El bombardeo olvidado

Hace 65 años Rodolfo Walsh viajó a Saavedra para reconstruir un hecho decisivo en el derrocamiento de Perón

 

Las horas caerán lentas, más que de costumbre, en el domingo electoral de Saavedra. Calles angostas y vacías, al pie del sistema serrano de Ventania, sudoeste bonaerense: alrededor de 3.000 habitantes, 112 kilómetros al norte de Bahía Blanca por la Ruta 33.

Salvo en una de las dos escuelas del pueblo, con mesas de votación habilitadas, no volará una mosca. Los búnkers partidarios se ubican en Pigüé, cabecera municipal desde mediados de la Década Infame. El último intendente en jurar en Saavedra antes de ese cambio era conservador. Fue asesinado en la Cámara de Diputados bonaerense por un legislador radical del mismo distrito, al que previamente había amenazado de muerte.

Tiempos violentos. No los primeros, tampoco los últimos. Toda esa historia late debajo de calles y veredas que parecen cobijarse en una siesta protectora ante los malos recuerdos. Hay varios: las sierras que custodian cada amanecer saavedrense atestiguaron el primer genocidio argentino.

Esos cerros, “cuyos ásperos contornos se divisaban hacia el norte, dulcificados por la pincelada azul de la distancia”. Rodolfo Walsh siempre encontraba lo distintivo de un cuadro que invitaba a ser narrado: el efecto visual hace que, desde el pueblo, las sierras se vean azuladas.

Walsh lo detectó en septiembre de 1956, cuando llegó a Saavedra para cubrir para la revista Leoplán los homenajes en el primer aniversario de la muerte de tres aviadores navales, cuyo anfibio Grumman había sido derribado tras una mañana de febril bombardeo sobre el epicentro de la localidad, la estación de trenes. Un episodio olvidado fuera de la región en que ocurrió, perpetrado a 600 kilómetros y sólo tres meses después de la descarga homicida sobre la Plaza de Mayo, y con consecuencias decisivas para el derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Domingo Perón.

Serrano y ferroviario por entonces, hoy a Saavedra sólo le quedan las sierras. Pero en 1955 era un nodo de vías tan importante que fue uno de los pocos puntos marcados en el mapa bonaerense que abre Cuando los duendes cazan perdices, el gran estreno cinematográfico de ese año. La película sitúa su trama en un pueblo similar, en que florecían casa obreras. Como aquellas que rodeaban, y siguen rodeando, a la estación bombardeada.

Muchos años después, hacia fines de milenio, en ese mismo lugar se filmó otra película: La sonámbula, dirigida por Fernando Spiner sobre textos de Ricardo Piglia, ilustra con un futuro distópico las contradicciones de una revolución de ficción. Como la que a mediados de siglo eligió autonominarse así, para mostrarse en pocos meses dictadura y fusiladora.

Aquel avión golpista, que acababa de descargar sus bombas sobre el pueblo, se precipitó a tierra tras ser alcanzado por una antiaérea ubicada en un predio deportivo que este domingo contribuirá con su silencio a las horas mansas de la jornada electoral. Muy distinto a aquel 18 de septiembre, también domingo y vísperas de primavera, que clausuraría por largo tiempo al pueblo argentino su oportunidad de elegir libremente.

 

 

Cartas vencedoras

La reciente publicación del libro de cartas de Walsh al académico norteamericano Donald Yates volvió a ofrecer elementos para poner en perspectiva a aquel periodista que escribió la mayoría de ellas con menos de treinta años. Como reseñó Marcelo Figueras en la última edición de El Cohete, el Walsh de la segunda parte de los ‘50 ya mostraba destellos de talento y perspicacia, pero iría moldeando su literatura al tiempo que comenzaba el lento camino de su reconfiguración política.

La carta 24 de la colección está fechada en La Plata el 9 de noviembre de 1955, “a mi regreso de Bahía Blanca, donde fui a hacer un reportaje para una revista”. La nota que referencia se publicaría recién el 21 de diciembre siguiente bajo el título “2-0-12 no vuelve”, en alusión a la numeración del avión derribado en Saavedra.

Ni en la carta ni en la nota periodística hay datos que permitan saber si Walsh estuvo en Saavedra ya en 1955 o si su única visita a la localidad fue un año más tarde, cuando se inauguró un monolito de homenaje al capitán de fragata Eduardo Estivariz, el teniente de fragata Miguel Irigoin y el suboficial radioperador Juan Rodríguez, los tres aviadores navales cuyos nombres son hasta hoy los de tres calles del pueblo en que murieron.

 

Contraalmirante Rial en la inauguración del monolito. Foto La Nueva Provincia.

 

 

En cambio, la narración epistolar a Yates sí amplía información sobre el escritor y sus circunstancias. Walsh refiere haberse encontrado en Bahía Blanca con su hermano Carlos, aviador como él mismo había soñado ser en tiempos tempranos de su vida. Y agrega que el viernes 16 de septiembre, cuando se sublevó la base aeronaval de Espora, Carlos fue designado “comandante de la escuadrilla de ataque” conformada por unos 30 aviones, la mitad de los que componían la fuerza.

Bahía Blanca había sido tomada el mismo día por la Infantería de Marina y el objetivo de la aviación naval era evitar que las tropas del Ejército leales al gobierno democrático lograsen avanzar hacia las bases de Espora y Puerto Belgrano, lo que habría significado el fin del intento golpista. “Finalmente lo consiguieron en una gran batalla que duró todo el día 18, en 100 kilómetros a la redonda de la ciudad”, le cuenta Walsh a Yates, añadiendo un párrafo en que derramaba su admiración de entonces por el hermano piloto.

 

La infantería de marina ocupando Bahía Blanca: Foto La Nueva Provincia.

 

 

En el extremo norte de ese gran círculo regional, a pocos kilómetros del Arsenal del Ejército de Pigüé, estaba Saavedra. Los aviones navales volaron puentes y vehículos en toda la zona, pero especialmente enfocaron en ese pueblo al pie de las sierras, al que habían logrado llegar algunas tropas leales.

 

 

Un domingo bajo fuego

Aquel domingo 18 de septiembre de 1955 no se oyeron las campanas anunciando misa y el miedo suspendió la liturgia laica de tallarines familiares. Habitual para la época del año, el fin de semana había asomado inestable, con fuertes tormentas sabatinas que fueron diluyéndose al iniciar el día siguiente. Los recortes no ofrecen precisiones sobre la mañana dominical en la zona. El cronista de La Nueva Provincia, que había vuelto a ser controlada por la familia Massot, la percibió “de sol radiante y clima agradable”. Su colega del diario peronista El Atlántico, intervenido inmediatamente por la Armada, la reconstruyó fresca y con cielo cubierto, aunque advirtió que “nadie sabe estos días cuando hace frío o calor; o cuando llueve o está nublado”.

Lo más probable es que el cielo estuviera despoblado de nubes porque, ya desde el alba, los aviones sobrevolaban la región. Durante todo el domingo se asentarían en los registros navales 264 salidas “en misión de guerra”, que demandarían 66 pilotos y descargarían 646 bombas. En Río Colorado volaron un tren que transportaba combustible, y en varios caminos de la zona atacaron a las tropas del Ejército.

 

 

 

 

A media mañana comenzaron a pasar, rasantes, sobre la estación ferroviaria de Saavedra. Seis tanques y otras tantas unidades blindadas estaban siendo descargadas de un tren por las tropas leales. Sospechando la presencia de soldados en las casas aledañas o debajo de unas chatas detenidas en el andén, los aviones navales iniciaron un feroz bombardeo, con ataques en parejas y cada 40 minutos. A metros de las casas más cercanas, arrojaban bombas aptas para dañar vehículos blindados.

La mayor parte de la población, que no había resistido a la llegada de las tropas leales, comenzó a abandonar sus hogares rumbo a los campos vecinos a las sierras. Columnas civiles poblaban los caminos rurales o trazaban un zigzag sobre el paño verde amarillento del invierno. Como una metáfora cruel para con su historia, ese tranquilo pueblo ferroviario despidió a sus habitantes con el estallido de una locomotora. El éxodo se intensificó cuando, instantes después, la antiaérea alcanzó al 2-0-12.

El avión se precipitó sobre un galpón ubicado a unos 2.000 metros del pueblo, chocando contra el tractor y la trilladora guardados en su interior. En su reconstrucción del hecho, Walsh concluyó que su comandante, Estivariz, ya habría sido herido de muerte. De otro modo, estimó, no hubiera impactado contra una construcción, cuando estaba volando sobre grandes extensiones de campo desierto. El violento choque provocó la explosión del depósito de combustible y dos bombas. Del 2-0-12 no quedaban ya más que hierros retorcidos. Se había desintegrado por la detonación de su propia carga letal.

El capitán Estivariz, el oficial de más alto grado muerto en aquellos días de 1955 en el país, era el mejor amigo de Carlos Walsh. Esa fue la razón que motivó a su hermano periodista a contar la historia. Durante ese año, nadie dedicó una atención similar a la tripulación malograda. El periódico saavedrense La Semana y la prensa de Bahía Blanca, que reproducían vítores al movimiento golpista, agotaron los obituarios en unas pocas líneas de ocasión. Recién en la primavera siguiente, al cumplirse el primer aniversario del hecho, los nombres de los aviadores muertos concentraron la disposición de altares impresos de loas.

En cierto modo, una combinación de decisiones personales y azar determinó el destino de los tres tripulantes. Estivariz había sido desplazado de su función días antes y se instaló en una quinta en las afueras de Buenos Aires, pero regresó a Bahía Blanca apenas supo de la conspiración en ciernes. Voló en rebeldía. Sus camaradas no querían que lleve consigo al radioperador Rodríguez, que por su doble condición de suboficial y correntino estaba sospechado de simpatizar con el peronismo. Jefe y subordinado acordaron subir a la aeronave. El tercer miembro de la tripulación, el teniente Miguel Irigoin, cumplía el rol de artillero. Mickey, como lo llamaban en los círculos sociales del rugby y la Armada, tenía un hermano menor que era cadete y había sido diagramado a otra aeronave. A último momento, pretendió cambiar lugares con él. Consideraba que era más seguro para su hermano menor viajar junto a un oficial de mayor experiencia, como Estivariz. Pero el capitán se opuso.

En el instante final, cuando ya el avión había sido alcanzado por el disparo de antiaérea y caía sin control, uno de los tres se asomó a la puerta y se preparó para saltar. Nunca sabremos quién era, ni por qué no lo hizo.

 

 

Los aviadores navales caídos en Saavedra: Estivariz, Irigoin y Rodríguez.

 

 

 

Por dos pesos

Los hombres que integraban los autodenominados “comandos civiles” se preparaban, mientras tanto, para tomar la comisaría local.

En esas horas comenzó a manifestarse un primer quiebre dentro del activismo antiperonista. Algunas familias eran socialistas o radicales. Otras, simplemente expresaban su odio de clase. Mientras sus esposos se comunicaban con la base de Espora para anunciar la ocupación de la sede policial, algunas mujeres comenzaban a pasearse por la avenida principal entonando cánticos festivos porque volverían a tener “sirvientas por dos pesos, otra vez”.

Quienes habían dejado sus hogares se cobijaron en galpones, graneros y casas de puesteros. Esa noche, pocos lograrían pegar un ojo. El invierno se despedía y la primavera comenzaba a rociar su perfume sobre los campos, pero los traumáticos recuerdos recientes impedían percibir lo cotidiano. Levantando la vista, las sierras asomaban, inusuales, escapando del telón de habitual oscuridad. Emergían de pronto, intermitentes, iluminadas por los reflectores del Ejército en busca de nuevos vuelos bombarderos.

Las horas siguientes confirmaron el derrocamiento de Perón. En el distrito de Saavedra, que hasta entonces gobernaba, la militancia peronista se volcó durante la larga proscripción al trabajo en entidades de bien público, como cooperadoras y cooperativas. Pese a la adversidad, presentó listas bajo nuevos sellos en algunos turnos electorales, con una hasta entonces inédita participación femenina. Tampoco abandonó la pertenencia gremial, en particular en los sindicatos ferroviarios.

 

 

La memoria en su laberinto

El peso traumático de aquel último domingo invernal de 1955 se fue diluyendo en el relato, construido acaso como forma de autoprotección, o tácito bálsamo para los enconos locales cuando todavía ardían.

Las narraciones orales tendían a disminuir la potencialidad letal del bombardeo y la intencionalidad de sus ejecutores. El caso más tragicómico es el de una versión que decía que el avión de Estivariz habría sido derribado tras la rendición de las tropas leales, cuando sobrevoló para saludar a las que estuvo combatiendo, que habrían tardado en recibir la noticia.

En esta nota se han utilizado, para reconstruir los hechos, diversas fuentes. Las notas escritas por Walsh, su carta a Yates, recortes periodísticos saavedrenses y bahienses, testimonios orales que escaparon a la dilución y La revolución del 55, de Isidoro Ruiz Moreno, escrito desde el bando de los vencedores pero abundantemente documentado. Todos coinciden en la magnitud y gravedad de los hechos, que pudieron terminar con mayor pérdida de vidas.

También se instaló como verdad que el éxodo rumbo a los campos había sido en vano, porque el objetivo de la aviación naval no había sido matar civiles. A veces será necesario convencerse de que la muerte no pasó tan cerca. En el momento debió haber sido difícil sentirlo así, con las bombas zumbando sobre los techos y con el recuerdo de las noticias de las radios porteñas, en junio de ese mismo año, todavía fresco en la memoria.

La revisión histórica muestra otra realidad: la de un trabajador rural que escapaba de las bombas junto a su familia y, súbitamente, detuvo su marcha para siempre. Los registros adjudicaron el fallecimiento a causas naturales y el cadáver se enterró sin velatorio, pero los testimonios orales indican que en su cuerpo se dejaba ver el rastro rojo de una herida mortal.

 

 

Walsh en reescritura

Cuando el 18 de septiembre de 1956 Walsh visitó Saavedra para escribir su segunda nota sobre lo sucedido allí exactamente un año antes, los fusilamientos del basural de José León Suárez ya habían ocurrido. Pero el periodista, que en pocos meses cumpliría treinta años, todavía no sabía que algunos fusilados habían logrado escapar de la muerte.

“Aquí cerraron sus ojos”, se tituló la nota que Walsh escribió después de asistir al acto en que se inauguró un monolito recordatorio, construido con piedras serranas y coronados por la hélice de un Grumman como el caído allí.

 

La primera página del reportaje de Walsh en Leoplán.

 

 

Isaac Rojas, ya convertido en un emblema del antiperonismo, había prometido su asistencia tras participar de un acto en la Base Naval de Puerto Belgrano. Pero finalmente decidió retornar a Buenos Aires y envió en su reemplazo al contraalmirante Arturo Rial, que había comandado la conspiración en el sudoeste bonaerense. Entusiasmado, La Nueva Provincia narró que se acercaron a recibirlo “desde el lujoso automóvil hasta la humilde chatita de tracción a sangre”. Para entonces, Rial ya había definido a la dictadura que integraba como el movimiento que aseguraría que “en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero”. Junto a Oscar Alende, que integraba la Junta Consultiva Nacional creada por los militares, firmaron el acta de entrega del monumento a la Municipalidad local.

 

El monolito construido con piedras serranas y la hélice de un Grumman como el caído allí.

 

 

Tanto “Aquí cerraron sus ojos” como su antecesora de un año antes, “2-0-12 no vuelve”, son piezas elegíacas del Walsh antiperonista que retratan las cartas que en la misma época dirigió a Yates. La última nota lleva un subtítulo elocuente: “A un año de la gloria y de la muerte”. Pocas semanas después de entregarla a la imprenta, su autor escuchó el comentario sobre “un fusilado que vive” y comenzó un largo camino de reconfiguración en su obra e identidad política. En el camino, descubriría al mundo un nuevo género periodístico y a toda una generación, una forma de militancia.

Dos décadas y otras tantas dictaduras después, una patota de la misma Armada lo emboscó en una esquina de Buenos Aires y poco más se supo de él. El operativo incluyó un allanamiento clandestino de su casa de San Vicente y el robo de sus papeles personales. Entre ellos, el cuento inconcluso “El aviador y la bomba”, en que se proponía reescribir lo ocurrido en 1955 pero desde el punto de vista de los vencidos. Junto al borrador, siempre llevaba las copias de aquellas notas sobre el bombardeo olvidado de Saavedra.

 

 

 

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