Pichones en el nido

Termina juicio en La Plata por una familia arrasada durante la dictadura

 

El barrio Villa España de Berazategui amaneció el 6 de septiembre de 1977 con los tiros y las bombas que el ejército disparaba contra una casita prefabricada donde vivían cinco personas: dos adultos, dos nenas y un varón. Estaba ubicada en la calle 148 entre 27 y 28. El operativo, comandado por el Batallón 601 de Comunicaciones de City Bell, terminó con la muerte de la madre de los chicos y de su compañero de militancia. A los hermanos los separaron. La mayor inició ese mismo día su periplo por los centros clandestinos conocidos como Vesubio, Sheraton y el Regimiento de La Tablada. Con tan solo doce años atravesó la muerte, los abusos y las torturas en los campos de la dictadura. Este lunes, el Tribunal Oral Federal (TOF) 2 de La Plata deberá dictar sentencia en el juicio que se sigue contra cinco represores.

 

Una familia arrasada

A María Nicasia Rodríguez todos la conocían como “Mary”. No tenía nombre de guerra, ésa era su identidad. Había llegado de San Luis en los años ’60. Se casó con Cipriano Quiroga y tuvieron una hija, Marcela, y un hijo, Sergio. Para entonces, vivían en el barrio Entre Vías de Avellaneda. Él era mecánico y ella se acercó al peronismo cuando empezó a hacer tareas de limpieza en una unidad básica de la zona.

Para 1977, Mary tenía 34 años y era parte de la columna sur de Montoneros. Se había separado de Quiroga y formado pareja con Juan Guillermo Fernández Amarilla, un compañero uruguayo que había recalado en Avellaneda. Con él tuvo una hija, Marina, en 1976. Ese mismo año desapareció Fernández Amarilla. Lo secuestraron cuando se presentó para una cita de la organización en una estación de servicio de Banfield.

Arturo Alejandro Jaimez había llegado a la zona sur del Gran Buenos Aires escapando de la represión en Córdoba. Le decían “Silver”. Militaba, también, en Montoneros.  Había nacido en Santiago del Estero, pero se había ido a Córdoba para estudiar. Tenía 22 años, pero aparentaba ser mayor. Era una buena opción para Mary alquilar una casa con él. Podían simular ser una pareja y seguir militando.

 

El ataque

Marcela tenía doce años en 1977. Sergio, diez. Marina, un año y medio. Marcela se despertaba de noche y la veía a su mamá, preocupada, mirando hacia la ventana. La madre le había dicho que, si alguna vez pasaba algo, se metieran en el baño. “Es lo único de la casa que es de material”.

La noche del 6 de septiembre de 1977 durmió de un tirón. La despertó su mamá. La sacó de la cama. A ella, a su hermano y a la beba. Estaban con la ropa de dormir y descalzos. Los llevó al baño.

—Pórtense bien que mamita los quiere –dijo Mary, y cerró la puerta.

El ataque fue demoledor. Habrá durado un máximo de 20 minutos. Marcela y Sergio escucharon que una voz de mando decía: “Ataquen el baño”.

—No, por favor, estamos nosotros –gritó Marcela.

—Hay pichones en el nido –informó otro de los militares.

 

 

La separación

El Batallón 601 había movilizado una gran cantidad de personal para ese operativo. Desproporcionado, dijeron los fiscales Hernán Schapiro y Juan Martín Nogueira en el juicio. Tanto como otros tres casos de represión en la zona, incluida la casa de la calle 30, donde vivían Daniel Mariani y Diana Teruggi, el hijo y la nuera de María Isabel Chorobik de Mariani, Chicha, la fundadora de Abuelas.

Cuando terminó el ataque, a Marcela y Sergio los sacaron esposados. Ella llevó como pudo a Marina en brazos. Los subieron a un camión con celdas. Antes de salir de la casa, Sergio vio cómo disparaban una y otra vez contra un cuerpo que creyó reconocer como el de Mary, su mamá.

A Sergio y a Marina los llevaron a una comisaría de Quilmes y luego a una comisaría de la mujer en La Plata. Cipriano, el padre de Sergio, los buscó más de una semana. Como él no era el padre de Marina, le tuvo que pedir a la hermana de Mary, María del Carmen Cruceño, que ella se presentara para hacerse cargo de la beba.

Mientras tanto, Marcela seguía desaparecida.

 

 

El calvario

A Marcela la sacaron ese mismo día para que reconociera lugares y personas vinculados a su mamá. Querían que marcara. La llevaron primero al Vesubio –un centro clandestino ubicado en La Matanza— y luego al Sheraton, ubicado en Lomas del Mirador. Sufrió tormentos y abusos sexuales, que recién con los años pudo reconocer como tales.

En Vesubio, dos represores, El Francés (Gustavo Adolfo Cacivio) y Fresco, le dijeron: “A tu mamá la tuvimos que matar”.

Le dieron unas revistas y unos cartones para que hiciera un collage y se lo dejara de recuerdo a los detenidos-desaparecidos con los que compartía cautiverio en el Vesubio. Cuando iba a firmarlo con su nombre, el Francés la frenó.

—Ponele Pequitas. Acá todos te conocen así —le dijo el mandamás del centro clandestino.

“Me enojó tanto que le puse Pecas para manifestar mi rabia –dijo 42 años después en el juicio. Así es como comienzan a borrar tu identidad, cuando no podés usar tu propio nombre”.

En ese campo de concentración, Marcela se había encariñado especialmente con Silvia Corazza, una militante secuestrada en la confitería El Clavel de Lanús. A ella le contó que no quería irse.

—No llores —le dijo Silvia—. Mandale saludos a tu papá.

Marcela se quedó con la imagen de ella y de los otros compañeros conteniendo las lágrimas. Quizá pensaban que, para ella también, el traslado significaba muerte.

En el centro clandestino de Lomas del Mirador, los otros detenidos armaron una rutina para tratar de rescatarla del horror. La rutina incluía, por ejemplo, clases de literatura e historia con Héctor Oesterheld, el creador de El Eternauta. Los principales encargados de su educación eran otros detenidos, Ana María Caruso y su esposo Roberto Carri. Para ella, Sarita y Coco. También la sacaban a un patio. Con un palo y una pelota, Marcela improvisaba los elementos para jugar hockey.

Estuvo tres meses en los centros clandestinos de la dictadura hasta que un represor se acercó hasta el taller donde trabajaba el padre y le dijo que la iban a liberar. «Si no la quiere, me la quedo yo», le advirtió el hombre que había llegado en un Peugeot. Cipriano la encontró en su casa, a seis cuadras del taller.

 

El juicio se hace en los Tribunales de 8 y 50 en La Plata.

 

 

Los represores

Son cinco los militares acusados por haber asesinado a Mary y a Silver y por secuestrar a las dos nenas y al varón.

Carlos Alberto Bazán era entonces el segundo jefe del Batallón de City Bell. Al denunciar el ataque sobre la casa de la calle 30, Chicha Mariani había mencionado a un militar de nombre Bazán. Los investigadores, por el momento, no lograron probar que se trate de la misma persona, aunque – como señaló la fiscalía en el alegato – los dos ataques se caracterizaron por una violencia desproporcionada y la desaparición de los cuerpos de los militantes asesinados. El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) encontró los restos en 2006 de Mary en el cementerio de La Plata. Tenía al menos seis balazos, lo que coincide con el recuerdo de Sergio de un militar disparando una y otra vez contra un cuerpo que podía ser el de su madre. Los restos de Silver nunca fueron hallados.

Bazán está en el banquillo con otros cuatro subordinados. Francisco Fleba era un oficial de inteligencia y Eduardo Arturo Laciar, de operaciones. Daniel Eduardo Lucero ejercía como jefe de la Compañía B y Eduardo Enrique Barreiro, subteniente de la compañía B.

Barreiro es amigo de César Milani. El juez Daniel Rafecas los procesó a los dos en 2017: a Milani por enriquecimiento ilícito y a Barreiro como partícipe necesario. Según el ex jefe del Ejército, Barreiro había sido quien le había prestado la plata para comprar la casona en San Isidro. Ambos esperan ser llevados a juicio oral por esa causa aún.

 

La reparación

Schapiro y Nogueira pidieron a los jueces Alejandro Esmoris, Nelson Jarazo y Germán Castelli que condenen a los cinco militares a prisión perpetua. Este lunes, los magistrados escucharán las últimas palabras de los acusados y darán a conocer el veredicto.

La fiscalía pidió una serie de reparaciones para las víctimas. Entre otras, que señalicen como centro clandestino el Batallón de City Bell, que la Municipalidad de Berazategui ponga una placa donde ocurrió el ataque y que se envíe el expediente a la Universidad Nacional de Córdoba como prueba de que Silver está desaparecido.

También solicitaron que la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires otorgue una mención a la antropóloga María Inés Sánchez por su tesis “Mary, entre la vida y la muerte”, que sirvió para reconstruir este caso. María Inés es, además, la hija de Silvia Corazza, la detenida-desaparecida del Vesubio con la que tanto se encariñó Marcela.

“Acá hay una familia que fue arrasada de la manera más abrupta y arbitraria por todo un ejército de cientos de hombres preparado para eso”, dijeron los fiscales. “Hermanos que fueron separados sin más, menores que fueron sumidos al sistema concentracionario, cuerpos enterrados como NN, todo eso realizado sobre un sistema que funcionaba bajo la idea de la desaparición de la persona”.

 

 

 

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1 comentario
  1. MaritaPalerrmoViejo dice

    «Que sus nombres no se borrende la historia «. Gracias por publicar.

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