Un papá espía del Ejército

“Siempre terminábamos discutiendo, sigue con ese maldito pacto de silencio”

 

Soy Elunén Tarifeño Sireix. Tengo 22 años y vivo en Neuquén. Soy hija de Raúl Alejandro Tarifeño, miembro de los Servicios de Inteligencia del Ejército, infiltrado en un partido de izquierda. Vivía en la ciudad de Plottier con mi mamá, mis dos hermanas y Raúl, cuando en 2006 llega una carta con el retiro de los Servicios de Inteligencia. Hasta ese momento, todas creíamos que mi papá era militante de izquierda, miembro activo del MST y vendedor de libros.

 

 

Tengo recuerdos muy lejanos sobre lo que ocurría en ese momento, pero recuerdo bien que desde ese día nada volvió a ser igual. Mis padres empezaron con discusiones fuertísimas, se iban a separar. Mi madre quedó en tal estado de shock que no podía decirlo, no sabía cómo decirme a mí y a mis hermanas quién era Raúl. Mientras eso ocurría, Raúl aprovechó esa debilidad emocional para intentar manipularla, amenazó con suicidarse, le pedía perdón y se negó a irse de la casa durante unos dos años. Cuando le dieron de baja, siguió haciendo el trabajo. Yendo todos los días a las reuniones del partido, hacía como si nada pasara. Entonces empezaron a apretarlo. Hubo varios episodios en los cuales atentaron contra la seguridad de mi hermana mayor. Y un episodio concreto con la muerte de un compañero del MST. Tiempo después una revista difundió las listas de quienes habían trabajado en cada batallón, con los nombres. En ese momento empezó lo más difícil. La revista llegó a nuestras manos gracias a unos amigos de mamá, estudiantes de la facultad y militantes independientes en ese momento. Al otro día comenzó el revuelo, toda la izquierda lo sabía, lo llamaban a Raúl para hacerle entrevistas, andaba escondido, supuestamente lo querían linchar.

Todo fue muy extraño. Neuquén y Plottier sabían que Raúl era un infiltrado. Y se prestó para cualquier cosa. Mi mamá estudiaba en la facultad de economía, en la Universidad del Comahue, y no pudo asistir nunca más a una cursada. La persiguieron y la acusaron de ser cómplice, de que siempre había sabido, y todo transformó en más imposible la situación. No pudimos ir más a las marchas por la Memoria. Y nosotras terminamos pagando por lo que Raúl había hecho mientras él se escapó a vivir tranquilo en Mar Del Plata.

En ese momento yo tenía 11 o 12 años. Mis compañeras de primaria me pedían explicaciones. Amigas mías, hijas de docentes, me preguntaban a mí, porque no entendían nada de lo que estaba pasando. Mi madre nunca pudo encontrar trabajo, y él nos “ayudaba” para que podamos terminar el secundario. Las últimas veces que hablé terminábamos peleando, porque yo quería saber la verdad. Pregunté. Y pregunté. Le pedí por favor que nos diga qué era lo que había hecho. Pregunté todo: ¿cómo había ingresado? ¿en qué momento? ¿en qué circunstancias? Hice absolutamente todas las preguntas. Nunca contestó nada. Siempre dijo lo mismo: que el Estado se equivocaba. Que él no era lo que esas fichas decían que era. Y sólo encontré algo distinto alguna vez, buscando en Internet: una revista que le pregunta y sólo por teléfono reconoció algo de esto. Pero a nosotras nunca nos dijo nada.

Yo quería y quiero saber la verdad. Si Natalia, su hija apropiada, es hija de desaparecidos o no. Siempre terminábamos discutiendo. Estando los listados publicadas, sigue con ese maldito pacto de silencio.

Perdí contacto con Raúl por decisión propia. Hablé con él esporádicamente sobre deudas, porque lo único que nos dejó además del dolor de la traición, fueron deudas.

De aquella carta no quedó nada. No tenemos ningún documento que avale esto, sólo uno o dos recibos de sueldo, que ni siquiera son recibos, sino un resumen del Ejército argentino. Revisando la historia, hoy puedo decir que nunca fue un padre tan presente como para tener una buena relación o saber lo que hacía o dejaba de hacer. De chica yo creía que era militante de un partido de izquierda y que su oficio era vendedor de libros. Que además era un tipo totalmente solidario. Que le gustaba compartir. Que se acercaba a los barrios más humildes para regalar ropa o acercar mercadería. Pero la relación siempre fue rara. Nos cuidaba dos veces por semana cuando mamá trabajaba. Ella trabajaba todo el día hasta la tarde. A la tarde se iba a la facultad. Y él decía: ¿me acompañan a una reunión? Iba hasta el local del MST. Nosotras nos quedábamos plantadas en el auto con mis hermanas, más de tres horas y cosas así. De golpe y porrazo, nos dimos cuenta de que todo era una gran pantalla.

El año pasado encontré el Facebook de Historias Desobedientes. Con mi familia habíamos consultado a una abogada, pero no tuvimos resultados positivos ni buenas respuestas y entonces pensé que quizá en conjunto podíamos aportar más. Este año fui a la marcha porque tengo la bandera de Historias. Entonces, aunque esté sola físicamente en Neuquén, creo que no estoy sola. Todas nuestras historias son distintas. Pero queremos construir y aportar a la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Acá está con compañeros del secundario.

 

Esta foto es de 1983 o 1984, militando en el Partido Comunista:

 

 

 

Esto es en el año 1990, golpeado por la policía tras haber sido detenido.

 

 

 

  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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