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Opinión

Genocidio y desaparición: ayer y hoy

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Un crimen contra la humanidad que se ha prolongado ya durante demasiado tiempo

 

Luego de la entrega de un doctorado honoris causa a Vera Jarach, Estela Carlotto y la madre mexicana Yolanda Mora, el ex diplomático italiano Enrico Calamai inauguró el año lectivo en la Universidad de Milán con esta conferencia magistral. Durante la dictadura argentina, Calamai ayudó a salvarse y fugar a muchos perseguidos. Ahora milita en ayuda de los refugiados que intentan llegar a las costas europeas.

 

Se dice que en los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, al enterarse por los servicios de información de la Solución Final iniciada por los nazis, Churchill exclamó: “Es un crimen sin nombre”. Hubo que esperar hasta 1944 para que el abogado polaco exiliado en los Estados Unidos Raphael Lemkin, quien había estudiado durante mucho tiempo la matanza de los armenios, formulara el término genocidio. Esta palabra significa la eliminación, o el intento de eliminación, de la totalidad de los miembros de una colectividad humana, incluidos ancianos y niños, por la única culpa de pertenecer al grupo elegido, independientemente de sus acciones.

El fenómeno existió desde la antigüedad, pero verbalizarlo representó un importante paso adelante en el intento de prohibirlo en la comunidad internacional. De hecho, en 1948 se aprobó la Convención contra el Genocidio, que lo condena como crimen internacional.

En cualquier caso, es necesario tener en cuenta la existencia de algo similar a una estructura cuadrangular subyacente tanto a la Solución Final como a lo sucedido en la Argentina. Primero, la existencia en el cuerpo social de una minoría, con la que la mayoría no se identificó: en el caso de los judíos, un pueblo que no se había doblegado al poder ideológico y político del cristianismo; en el caso argentino, la generosa juventud de la época, políticamente comprometida. En segundo lugar, el secreto con el que se estudiaron, aprobaron y pusieron en práctica la Solución Final y la estrategia de la desaparición. En tercer lugar, la enormidad de lo planeado, que dificultó su comprensión. Por último, pero no menos importante, el papel de los medios de comunicación, o más precisamente el silencio o la desinformación sistemática, que hizo posible la falta de conciencia de la opinión pública, el aislamiento o la eliminación de la credibilidad de cualquiera que tratara de crear conciencia.

 

Enrico Calamai, durante la conferencia en Milán.

 

El día del golpe se dijo que el Ejército argentino había hecho el milagro de tomar el poder sin derramamiento de sangre. Periodistas y camarógrafos acudieron en masa a Buenos Aires y se marcharon convencidos de que salían de una ciudad tranquila, donde todo estaba bien.

Llevó un largo tiempo antes de que se entendiera lo que estaban haciendo los militares argentinos, ya que en un sistema mediático mundial ahora en su mayoría iconográfico o televisivo, se supone que todo lo que sucede está representado y lo que no está representado no sucede. No se veían los muertos y, por lo tanto, no existían.

Frente a un peligro que puede afectar a todos, la solidaridad es menor. La sociedad se derrumba, se quiebra, se atomiza. La arrogancia del poder hizo emerger a las Madres, la nueva Antígona colectiva, cada una comprometida con todos los jóvenes desaparecidos en lo que terminó por convertirse en una política que tiene como pilares la memoria social, la verdad y la justicia.

Lo que los militares argentinos consiguieron con el silencio cómplice de los Estados, saldrá a la superficie después de la caída de la dictadura. La joven democracia argentina, junto con el gobierno francés, propondrá en las Naciones Unidas lo que luego se convertirá en la Convención internacional contra la desaparición forzada de personas. Pero a pesar de estar prohibida, la desaparición seguirá resurgiendo donde y cuando los que están en el poder crean que hay condiciones favorables.

Sin tener en cuenta las zonas de guerra real, como fue durante años Colombia y ahora es Siria, hay informes de casos de desaparición en Hong Kong y China, Chechenia, Turquía y Egipto. Y México es el caso emblemático de un país de América Latina donde la tragedia argentina parece repetirse hoy, como nos recuerda la tragedia del hijo de Yolanda Morán, desaparecido en 2008, y, entre muchos otros, de los estudiantes de Ayotzinapa. Una vez más, al igual que Vera, como Estela, como las madres y las familias de los desaparecidos argentinos, la lucha de Yolanda y las asociaciones que ha creado y dirige surgen del conocimiento directo del dolor y de la capacidad de darle significado transformándolo en una lucha política, no por su caso individual, sino en nombre de todas las víctimas y para poner fin a una tragedia cuyas responsabilidades últimas se encuentran en el plano político.

La Universidad de Milán ha reconocido la estatura gigantesca de defensoras de los Derechos Humanos como Estela Carlotto, Vera Vigevani y Yolanda Morán, que fueron capaces de oponerse a la brutalidad del poder, resistir pacíficamente pero con toda la fuerza, coraje e inteligencia.

Pero no podemos engañarnos con que estas tragedias son parte del pasado o solo están planificadas en áreas no europeas. Desde la década de 2000, a la par del terrorismo, la proliferación nuclear y la guerra cibernética, los países de la Unión Europea y de la OTAN han incluido en la lista de los peligros la llegada masiva de inmigrantes y solicitantes de asilo. Bien visto, nos enfrentamos a reacciones violentas que sólo pueden tener lugar en un contexto neoliberal de reducción drástica y constante del gasto público. Sería suficiente cambiar las políticas presupuestarias para amortiguar esas reacciones e impedir de raíz cualquier guerra entre pobres.

Pero los países de la Unión Europea y la OTAN intentan resolver el problema empujándolos hacia el sur y sancionando prohibiciones legislativas.

Sabemos, porque está bien documentado, lo que está sucediendo en Libia y lo que ocurrió en Sudán del Sur. Se está estableciendo un sistema de campos de concentración, dispersos pero en respuesta a un plan único, a través de la vasta cuenca africana y medioriental, donde las masacres, las torturas y otros tratos inhumanos y degradantes, la esclavitud, la extirpación de órganos y las ejecuciones han estado durante mucho tiempo a la orden del día y podrían convertirse en el sistema eliminatorio más perfeccionado en la historia de la humanidad, síntoma de una inmensa tragedia humanitaria causada río arriba.

Es muy poco probable que un barco pueda escapar de los constantes controles cruzados de aviones, drones, satélites, helicópteros, sofisticados equipos de radar, etc., y lo mismo ocurre con los grupos que se aventuran en el cruce del desierto con la esperanza de llegar al Mediterráneo. También hay evidencias de que se les permite recorrer su calvario hasta el final, como parte de una estrategia de disuasión para reducir al mínimo su número, dada la imposibilidad de erradicar el fenómeno del todo. No faltan testimonios sobre omisiones de asistencia muy graves que sin duda constituyen un delito internacional.

Siguen tratando de llegar allí, huyendo de dictaduras, terrorismo, catástrofes ecológicas, hambrunas, pobreza extrema y crisis provocadas con demasiada frecuencia por nosotros mismos, porque no tienen alternativa. Son empujados cada vez más allá hasta que su tragedia deviene imperceptible. El sistema de medios bombardea con la imagen de un niño ahogado en una playa de Turquía, pero una semana más tarde ignora el naufragio de un barco con al menos cuatro niños a bordo. En la sociedad del entretenimiento, lo que no se muestra no existe. Por eso también se intenta deslegitimar a las ONG que ayudan a los barcos en peligro de naufragio, para que la masacre pueda avanzar sin obstáculos y sin testigos inconvenientes.

Se trata de los desaparecidos de la Europa opulenta del nuevo milenio, y la referencia no es retórica ni polémica, es técnica y fáctica porque la desaparición es una modalidad del extermino masivo.

En lo que está sucediendo hay algo que entra dentro de la categoría de lo intolerable del derecho injusto, según la fórmula desarrollada por el jurista alemán Radbruch al final de la Segunda Guerra Mundial.

Estamos una vez más ante un crimen sin nombre, pero el creciente número de muertes, alrededor de 30.000 al comenzar el siglo, muestra, en mi opinión, que es un crimen contra la humanidad que se ha prolongado ya demasiado tiempo.

Tengo la esperanza de que la Universidad de Milán y el mundo académico en general profundicen, incluso desde un punto de vista jurídico, los complejos problemas que he tratado de dibujar, y provean a los estudiantes las herramientas esenciales para comprender y tomar posición.

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