensionados en relación a la población, en 2015 representaban el 15,36% y en 2020 ese número bajó al 15,09%. Por lo que, para mantener la tasa alcanzada en 2015, los beneficios deberían ser 180.783 más que los actuales.

Ya sabemos que el trabajo, tal cual lo conocemos hoy, no alcanza para resolver el problema de la pobreza y la inclusión, pero eso no quiere decir que debemos darnos por vencidos, hace falta imaginación y decisión. El problema de fondo es que nuestro país presenta una muy injusta distribución del ingreso. Un buen ejemplo es que hoy en día, en los medios, desfilan funcionarios contando que entre el 45 y 50% de la de las empresas han recibido la ayuda del Estado para sobrevivir durante la pandemia, lo cual debe ser cierto y está muy bien que haya ocurrido. Lo complicado es que Juan y su familia, todas las noches, se acomodan sigilosamente en un cajero de un banco céntrico para no congelarse de frío. Lo mismo les ocurre a más de 3.000 personas que viven en situación de calle en la ciudad más rica de la Argentina. Eso agudiza las diferencias. Lo racional sería que los empresarios recibieran un poco menos, y Juan y su familia algo que les permita vivir dignamente.

Una situación que no deja de sorprenderme es que, cada vez que planteo la necesidad de crear un Ingreso Básico Universal, alguien me responde que lo que hay que hacer es dar trabajo y no planes, como si una cosa fuera contradictoria con la otra. Se puede crear empleo de todas las maneras y ojalá sobrara, pero para aquellos que no están en capacidad de trabajar por incapacidad física, mental, intelectual o porque sencillamente no hay trabajo, no hay otra forma de que tengan una vida digna que con un ingreso básico.

Entiendo perfectamente que se intente el mayor esfuerzo por crear empleo. Es más, creo que el Estado podría contratar a millones de personas para distintas cuestiones: la construcción de viviendas; armar grandes huertas comunitarias que abastezcan a la población; pequeñas obras de saneamiento ambiental; veredas; pequeños asfaltos e infinidad de etcéteras. Todas obras que no implican insumos importados, por lo que no afectaría la balanza externa. De esta manera se pueden movilizar recursos de distinta naturaleza, sólo hace falta imaginación. Lo que realmente no llego a comprender es por qué no se hace. Si hay consenso de que la solución es la generación de empleos, empecemos de una buena vez. Y para los que no tienen capacidad laboral, intentemos incluirlos en un Ingreso Básico Universal.

La potencialidad de crear empleos, no en la forma indigna que fue el plan Jefes y Jefas de Hogar, donde hordas humanas deambulaban por las autopistas con una herramienta cada grupo cortando el pasto y limpiando, sino creando rápidamente el ámbito laboral necesario para incorporar y entrenar a la gente, es realmente inmensa. Si a ello le agregamos un ordenamiento del sistema de asignaciones familiares y de la asignación universal por hijo, y le sumamos un Ingreso Básico Universal, además del cumplimiento de la promesa presidencial de empezar por los que más necesitan y de la obligación ética del Estado de proteger a los más vulnerables, el resultado pueda ser sorprendente.

Lo que tapa el bosque no es el árbol sino la forma en que lo miramos. O, como escribió el gran Charly García: “La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá”.

 

 

 

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