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Correcciones políticas o políticas de confrontación

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Una invitación política a resignarnos a lo que nos toca

 

El institucionalismo radical se completa con el correccionalismo macrista. Llamaré correccionalismo a la primacía de los significantes sobre los significados, el predominio de las formas sobre las demandas. El macrismo ha hecho de las correcciones la manera de estar en la política. La incorrección política impugna los reclamos de los manifestantes, por más legítimas que sean sus peticiones. Lo importante no es qué se dice, sino cómo se dice.

El macrismo reeditó el viejo dilema civilización o barbarie. El precio de la civilización es la renuncia a la protesta callejera y a las discusiones trasnochadas. Una civilización acotada a los debates ordenados en los recintos parlamentarios.

“Ordenados”, porque también los legisladores tendrán que resignar el folklore de las retóricas parlamentarias: deberán ser decorosos, aprender a levantar la mano y guardar los buenos modales. Si Lisandro de la Torre viviera habría sido denunciado en la justicia por “violento”,  es decir, por hablar en voz alta, gritar y hacer aspavientos con sus brazos. Como dijo Rousseau —jactándose de las celebridades civilizadas—: “La buena educación exige, el decoro ordena”. Lo importante no es ser, sino parecer.

Vaya por caso la compostura cínica que guarda el jefe de gabinete, Marcos Peña Braun, en sus conferencias de prensa y en sus periódicas visitas al Congreso; las réplicas armonizadas de Nicolás Massot en el parlamento; o las recriminaciones comprensivas de la gobernadora María Eugenia Vidal a los maestros y guardavidas. El macrismo reta a sus interlocutores por sus incorrecciones políticas, y cuando lo hace pretende descalificarlos, dejarlos afuera de la arena política.

Dije acotado, además, porque el macrismo pierde de vista que la democracia no empieza ni termina en el sufragio electoral, sino que se prolonga y completa con la protesta social. Los debates parlamentarios necesitan de los debates callejeros, discusiones que suelen ser apasionadas y, a veces, muy apasionadas.

Como señaló el jurista norteamericano Owen Fiss en su libro Democracia y disenso, las políticas de confrontación, como los piquetes, las movilizaciones callejeras, las pintadas, etc., “son un suplemento útil del proceso electoral”, prácticas colectivas necesarias para registrar las intensidades en la formación de la voluntad colectiva. Si a través de las elecciones se puede medir la extensión de una adhesión, con la protesta se registra la intensidad.

Cada persona vale un voto, pero no todos están diciendo lo mismo cuando votan. Hay matices y diferencias que no son relevadas en las elecciones, pero pueden ser captadas por la protesta social. Por eso los ciudadanos a veces necesitan ser excéntricos, sea para para manifestar las prioridades, para expresar sus puntos de vista sobre cuestiones en particular que no fueron abordadas durante las elecciones, pero también para dar cuenta de su rechazo. La protesta, agrega Fiss, no sólo “permite que los ciudadanos puedan sacar temas de importancia pública durante el ínterin, ya sea como respuesta ante un cambio o un giro en las políticas públicas, o como una manera de mantener viva la controversia entre elección y elección”.

Sabemos que para decidir entre todos y todas cómo queremos vivir, necesitamos debates desinhibidos, abiertos y —también— vigorosos. Si con el institucionalismo se pretende acotar la democracia a la lógica de la representación, con el correccionalismo se busca filtrar la potencia de la participación. No sólo se quiere desautorizar la participación sino demonizarla, denunciarla como violenta y antidemocrática. Porque todo aquel que no guarde las correcciones políticas será perseguido, gaseado, baleado y denunciado penalmente.

Ser políticamente correcto, entonces, además de ser canchero, tener onda, pensar en positivo —como aconseja el coach Alejandro Rozitchner—, implica levantarle el banderín de fuera de juego a todos aquellos que no guardan las formas y corren en posición adelantada. El macrismo confunde la moral con la política para censurar las intensidades democráticas. El correccionalismo es una invitación a la resignación, a aceptar con sufrimiento lo que en suerte nos toca.

 

Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la UNQ. Miembro del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica. Autor de Temor y control y La máquina de la inseguridad.

2 Comentarios

2 Comments

  1. Mario

    15 enero, 2018 en 12:40 pm

    El comentario de Jorge completa el análisis de Alzueta en un punto importantisimo. Tanto el Correccionalismo como el Institucionalismo, si bien existen y se tratan de imponer a la sociedad no son mas que imposturas. Fingen creer en tales maneras para imponerlas a otros, no a si mismos. Si conviene si, si no, no.
    En el fondo, y esto va por mi cuenta, se trata de un aspecto mas de la contra revolución francesa. En estos primeros tramos no comprendemos su sentido y apenas nos referimos a “doble vara” (en política, medios y Poder Judicial), cuando se trata de un gran esfuerzo para quitar el principio de igualdad. Yo puedo (pecular, nombrar parientes, violar la ley, agraviar, encarcelar, cobrar coimas) Tu no. Como antes de la revolución francesa. El nuevo pasaporte de nobleza es “plata de antes”, no mucho antes, hijo de nuevo rico vale también (hola Triaca), bananero al fin.

  2. Jorge

    14 enero, 2018 en 10:44 am

    Excelentes reflexiones. Por suerte para nosotros, varias de las principales figuras del grupo empresario en ejercicio del Poder Ejecutivo, a veces también sucumben a La pérdida de las formas correctas, como Marquitos Pena Braun, Mazzot, etc.

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