Con la soga al cuello

Historias de laburantes que se esmeran en sobrevivir a los aumentos de precios

 

–No me siento pobre. Cuando prendo el noticiero, directamente me siento indigente.

Isabel Polo tiene 41 años y vive junto a su esposo y su hija de seis años en un barrio de Ezpeleta, en el Conurbano bonaerense. Dice que todas las semanas se sienta en el comedor y hace cuentas. En el último tiempo se acostumbró a tachar: lo que ya no puede comprar, lo que debe postergar, lo que resulta imposible de saldar.

Lo último que pensó fue en el servicio de cable, que en un año le aumentó de 1.600 a 2.900 pesos. “Nos hemos acostumbrado a vivir con lo justo. Evitar contraer deudas ya es un milagro. Y de salidas y gustos, poco y nada, apenas si podemos pedir una pizza”, cuenta Isabel, que es hermana de Daniel Polo, uno de los 44 submarinistas fallecidos en el hundimiento del ARA San Juan.

–¿En qué cosas lo sienten más? –preguntó El Cohete a la Luna.

–En los alimentos, donde se encareció lo que necesita un niño para crecer: leche, quesos, carne. Todo se fue por las nubes. Si no vamos a un mayorista y compramos en cantidad, no nos alcanza para nada. Tratamos de ir después de principio de mes porque últimamente se llena de gente y se nos pierde el día. La diferencia es total. Te pongo un ejemplo: ahí un postre sale 45 pesos promedio llevando tres unidades o más, y en el súper del barrio está 90 o 100 pesos. Así pasa también con los productos de higiene y limpieza. En el encierro se produce una mayor ansiedad y se come más.

–¿Cómo es eso?

–Antes por lo menos estabas más afuera, te distraías. Al estar más adentro se picotea, no se puede gambetear la comida. Y la ropa, los servicios y las zapatillas también subieron de golpe. Además del mayorista, vamos a comprar directo a frigoríficos y al mercado de frutos, es más tiempo y es engorroso, se gasta en nafta, pero no queda otra. A veces me largo a llorar cuando veo que para no ser pobres se necesita más de 90.000 pesos por familia tipo.

–¿Y de qué forma se las rebuscan?

–¡No llegamos ni de cerca a ese monto! Mi marido tiene un trabajo estable, en blanco, pero no gana más de 40.000 pesos. Yo trato de hacer artesanías, de vender mates, de hacer repostería. Pero hoy nadie compra regalos salvo para días especiales, como las pascuas o ahora el día del padre. Trato de vender por Facebook o grupos de WhatsApp. La gente se permite un regalo si puede darle un uso pero prioriza comprar comida por necesidad. En los consumos debemos postergar lo que queremos y ver si llegamos con las cosas básicas. Un par de zapatillas buenas sale entre 7 y 10.000, es un espanto. Estoy atenta a las ofertas, el otro día le compré un talle más grande a mi nena, ¡total en algún momento va a crecer!

Isabel y su familia representan la realidad que se respira –con la soga al cuello– en los barrios populares: a la deteriorada calidad de vida como efecto de años de macrismo sobrevino una pandemia que ha disparado la inflación hacia índices alarmantes. Isabel agrega que, por suerte, su familia no paga alquiler, porque llegar a fin de mes sería costosísimo. Pero tiene otra hija que vive con su ex pareja y le pasa una mensualidad, por lo que el dinero se le escurre entre las manos. Hace poco volvía a su casa y le robaron en la calle. Su documento, tarjetas, dinero y la medicación para su hija pequeña, que tiene asma. En el barrio, según ha comprobado, aumentaron los delitos.

 

Isabel con su familia.

 

Cuando arrancó la segunda ola de Covid-19, el gobierno había anunciado que la recuperación económica no iba a quedar de lado en la carrera contrarreloj de la salud. Sin embargo la clase trabajadora, con ingresos bajísimos, sufre actualmente la inflación en condiciones de vida absolutamente precarias. En su último informe, el INDEC relevó que el costo de la Canasta Básica Total (CBT), en la cual además de alimentos reúne indumentaria y transporte, había subido 3,4 % en abril, por lo cual una familia tipo necesitó contar con ingresos por 62.957 pesos para no caer debajo de la línea de la pobreza. Los números de mayo aún no se conocieron oficialmente pero es posible que se haya experimentado una suba significativa. “Lo que se gasta mensualmente ya supera los 60.000 pesos, y eso que nosotros somos una familia chica”, cuenta Isabel, consultada sobre esa estadística.

A diferencia del INDEC, la Junta Interna de ATE había situado la suba de consumos mínimos de abril en 96.800,91 pesos para un hogar constituido por una pareja de 35 años con dos hijos en edad escolar. El aumento parece ir en ascenso. En los últimos días salieron a la luz estadísticas como el sondeo elaborado por el Centro de Educación, Servicios y Asesoramiento al Consumidor (CESyAC). Allí se explicó que una familia tipo, en Capital Federal, necesitó en mayo un ingreso de casi 140.000 pesos para ser considerada de clase media, con la carne y los combustibles como principales incrementos.

Para el economista y periodista Alfredo Zaiat, el tema de la inflación sigue siendo el punto central de la política económica nacional. De acuerdo a datos que ha comprobado, el precio de los alimentos, las bebidas y los artículos de limpieza e higiene han subido notablemente, en un escenario pre-electoral donde el gobierno todavía no ha podido dar respuestas sólidas.

 

Alfredo Zaiat: «Se necesita un shock de consumo».

 

“Es claro que los ingresos no alcanzan –dice Zaiat en diálogo con este medio–. Esa es la cuestión de coyuntura, que afecta a un porcentaje muy importante de la población. Y en la cuestión estructural se necesita un shock de consumo. Es algo fundamental para sostener un crecimiento sostenido del PBI, a la par de equilibrar los ingresos en términos reales, cuya emergencia es que no se vean superados por los aumentos de precios”.

¿Por qué hoy en los barrios populares existe tanto desamparo frente a la brecha económica? Zaiat lo sintetiza en los siguientes puntos:

  • Las principales empresas tienen posiciones dominantes en el mercado y concentraron márgenes de rentabilidad después de la crisis que vivieron en la primera ola. Su capacidad de recuperación es mayor de lo que sucede en el sector del trabajo, que tiene una debilidad en la negociación por la recuperación de ingresos.
  • Por tal motivo es necesario que el Estado intervenga para morigerar la rentabilidad y la mejora de ingresos a través de las paritarias y de programas sociales. No hay otra opción. Se ha demostrado que Molinos, Arcor y Ledesma recuperaron rápidamente sus tasas de ganancias. “La salida a esta crisis pandémica, para las empresas, es similar a la que se dio luego del estallido de la convertibilidad”, explica.
  • Zaiat cree que el gobierno de Alberto Fernández no desconoce la inflación e intenta frenarla, con medidas como la mejora de los ingresos de jubilados y la reapertura de paritarias. Dice que la pobreza creció en el último trimestre del año pasado por el aumento de los precios de los alimentos y por la eliminación del IFE. “En este semestre todavía no hay datos objetivos, no sabemos si aumentó pero dudaría de que haya bajado”.

Lo económico no está disociado de un virus que sigue preocupando por el alto número de contagios y muertes, pese a la baja considerable de casos en las últimas semanas y a la expandida campaña de vacunación. Isabel Polo agradece que en su familia no haya existido ningún contagio de Covid, aunque la zozobra pareciera ser otra, tal vez más urgente en la rutina del bolsillo. “La luz y el agua por suerte la compartimos con mis suegros, que viven debajo de nuestra casa –sigue contando–. En invierno nos vinieron 4.500 pesos de luz, con un aumento importante. Quise pedir ayuda en los préstamos para emprendedores pero me enteré que no los dan más. No recibimos ayuda del gobierno, porque tanto mi marido como el padre de mi otra hija trabajan en blanco, aunque ganen miserias. O sea que, para el sistema, yo no necesito nada”.

–El tema es que todo aumenta y lo que uno gana sigue estancado –dice Mariano Carnavalini, padre de cuatro hijos en el barrio El Dique de La Plata.

Mariano (41) trabaja como telefonista en el Hospital Romero. Además, para sumar unos pesos, hace changas levantando bolsas de avena en una forrajería, corta el pasto y se dedica a la jardinería, algo que el invierno frenó por el clima. Su señora es empleada en el Ministerio de Salud provincial: toma la temperatura a quienes ingresan al edificio.

Mariano en su trabajo en el hospital.

“Las compras las hacemos una vez por mes en un mayorista. Al principio de la pandemia, gastábamos entre 6 y 7.000, ahora pagamos el ticket entre 12 y 13.000 pesos. Cambiamos la carne por el pollo y el cerdo. Vamos achicando por ahí”, cuenta Mariano, que es técnico de fútbol infantil en Unidos del Dique, club que organiza una olla popular en el barrio.

Dice que en el último tiempo en su familia no compraron ropa ni zapatillas. “Nos miramos y estamos vestidos con la misma pilcha de siempre. Y los agujeros de las zapatillas tratamos de disimularlos”, relata, con gracia.

Cada tres meses recibe un bono como trabajador de salud, algo que le representa un cierto alivio, aunque espera ansiosamente un aumento de su salario. En el hospital hace guardias 24 horas los viernes y cubre turnos en la semana como franquero. Acaba de ser abuelo: su nieta cumplió siete meses. “Veníamos de ajustarnos antes de la pandemia y ahora es volver a no comer carne ni a darnos gustos, vivir con lo justo mes a mes. Mucho guiso y comida de olla. Los servicios también subieron. En el celular me cambié de una compañía que pagaba 1.000 y pico a otra donde ahora pago 600 y pico. Y así con todo, aprovechamos promociones y contamos las monedas. La garrafa aumentó 150 pesos, la luz un 40%. Ya no sabemos de dónde ajustar, porque tampoco podemos estar sin lo básico”.

Cuando empezó la cuarentena, Silvia Majul tenía programada una agenda de trabajo: conciertos, lanzamientos de discos, giras por el país. Además de ser documentalista, Silvia trabaja desde hace treinta años como prensa de artistas: recuerda que sus primeras gacetillas fueron redactadas con máquina de escribir. Con la pandemia, como les ha ocurrido a tantos artistas, sus ingresos cayeron notablemente. De hecho, muchos músicos empezaron a hacerse su propia prensa para reducir costos.

–Mi departamento en Boedo se fue a 30.000 pesos y no pude pagarlo más. Entonces con mi compañero decidimos irnos a otra provincia, donde pagamos la mitad y en una casa más grande.

Unquillo, una comarca cordobesa conocida como “ciudad de artistas” –allí viven, entre otros, Raly Barrionuevo, Carlos Alonso y el Dúo Coplanacu–, fue su destino. “Lo laboral sigue estando difícil, al menos gané en salud mental y en vivir en un lugar maravilloso. Fue empezar de cero con huertas y granjas, y ahí zafo un poco con los alimentos”, dice.

Majul es freelance y, pese a que en Córdoba le han surgido nuevas propuestas, en su zona “hay cero wi-fi”: no llega a un mega de internet. “Entonces he tenido que contratar a una amiga para que me ayude con las redes sociales, porque en mi trabajo si no estás en las redes, no existís. Es increíble que si uno se aleja de zonas urbanas, no puede trabajar por el pésimo estado de las comunicaciones. Y estamos hablando del siglo XXI y de que supuestamente estamos en un país federal. Con la brecha digital es donde se ve claramente que lo del trabajo virtual es muy relativo, porque para algunos trabajos como el mío, quedás literalmente afuera del sistema, naufragando en la pobreza”.

 

“Gané en salud mental”, dice Silvia Majul sobre su mudanza a Unquillo. Foto Eduardo Fisicaro.

 

Con su último documental, sobre el cantante Daniel Toro, dice que “quedó en cero”: sólo llegó a cubrir los gastos de la producción, realizada de forma independiente y con leves apoyos estatales. Apunta a descentralizar instituciones como la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC) y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). “Es cierto que ahora la prioridad es la salud, pero hay cuestiones que se agravaron con la pandemia –enfatiza–. Una es que la cultura sigue concentrada en Buenos Aires, para cualquier cosa hay que consultar o pedir permiso allí. Y la otra es la vivienda: si uno no hereda algo, vive esclavo de alquileres altísimos, y es increíble la cantidad de casas abandonadas que existen en las ciudades, sin uso hace años, mientras lo único que se sigue achicando es el bolsillo”.

La trabajadora de prensa dice que no piensa bajar los brazos y sigue buscando nuevos trabajos. Lo que afecta a su equilibrio mental, dice, es la desestabilización laboral, otro flagelo económico que en la pandemia ha atacado a oficios como el suyo. “Antes podía pagarme una terapia. Hoy debe salir una fortuna, es un privilegio de clase. En Córdoba están dando 10.000 pesos de apoyo a los artistas, pero tenés que ser monotributista, te piden miles de papeles, ¡hasta el grupo sanguíneo!, y además tener residencia en Córdoba capital. Es muy estresante”.

La vida se ha convertido en una cadena de deudas, pidiendo préstamos en bancos y trabajando de cualquier actividad para ir reduciéndolas. “Lo bueno de vivir en un pueblo, además del aire puro, es que podés salir con 100 pesos y algo inventás. En Buenos Aires necesitás salir con 500 pesos a la calle como mínimo. Al menos en Unquillo se respira otra tranquilidad”, se consuela Silvia.

 

 

 

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