NADA ES PARA SIEMPRE

Tres cuentos de Mónica Müller exploran con honda algarabía aquello de lo que nadie puede escapar

 

Desde hace varias centurias —más de doscientas— la promesa de la eternidad, lo imperecedero, perenne, esa onda, tiene rating; garpa. Contrarresta al parecer ciertos prejuicios negatorios, propios de la condición propia de los propios mortales. Por más que se cante que todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina; aparece Hollywood con un happy end dotado de cámara al cielo soleado y los títulos. En su defecto, algún monoteísmo también aporta visión celestial, sin cámara. Quien, habiendo tomado nota de que en algún momento la luz se apaga y chau, no cesa de intentar vivir la vida como puede, será tachado de melancólico por lo primero y acusado de iluso por lo segundo; sin prurito alguno por la contradicción.

Con un extenso y multifacético historial por impedir amedrentarse con tales banalidades, Mónica Müller presenta en su reciente libro tres tesis sobre el par oposicional finitud/ilusión. Publicista exitosa en retiro efectivo, médica practicante, escritora multigénero, artista plástica tapada, poseedora de un bagaje cultural sólido y tan extenso como su recorrido por la diversidad de los discursos sociales, jamás precisa de hacer ostentación. Por el contrario, despliega una producción en tanto valor de uso, sin pretensión de mercancía. Con tres cuentos plasmados en la más elegante prosa, evita inmiscuirse en retorcidas disquisiciones, tan lejanas de sus motivaciones como estériles a sus propósitos. Como su nombre lo subraya sin que no haya lugar a confusiones, Nada es para siempre muestra y demuestra en tres historias embebidas de aparente cotidianidad esa ambigüedad que late entre el principio y el fin de todas las cosas, dentro las cuales conviven animosamente lo entrañable, lo inevitable, la dicha y el dolor. Filigranas parcialmente anticipadas tiempo atrás en El Cohete a la Luna.

 

 

La autora, Mónica Müller.

 

 

Una ironía cómplice, sazonada con cinismo griego, disuelve banalidad y tragedia en la atmósfera amable de una crónica, lubricada con gotas de frivolidad a fin de dejar correr la verdad por sobre los escollos de la mediocridad y el caretaje. En una primera persona que puede aludir a la autora sin encerrarla, la maternal adopción de un pajarito caído del nido (Mamá pájara)o la irrupción de la anatomía real a través de un cacho de cuerpo aullador (La rodilla que habló) son dos de los marcos narrativos que sirven a la autora para explayarse sobre un universo que nunca cesa de enrollar y desenrollar continuidades y discontinuidades. La tercera coordenada en ídem persona, desaloja a la escritora del protagónico (Dice mi amiga mientras fuma) en la vía de embutir historias diversas para trazar el arco que confluye en el desamor y zafa cuando, otra vez, se vuelve a levantar tras la caída.

En cada historia, Müller impone el espíritu sistemático propio de la ciencia para echarle el guante a alguna teoría, propia o ajena, siempre desopilante, destinada a incursionar en asuntos que le importan, por más que sean distantes de lo que alude. En Mamá pájara —sobre un hecho real, matizado— coincide con el etólogo Frans de Waal (Países Bajos, 1948) a fin de sostener cómo “las personas tendemos a pensar que las aves son menos inteligentes que los monos o los perros porque somos irremediablemente mamiferocéntricos. Como creemos que la medida de todo es nuestra propia especie, no comprendemos a los seres biológicamente diferentes, lo que no es extraño si pensamos que muchas personas ni siquiera registran los sentimientos de otra si no tienen el tono de piel, las costumbres o una historia en común con ella”. Conclusión que redondea la exposición vivencial de las pruebas, tras haber atravesado toda la ristra de sensaciones obtenidas en la crianza de un pichón que madura hasta volar, con todas las instancias escatológicas correspondientes, de las enternecedoras a las repugnantes.

En La rodilla que habló la autora ensaya un por demás convincente animismo anatómico, por cierto emancipador de las corrientes psicosomatizantes. A raíz de una dolorosísima dolencia autoinmune, arrulla la idea de que “las rodillas tienen mejor memoria que los cerebros”. Conclusión a la que arriba tras un tan ingente como frustrante turismo intrahospitalario que le lleva a pensar: “No diría que mi rodilla y yo hemos aprendido algo ni que es imposible que algo parecido vuelva a ocurrir, pero estamos contentas de estar vivas y juntas, ni artríticas ni necrosadas ni apolilladas. Aunque somos definitivamente escépticas ante todas las promesas, sabemos que un día nos vamos a curar, quizás cuando yo deje de lamentar lo irremediable y ella deje de cargar con el peso de todo lo perdido”.

Con hechos tan contundentes como los que grafican las situaciones anteriores, la teoría fraterna que la autora adopta en Dice mi amiga mientras fuma, apunta a “la traición como mandato genético” en los varones a partir de los sesenta años. Tendencia adjudicada al cromosoma Y portado en “un gen no descripto”, capaz de descerrajar “síntomas ostensibles como blandura generalizada, presbicia y calvicie, y otros descalabres invisibles como hipertensión y prostatitis”. Tales observables avanzan “a medida que el ángulo superior del pene en erección deja de ser agudo y supera los 90 grados, ese gen reprimido comienza a activarse y transforma a los varones heterosexuales en seres patéticos propensos a obsesionarse con mujeres dos o tres décadas más jóvenes que ellos”. Aportadas con anterioridad las contundentes pruebas fácticas, las somete a la contrastación de rigor con la suma de experiencias ofrendadas con beneplácito con la muestra representativa brindada por el grupo etáreo de amigas.

En una extensión histórico-sociológica del núcleo teórico anterior, Müller consigna la evolución del fenómeno. Sostiene la amiga que “hasta la década del ’50 los maridos que tenían cierto poder adquisitivo les regalaban a sus amantes una vida cómoda en un departamento discreto; en los años ’60 les montaban un negocio o les conseguían un empleo bien remunerado para que se pagaran los gastos y desde los ’90 las arreglan presentándoles contactos interesantes, o bien ubicándolas en puestos poco o nada rentables pero convenientes para su posición social o lucimiento personal”.

Literatura ideal para la panzada rauda y amable, las historias de Nada es para siempre asimismo se prestan a la voluntad exploratoria de quien anhele inmiscuirse en las sucesivas profundidades estratigráficas de la condición humana. Le acompañará una escritura sin condescendencias, trabajada al detalle, capaz de sostener un frenético ritmo alegre, aún en la crudeza que la existencia impone. Ese envoltorio chacotero guarda verdades enredadas que, apenas al correr de la palabras, las desanuda; relata situaciones que exceden la anécdota, despeja el optimismo suicida, se imbrica en una actualidad argenta reconocible, manifiesta sin tapujos un potente compromiso entre las ideas y las acciones, es más Mónica Müller que nunca.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Nada es para siempre

Mónica Müller

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

148 páginas

 

 

 

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