Por la dolarización hacia el Protectorado

Se apunta a resignar autonomía y rifar salarios y recursos naturales

 

Desde su asunción, el gobierno nacional avanzó resueltamente en vincular la economía argentina en forma directa con el comportamiento de los mercados internacionales, eliminando cualquier brecha existente entre los precios internos y los globales: desregulación completa del mercado cambiario, tanto en cuanto al flujo de divisas como en las posibilidades de atesoramiento; reducción de los derechos de exportaciones; libertad absoluta para vender productos alimenticios masivos como el trigo y la carne en el exterior;  fijación de tarifas de servicios públicos en dólares; apertura comercial y financiera; blanqueo de capitales sin obligación de ingreso de los mismos al país y hasta un tema que ha pasado desapercibido, que fue el intento por parte del Banco Central de generalizar la circulación del dólar como moneda transaccional, a partir de habilitar su compra-venta sin restricciones en cualquier comercio.

Este shock de pases sin escalas de una economía protegida a otra desregulada y sometida a la volatilidad del mundo, fue acompañado por un aumento del tipo de cambio del 150%, 100% de inflación acumulada y una absorción de pesos en activos financieros a tasas inusualmente altas. Este sendero tiende a desmonetizar en forma paulatina la economía argentina. La totalidad de pesos existentes en el país, tanto circulantes como depositados en el sistema financiero, suelen ubicarse en períodos de relativa estabilidad macroeconómica en torno al 30% del Producto Bruto Interno. Este indicador es el coeficiente de monetización de la economía.

Las estimaciones para 2018 dan una caída de la relación pesos/tamaño de la economía de cinco puntos del PBI, ubicándolo en torno al 25%. En los últimos cuarenta años, el país se vio sacudido por recurrentes crisis provocadas por su sector externo, derivadas de la insustentabilidad que supone pretender que funcione con un déficit permanente en su cuenta corriente resultante de la apertura importadora y el giro de intereses y dividendos al exterior. Sólo sostiene este andamiaje una cuenta capital superavitaria centrada en el ingreso de préstamos contraídos por el sector público y capitales especulativos de corto plazo, atraídos por una alta tasa de interés interna. Estas crisis detonaron en 1981-1982, 1989-1990, 1994-1995 y 2001-2002. En todos los casos, la fuga de capitales y el desborde inflacionario que seguía a una mega devaluación terminaron golpeando al peso como reserva de valor y consolidando una economía bimonetaria. Nuestra moneda nacional reúne solo dos atributos de los tres que debe tener una divisa: es unidad de cuenta y medio de pago, pero de ninguna manera reserva de valor. El peso es una moneda transaccional, mientras que el dólar se erige como la moneda de ahorro.

En el presente escenario, posible estadio previo a una crisis como las reseñadas, es factible que lo siguiente a la mega devaluación que provoca la salida de capitales no lo constituya la posibilidad de una recuperación asentada en la potencia interna del país, como ocurre inmediatamente después de desvincular la economía nacional de las ataduras internacionales, sino que se intente consolidar un esquema de precios relativos en contra de los ingresos populares de forma permanente, suprimiendo con carácter definitivo al peso como moneda transaccional.

Estas salidas se adoptaron en la Unión Europea “euroizada”, en Ecuador y en Panamá. El dato que la historia económica arroja es que ningún país que haya abandonado su moneda nacional ha vuelto a ella.

Las perspectivas de una dolarización del país como resolución de la presente crisis, alternativa que fue planteada con énfasis en el crack 2001-2002, cuenta con algunos puntos muy favorables en el plano interno y con un escenario negativo en el contexto mundial.

Desde el punto de vista técnico, convertir a dólares la totalidad de los pesos existentes en la Argentina en el presente sería a una paridad de $52 por dólar, con aumento previo del tipo de cambio del 108% respecto de la cotización vigente en el presente ($25 por dólar). Si bien la distancia parece mucha, no está de más recordar que, antes de la instalación del Régimen de Convertibilidad en abril de 1991, el peso se devaluó un 50% en un solo día y el esquema contó con un refuerzo de reservas internacionales brindado por organismos multilaterales.

Quiere decir que un apoyo del Fondo Monetario Internacional acompañado de otros financistas multilaterales (el BID y la CAF, entre otros) que reuniera una masa crítica de U$S 20.000 millones para engrosar el presente nivel de reservas del BCRA, monto próximo a la actual negociación, junto a una devaluación del peso cercana al 30%, ubicaría al tipo de cambio en $32 por dólar, que, con el aumento de reservas, alcanzaría la paridad de dolarización de todos los pesos existentes.

La disposición de 20.000 millones de dólares de asistencia multilateral, combinada con una devaluación del 30% del peso, en el marco de un colapso cambiario y financiero como los que Argentina ha vivido, no parecen ser un salvataje inviable.

Las consecuencias de una resolución de estas características serían la consolidación de un esquema de precios resultante de la crisis que deterioraría esencialmente las únicas variables de la economía argentina que permanecen tenazmente pesificadas: el salario y las jubilaciones. Después de una turbulencia grave, la sociedad tendería a ver con alivio un horizonte de estabilidad perenne, legitimación parecida a la que alcanzó el Régimen de Convertibilidad después de la catástrofe hiperinflacionaria de 1989-1990.

Se agrega otro elemento favorable a este planteo, que es la existencia de U$S 123.000 millones fugados del país y hoy exteriorizados, que conforman un 23% del PBI argentino. De estos, U$S 100.000 millones permanecen aún fuera de las fronteras. Esa enorme masa de recursos blanqueada podría fluir y refluir de la economía argentina con absoluta libertad, capturando ganancias, sin riesgo devaluatorio si la moneda única de circulación fuera el dólar.

Nunca hubo una oferta de activos de casi una cuarta parte del PBI, producto de la fuga de crisis anteriores, en condiciones jurídicas de entrar y salir del país sin cambiar de moneda y en un mercado completamente desregulado. La dolarización eliminaría el incómodo procedimiento de entregar los dólares al BCRA y recibir pesos a cambio.

Las restricciones con que tropieza este planteo radican en que la actual política de Estados Unidos de fortalecer el dólar absorbiendo la liquidez internacional no parece conjugar con un esquema que requiere un flujo de capitales positivo durante un tiempo largo para sostener desequilibrios que ya no podrían ser corregidos por la vía de una devaluación. Los países que adoptaron el euro recibieron, inicialmente, para seducir la decisión de abandonar su moneda nacional, un fuerte apoyo de Alemania y la promesa de corregir las asimetrías económicas sin traumatismos, hecho que después de la crisis del 2008 no fue cumplido.

Como se reseña en los párrafos previos, la dolarización en la Argentina es viable técnicamente en el inicio, pero su consolidación depende de un flujo de capitales positivo que evite desequilibrios macroeconómicos a mediano plazo.

Para una economía de tamaño medio como la Argentina, número 25 de importancia en el ranking de los países del orbe, abandonar la moneda constituiría una pérdida grave de autonomía en un mundo surcado por las guerras y los conflictos comerciales, donde la disputa final son los recursos naturales y los puestos de trabajo que cada país pueda conservar. La desaparición del peso implicaría eliminar una defensa contra los vaivenes de ese mundo tan agresivo. Se resignaría la capacidad de utilizar medios de pago para promover actividad interna y apuntalar aquellos circuitos económicos que no tienen por qué estar transnacionalizados y que, precisamente, son los que mayor empleo y actividad generan. La dolarización se implantaría con un mazazo a los ingresos populares y, a la vez, se le quitaría al Estado las herramientas para revertirlo. La democracia argentina correría la suerte de los países menos desarrollados de Europa, cuyo caso emblemático es Grecia, inmersos en una lógica de permanente ajuste porque, gane quien gane, el comportamiento de la economía depende de factores exógenos. En definitiva, una economía de tamaño medio sin moneda se asemejaría mucho a los protectorados del siglo XIX.

 

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