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Lecturas de verano

Hablando en lenguas

Diego Sztulwark

Publicado

en

‘El traductor’, de Salvador Benesdra, un libro maldito que resiste el paso del tiempo

 

                                                             Una buena novela no se puede contar por teléfono.

                                                                                                                Hugo Savino

 

Este texto está dedicado a la princesa Plumero.

Aunque se sigan buscando las lenguas del paraíso (lengua de la filosofía, lengua aria, lengua del Edén), el mundo post-babélico es el de la traducción. Henri Meschonnic ([1]) ha dicho lo suyo sobre las dificultades del oficio. Se suele traducir la lengua más que la obra, aunque es la obra la que crea la lengua. La obra aporta e introduce la violencia inicial que retuerce la lengua, la inviste y la enriquece. La obra es siempre fuga de su propio tiempo. La traducción para Meschonnic es, por lo tanto, un oficio de cara a la modernidad de la obra. Puesto que la modernidad ya no es para él un período específico entre otros, sino la actividad capaz de crear efectos fuera de la contemporaneidad.

El Traductor de Salvador Benesdra funciona en esas coordenadas. Escrita y situada en los inicios de los años 90 —años sin gloria, de desplomes conceptuales y reestructuraciones empresariales, de repliegues cuentapropistas y de retiros voluntarios— retrata, elude y hace saltar —cierto que por medio del delirio— una existencia ensimismada en duros caparazones indispensables para sobrevivir, un achicamiento del campo de batalla a la propia vida. Ricardo Zevi se propone como un testigo resistente y narrador, un izquierdista heterosexual soltero, un judío sefaradí políglota, un empleado de la editorial Tuba (presumiblemente Página/12). Atormentado por la ruina de las referencias morales de la época, que destrozan los supuestos de su oficio —cierto engarce de la vida en la lengua, cierta relación de implicancia, cierta presencia de las rebeliones pasadas en la lengua presente—, se desdobla a sí mismo como experimentador y experimento y decide indagar a fondo —en sí mismo y en las recetas de la new age llenas de ironías— las nuevas mezclas y proporciones de sumisión y libertad que la existencia admite y propicia en medio del vendaval, en un tiempo de reconversiones y ensimismamientos, forzándose a poner en palabras la entera gradación de afectos que componen una vida.

Como si la cumbre del arte de traducir fuera explorar las vías del comunicación entre seres replegados y sensibilidades distanciadas; entre escena visible y procesamiento individual y silencioso; entre aquello que sucede casi sin palabras, solo recubierto de eufemismos empresariales y escritura. Porque traducir es siempre escribir. Al situarse como precursor oscuro, artífice de enlaces entre series aún no conectadas, Zevi se descubrirá en el centro de la tormenta y sin reparo intentará dar un sentido a la materia rebelde de la experiencia, atravesando la demencia, bordeando el suicidio. Delirio y restitución literaria: “Lo que quería era acabar con mi vida. Es decir, conmigo, con la vida que había llevado hasta entonces, con mi persona, con mi identidad. Con las cosas en las que había creído, con los gustos que había tenido. Para que cuando todo acabara de derrumbarse volviera a aparecer esa última compañía infaltable que solo se avergonzaba de mis propias vergüenzas, que solo despreciaba mi propio desprecio de mí mismo, que solo me culpaba por mis sentimientos de culpabilidad, que solo aplaudía como cumbre de todos mis aciertos esa hazaña puramente casual de no haberme pegado un tiro”.

Escucho hablar sobre Benesdra desde hace muchos años. Algunos amigos cercanos a la producción novelística contaban que había sido militante del Partido Obrero, que se suicidó sin ver publicada su novela, que lo echaron de Página/12, que escribió varios artículos en la revista El Porteño y un libro —una fina ironía— de autoayuda. La solapa de la nueva edición de Eterna Cadencia confirma algunos de estos datos. Leí el libro prescindiendo de ellos, relegándolos a un borroso fondo legendario para dedicar atención exclusiva a la novela. Un libro extraordinario. Como repite Hugo Savino cada vez que puede, es imposible contar por teléfono una buena novela. Es buena por lo que escapa a su trama. Y lo que escapa no parece ser esa exigencia musical que muchos le imponen al lenguaje (poética). Tal vez se trate de otra cosa: de un desplazamiento de las visibilidades como potencia más propia del lenguaje. Dejar de decir lo que se ve y mostrar diciendo lo que no se ve. Visibilidades inaccesibles a no ser por medio de la escritura. No retratar la época ni el interior del autor, sino todo aquello de la época de lo que hay que escapar, todo aquello que huye de uno mismo.

 

Salvador Benesdra en su juventud.

 

Ricardo Zevi es un héroe del masoquismo. Su lucidez surge en la medida en que se confronta con el padecimiento propio y ajeno en dosis por momentos ultrajantes. Se trata de crear —por medios literarios— órganos para ver o escuchar la vida. Medios literarios, trabajo de escritura. No autoayuda. Como Gombrowicz, el escritor evalúa la vida en términos de fuerzas, puja y erotismo. Ambos creen indispensable medirse al respecto con Nietzsche, le reclaman el error de postular un superhombre. Un fraude. Sea porque —como cree el polaco— la vida no alcanza la plenitud en su acabamiento (pasaje de la “muerte del hombre” al “superhombre”) sino en su inmadurez, es decir, en la juventud; sea porque —como dice Zevi— aquí el único “superhombre” de Nietzsche que hemos conocido hasta el momento es una burguesía que manda, haciendo que los otros trabajen para ella. A la vida solo se la conoce si se la enfrenta, mediante una lucha en la que es imposible evitar cuotas indisimulables de humillación. Huir de esa imposición ingobernable no enseña, empobrece.

Sólo la rebelión personal y política, la no resignación ante la esterilidad erótica y cultural, permite hacer el recorrido. Acabará siendo un marido que corona su amor en la paternidad, pero no llegará al amor de Romina —una misionera adventista salteña a la que conoce en un café— sin una odisea de pastores, putas y clientes donde la propia Romina llega a prostituirse por él luego de maratónicas jornadas para vencer su frigidez en su departamento de Congreso (el Periscopio); acabará comprando un taxi, una vez despedido de esa empresa “bucanera” progre, único destino para los intelectuales que no quieren rajar del país, no sin antes convertirse en un activista sindical y de practicar todo tipo de piruetas tácticas en asambleas gremiales, en discusiones con las diferentes corrientes de la izquierda y de la burocracia sindical. Acabará su traducción del libro de Brockner, un teórico conservador alemán que razona la alianza entre nacionalismo de derecha y neoliberalismo con perturbadora solvencia (sostiene, por ejemplo, que Lacan introduce el principio de jerarquía entre los anarco-maoístas franceses, y recupera así el psicoanálisis para el control piramidal del deseo); no sin antes repasar la crisis del pensamiento contemporáneo expresado en el lenguaje alambicado de ese fraude que es, para él, el “estructuralismo” francés.

No se es capaz de acción sin afrontar un dilema, un nudo nada fácil de desatar pues cada hebra de ese hilo remite a sutiles disquisiciones históricas, introspecciones pasionales, recorridos por los barrios de la ciudad, indagaciones prostibularias (¿Por qué las putas se prohíben gozar con sus clientes? ¿Para no apropiarse de ellos?); desquiciados exámenes sobre cada uno de los trozos de personalidad que componen su propia identidad, tales como las diferencias entre un trotskista (profetas racionalistas), un stalinista (pragmático ideologista), un maoísta (poeta-sentimentalista); o entre un judío ashkenazi y uno proveniente del Sefarad, como el caso del propio Zevi que en el borde extraviado de la sensatez —y antes de ser internado provisoriamente en el hospital Borda— siente el llamado místico de su apellido, Shabetai Tzvi, célebre Mesías sefaradí que durante el siglo XVII desestabilizó las juderías occidentales con una movilización nunca vista en pos de la próxima liberación. En su intento de responder al llamado, erra su destino al intentar conquistar a un califa musulmán que pierde la paciencia y lo obliga a elegir entre su propia conversión pública a la fe de Mahoma o la muerte. El Mesías le pedía que ejerciera la traducción a fondo, es decir, como un acto de recomposición de todo lo que ante sus ojos se desgarraba: sumergirse en las reglas de pasaje y conversión, en los “códigos capaces de traducir el odio de un lenguaje a otro, el amor de un sentido a otro, la visión de un polo a otro, el orgullo del de abajo en los términos del patrón, el deseo del amo en las fórmulas del esclavo, el colectivismo de los individualistas en el individualismo de los comunistas, el derecho de sangre europeo en las fórmulas americanas del linaje por inmigración”.

Con enorme carga irónica, El traductor es la historia de una resurrección a través de la búsqueda del placer personal y de una moral provisoria, en medio del trastorno mayor que supone el desplome del mundo bipolar (encrucijada que Oriente no llegó a pensar jamás, ¡la liquidación de uno de los polos que ordenan el equilibro del mundo, del yin o del yang!), la implosión gorvachoviana y el giro yeltsiniano-thatcheriano-menemista. Es decir, el fin del período del Gran Miedo —para la burguesía—, los 120 años que van de la Comuna de París a la caída de la URSS. ¿Qué hacer en esas condiciones sino fantasear un nuevo y desmesurado ejercicio de traducción entre religiones, sabidurías y concepciones? ¿Cómo no soñar con todo en tendidos de puentes y transiciones que dibujen algún principio común que pueda decirse en diferentes lenguas, un “poliglotismo de las ideas” más que de los idiomas?

Sobre el final algo se ha aclarado para Zevi: sea en el amor o en las relaciones sociales, ámbitos en los que no ha dejado de chocar con las barreras refractarias que el mundo le ha impuesto, se trata de asimilar lo que se juega entre el sometimiento admirativo y el dominio irrestricto del otro; de tener una relación positiva y no extorsiva con los propios ideales, abriendo el juego a las pasiones en el instante deliberativo sobre sus actos; de asumir el riesgo de habitar un universo en el que la crueldad y la pornografía desempeñan un papel central en el juego de la libertad y la sumisión, que debe ser practicado en el mundo privado puesto que solo allí amo y esclavo son roles reversibles y no en el mundo de lo público que se dispone invariablemente al servicio del patrón (jerarquías duras, irreversibles). La lección que Zevi desea compartir, agradecido por que al fin ha logrado superar aquellas barreras mortificantes, es la de la desconfianza y la vergüenza: “Cuando interrogo a esos últimos años que pasé en el Periscopio no lo hago debido a un sentimiento de culpabilidad, sino más bien por el interés pedestremente egoísta de saber quién soy”, lo que incluye saber “cuánto de maldad es indispensable si uno no quiere dejar de ser bueno cuando ya ha agotado los recursos obvios para serlo, cualquiera sea el significado que uno quiera atribuirle a la palabra ‘bueno’”. Unas relaciones capaces de tomar consistencia “sobre el abismo de una posible traición me parece incluso ahora infinitamente más creativa y fructífera que cualquier interacción desarrollada sobre el único registro del amor”.

[1] Henri Meschonnic, Para salir de lo posmoderno, Editorial Cactus y Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2017.

 

  • La ilustración central es una obra de Paul Benney que se llama ‘The Cardinals’

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