¿No serás la nieta de …?

«Cuando tenía unos 14 o 15 años entendí finalmente y fue un shock»

 

No quiero decir mi apellido porque es un tema muy fuerte para mí. Si bien yo soy mi apellido y mi apellido significa un montón de cosas, también tiene un gran peso y me cuesta mucho que me reconozcan en ciertos ambientes.

Cuando me acerqué a Historias Desobedientes (HD), en la primera reunión que estuve, cada uno se presentó y lo que pude ver es que no había ninguna historia que se repitiera. Hay gente que se lleva bien con su familia y gente que no; gente que cambia el apellido, gente que no; gente que sufrió en casa a padres violentos, gente que no, cuyos padres fueron amables; gente que nunca se enteró. Yo estoy en el grupo de los que se llevan bien con su familia.

Esto todavía para mí es un proceso y voy a ir asumiendo la situación en etapas, pero, por ahora, no quiero decir mi apellido. Me presento como la nieta de un genocida, que está tratando de reconocerse como tal. Lo que sentí en HD es que queremos desobedecer el mandato de la crianza, del apellido, de eso que cargamos todos por ser parientes.

Mi abuelo fue el mejor abuelo que yo podría haber tenido. Era cariñoso, atento, un tipo culto, inteligente. Lo veíamos siempre en las vacaciones y lo mejor que nos podía pasar era estar con él. De mi infancia, no tengo nada que criticarle. Era un abuelito más. El tema fue cuando en la adolescencia empecé, estudiando, a darme cuenta del rol que había jugado. Todavía no existía Google, pero una ya iba juntando relatos y además yo tenía un agravante: en mi familia materna hay una desaparecida.

 

 

Cuando tenía unos 14 o 15 años entendí finalmente y fue un shock. Por un lado, yo veía que en mi familia no se reconocía del todo la situación. Del lado paterno, escuchaba los discursos que suele tener la derecha: los demonios, no fue para tanto. Y del lado materno había una cuestión de cuidarme a mí y cuidar de mi relación con el abuelo. Nunca vinieron a decirme directamente nada, dejaron que yo fuera a preguntar y me diese cuenta sola del tamaño del horror. Fue algo gradual.

Yo empecé a ir a mi psicólogo hace unos dos años por una especie de mini ataque de pánico. No lo definimos. Creo que es parte de su metodología no definirlo y no darle un nombre. De esas cosas que tenemos todos, asociadas al miedo a la muerte. Y él me contó en algún momento que atendía a hijos —de la agrupación HIJOS— y la primera vez que él me tiró la asociación de lo que me pasaba, de que mi abuelo representaba muerte, yo dije: «Este chabón está loco. Está sesgado por lo otro». Después empecé a pensarlo y a hablarlo más en las sesiones. Me di cuenta de que en realidad era un peso. No era que de vez en cuando yo pasaba por una situación molesta cuando alguien me reconocía, era algo que yo tenía siempre ahí, como tapadito.

No era un ejecutor. Mi abuelo era muy lector, lo cual me haría suponer que escribiría. Él leía, leía sociología. Era realmente un tipo culto. No era como uno se puede imaginar a los militares, no era bruto. Yo no sé si él tendría documentos. Tengo entendido que allanaron y no encontraron nada. A veces uno asume que la gente es más inteligente de lo que es. Yo asumiría que no, que no tendría nada. En realidad, siempre pensé que si había algo no estaría a mi alcance.

Cuando era más chica y viendo todo, yo pensaba en un atenuante: “Yo sé que no torturó ni mató a nadie directamente, pero sabía”. Después me di cuenta de que más que saber, había dado órdenes y estaba de acuerdo con la cúpula, lo cual no es un dato menor. De adolescente sí lo usaba en mi mente como atenuante. Hoy no, para nada.

Jamás fui al Círculo Militar o espacios militares. De hecho, yo no he conocido a amigos de mi abuelo. Siempre lo veía a mi abuelo en contexto familiar. Sé que tenía amigos y hablaba de irse de caza con uno o con otro. Que iba, antes. De grande, tengo entendido que no le han dado mucha bola. Videla nunca habló, le cortó el rostro. Pero, claro, estaba ahí entre todos ellos.

 

El gabinete de Videla.

 

Mi abuelo dejó su cargo porque Videla no quería divorciados en el gobierno. Dijo: “A partir de mañana dejo el trabajo, vida nueva, familia nueva”. Esas fueron sus palabras en la mesa comiendo milanesas con puré. De esa historia me enteré muy grande, de adolescente nadie me había dicho nada.

Él siempre había tenido amantes y tenía una hacía mucho rato con quien siguió hasta el fin de sus días. Para algunos de mis tíos es «esa otra que se aprovechó él» y para mí es la mina que él amó: estuvo 30 años con él. Lo tuvo ahí, cambiándole los pañales hasta esos últimos días. Si eso no es amor, yo no sé qué es.

Mi abuela vivía en una nube de pedos. Se empezó a dar cuenta de algo cuando una señora la paró en la calle y le dijo: «Por favor, señora, necesito que le acerque una carta a su marido para que le haga llegar a mi hijo». Mi abuela la aceptó y mi abuelo la cagó a pedos, le dijo que no tenía que hablar con gente desconocida en la calle. Y después, cuando se supo lo del Nunca Más, ella juntó una cosa con la otra. Ella estaba en su nube de pedos, de vivir una vida, de sentirse importante… o no, no sé. Estaba en su burbuja y sigue en su burbuja. Es una buena mina y se ha dado cuenta de las cosas, hasta donde se lo permite la vida que ha tenido. Ella dedicó su vida a tener hijos, a criarlos y punto. Cuando ella habla del tema, ella dice: «Yo no sé qué hizo, qué no hizo».

Yo no sé si está bien o si está mal, pero lo que hice fue separar a la persona: mi abuelo del militar. Entonces estar con mi abuelo era hablar de la familia, de la infancia, de amenidades. Y el otro era el militar a quien yo quería ver juzgado y condenado por lo que hizo. Yo siempre dije que si creía en lo que hizo, tenía que ser juzgado y condenado como un “héroe” y que dijera «yo hice esto porque creía que salvaba al país». Que lo dijera. La única vez que se supone que dijo algo fue en un documental, pero tampoco lo dijo de voluntad, lo dijo porque la cámara estaba apagada. En algún grado, yo quería creer que él estaba de acuerdo con lo que pensaba, que es espantoso, pero que él creía en eso. Pero que no dijera las cosas de frente me hacía suponer que ni siquiera. Uno quiere creer que el otro tiene una coherencia, una lógica interna y, de repente, ver este tipo de cosas te chocan más que sus propias ideas y acciones.

Las pocas veces que se me mezclaron los dos roles de mi abuelo empecé a sentir frío y calor a la vez, me paralizaba. No podía hacer más nada porque me frenaba, tenía que venir alguien y decir otra cosa. Funcionaba todo fantástico cuando yo los podía separar, cuando se me juntaban era un problema.

Mi abuelo nunca decía nada de su rol en la dictadura. “Mis compañeros, esto; íbamos de cacería”. De hecho, él tenía una adoración por mi hermano porque fue su primer nieto varón y una vez le dijo: «Yo te voy a regalar un libro para que vos veas nuestro lado de la historia porque seguro que tu otra abuela te estuvo contando cosas». Mi hermano le dijo: «No, la verdad es que nunca me dijo nada». Y él tampoco nunca le regaló el libro.

Está muy documentado en internet el caso de mi tía abuela. De hecho, es uno de los pocos casos en que está bien comprobado que fueron militares, hubo testigos, testigos militares. Ella apareció con los muertos de la masacre de Fátima.

 

 

Mi abuela materna es como mi segunda madre. A veces habla del tema de su hermana pero yo trato de no sacárselo porque le duele mucho. De hecho, el 24 de marzo siempre la acompaño y vamos con el cartel de mi tía. Lo hice yo porque ella nunca lo había hecho.

En mi adolescencia no había Google, entonces le tenía que preguntar a mi mamá, a mi abuela y a mis tíos maternos. Mi primera decisión como adolescente fue leer El Manifiesto Comunista y hacerme comunista. Andaba con una remera y un collar del Che Guevara. Hasta entonces no había entendido que los montoneros no eran comunistas y eran peronistas, entonces me hice comunista.

A verlo a mi abuelo iba con el collar y no con la remera. No fui una adolescente tan rebelde. Para mí era suficiente saber dónde estaba parada, pero una vez que lo veía era separar a las dos personas. Yo iba a visitar a mi abuelo, no al militar.

Después ya estando en la facultad, por leer sobre Malvinas en Geografía Política, empecé a leer sobre la dictadura. Ahí me fui enterando cómo había sido porque no es lo mismo que un pariente te cuente que tenía miedo y dormía debajo de la cama a que te cuenten cómo era la política de Estado, cómo eran las persecuciones, los secuestros, los centros clandestinos de detención. Yo tenía idea que había algún centro de detención, pero otra cosa era leer que había sido sistematizado, que existían listas. Es muy distinto que te lo cuente un familiar a leerlo de forma académica. Duele igual, pero de formas distintas.

Después encontré en el Nunca Más el relato de mi bisabuelo sobre el secuestro de mi tía abuela. Encontré mucha más información y se me revuelve el estómago cada vez que lo leo. Pero en mis casas no estaba el Nunca Más, ni siquiera en la de mi abuela.

 

 

Mi abuelo fue juzgado, pero murió sin condena. Fue juzgado, pero nunca por crímenes directos, sino por la responsabilidad. Murió sin condena, que no es un dato menor. No es justo, me genera una sensación de injusticia porque ahí no lo veo como mi abuelo, lo veo como el militar que tendría que haber asumido lo que hizo por convicción; tendría que haber tenido alguna condena en vida.

Alguna vez le dije a mi abuela materna cuando yo todavía estaba en contra del gobierno anterior (ya no): «Es ridículo, hacen estos juicios para llamar la atención del público, pero al final no condenan a nadie. Mirá a mi abuelo que no está condenado». Y mi abuela me dice: «Yo en el ’78 jamás pensé que iban a llegar a estos juicios. Ya es un montón que hagan esto». Tenía razón.

Cuando a mi abuelo lo empezaron a juzgar, en mi familia estaban todos indignados: «¿Cómo van a hacer ir hasta tribunales a un señor tan grande? Un horror, pobrecito». Y por un lado te da un poco de lástima, ¿pero cómo no iba a ir al juicio?

Yo ya vivía acá cuando fue el juicio, pero nunca se me ocurrió ir a alguna audiencia. Hacíamos de cuenta de que no estaba preso. Estaba viviendo en la casa de otra tía prestada, que tenía un jardincito. Era ir a visitarlo. Hacíamos como de cuenta que no pasaba nada. Igual, él no estuvo siempre en prisión domiciliaria. En realidad estaba siempre en prisión preventiva y no representaba una amenaza porque la gente ya estaba muerta o los archivos ya no estaban, entonces cada tanto lograban revocársela. Una vez fue a Pinamar y fue un escándalo, pero él no estaba en prisión.

Nosotros en los momentos en que sentíamos que estaba más detenido es cuando estaba internado. Estuvo en dos ocasiones hospitalizado mucho tiempo. Y cuando estaba internado, mandaban un agente penitenciario, del que una se terminaba haciendo amiga. Pero era el momento en el que sentíamos el peso de la situación, porque te pedían el documento. Es como ir a visitar a un preso. Después en domiciliaria no hay nada, no mandan nunca a nadie.

Él ha sido un muy buen abuelo y ha tratado bien a mis hermanos, a mi mamá y a mi papá. Como padre era un padre estricto, como abuelo era tiernísimo. Era otra cosa.

Una vez fuimos a ver los tanques de Magdalena. Me acuerdo que fue divertidísimo. Nosotros queríamos tener armas de chiquitos y mis padres nunca nos regalaron un arma, pero sí nos regalaban muñequitos con genitales. Mis padres son así. Una vez nos llevó mi abuelo a ver los tanques y estábamos fascinados, hoy pienso: ¡qué horror! Pero lo veo como algo que cualquiera haría. Como les regalan armas a los pendejos, los llevan a ver un tanque.

Mi mamá lo conoció a mi papá en la facultad. Se enteró quién era cuando un compañero le dijo: «Che, mirá que en tal clase está el hijo de fulano». Y mi mamá: «Ufa, no te puedo creer que esté el hijo de un milico». Mi mamá no bien lo conoció se dio cuenta de que nada que ver. Nada que ver. No es militar, ha hecho su vida por otro lado. De hecho, se fue del país. Se llevó bien con mi abuelo siempre, pero no tenían esa relación armoniosa entre padre e hijo. Calculo que porque no fue militar, no se casó por iglesia. Yo tuve una educación muy libertaria. Mis padres tienen una mente muy abierta. Si bien no militan políticamente, todas sus ideas tienden hacia la izquierda.

Al interior de mi familia paterna se habla cada tanto de la dictadura, aunque yo trato de no participar. La mitad de mis tíos defienden a los militares, pese a que no irían a una marcha con Cecilia Pando. Están de acuerdo con eso. Mi padre, no.

Por eso también me costó un montón decirle a mi viejo que estaba en el grupo. Tenía miedo de que él menospreciara la situación: «Vos sos nieta. Vos no tenés que hacerte cargo de esto, si esto fue mucho antes de que vos nacieras». Yo me imaginé que me iba a decir todo eso, pero, no, nada que ver. «Si te ayuda a cerrar tus cuestiones internas, me parece fantástico. Nunca me llevé del todo bien, pero nos queríamos. Yo no participaría de algo así porque estoy haciendo mi vida, pero si lo necesitás me parece bárbaro y te apoyo». Era la única persona de la que yo necesitaba realmente aprobación en mi mente, en mi corazón.

Mi hermano mayor vive en otro país. Nada que ver. Yo le conté a él y a mi hermana que estaba siendo parte del colectivo y su reacción fue: «Claro, vos estás viviendo ahí». Es verdad, cuando yo estaba en Brasil no sé si se me hubiese ocurrido sumarme a un grupo así. Allá nunca me pasaban las situaciones donde me decían: «Mmm, así te llamás, ¿no serás nieta de…?» Una sola vez me pasó pero con un profesor de Geografía Política. Pero acá me pasa cada dos por tres. Según la situación, contesto. No está bueno que te reconozcan ni por un lado ni para el otro.

—»Ah, así que nieta, mirá vos, tienen que devolver a los 30.000″.

—»Ah, qué bien tu abuelo, lo que hizo por el país».

Ninguna de las dos me sirve porque yo no soy mi abuelo. Uno no elige. Yo lo que puedo hacer, creo que lo hago. Además de HD milito en un partido y trato de hacer mis pequeñas acciones alrededor para mejorar el mundo. Yo no tengo culpa de lo que pasó.

Esto solo lo puedo hablar con muy pocos amigos porque no cualquiera entiende. De hecho yo creo que más de una persona se ha alejado de mí por eso. No está bueno que la gente se aleje de uno o se acerque a uno por suponer algo, por un nombre, por un origen, por cualquier otra cosa que no sea uno. Yo soy resultado de mi familia, de las cosas que viví, pero no soy mis antepasados.

Estando acá y siendo mi apellido un peso y sabiendo en lo que estuvo involucrado mi abuelo, sí siento la necesidad de ser desobediente. A mí me suma que estemos juntos en el colectivo de HD y que hablemos del tema.

Desde que me mudé, hace unos ocho años, voy siempre los 24 de marzo con mi abuela a la Plaza. Estoy viendo qué voy a hacer esta vez porque también quiero ir con Historias, pero sí quiero ir con ella. Yo directamente le conté que estaba siendo parte, ella había leído de la existencia del grupo y se puso muy contenta. Lo dije en el grupo de WhatsApp que tengo con ese sector de la familia y se puso contenta. Dijo: «No esperaba menos de mi nietita».

1 comentario
  1. omar dice

    Resulta muy curioso que el 90% de este colectivo sean mujeres. Cual es la razón?. Por que no hay «Padres de Plaza de Mayo»?. Para descular, no?. De todos modos, un honor tener argentinas como estas. Bocanada de ire fresco en esta caldera del diablo

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