Esos seres grises

¿Quiénes y cómo sostienen el poder?

Detalle de "Batallón del Agujero", de George Grosz, 1948.

 

Durante el raid de Javier Milei por el Reino de España y luego en la cena organizada por la Fundación Faro, sello de goma de “los Caputo para conseguir financiamiento político”, el Presidente desparramó una andanada de frases “cloaqueras” —que, cual nube de dibujos animados, lo seguía a todos lados—, amenazantes y con citas inventadas, como es su costumbre desde su época de panelista. Horacio Verbitsky detalló en la editorial del domingo pasado el viaje soez libertario que le permitió al Presidente español, Pedro Sánchez, usar al gobernante argentino como un espejo sobre lo que podía pasar si las elecciones programadas para el 29 de noviembre de este año las ganaba la derecha y extrema derecha española —que huía despavorida de la cercanía del Gollum nacional—. Estas percepciones de la política española seguramente se verán reforzadas por los resultados de las elecciones en la República Federativa de Brasil. Allí Luiz Inácio “Lula” da Silva, del Partido de los Trabajadores, derrotó contundentemente a su contrincante Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal, por 51,79% a 48,21%, revirtiendo los resultados de la primera vuelta y sumando más de diez millones de votos. Asimismo, Lula nos regaló el placer de dejar en ridículo a muchos “analistas” argentinos, entre ellos Carlos Ruckauf y Julio Burdman —siempre al servicio de la majestad de turno—, que pronosticaron una derrota, la renuncia del dirigente petista a competir en el ballotage, los límites políticos del lulismo o sombríos pronósticos de una sociedad derechizada.

 

 

Por último, durante la cena en la fundación libertaria, el Presidente insultó nuevamente e incitó a “quemar en la hoguera” a los periodistas que habían investigado la “estafa de la cripto Libra”, recurriendo a una cita incorrecta de Adam Smith, lo cual fue casi tomado como un episodio más en el anecdotario presidencial.

El falso doctor, con problemas con las matemáticas y las estadísticas, que plagió libros y que es el mayor representante de la casta argentina que lo aplaudía a rabiar —con honrosas excepciones—, ya ha dejado de ser un chiste y una pesadilla para la historia política, social y cultural de la Argentina para pasar a convertirse en una amenaza para nuestra sociedad y para el país. En efecto, Javier Milei ha detonado en estos casi tres años de gobierno las relaciones con los principales aliados estratégicos de la Argentina en América del Sur, como son Brasil y Chile, y con España. El último fragmento de la bomba de racimo, que el gobierno argentino arrojó sobre el cono sur sudamericano, fue la colaboración para facilitar la fuga de Flavio Bolsonaro hacia Estados Unidos.

El autoritarismo y las ilegalidades no se limitan al ámbito externo. Además, se encuentra en proceso de destruir el sistema educativo nacional, el científico-tecnológico y el entramado productivo; sin olvidar sus constantes violaciones a la Constitución nacional, que son ignoradas y/o respaldadas por un complaciente Poder Judicial.

Ya habíamos adelantado en este medio sobre el peligro de otorgarle amplios poderes a personajes al menos problemáticos y habíamos recordado el libro Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt [1], en referencia a la democracia argentina. A esta altura de los tiempos se puede sostener que no han funcionado ni la división de poderes horizontal —el famoso check and balance entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial—, ya que el Congreso aprobó la Ley Bases Nº 27.742 y muchos jueces han renunciado a investigar la corrupción oficialista y a ejercer el control constitucional, ni la división vertical —nacional, federal y municipal—, ya que los gobernadores son cómplices de la aprobación de muchas de estas normas y de la continuidad del Decreto de Necesidad y Urgencia 70/2023. Asimismo, nos hemos preguntado, también en este medio, sobre la aquiescencia de gran parte de la sociedad a toda esta locura.

Por último, si bien la Argentina cuenta con muy pocas burocracias profesionales, las existentes tampoco han sabido poner un freno a las acciones del gobierno.

 

 

Líneas rojas

Una de las lecturas posibles de la cuarta temporada de La diplomática es sobre cuáles son las líneas rojas que los asesores y burócratas de carrera están dispuestos a atravesar para proteger al gobierno.

En este caso, la Presidenta norteamericana en la ficción, Grace Penn, ha sido la responsable de actos encubiertos, claramente de guerra, contra su principal aliado estratégico, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. A raíz de ello, sus asesores y burócratas oscilan entre intentar encauzar una política exterior claramente perjudicial para los intereses estratégicos estadounidenses y sobre cómo y cuándo ponerle fin a esas acciones agresivas y autoritarias. En la serie, la embajadora Kate Wyler recurre a ambas herramientas: intenta asesorar y advertir sobre las consecuencias de los lineamientos de la política exterior hasta que, finalmente, decide desobedecer a la Presidenta. Por su parte, el diplomático de carrera termina optando por recurrir al Canal de Disidencia (Dissent Channel), creado por el Departamento de Estado en 1971 en el contexto de la Guerra de Vietnam (1965-1975), que le permite a la burocracia de carrera plantear críticas internas sin recibir sanciones. Pese a esto último, la Presidenta viola la normativa vigente. Por último, el Vicepresidente Hal Wyler se enfrenta con su esposa debido a su desobediencia a la clara y terminante orden presidencial y le dice, palabras más, palabras menos, que “las quejas son para cuando estás afuera; ahora estoy sentado a la mesa de toma de decisión”.

La filósofa Hannah Arendt analizó este comportamiento en sus libros Eichmann en Jerusalén (1963) [2] y en La vida del espíritu [3], también traducido como La vida de la mente (1978), a partir del concepto de la banalidad del mal. Si bien surgió como una observación periodística durante el juicio de Adolf Eichmann, la autora alemana sostiene que los actos monstruosos no requieren de una motivación maligna o una perversión psicológica profunda, sino que pueden ser el resultado de la pura ausencia de pensamiento y de la sumisión burocrática. En el segundo libro citado es donde presenta el andamiaje teórico del concepto:

  1. La ausencia de pensamiento (thoughtlessness): Entendido, no como falta de inteligencia o estupidez, sino como la incapacidad total de reflexionar de forma autónoma. Los individuos refuerzan sus acciones en base a clichés, frases hechas, códigos burocráticos y reglas impuestas, lo que les impide asimilar la realidad o el sufrimiento ajeno.
  2. El mal superficial vs. el mal radical: Generalmente se asume que el mal profundo tiene una raíz perversa o de una ideología fanática. Sin embargo, Hannah Arendt sostiene que el mal que encarna la burocracia carece de profundidad, no tiene raíces; crece e invade toda la sociedad precisamente porque se propaga a través de la corriente de la irreflexión.
  3. La fractura entre legalidad y moralidad: En los regímenes totalitarios, el andamiaje legal se invierte, en tanto que hacer el mal se convierte en ley y en normalidad. El burócrata banal diluye su responsabilidad ética personal al escudarse en que es un mero eslabón de una maquinaria administrativa compleja.

Por último, en su último libro, publicado póstumamente, la autora se pregunta si el ejercicio de pensar (la facultad de distinguir lo bueno de lo malo) puede ser una condición indispensable para evitar que los hombres hagan el mal. Su conclusión filosófica es que el pensamiento crítico funciona como un antídoto o escudo protector contra el mal. El diálogo interno con uno mismo imposibilita que una persona se convierta en una pieza ciega e irreflexiva del engranaje destructor de un sistema totalitario.

A criterio de Hannah Arendt, Eichmann no era un monstruo demoníaco ni un fanático psicópata, sino un hombre aterradoramente normal, un burócrata plano y gris que solo buscaba progresar en su carrera cumpliendo órdenes eficientemente.

La publicación del libro en 1963 le valió a la autora numerosas críticas. Sin embargo, fue la filósofa e historiadora Bettina Stangneth [4] la que, gracias a la revelación de documentos que habían permanecido ocultos o reservados, como los Argentinien-Papiere, entre otros, sostuvo que Hannah Arendt cayó en la trampa de Adolf Eichmann durante el juicio, al creerse el personaje de "burócrata mediocre y gris" que él mismo diseñó estratégicamente para salvar su vida. Los ejes de la crítica de esta autora son:

  1. No era un burócrata irreflexivo, sino un ideólogo ferviente: las grabaciones en la Argentina revelan a un Eichmann orgulloso del Holocausto, que no mostraba ningún remordimiento y que declaraba abiertamente que su único lamento era no haber terminado con muchos más judíos que tenían planeado exterminar. Por lo tanto, actuaba bajo una convicción antisemita absoluta y no por mera obediencia ciega.
  2. Construcción deliberada de una máscara: Eichmann era un hombre sumamente inteligente y manipulador. Al ser capturado, entendió que presentarse como un monstruo ideológico lo llevaría directo a la horca. En consecuencia, orquestó minuciosamente su papel de simple empleado administrativo que solo organizaba los horarios de los trenes.
  3. Había un pensamiento estructurado detrás del mal: Stangneth expone que los extensos escritos de Eichmann en el exilio reflejan el “sistema filosófico nazi” perfectamente estructurado, coherente y calculado. El mal de Eichmann no brotó de la superficialidad o la vacuidad mental, sino de una profunda y destructiva racionalidad política.
  4. El peligro de exculpar al criminal: catalogar las acciones de Eichmann como “banales” o fruto de un “engranaje burocrático”, a criterio de esta autora, corre el riesgo de diluir su responsabilidad criminal e intelectual directa.

En definitiva, Arendt se equivocó con Eichmann. Este era un convencido como los que bailaban en el balcón de la Casa Rosada el pasado lunes 26 de octubre. Debemos tener presente, entonces, este planteo de Bettina Stangneth para no exculparlos ni política ni judicialmente cuando su tiempo político se acabe.

 

 

Esos hombres grises

Sin embargo, Hannah Arendt no se equivocó conceptualmente; el concepto de la banalidad del mal no se aplicaba a Adolf Eichmann. En efecto, el documental Civiles armados: el “holocausto olvidado”, basado en el libro de Christopher Browning El batallón 101 y la solución final en Polonia, muestra cómo efectivamente seres humanos comunes son capaces de cometer los crímenes más horrendos o permitir que estos ocurran.

Este batallón fue una unidad de Policía del Orden (Ordnungspolizei) integrada por hombres de mediana edad (entre 33 y 48 años), casados y con hijos, que provenían de Hamburgo; una ciudad con una fuerte tradición obrera, comercial y de apoyo a los partidos de izquierda antes del ascenso de Adolf Hitler. Eran alemanes que habían trabajado como estibadores portuarios, mecánicos, artesanos, pequeños comerciantes, vendedores y empleados administrativos, y que, debido a su edad, no habían sido enrolados en las Fuerzas Armadas y habían sido reclutados de manera forzosa para permitir que los policías más jóvenes fueran movilizados al frente de combate.

La mañana del 13 de julio de 1942, en las afueras del pueblo polaco de Józefów, el mayor Wilhelm Trapp los reunió en un bosque en las afueras y les informó que debían juntar a todos los judíos del pueblo, hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, y fusilarlos, luego de separar a aquellos que fueran aptos para el trabajo forzado. Acto seguido, según Browning, les dijo: “Si alguno de los hombres no se siente capaz de cumplir esta tarea, puede dar un paso al frente”. Solamente una docena, sobre un total aproximado de 500, se adelantaron y fueron eximidos de participar del fusilamiento. Como consecuencia, este Batallón terminó siendo responsable de la masacre de 38.000 judíos y de la deportación a campos de concentración de otros 45.000.

En definitiva, la investigación de Christopher Browning validó y complementó la tesis de Arendt:

  1. La aterradora "normalidad" del Batallón 101.
  2. Motivaciones banales para crímenes monstruosos: El autor demostró que estos hombres masacraron a miles de seres humanos debido a que el miedo al aislamiento social dentro de su propio grupo pesaba más que su brújula moral. Además, a no dejar la "carga" a los compañeros (muchos de ellos admitieron que seguían disparando para no parecer débiles o cobardes ante sus pares) y a una obediencia automatizada al orden establecido, adaptándose a la ley vigente sin cuestionarla.
  3. La opción de negarse (y la irreflexión): El mayor Wilhelm Trapp les ofreció explícitamente la opción de dar un paso al frente y no participar en los fusilamientos si sentían que no podían soportarlo, asegurándoles que no sufrirían represalias penales o militares. Esto conecta directamente con la “ausencia de pensamiento” de Arendt: la renuncia voluntaria a la reflexión ética individual frente a un entorno normalizado.

En síntesis, la pregunta inquietante y sin respuesta no es cuántos Eichmann bailan en el balcón, sino cuántos hombres y mujeres grises hay en el Estado argentino.

 

[1] Levitsky, S. & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Buenos Aires: Ariel.
[2] Arendt, H. (2025). Eichmann en Jerusalén. Buenos Aires: Debolsillo.
[3] Arendt, H. (2002). La vida del espíritu. Barcelona: Paidós.
[4] Stangneth, Bettina (2014). Adolf Eichmann. Historia de un asesino de masas. Buenos Aires: Edhasa.

 

 

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