Elige tu propia aventura

La literatura y la física cuántica coinciden: vos podés cambiar la Historia

 

La imaginación es lo más parecido a un superpoder de que disponemos. Mientras nos sustraemos de la realidad y «vivimos» historias —del formato que adopten: libro, peli, obra teatral, comic— lo podemos todo: llevar adelante otras vidas y enriquecer nuestra comprensión del fenómeno humano por vía de la empatía; visitar tiempos distantes y lugares exóticos; alterar las reglas de la física, la naturaleza y la lógica… y hasta cambiarle la cara a la Historia que los libros dan por probada y, en consecuencia, por sacrosanta.

Hay un subgénero que se especializa en esto de trastocar la Historia y plantearse qué habría ocurrido si las cosas hubiesen resultado de otro modo. Se lo llama ucronía, por aquello del tiempo —cronos— alterado por la u (ou, en griego) que sugiere ninguno, como en utopía — el lugar que, paradójicamente, no está en ninguna parte. La ucronía narra, pues, un tiempo que no tiene lugar en la cronología real. Pero que, desde la narrativa, ofrece la oportunidad de un ejercicio especulativo del que se derivan beneficios concretos.

Ahí está El hombre en el castillo (1962), de Philip K. Dick, que se pregunta cómo sería el mundo si Alemania y Japón hubiesen vencido en la Segunda Guerra. También El sueño de hierro (1972), de Norman Spinrad, que imagina a un Hitler que se exilia a América después de la Primera Guerra para escribir historias protagonizadas por héroes rubios y perfectos, dedicados a diezmar a seres degradados. Ocasionalmente el recurso es empleado por escritores a los que no se asocia con el ghetto de la ciencia ficción: gente como Nabokov en Ada o el ardor (1969) o Philip Roth en The Plot Against America (2004) apeló a la ucronía en busca de respuestas a su historia personal, o como herramienta para cuestionarse las fallas geológicas sobre las que se asienta una sociedad.

 

Philip K. Dick, autor de «El hombre en el castillo».

 

Yo mismo le jugué unas fichas en mi primera novela, El muchacho peronista (1992). Allí imaginaba que Perón resultaba muerto en un incidente a fines de la década del ’30, o sea antes de convertirse en el Perón de la Historia. Lo que me animó a escribirla, en mi ingenuidad juvenil, fue el deseo de encontrar un hecho que desviase nuestra cronología de modo de impedir el genocidio de los ’70, que me pesaba —y me sigue pesando— demasiado. Hoy no volvería a intentarlo. Creo que, aun sin Perón, la juventud de los ’70 habría militado en la izquierda formal y sido diezmada de todos modos, como ocurrió en el resto de América Latina. El elemento discordante, en todo caso, sería el fenómeno protagonizado por aquel coronel y la bella muchacha de Los Toldos. El movimiento que crearon es una anomalía, que alteró la historia de lo que debió haber sido el socialismo en la Argentina. Por eso fantaseo a menudo con la idea de que en realidad fueron personajes, creados por un escritor superlativo; y de que, además de la posibilidad de disfrutar de la ucronía como género, nos habría tocado vivir dentro de una.

 

El juego de las semejanzas

La ucronía suele usarse para imaginar un golpe de timón que altere, o impida, un hecho crucial en la Historia. Por eso tantos se preguntaron qué harían si estuviese a su alcance matar a Hitler antes de que desatase la guerra. Hace poco Stephen King le echó mano a otro de esos momentos simbólicos en 11/22/63, donde el protagonista trata de evitar el asesinato de John Kennedy, con consecuencias desastrosas. Pero lo que me puso a pensar en el subgénero fue, más bien, una recurrencia insólita que hoy tiene lugar en el contexto de nuestra Historia.

¿Cuántas veces escuchamos aquello de que la Historia nunca se repite? Lo taxativo del adagio resulta sospechoso, porque nadie pretende que las cosas se regurgitan calcadas de hechos previos. Lo que muchos curiosos venimos subrayando, y desde hace siglos, es la tan humana tendencia a generar encerronas similares y a caer en el mismo tipo de trampas. Pocas cosas entusiasmaban más a Borges que «las repeticiones, las variantes, las simetrías» de lo que, por pura holgazanería, llamamos destino. En su cuento La trama, encuentra un eco del asesinato de Julio César en la celada sufrida por un gaucho que reconoce a su ahijado entre los agresores y, en lugar del clásico Et tu, Brute? suelta el vernacular: «¡Pero, che!»

 

«¡Pero, che!»

 

La Historia se repite —deformada, aggiornada, practicando variaciones melódicas a la manera de los músicos de jazz— porque nosotros nos repetimos. Somos más predecibles de lo que nos gustaría admitir. Y recreamos encrucijadas porque nos dejamos llevar por las emociones de siempre: la codicia, la envidia, la sed de fama o de gloria (que, Dios nos libre, no son lo mismo), el miedo, el egoísmo… Más sensato es el adagio que, partiendo de la admisión de nuestras recaídas —somos víctimas, entre otras causas, de la falta de imaginación—, dice que la Historia que ocurre como tragedia se repite como farsa. Pero entre Julio César y el gaucho de Borges hay un bache de docena y media de siglos. ¿Qué deberíamos pensar cuando una repetición escandalosa ocurre a menos de medio siglo del hecho original?

No sé ustedes, pero yo vivo en estado de déjà vu permanente. A comienzos de los ’70 era un crío que no entendía lo que pasaba, pero percibía claramente el miedo de los adultos — el perfume de la tempestad. Aunque nada podía interesarme menos que los diarios, la realidad se tomó el trabajo de visitarme a domicilio: a Rucci lo mataron a seis cuadras del trayecto que yo recorría en mi andar diario a la escuela. Murió acribillado, así como (este era mi prisma por entonces) se usaba en la Chicago de Los intocables. Semanas después terminé la primaria —diciembre del ’73— y mis viejos me sacaron de la educación pública para mandarme a un colegio de curas, donde presumían que estaría mejor protegido. Se ve que yo no era el único ingenuo. De aquel colegio nuevo también desapareció gente. Con el correr de los años salieron a luz numerosos casos de abusos de menores.

Pasaron más de cuatro décadas. Ahora el adulto soy yo, al menos formalmente. Creo estar mejor informado que la media de mis conciudadanos. Entiendo buena parte de lo que ocurre: sus razones, las fuerzas en juego, la naturaleza del proceso.

Pero el perfume que hoy me llega es el mismo de aquel entonces.

Ustedes dirán: Ojo, que esto no es igual. No existe la Triple A ni nada parecido. No nos gobiernan militares ni se secuestra gente.

Eso no se me escapa. En aquellos tiempos, las revistas infantiles y de ingenio solían incluir siempre El juego de las diferencias, dos dibujos que parecían idénticos salvo por los detalles que había que detectar.

 

 

Lo que propongo es que juguemos, en cambio, a El juego de las semejanzas.

 

Adagio, ma non troppo

En los ’70 tuvo lugar el Plan Cóndor: una trama que coordinó las acciones de las dictaduras que se multiplicaban por Latinoamérica, bajo la guía —y con el apoyo— del gobierno de los Estados Unidos. Los represores compartían información y actuaban a pedido de sus colegas de países vecinos, en una reescritura siniestra de Canción con todos: «Mata conmigo, mata…» Al despuntar la década, las dictaduras estaban en flor: Stroessner gobernaba Paraguay desde 1954, el presidente democrático Goulart fue depuesto en Brasil en 1964, Banzer se adueñó de Bolivia en 1971 y Pinochet tomó por asalto el Palacio de la Moneda de Chile en 1973, el mismo año que los militares uruguayos eligieron para pegar el zarpazo.

 

 

Acá bailábamos a nuestro ritmo. Quizás porque acabábamos de salir de una sucesión de dictaduras; y también porque la ucronía argentina —esa historia que torció el coronel devenido general mítico, pararrayos del poder aún en el exilio— nos condenaba a tomar desvíos y ensayar variables. (Que la Triple A surgiese del riñón peronista es una de las ocurrencias más perversas de esta trama.)

Pero aun así en el ’76 terminamos plegándonos al concierto. Y se puso en marcha el plan que era el objetivo de la movida: un régimen económico neoliberal, que mientras nos endeudaba de forma esclavizante enajenaba riquezas —naturales, industriales, empresariales— y ponía los cimientos para una dependencia aún mayor que aquella de la que queríamos liberarnos. Se trató de un acto de prestidigitación simple, de esos que apuestan a la distracción de la mirada para que no advirtamos lo que hace la mano oculta: mientras Darth Videla concitaba nuestra atención —los milicos eran el tótem, la figura diseñada para inspirar terror y sumisión—, el Emperador Kissinger hacía y deshacía desde las sombras.

¿No es eso lo que está ocurriendo otra vez: un nuevo empellón propinado por las mismas fuerzas —que antes identificábamos como los Estados Unidos en tanto nación y ahora, más sabios, le endilgamos a los Estados Unidos en tanto herramienta de los intereses que están detrás de su tinglado—, en pos de los mismos objetivos? Es verdad que el Plan Buitre exhibe otras figuritas (algunas, como los servicios, siguen activas desde entonces), que los negocios se diversificaron y que ciertos métodos cambiaron. Pero hasta la secuencia es similar.

 

 

Paraguay y Honduras cayeron en el lazo hace tiempo, Chile sucumbió al canto de sirena neoliberal, Ecuador y Nicaragua fueron víctimas de traiciones, Venezuela está asediada, Colombia bajo control directo —es a la América de Trump lo que fue China al Imperio Británico: el país productor de la sustancia a la cual se han vuelto adictos— y Brasil rompió el orden democrático con el apoyo de sus Fuerzas Armadas. Sólo Bolivia y Uruguay resisten como naciones soberanas. Nosotros tardamos como siempre, pero de todos modos entramos por el aro. Compramos el cuento del empresario moderno —aunque escondiese más muertos en el placard que flanes el discurso de Bullrich—, vendido como alternativa a la política que huele a caca. («El iletrado político —decía Bertolt Brecht— es tan estúpido que se siente orgulloso e infla su pecho diciendo que odia la política. …No entiende que de su ignorancia nacen la prostituta, el niño abandonado y el peor ladrón de todos: el político malo, corrupto y lacayo de las compañías locales y multinacionales».)

Pero acá la gente sigue resistiendo en la calle. Tanto que el oficialismo se vio en la necesidad de contragolpear, disputándole el escenario. Así ocurrió con la gerontomarcha del #21A, generando un fenómeno que desconcertaría a los Monty Python a pesar de su familiaridad con el absurdo: somos el raro país —me hizo pensar en esto un twitt de Roberto Navarro— donde un sector del pueblo protesta en la vía pública, pero no contra los factores irritantes que exhibe la realidad (el desgobierno, la avaricia de las corporaciones, la pauperización galopante, la represión, la suspensión de facto de todo marco legal a que atenerse), sino contra la oposición política. Son los orgullosos creadores de las marchas que se oponen a los que nos oponemos. Estamos a cinco minutos de escucharlos recreando Aserrín aserrán, una de esas cancioncitas sádicas con las que fueron criados: «Piden flan, no les dan / Piden queso y les dan hueso / Y les cortan el pescuezo».

 

 

Ese ataque quiso completar la ofensiva que se lleva adelante en otros frentes: judicial, mediático, económico. Escribo en un momento en que todas las baterías que sostienen al gobierno disparan al máximo que permite su capacidad de daño, lo cual no deja de ser sugestivo. (Volveré sobre este punto en breve.) Si no existe nada parecido a la Triple A es porque, entre otras razones, deben creer que todavía no lo necesitan. ¿Para qué enredarse con comandos clandestinos, cuando los comandos «legales» (los servicios que reparten carpetas como pizzas, los funcionarios que asfixian económicamente a los adversarios, los jueces que encarcelan y allanan sin justificar sus dictámenes) pueden proceder a pleno sol y sonriendo ante las cámaras?

Me tienta decir que los allanamientos que ordenó Bonadío suponen el nadir de la Justicia argentina: su punto más abismalmente bajo; el momento de la implosión, desde que demostraron que en este país las leyes y los procedimientos valen menos que un austral y que un juez no es quien refrenda la ley sino quien, por definición, puede hacer lo que se le cante el culo. Sin embargo, sé que coincidirán conmigo en otro adagio.

En este país nuestro, siempre se puede estar un poco peor y caer aún más bajo.

 

El mejor de los mundos posibles

Me encantaría creer que, al menos en la imaginación, puedo crear uno de esos dispositivos que conducen a otro punto de la cronología: un portal, o puerta física, o máquina, que granjean acceso a la Argentina de comienzos de los ’70; tiempo y lugar desde los cuales el o la protagonista intentaría hacer algo para evitar el genocidio que es el verdadero hecho maldito de nuestra Historia. Pero tan pronto publiqué El muchacho peronista (para eso escribo: persiguiendo las respuestas que no encuentro en otros textos, ni en los medios, ni en la calle) comprendí que aun contando con ese dispositivo nada sería fácil. Un proceso político y social no es un nudo gordiano que se troncha de un tajo. Sería como aplicarse a desviar un río, contando con un balde y nada más.

Y además nuestra imaginación se niega a evadir esos hechos, quizás porque —conjeturo— sería deshonesto. Ningún artista quiere hacer de cuenta que no existieron el genocidio nazi, o Hiroshima, o nuestras propias masacres. En teoría la imaginación lo permite todo, incluido ficcionar un mundo donde esas tragedias no tuvieron lugar; pero son catástrofes que suponen hitos que no conviene evitar, así como no sería sensato ignorar un agujero negro. Nunca hay que olvidar que están allí, porque distraerse supondría caer en las redes de su atracción para, eventualmente, terminar devorados.

Los dispositivos para viajar en el tiempo y conminarlo a colectoras ucrónicas no existen aún. Pero la ciencia insiste en sustentar nuestros mejores deseos. Según la física cuántica, nuestro universo es apenas uno entre una profusión cercana al infinito. Entre ellos habría universos en los que tomamos decisiones que no son las que tomamos en este. Allí nuestra existencia se vería sometida a todas las variaciones posibles: habría universos donde elegimos otra profesión, donde tenemos otra pareja, donde profesamos otra ideología…

Como no vivimos solos, nuestro universo sería también la resultante de decisiones ajenas, el tironeo de fuerzas que tiene lugar constantemente como describe la física elemental. Pero la ciencia sugiere que nuestra existencia es menos resultadista —menos bilardista— y un tanto más metafísica —más digna de Bielsa— de lo que imaginamos. Porque aun cuando duela la conciencia de formar parte de un universo donde las cosas no salen como deseamos, lo que determina su esencia son nuestras acciones y omisiones: aquel mundo en que las cosas pintaban mal y nos traicionamos para salvarnos no es el mismo mundo en que las cosas pintaban mal pero decidimos ser fieles a nuestras convicciones.

Ustedes dirán: está delirando. En cualquier caso, no estoy solo. El físico David Deutsch —defensor de la teoría de los universos múltiples que sostiene la mecánica cuántica y catedrático de Oxford— dice lo siguiente: «Al tomar buenas decisiones, al hacer lo correcto, engrosamos el stock de universos en los cuales versiones nuestras viven vidas razonables. Cuando algo te sale bien, todas las copias tuyas que tomaron la misma decisión triunfan también. Lo que hacés para mejor incrementa la porción del multiverso en que ocurren cosas buenas».

Por supuesto, esa lógica permite también argumentar lo contrario: tomar decisiones erróneas contribuye a que vivamos en un universo de mierda. Pero no perdamos de vista la pelota. Lo que la ciencia sostiene es que, en la trama del universo, nuestras acciones cuentan. Y que, aunque cambiar el pasado e impedir la irrupción de la dictadura cívico-eclesiástico-militar no esté a nuestro alcance, podemos producir una ucronía en tiempo real. Que el tren de la Historia no vuelva a descarrilar en el mismo tramo accidentado por el que circuló en los ’70 es posible. Pero para que eso ocurra hay que tomar las decisiones adecuadas.

En esta circunstancia mi cabeza busca reflejos especulares, esas simetrías deformadas que entusiasman a los narradores. Si esto fuese una ficción donde el pasado se repite torpemente, ¿en qué tramo de los ’70 estaríamos? En algunos aspectos ya nos encontramos en el ’76: la política económica, sin ir más lejos. Pero en otros, todavía no. Lo más parecido que tenemos hoy a una Triple A incipiente es Comodoro Py; cierto juez sería una relectura de Aníbal Gordon, sólo que más gordo, más desaliñado y con menos dominio de los procedimientos legales. Y Macri sería Isabelita: una persona que arribó al sitio en que está más por desmérito ajeno que mérito propio; que escucha sonar la sinfonía del poder pero no emboca una sola nota («¡No me atosiguéis!»); y que en cualquier momento firmará —si es que no firmó ya— el decreto que legalice una masacre represiva.

Por eso hay que frenar el rumbo de colisión que el gobierno adoptó y en el que acelera a fondo. Todo indica que pisan así el pedal porque sólo visualizan dos opciones. La primera, su apuesta a dinamitar a la oposición antes de que se consuman las mechas que arden en paralelo, encendidas por los múltiples frentes del conflicto social y económico. (Lo paradójico es que les parezca sensato tirar una granada dentro de su propia casa —verbigracia, la patria contratista—, como si eso fuese a impedir que la cosa estalle en el país todo. Pero la lógica nunca fue el fuerte de estos boys, que parecen no haber visto ficciones más complejas que El Correcaminos. El de Cambiemos siempre fue un gobierno marca Acme.)

 

 

La segunda es la que acabo de mencionar: su intención de conservar el poder mediante violencia represiva. Matar no les alteraría el sueño, ya demostraron que no pueden tener menos respeto por la vida ajena; por eso imagino que debe existir un plan que apunte en esa dirección. Pero para practicar una movida semejante deberían tener un apoyo político con el que no cuentan ni contarán.

En estas horas, el país es pura disfuncionalidad. Los Fabricantes de Apariencias pretenden que la nave sigue su marcha, cuando encalló y entra agua a raudales por un boquete en el casco. Acá no prospera nada que no sea la fuga de capitales, la inflación y el riesgo país. La economía se asoma al abismo del default. Las empresas —chicas y grandes— están en caída libre. La gente compra cada vez menos y de peor calidad. Los sin techo se multiplican. El hambre cunde y siembra una de sus consecuencias directas, la violencia delictiva. La educación está parada y sus protagonistas en la calle, reencontrándose con el movimiento obrero que empuja a la resistencia. Los reclamos del movimiento femenino caen en oídos sordos y las mujeres siguen muriendo. Los coimeros salen libres y los que defendieron el interés popular quedan presos. La Justicia y los grandes medios se incendian diariamente a lo bonzo. El Senado da tanta vergüenza que el tiempo de los Césares parece republicano. Y mientras tanto el gobierno se pavonea como el Benjamín Otálora del cuento borgiano, convencido de que sigue al timón cuando ya no le espera más que una cita con la Historia.

Recuerdo la angustia de mi madre cuando se editó el Nunca más y el Juicio a las Juntas la obligó a enterarse de lo que no se había animado a ver en su momento. La enloquecía pensar que podía haber hecho algo, por mínimo que fuese, para evitar tanto dolor y muerte, y que sin embargo había elegido voltear la mirada. Nadie me quitará de la cabeza que enfermó por eso, que lo que le dificultaba respirar era la presión de la Historia; hasta que terminó matándola, cuando tenía cinco años menos de los que tengo hoy. Quizás por eso no quiero (sobre)vivir pensando que pude hacer más para evitar que el barco se hundiese, con toda esa gente a bordo. En una situación tan inestable, cada decisión individual cuenta. Nadie achica un torrente de agua a solas, pero si las manos y los baldes se multiplican… Es una cuestión de coordinación. Como dice Keith Richards: «Si le vas a patear los dientes a la autoridad, asegurate de usar los dos pies».

En la literatura, el subgénero que nos permite alterar el curso de la Historia se llama ucronía. En la vida real se llama política, nomás.

Yo no quiero que el universo en que recuperemos la democracia pronto y por las buenas sea otro universo, que el beneficiario sea otra versión mía y no yo; quiero que ese universo sea este, y que experimentemos la satisfacción de saber que es así porque, en la hora precisa, estuvimos a la altura de nuestra mejor versión.

 

 

32 Comentarios
  1. Susana dice

    Roberto Carlos, te mata la envidia?

  2. Esteban dice

    Coincido en casi todo, son nada más que puntos triviales en común con toda una generación o mejor dicho con un entramado de generaciones, en mí caso por edad y afinidad con el autor.
    No deja de crearme contradicciones el no poder darle importancia al texto, está escrito desde el elitismo y no veo que lo apuntale la experiencia de vida. «Todas las empresas del hombre son igualmente vanas» escribió Borges y hoy por hoy da lo mismo si publicaste un libro o lustraste zapatos o las dos cosas…todo va a parar al centrífugo que desparrama nimiedades, lo más sensato sería que se callen y piensen…es que no doy un mango por tanto bla bla bla, cualquiera lo puede hacer si les dan las herramientas, el idioma es demasiado complicado para ser sincero, sería bueno para todos los «conocidos» de todos los bandos y redes que se hayan a donde nadie les lleve el apunte, sin guita ni influencias y que traten de conseguir laburo de algo! Y en la cancha se ven los pingos! Basta de elitismo y de alabanzas intrínsecas, casi endogamicas!!!

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