“El capital no puede revelarse en el mundo fenoménico como explotación y dominio. Por el contrario, promete la construcción de un mundo de hombres libres e iguales. A pesar de violentar esa promesa, sin embargo, debe reconstruirla. Para ello debe conformar la ficción real de un mundo de hombres libres e iguales. Ficción, porque encubre y desvirtúa la esencia de su ser. Real, sin embargo, porque dicho trastrocamiento actúa y alcanza consistencia. Actúa de manera efectiva”.
El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, Jaime Osorio, Fondo de Cultura Económica
Hace unas semanas en El Cohete, Ricardo Aronskind publicó un artículo que graficaba la política argentina disputándose en una cancha inclinada. Nos pareció excelente la gráfica y nos animamos a ir más allá y hablar de los límites de esa cancha y de quiénes son los que realmente diseñan el tablero político en cada etapa de la Argentina posdictadura.
Se van a cumplir 50 años del golpe cívico-militar-eclesiástico y quienes no perdieron las riendas del poder son los grupos concentrados de la economía. En parte son los mismos (pero ha habido transformaciones profundas de la economía, con la valorización financiera del capital y la aparición de los mega millonarios tecnológicos).
Aquellos grupos concentrados que en 1976, cuando vieron amenazados sus privilegios y ganancias por la lucha del pueblo argentino, no dudaron en convocar a las Fuerzas Armadas para que implementaran el terrorismo de Estado y el genocidio. Esto les permitió modificar la estructura económica de nuestro país, dando fin al proceso de industrialización y reemplazándolo por la valorización financiera del capital.
Las secuelas de esa dictadura fueron las desapariciones, los asesinatos, el encarcelamiento de miles de presos y presas políticas y el exilio. Además, dejó la tierra arrasada, con la miseria consecuente del pueblo, alejando así por años la posibilidad de tener un país libre, igualitario, independiente y soberano.
Durante estos 40 años de democracia se fueron sucediendo las facciones de las clases dominantes que en cada etapa delegaron la gestión del gobierno, imponiendo los límites al funcionamiento de las instituciones de gobierno: Alfonsín (capitanes de la industria); Menem (patria contratista y sectores de la burguesía local que se apropiaron de las empresas del Estado); De la Rúa (sector financiero); Néstor y Cristina (sectores ligados a la industria concentrada y el sector financiero), generando los límites donde se podía jugar el partido de la democracia liberal y burguesa (palabra que parece perdida en el arcón de los recuerdos, pero que sigue teniendo el potente sentido que la historia le otorga).
Así, fueron creando los mecanismos por los cuales quienes llegaban al gobierno solo podían transitarlo sin sobresaltos siempre y cuando se cumplieran esas reglas no escritas pero muy estrictas para cada etapa antes mencionada. La democracia condicionada por la abultada deuda externa heredada de la dictadura, amenazada por la hiperinflación, asonadas militares, golpes de mercado, corridas contra el peso, estampida especulativa en los precios de los alimentos, levantamiento de las patronales agropecuarias y, finalmente, el lawfare y la persecución judicial con el encarcelamiento de los y las dirigentes políticas y sociales, fueron marcando la cancha.
Sólo los gobiernos de Néstor y Cristina fueron capaces de desafiar esos límites, liberando a nuestra patria de la deuda externa extorsiva y volviendo al carril del desarrollo industrial con distribución del ingreso, pero sin poder modificar la base estructural del sistema implantado por la dictadura militar. El resto de los gobiernos fueron dóciles a los mandatos de los poderes concentrados a los que en nuestro artículo anterior hicimos mención.
Está de más decir que las relaciones ocultas o públicas de esos poderes concentrados se fueron sofisticando cada vez más, primando los intereses de la oligarquía, la gran burguesía local y, en estos últimos años, más desembozadamente aliada y socios serviles de los fondos de inversión internacionales, que con la llegada de Milei al gobierno y el hombre naranja a la Casa Blanca, la entrega y sumisión al imperialismo yanqui es total.
No resulta extraño que ni los gobernadores de provincia, ni los legisladores nacionales, ni los intendentes municipales, ni las cúpulas sindicales y sociales, en estos últimos años, se hayan mostrado incapaces de frenar la entrega. Todos tienen, en el mejor de los casos, discursos flamígeros en las tribunas en épocas electorales o en recintos cerrados, pero luego, en el ejercicio de sus funciones, dejan que el capital mande sobre los intereses de las mayorías y de la soberanía nacional.
Y es aquí donde radica la mayor violencia institucional, que no solo deviene del accionar de las fuerzas de seguridad, en casos de gatillo fácil o represión desembozada a las protestas, sino que la mayor violencia institucional es la que ejerce el capital contra quienes generan las riquezas en la forma de explotación y dominación. El último acto de este drama que vivimos lo protagonizaron Trump, su secretario del Tesoro, Scott Bessent, Javier Milei y la banda de estafadores que conduce Luis Caputo, amenazando desembozadamente a los votantes argentinos con que debía ganar el partido violeta, si no, la “Argentina moría”.
En los hechos, los ciudadanos eligen en un campo de juego que ha sido previamente delimitado y en donde las opciones a elegir han sido filtradas por reglas y procedimientos inscriptos en aquella delimitación. El Estado de derecho imperante expresa los límites del campo de juego y las reglas al interior de ese campo, a las que deben someterse los jugadores-ciudadanos y sus órganos de representación, los partidos políticos. De esta forma, en tales procesos solo se encuentra en juego lo que aquellas delimitaciones permiten.
Por ello es importante que las fuerzas populares y los dirigentes que surjan en esta etapa de luchas callejeras y de confrontaciones en todos los terrenos contra el plan criminal de Javier Milei y de aquellos gobernadores “secesionistas” tengan como uno de los elementos centrales de su estrategia política romper los límites impuestos por los poderes concentrados, tanto nacionales como extranjeros. Deben saber los sacrificios y riesgos que deberán correr para lograr el objetivo de retomar las riendas de la independencia económica, la soberanía política y especialmente la justicia social. Esto no es ni más ni menos que sacar de la pobreza y la indigencia a millones de compatriotas que fueron arrasados por la motosierra y los cantos de sirena de una vieja y perimida clase política. Esta clase política abandonó a sabiendas aquellas banderas que alguna vez la hicieron creíble y generadora de esperanza para el pueblo trabajador.
Una ley que consolida al capital.
“La fuerza de trabajo reposa en la corporeidad viva del trabajador (músculos, cerebro, sistema nervioso, esqueleto, corazón, pulmones, etc.). No hay forma de separar uno de otro. Por lo tanto, cuando el trabajador vende su fuerza de trabajo, el capital no solo se lleva aquella mercancía, sino también la corporeidad viva total del trabajador”.
El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, Jaime Osorio, Fondo de Cultura Económica
Esta cita representa la verdadera esencia del sistema capitalista que esconde su cara bajo una máscara libertaria, mientras su disposición a ocasionar violencia y muerte para conservar sus privilegios está siempre presente.
En estos días se discutió mucho y ya se sancionó la ley que condena a las y los trabajadores a un nuevo modo de explotación y dominación. La ley de “modernización laboral” vuelve a poner en el tapete de esta democracia liberal y formal el sentido profundo del funcionamiento del sistema capitalista y su necesidad, siempre presente, de extraer plusvalía o plusvalor a los únicos que generan riqueza.: las y los trabajadores.
Todo el articulado de esta perversa ley está dedicado a barrer los derechos conquistados en décadas de lucha de las clases populares. Por eso, los sectores dominantes solo atacan ese costado de las clases trabajadoras. Ellos saben cómo generar su riqueza y de dónde extraerla sin condicionamientos. Todo lo demás es negociable para el capital. Por eso han negociado con gobernadores, con sindicalistas, han comprado voluntades parlamentarias, con el solo fin de extraer mayor plusvalía a esa fuerza de trabajo que no es solo la mercancía “trabajo”, sino la corporeidad viva de los y las trabajadoras. El ejemplo más patético y práctico lo vemos a diario en las calles de nuestras ciudades: aquellos que deben venderse a las apps, cuya inteligencia no es artificial, sino que también oculta a miles y tal vez millones de trabajadores (especialmente del sur global) que deben alimentar, administrar y controlar que esas aplicaciones no se salgan de sus parámetros de explotación.
Allí están en sus bicicletas, sus motocicletas o vehículos de cuatro ruedas, recorriendo las ciudades, llevando mercancías que otros y otras trabajadoras ya elaboraron para el mercado global. En los debates en la Cámara de Diputados decía el representante de la app Rappi que “ahora sí los trabajadores son libres porque ejercen la 'soberanía temporal', pudiendo administrar sus horarios libremente”. Increíble a lo que llegan para defender los intereses de las patronales empresarias que ni ellos mismos conocen en persona.
Si esto no fuera así, que el verdadero motor de la riqueza lo genera el trabajo, los mega millonarios de las potencias hegemónicas no estarían tan interesados en la extracción y apropiación de los recursos naturales, que son propiedad de los pueblos y de las naciones a los que pretenden sojuzgar. El agua, el petróleo y el gas, el cobre, el litio, las tierras raras, los frutos de la tierra, etc., todo debe ser apoderado para seguir produciendo riqueza. Esa riqueza, a la que sólo la clase trabajadora le puede agregar valor. Esa clase trabajadora que, con sus músculos, con su capacidad cognitiva, con su corporeidad, hace girar la rueda del sistema. (Sin desviarnos del eje de este artículo, debemos mencionar la guerra que yankis y sionistas desataron contra el pueblo y las autoridades iraníes, enarbolando, una vez más, la famosa defensa de la libertad, que no es otra que la de apoderarse del petróleo y del gas de Irán, y mantener el control estratégico de su territorio).
Siempre es así; solo el ser humano (en su integridad) es el portador de ese plusvalor. Por eso los poderes concentrados pueden negociar con todos los que no generan esa riqueza.
Y lo que esta ley viene a tratar de imponer al pueblo argentino es ese vasallaje y esa cada vez mayor explotación. Esa que no respeta ni siquiera la propia Constitución liberal, que dice en su art. 14 bis: “El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea; participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección; protección contra el despido arbitrario; estabilidad del empleado público; organización sindical libre y democrática, reconocida por la simple inscripción en un registro especial. Queda garantizado a los gremios: concertar convenios colectivos de trabajo; recurrir a la conciliación y al arbitraje; el derecho de huelga. Los representantes gremiales gozarán de las garantías necesarias para el cumplimiento de su gestión sindical y las relacionadas con la estabilidad de su empleo.
El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna”.
Entonces, ¿qué hacer frente a tan marcado desnivel de fuerzas? ¿Cómo contrarrestar este andamiaje ya construido y aceptado por el sistema de poderes en la Argentina liberal democrática post-dictadura, donde todo parece que está perdido?
Creemos que la respuesta sigue anidando en el pueblo trabajador. Es mentira que las nuevas tecnologías sólo pueden servir para la concentración de la riqueza, que los medios tecnológicos sólo achatan la capacidad de pensamiento y creatividad de los pueblos. Sólo basta mirar fuera de Occidente para ver cómo se desarrollan los países en los que el poder no lo detentan el capital y los mega millonarios.
Por eso, aunque hayamos perdido mucho terreno en lo político, organizativo y especialmente en lo ideológico, entendemos que el camino a recorrer para aquellos y aquellas que aspiramos a vivir en una democracia representativa y en paz es construir una fuerza política, social, económica, cultural e ideológica que exprese esa necesidad de reapropiarse de los resortes de poder que han sido abandonados y redelimitar la cancha donde se juegue el partido de la democracia.
Una democracia que no puede ser representativa como la que vivimos hoy. Necesitamos una democracia representativa, pero no delegativa, donde aquellos y aquellas que nos representen en esta construcción sean iguales a quienes los eligieron, con los límites que marca la no delegación del poder político en sus manos, sino que se sustente en un poder popular construido desde las bases de la sociedad.
Se ha demostrado que la oligarquía, la burguesía y el imperio no están en condiciones de garantizar la estabilidad y el bienestar de la población en su conjunto. Ellos deben hablar de crisis permanente y ejercer la violencia institucional para garantizar que su sistema de acumulación y apropiación de riqueza siga funcionando.
Se ha demostrado también que las fuerzas que dicen representar a las mayorías (peronismo y radicalismo en la historia reciente de nuestra patria) no encuentran el camino para ser el motor de redistribución de riqueza que el pueblo necesita.
Ya estamos acercándonos a las próximas elecciones presidenciales; en el marco de esta cancha marcada, el desafío es echar abajo este andamiaje que profundiza la pobreza, la indigencia, el atraso, la dependencia económica y la pérdida de soberanía territorial y política.
A 50 años del golpe genocida, nos merecemos algo más que esta democracia formal y maniatada. Nos merecemos mirar a aquellos que nos precedieron en la lucha y vieron que era posible pensar y llevar a la práctica otros caminos que nos garantizaran la segunda y definitiva independencia. Retomar la senda de los padres y madres de la patria grande que no dudaron en enfrentar otros imperios que parecían eternos e invencibles, como fueron el español y el inglés.
También, tomar el ejemplo de aquellos compañeros y compañeras que encontraron las formas de lucha y organización que marcaron las décadas del '50, '60 y '70. Aquellos que elaboraron el programa de gobierno de los congresos de La Falda y Huerta Grande, aquellos que fueron clasistas en la pelea con las patronales, los campesinos que pusieron en jaque a los dueños de la tierra con las ligas agrarias. En síntesis, el ejemplo de un pueblo organizado para luchar por la liberación de la patria. Nunca tan vigente en épocas de avance del imperialismo, que viene convirtiendo a nuestro país en una colonia digna de su patio trasero.
Programa de gobierno y propuestas sobran y están en cada debate que se da en las filas del denominado campo popular. Hay que saber dar rienda suelta a esas iniciativas y tener el coraje de llevarlas a la práctica sin la cómoda visión de statu quo donde se ha ubicado la mayor parte de la dirigencia política, social y sindical en la Argentina.
Nuevos vientos soplan en el mundo no solo occidental y cristiano al cual decimos pertenecer. Hay un mundo en disputa y las clases dominantes no dudan en tomar posición y saben de qué lado jugar este partido. Falta saber si el campo popular tendrá el coraje, el valor y sobre todo la inteligencia de aliarse con los países hermanos de Latinoamérica, los BRICS y el Sur Global, para los límites del campo de juego democrático que más le convenga al pueblo y a la patria.
* Héctor Francisetti y Mabel Careaga son miembros de la Asociación Familiares y Compañeros de los 12 de la Santa Cruz.
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