El último prófugo por el asesinato de Víctor Jara, hace 53 años, fue hallado el fin de semana pasado, escondido en un pueblo rural de Los Lagos, 850 kilómetros al sur de Santiago de Chile. El ex coronel del Ejército Nelson Haase Mazzei sumaba condenas a 25 años y dos días de prisión por el crimen del cantautor, además del secuestro, las torturas y el homicidio de Littré Quiroga Carvajal, director general de Prisiones del gobierno del derrocado Presidente Salvador Allende.
Había integrado la banda de siete uniformados de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) que participó de las torturas seguidas de muerte, producto de 56 fracturas y 44 balazos. El disparo final fue dado por Pedro Barrientos, quien se ocultó durante años en Estados Unidos, confiado –decía– de que nunca sería deportado, hasta que cayó en 2023. Ese año, a medio siglo de los crímenes, la Corte Suprema chilena confirmó las sentencias contra los siete; entre ellos, Haase Mazzei, quien prefirió huir. No llegó a hacerlo el ex brigadier del Ejército Hernán Chacón Soto, partícipe de los interrogatorios y la gestión de los reclusos. Optó por suicidarse a los 86 años.
Primus inter cantores
En 2023, El Cohete recordó lo acontecido en el Estadio Nacional 50 años antes; su equivalencia con los poetas españoles víctimas del franquismo (Antonio Machado, Miguel Hernández, Federico García Lorca) y el eco de quienes, como el cantautor chileno Nano Stern, rendían tributo con su canto al de Jara.
Joan Manuel Serrat dirá que, al asesinar a Jara, lo elevaron al estatus de mártir.
Tales homenajes han sido una constante; desde los venezolanos que le dedicaron una canción que en 1980 grabaría Mercedes Sosa, a las versiones de Te recuerdo Amanda.
Hacia 1988, Jara fue recordado por los músicos que participaban de la gira mundial organizada por Amnesty International a cuarenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU). Uno de ellos, Peter Gabriel, le dio a Marcelo Figueras precisiones sobre su canción a Las manos de Víctor Jara.
Un día antes de cantar en Buenos Aires, lo hicieron en Mendoza, para el público chileno que no podía recibirlos en su país porque aún regía Pinochet. El concierto trasandino recién pudo instrumentarse en octubre de 1990, siete meses después de recuperada la democracia.
En “Desde Chile, un abrazo a la esperanza”, Peter Gabriel –ex líder de una de las diez bandas más importantes de la historia del rock/pop mundial– explicó: “Me gusta mucho Víctor Jara. Si cantamos sus canciones, él vive”. En el mismo Estadio Nacional donde habían asesinado a Jara, cantó con el grupo Inti Illimani, El arado:
Con El arado (su primera composición), Jara había abierto su recital en Perú, el último de su vida, un par de meses antes de ser secuestrado. Entre tema y tema, respondía preguntas de un conductor televisivo; habló de los pobres, renegó de la definición de “cantor de protesta” en detrimento del cantor popular y desgranó la historia de la rebeldía, desde Joan Baez a Violeta Parra. Luego de entonar Te recuerdo Amanda, habló del obrero de la construcción José Ricardo Vázquez, padre de una beba de seis meses, muerto de un disparo; le dedicó una canción a Ho Chi Minh y al Vietnam liberado; bromeó acerca del origen chileno de la expresión “ni chicha ni limonada”; mostró su musicalización de Pablo Neruda (de un pasaje de su libro Incitación al nixonicidio) y mencionó a Mercedes Sosa, intérprete de su Plegaria a un labrador.
Perú, julio de 1973.
Ese puente entre Chile y la Argentina se ha impuesto a las rivalidades militaristas como la que llevó a ambas dictaduras al conflicto armado de 1979. Cuarenta años después, a instancias de León Gieco –quien ante aquella crisis había compuesto Sólo le pido a Dios– se reunieron artistas de ambas naciones para homenajearlo: desde Liliana Herrero, Ligia Piro y Sandra Mihanovich hasta Lito Vitale y Javier Malosetti recrearon Manifiesto, la canción también elegida en 2023 para el cierre del acto por los 50 años del Golpe de Estado en el Palacio de La Moneda
Gustavo Cerati se había desgañitado en Chile al preguntar qué pasó en Chile, y el público de Soda Stereo respondió con el coro de su canción Dietéticos: “El régimen se acabó”, compuesta para el final de la dictadura argentina.
En 1993, en su hit Matador, Los Fabulosos Cadillacs mechaban “Víctor Jara no calla”. Y rapeaban: “Mis palabras son balas, balas de paz, balas de justicia. Soy la voz de los que hicieron callar sin razón, por el sólo hecho de pensar distinto”.
La referencia hace huella con una letra de Jara: “La bala se dispara, ay, se dispara… En las manos del obrero nació la bala, y en las manos de los ricos se hizo mala. Muchos pobres han caído en la represión, volviendo la bala al nido de su nación. La usaron para matar al campesino, pero hallaron resistencia los asesinos”.
Su compromiso
Jara no se limitó a la metáfora imprecisa. Donde puso el ojo, puso la letra justa. Fue el primero en incluir un nombre en una canción de denuncia: el del ex ministro Edmundo Pérez Zujovic, en su tema Preguntas por Puerto Montt, referida a la masacre del 9 de marzo de 1969, cuando 200 carabineros arremetieron sobre un terreno ocupado por 90 familias:
Usted debe responder, señor Pérez Zujovic,
por qué al pueblo indefenso contestaron con fusil.
La cantó el 8 de julio de 1970 en el auditorio del Colegio Argentino del Sagrado Corazón donde estaba el hijo del ministro, que quiso pegarle mientras otros invitados de escuelas privadas apedreaban al cantor. Once meses después, el funcionario –que llegó a ser vicepresidente de la nación– fue muerto en un atentado de la ultra izquierda para vengar la masacre de Puerto Montt. Esa retaliación fue atribuida a la canción, según familiares de aquel responsable político, como consta en este informe televisivo:
El Golpe
El 11 de septiembre de 1973, Víctor Jara permaneció en la Universidad Técnica del Estado donde trabajaba, mientras organizaban un acto que encabezaría Allende para convocar a un plebiscito que frenara el Golpe. Desde ahí vieron el bombardeo sobre La Moneda; desde ahí se llevaron a todos presos.
Retenido en el Estadio Nacional, al ser reconocido, fue apartado de la fila, al igual que el médico de Allende y otro funcionario. Luego de una de las sesiones de tortura llegó a decirle a sus compañeros que quien lo reconoció era un asistente a los incidentes de 1970 en el Colegio Argentino.
Alcanzó a escribir una descripción del campo:
Somos cinco mil aquí
En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
Somos aquí diez mil manos
que siembran y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura!
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltando al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa.
Que lentamente querrá la muerte.
Pero de pronto me golpea la consciencia
y veo esta marea sin latido
y veo el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.
¿Y Méjico, Cuba, y el mundo?
¡Que griten esta ignominia!
Somos diez mil manos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del Compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito
en que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento
hará brotar el momento…
Después de días de suplicio, en que le rompieron las manos a culatazos y le cortaron la lengua, lo acribillaron y tiraron su cadáver en la periferia, cerca del Cementerio Metropolitano, junto a los de otros, encontrados el 16 de septiembre por vecinas que avisaron a un conocido del registro civil, que a su vez llamó a la viuda, con la que pudieron ubicarlo en un nicho.
Su disco más emblemático.
Sobre el cuerpo, una vez restablecida la democracia en 1990, la Comisión de Verdad y Reconciliación pudo verificar 44 disparos.
A treinta años del Golpe, en 2003, se puso su nombre al Estadio Nacional. Con la reivindicación, paralela al proceso argentino, hubo quienes se animaron a hablar. Uno de ellos fue el soldado José Paredes, quien confesó haber sido obligado a participar del crimen y dio los nombres de los oficiales a cargo. En 2007 se reabrió el proceso judicial. En 2009, una segunda autopsia confirmó lo sabido, aunque dio más precisiones.
Entonces, pudo ser posible un sepelio –con participación de la Presidente Michelle Bachelet–, popular y masivo, que llevó a Serrat a reflexionar que “los muertos no nos dejan en paz; sobre todo, mientras no puedan reposar”. Y, sí; Víctor Jara no calla.
Hacia 2012, un juez mandó enjuiciar a los ex tenientes Pedro Barrientos Núñez y Hugo Sánchez Marmonti, más los cómplices Edwin Príncipe Dimter Bianchi, Roberto Souper Onfray, Raúl Jofré González, Luis Ernesto Bethke Wulf y el ahora detenido Nelson Hasse Mazzei.
El tal Príncipe se hizo llamar así una vez en que gritó a todo el estadio para corroborar que pudiera ser oído desde cada rincón. Su actitud histriónica lo convirtió en inolvidable para los prisioneros. Cuando lo ubicaron, décadas después, lo zamarrearon sobre el escritorio de su oficina en un piso alto mientras cantaban “adonde vayan los iremos a buscar”, y recordaban en un volante su participación en el Tanquetazo, cuando mataron al camarógrafo sueco/argentino Leonardo Henrichsen, quien filmó su asesinato.
El Documental con entrevistas a los asesinos, incorporado a la causa judicial.
Desde la Fundación Víctor Jara, su hija Amanda valoró la detención. “Sin embargo, después de medio siglo, es difícil considerar esto como justicia. Con esta misma diligencia, esperamos que la Policía logre encontrar a todos los fugados por crímenes de lesa humanidad”.
Su legado
Aunque se convirtió en lugar común incluir a Jara como referente de la “Nueva canción chilena”, él se reconocía como uno más de los que recogió la siembre de Violeta Parra. Su humildad a la altura de su obra descuella en su Manifiesto, donde se despedía profético: Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva.
La canción, con todos.
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