Es doctrina lo que miento

A propósito del escandalete de la profe de Historia hablando de política

 

Durante la breve primavera política de 1972, Rodolfo Ortega Peña era profesor titular de la materia Historia Argentina II (y alguna otra) en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, cuya decana era Adriana Puiggrós. La dictaba en aquella no menos fugaz sede del viejo Hospital de Clínicas, donde hoy se encuentra la Plaza Houssay, ensanguchada entre las facultades de Medicina y Ciencias Económicas. Al promediar el cuatrimestre, Ortega Peña (“El Pelado”, para compañeros, amigos y alumnos) disponía la realización de un juicio a un personaje histórico. A Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, “El Chacho” Peñaloza. Por supuesto, el profe ejercía de juez.

En la previa, “El Pelado” distribuía roles y funciones entre el estudiantado: fiscal, defensor, una ponchada como jurado, acusado, testigos, peritos, etc. Había que estudiar, no corría la opinología. Era indispensable esgrimir argumentos, sostener con testimonios, aportar datos. Sin ir más lejos, en una oportunidad, su señoría hizo punta para abrir el debate: “Señor Peñaloza, ¿usted existe?”. Antes que nada había de derribar el mito liberal de que “El Chacho” era un mito, una construcción inexistente pergeñada por el revisionismo a fin de enchastrar la historia oficial (dicho sea de paso, a imagen y semejanza, en presunta posición simétrica e inversa a las leyendas sembradas por el mitrismo en manuales y bodoques).

Todos querían participar en el aporte didáctico organizado por “El Pelado”, de manera que hubo que inventar otras funciones. Allí estuvieron las hinchadas, que componían consignas y cantitos alusivos a uno u otro personaje o bando; la pasión, aun la vehemencia, eran parte del juego. Pero ese festival constituía sólo el colofón de un extenso desarrollo que llevaba a los estudiantes días, meses de investigación. Jamás se volvió a aprender tanta historia argentina como en esas ocasiones. ¿Eso era adoctrinamiento? ¡Claro! En el privilegio del trabajo y la inteligencia; en la discusión democrática y el debate… siguen las firmas.

 

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El 20 de junio de 2016, en la ciudad de Rosario, el entonces Presidente Mauricio Macri conminó a los pibes de cuarto grado que prometían la bandera a sumarse a su consigna de campaña: “Sí, se puede”. Y así fue. Puede verse al final, a partir del minuto 7:18, aquí. ¿Adoctrinamiento?

 

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Hace apenas dos años, en la escuela técnica de Quilmes conocida como El Chaparral (por su primera locación, un depósito de chapas), la profesora de Historia de cuarto año aseguraba a sus alumnos que ella enseñaba “la verdadera historia”. En su versión, de 1945 a la fecha, el peronismo en su conjunto –todo igual, sin distinciones– era una dictadura igual a la de Juan Manuel de Rosas y a los nazis. Mudos en sus pupitres, chicos y chicas permanecían expectantes, a sabiendas que contradecir a la profe era reprobar la materia por siempre jamás. Por fortuna, estaban advertidos por sus compañeros de los cursos superiores. Ese ejercicio de la certeza histórica ya se encuentra naturalizado en la escuela, forma parte del folklore. ¿Es adoctrinamiento?

 

Escuela El Chaparral de Quilmes.

 

 

 

 

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En los años ’60, una profesora de latín de los primeros años del Colegio Nacional Buenos Aires trataba a sus alumnos díscolos de “mogólicos”. Un docente de matemáticas del Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), en vez de dividir el aula en Grupo A, Grupo B en los exámenes escritos, lo hacía entre “pititos” y “conchitas”. Hubiese sido sólo una guarangada –en un colegio solo de varones– si no fuera porque, previamente, cambiaba las ubicaciones, dirimiendo a quién le correspondía cada rubro. En el Jesús María de Recoleta las monjas impedían que las chicas vayan en mangas de camisa en verano porque se les notaban “las carnes pecadoras”. ¿Adoctrinamiento en discriminación heteropatriarcal? (Eso no existía aún.)

 

 

ILSE.

 

 

 

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Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) en el Colegio Nacional San Isidro, el profesor Monteagudo –abogado de profesión– de Instrucción Cívica, el primer día de clases ingresaba al aula con un ajado ejemplar de la Constitución Nacional. Informaba que esas páginas contenían lo que no se iba a estudiar, pues el gobierno militar había suspendido su vigencia. Por ende, impartía nociones sobre los derechos que tampoco era factible ejercer. Fue amonestado, por supuesto. Tres décadas más tarde, en los años ’90, ya en democracia, el mejor promedio de ese colegio era un pibe anarquista y punk, por lo que le correspondía oficiar de abanderado durante los actos escolares. El muchacho se negó, argumentando objeción de conciencia. Resultó sancionado por el consejo disciplinario. ¿Adoctrinamiento en marchas y contramarchas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colegio Nacional de San Isidro.

 

 

 

Para no abundar en redundancias en torno al episodio de la profesora de Historia de la secundaria de La Matanza en vehemente debate político con sus alumnos, valga evocar el hecho de que quién más, que quien menos, no ha padecido o disfrutado –según– de las inevitables posiciones ideológicas de maestres y profesores. En momentos en que, asimismo, ejerce la dirección de un establecimiento público de la ciudad de Buenos Aires un docente que ensalza las dictaduras y la violencia de género, catapultar la discusión al precipicio del “adoctrinamiento” oscila entre el agravio a la inteligencia y la burrada, con escala en la moral de los dos demonios.

 

 

 

¿Quién no ha padecido o disfrutado de las inevitables posiciones ideológicas de maestres y profesores?

 

 

 

En campaña electoral, ante la imposibilidad de mostrar éxitos de gestión, un programa, un proyecto, una idea; exprimida hasta la sequía la desviación por la canaleta del escándalo frívolo y roto el “espejito, espejito, ¿de quién es el más bonito?”, aferrarse al primer bicho que pase volando, aunque no vuele, brinda una alucinación de moral & civismo en el desierto. Surge entonces de la nada ardiente la Legión de los Puros para dictaminar que la propiedad del Bien y del Mal también es privada.

 

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No sólo por sus magistrales lecciones de civismo, Rodolfo Ortega Peña fue asesinado por la Triple A el 31 de julio de 1974, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires.

 

 

 

 

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