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Un documento estremecedor

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La historia detrás del recuerdo de Timerman sobre Etchecolatz

 

Un juez de primera instancia y una sala de la Cámara Federal procesaron al ex canciller Héctor Timerman por una decisión política del gobierno que integró, ratificada por una ley del Congreso: un memorándum de entendimiento firmado con Irán de modo que los ciudadanos de esa nacionalidad acusados por el atentado contra el edificio de la DAIA pudieran ser indagados por un juez argentino en Teherán. El juez Glock procesó a Timerman, a la ex presidente CFK, al ex secretario legal y técnico de la presidencia Carlos Zannini y a otros ex funcionarios y ciudadanos por traición de la patria y encubrimiento. La sala II de la Cámara (Martín Irurzun, Eduardo Farah y Leopoldo Bruglia) borraron el disparatado cargo de traición a la Patria (que la Constitución Nacional restringe desde 1853 a la asistencia al enemigo durante una guerra), pero confirmaron las demás imputaciones y la prisión preventiva. Glock dispuso que Timerman la cumpliera en su domicilio porque está muy enfermo, y durante la feria judicial el juez suplente Sergio Torres lo autorizó a viajar a Estados Unidos donde tiene una cita con los médicos que intentan contener el cáncer que padece. Conozco a Timerman desde que era un adolescente  que curioseaba todo la redacción de La Opinión todo lo que le permitía su padre, con quien yo trabajaba. Tenía un enrulado pelo rubio y los ojos celestes de su madre, la bellísima Rische Mindlin (tía del bandido). Hoy es un hombre de 64 años, calvo casi por completo y cada día más parecido a su padre, como si alguien hubiera movido hacia allí el switch genético que comenzó en el extremo más agraciado. Una lectora me reprochó la semblanza que hice de Cyd Charisse en sus últimos años. Le pareció cruel. No entendió que no hablaba de una persona en especial sino de aquello que el tiempo infiere a todo los seres vivos y que tanto se nota en quienes más espléndidos fueron en la juventud. Héctor habla con voz queda y se agita luego de dar unos pocos pasos vacilantes, que además le producen dolor. En un escrito judicial dijo que no vería el final del juicio porque su enfermedad era terminal. Pero su espíritu está más fuerte de lo que lo recordaba en momentos mejores, indignado por la iniquidad que jueces serviles a cualquier poder le están haciendo en él a la sociedad argentina. Durante el menemismo la justicia fue utilizada para proteger a los amigos, tanto por el criminal desguace del Estado como por el enriquecimiento consiguiente y por otros negocios turbios. Uno de los beneficiarios fue Maurizio Macrì, procesado por contrabando de autos mediante su empresa offshore Opalsen y liberado por la anegada Corte Suprema de Justicia. Quien se indignó con esa decisión, cuando decía que su límite era Macrì y los demás delincuentes que saquearon al país, fue la hoy desmemoriada Elisa Carrió, quien promovió el juicio político a dos de sus miembros. Pero salvo solitarias excepciones (Domingo Cavallo, por ejemplo) el aparato judicial no se había utilizado para asediar a los adversarios políticos. Ésa es la mayor contribución de la Alianza Cambiemos a la pulverización institucional que padece la Argentina y que costará revertir, porque no se puede edificar nada firme sobre una ciénaga, como bien sabe el ingeniero Macrì.

Miguel Osvaldo Etchecolatz acumula cuatro condenas a prisión perpetua por secuestros, torturas y asesinatos cometidos contra 960 víctimas, entre ellas Jacobo Timerman. Cuando él fue secuestrado y su diario confiscado, en 1977, comenzaron las denuncias internacionales, por el antisemitismo que inspiró toda la operación y el ataque a la libertad de expresión (cuyo extremo fue le detención, desaparición y/o asesinato de un centenar de periodistas). En defensa de la dictadura salieron la Iglesia Católica, la prensa canalla y la DAIA, una institución creada cuatro décadas antes para denunciar exactamente lo que le pasó a Timerman. El presidente de la DAIA de entonces, Nehemías Resnizky, era rehén de la dictadura, que secuestró a uno de sus hijos y luego le permitió viajar a Israel. La conducción actual de la DAIA se porta aún peor con el hijo de Jacobo, tanto que fue la denunciante en su contra, invocando la grabación clandestina de una conversación en la que Héctor no dice nada que no dijera en público: que los acusados por colocar la bomba eran ciudadanos iraníes y que esa era la razón para negociar con el gobierno de ese país y no con Suiza. Además, no tienen la justificación del miedo, que hay que poner en el haber de Nemito Resnizky. Estos son voluntarios convencidos, no padecen al gobierno, lo disfrutan desde adentro. La semana pasada,  el presidente de la DAIA, Ariel Cohen Sabban, fue increpado en un café por otro parroquiano, que le gritó: “¿Por qué no te dejás de andar paseando por todos los canales de televisión y hacés algo por la colectividad?”

Etchecolatz también obtuvo la prisión domiciliaria, pero para ello fingió una enfermedad, con ayuda del Servicio Penitenciario Federal que falsificó los registros de su historia clínica. Cuando esto fue descubierto, en 2016, el beneficio fue revocado y volvió a la cárcel. Hasta que hace pocos días, un tribunal oral lo autorizó a ocupar su vivienda en Mar del Plata, donde durante toda la semana hubo manifestaciones y protestas, incluyendo a la psicoanalista Mariana Dopazo, quien se identifica como ex hija del criminal. La misma vara, para dos personas tan distintas.

Lo que sigue es un recuerdo de Héctor Timerman sobre su experiencia con Etchecolatz hace más de cuarenta años:

Etchecolatz, por Timerman

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