Virus: existencia y verosímil

El discurso negacionista del virus y las teorías conspirativas

 

Alguna vez pensé que había sido caballo dice, más o menos, el narrador de un extraordinario cuento de Felisberto Hernández: La mujer parecida a mí. En el relato, este narrador necesita ver desde afuera varias situaciones que ponen al hombre-caballo ante determinadas experiencias límites. La explotación, el maltrato hasta las fronteras de lo asimilable y la imposibilidad amorosa. Además, el caballo-hombre puede observar el proceso de aprendizaje de unos niños del pueblo donde huye, justamente, de la explotación y el maltrato. Los niños, al adoptar al caballo-hombre, se preguntan cómo decía la maestra que le tenían que decir a las cosas lindas. Y rápidamente, uno de los niños responde: “ajetivo”. 

Siempre me pareció formidable de qué manera Felisberto podía narrar, desde afuera, los acontecimientos que le sucedían al propio narrador de sus relatos. Creo que esa es la condición fundante, no sólo de sus cuentos, sino de la relación con el otro: al narrar desde afuera, Felisberto encuentra la mejor manera de codificar la experiencia; es decir, desde afuera, desde otro, se puede pensar mejor la propia condición de la transformación de uno mismo. Pero para lograr esto Felisberto se acomoda a las reglas del verosímil: el narrador piensa que alguna vez había sido caballo, con lo cual evade cualquier posibilidad de leer el relato desde lo ilógico, lo que está por fuera de las convenciones sociales; un sujeto narra su propio cuento, y a partir de la reacción inesperada de los oyentes ante su narración, comprende su propia imposibilidad de entender el flirteo de una de las oyentes (es lo que ocurre en Nadie encendía las lámparas). Todos, hasta para narrar la más abyecta de nuestras fantasías, nos colocamos en un verosímil.

El verosímil es una codificación que rige nuestra forma de comprender y dar a conocer nuestra experiencia. Las sociedades de masas crean diferentes verosímiles: no sólo literarios o  cinematográficos, sino también científicos, jurídicos, políticos. El aprendizaje de los diferentes verosímiles nos permite transitar por una vida en comunidad. 

De la codificación del verosímil científico y técnico y de los temores –y de las trágicas consecuencias— que despertó la propia ciencia al erigirse como anunciadora de evolución, progreso y bienestar, nació un género que construyó un verosímil que disputó sentido, quizá más que ningún otro género literario o cinematográfico durante el siglo XX, con los postulados científicos y técnicos. La ciencia ficción creó la representación de un mundo donde la ciencia y la técnica se paraban de manos ante el ser humano. Detrás de una catástrofe científica estaba un laboratorio privado que realizaba algún tipo de prototipo para el conglomerado militar norteamericano; o su contrapartida, una banda tardoanarquista que soltaba algún virus mortal para destruir una sociedad consumista y materialista. 

Con esa base de sustentación para comprender las catástrofes humanas, los sujetos hemos construido un verosímil (y hasta podríamos decir, un anti-verosímil) que nos permite encontrar, detrás de algún virus, siempre la mano invisible de la tiranía autoritaria (que se puede disfrazar de dictadura populista como de democracia occidental). El HIV fue, aunque seguramente me equivoque, la primera gran creación de las teorías conspirativas en base a las creaciones de laboratorio. Era el tiempo de la Guerra Fría y era poco creíble pensar que de un mono hubiera salido este virus que destruía el sistema inmunológico; era más verosímil pensar que los norteamericanos o los soviéticos, en una loca carrera por la destrucción humana, habían sido los creadores de un virus para una futura conflagración bélica o para ser usado en un silencioso atentado en tierras enemigas. Y acá podemos pensar en otra característica que hace que el verosímil de la ciencia ficción sea aceptado, y es una característica que, como en todo verosímil, la encadena con los residuos de viejas codificaciones que aún siguen activas, a fuerza justamente de su posibilidad de reproducción: el ser humano igualado a Dios. En el verosímil conspirativo, termina teniendo más fuerza el resabio metafísico que la teoría de la evolución darwiniana. Todo un mensaje para la autoproclamada omnipotencia científica y técnica del siglo XIX (por no hablar de las actuales). El ser humano, en su papel de Dios, es más poderoso que la propia naturaleza.

El anti-verosímil de la ciencia ficción todavía tiene la posibilidad de crear condiciones para relacionarse con el otro, aun cuando su manifestación se realice a través de canales que parecen ser individualistas. El problema es otro verosímil, o más bien el no-verosímil; aquel que niega la existencia del otro y hasta de la propia realidad. Negar la existencia de un virus es como negar la existencia del oxígeno. Esta perspectiva es un no-verosímil porque no se sostiene más que en datos de una dudosa empiria humana obtenida en la propia y solitaria experiencia personal (aunque dicha perspectiva desconoce, o parecería desconocer, que el propio lenguaje es más ausencia de uno, que presencia del otro; es de todos o de otros); no tiene en cuenta ninguna experiencia previa sistematizable (como ya dijimos, ni siquiera al lenguaje del que hace uso); por lo cual no se sostiene en ningún elemento argumentable, dentro de la lógica que la misma ciencia ha creado, al igual que otros discursos. La relación con los hechos científicos y técnicos, como en el caso de la negación de un virus, no se sostiene en la subversión de los anhelos de prosperidad y evolución humanas, como en el anti-verosímil de la ciencia ficción: se relaciona como consecuencia de la negación del estatuto de existencia de aquellos. Así, el no-verosímil se comporta de la misma manera con la política (entendida como intervención ética y colectiva): negando la existencia del otro. Y esto no es lo mismo que poner al otro en el casillero del enemigo: aun así, al hacerlo, se le reconoce su estatuto de otredad (es falso creer que el enemigo no tiene, para su contrario, un estatuto humano constituido con otra ética). El no-verosímil tampoco es una creación ex nihilo; su sentido también está fijado por otros verosímiles, aunque estos no sean los que se articulen con la experiencia moderna hegemónica. 

Yuri Lotman, semiólogo soviético, pensaba que los diversos códigos que rigen el mundo humano están de alguna u otra manera relacionados entre sí o, mejor dicho, se dejan permear. A ese espacio de contacto lo llamaba frontera. Si bien es verdad que no existen sistemas de codificación puros, para Lotman es factible encontrarse con códigos internos dominantes, es decir, que el sentido de los conceptos que modelizan este tipo de sistema se relacionan con otros conceptos dentro del mismo sistema. Y no es casualidad que el romanticismo sea el ejemplo que señala el semiólogo. Si pensamos en este no-verosímil que venimos caracterizando, podemos encontrar en las huellas de esa codificación interna dominante, al romanticismo: en efecto, los conceptos como “genio”, “singularidad” y “excepcionalidad” forman parte del carácter del no-verosímil.

La excepcionalidad; la singularidad. Al negar la existencia del  verosímil del discurso científico y técnico, el no-verosímil niega al otro, porque está imposibilitado de comprender uno de los sistemas de codificación que rigen la vida en común, aun cuando sea necesaria una crítica a sus estatutos. El análisis negativo del discurso científico y técnico que realizó parte de la filosofía desde Nietzsche hasta Adorno, por poner dos ejemplos, no es lo mismo que la negación de la existencia de las causas de su manifestación.

Hay una diferencia entre los niños del cuento de Felisberto, que no pueden personalizar la experiencia, y quienes tienen su deuda con el no-verosímil. Estos últimos deben personalizar su experiencia al grado tal de desconocer los hechos, porque no le ocurren a ellos mismos. Los niños del cuento pueden aún estar relacionados con el otro al no salir de la clasificación general de las palabras; y al mismo tiempo, el narrador-caballo puede, al tomar distancia, ser más consciente del verosímil que produce el lenguaje; de sus límites; y de lo inenarrable.

Bajo por el ascensor de mi edificio. Me encuentro con mi vecina sin barbijo, a la que acompañan tres niños, entre ellos su hija. Tiene que subir mi vecina con los niños más pequeños, porque todos no entran. Cuando el ascensor comienza a subir, la hija, que me ve con el barbijo puesto, me pregunta si creo en el virus. “Yo no”, me dice, mientras abre la puerta del ascensor y me da la espalda.

 

 

 

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