Desayuno con diamantes

A los laureles reverdecidos de la política industrial no los debe opacar la coartada del ofertismo

 

La incitación a reincidir en el lugar común de que este mundo ya no es lo que era no hay que acreditársela sólo a la infección global. El Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, está expandiendo el gasto público como nunca y es de presumir que la derecha dura está todo lo silente que puede para preparar la contraofensiva. Mientras tanto, y para no desmentir aquí y allá los procesos de cambio, la leche “ordeñada” a partir de lentejas amarillas y otras legumbres, bayas diversas, alguna que otra verdura de hoja y/o cereales avanza a paso firme en el mercado mundial. Por su parte, los diamantes sintéticos extraídos de los laboratorios van reemplazando a buen ritmo a los hallados mayormente en los yacimientos africanos con un costo diez veces menor. Son casi idénticos a los naturales pero con menos huella de carbón y sin las manchas de sangre de los derechos humanos completamente conculcados de los morochos.

El trasvase en marcha de la leche y de las gemas, entre tantos otros, seguramente no afecte en lo más mínimo el glamour de Audrey Hepburn en su interpretación de la colgada y huera Holly Golightly, el personaje de la novela Breakfast at Tiffany’s de Truman Capote, tal como fue retratado en la versión cinematográfica de Blake Edwards. Parece que la divisada salida de la pandemia ha predispuesto al estado de ánimo global para poco más que desayunar junto dicho personaje, si sirve de indicio lo que se observa en la suscripción de la edición digital del New York Times del primer trimestre del año. El 44% de los nuevos suscriptores digitales del Times optaron por los ítems de cocina, juegos y audio. Normalmente, el porcentaje de nuevos suscriptores en secciones que no son noticias ronda el 25-35%. Es un fenómeno que nunca pasó anteriormente en la historia de este medio de comunicación. La abrumada ciudadanía argentina, según revelan las encuestas, es más que factible intuir que debe estar trazando su propio plan de evasión para recuperar el tiempo perdido.

Estamos para “mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón” al decir del poeta español. Tan español como Isabel Natividad Díaz Ayuso, pero en las antípodas. La muy dura derechista Ayuso fue reelegida alcaldesa de Madrid por abrumadora, preocupante mayoría y, paradójicamente para los estándares argentinos, festeja su cumpleaños el 17 de octubre. Será que el talante social atrapado entre el deseo de aliviar el peso de la vida en cuarentena y la carga de decisiones colectivas que horadan el injusto paisaje social a favor de la igualdad, se ha deslizado hacia el rastreo de un verdugo a cara descubierta que establezca el orden político a como dé lugar para que todo quede sin cambiar, en aquellas sociedades con tradición en este tipo de salidas. El añejo estigma de que la disputa por un mundo mejor derrapa en uno peor, estaría haciendo su agosto. La lucidez del actual primer ministro italiano Mario Draghi, de saber que es tiempo de gastar más-reprimir menos, ya expresada cuando era mandamás del Banco Central Europeo, tiene en la historia su mejor aliada y pedagoga.

Que los argentinos pongan las barbas en remojo sugiere prudencia por lo que murmuran prometer los tiempos que se avecinan. Es que sería prácticamente un milagro que en el centro y en la periferia no se arme un flor de conflicto político entre los que quieren seguir el ejemplo de Joe Biden de una estrategia de recuperación económica, basada en un multimillonario programa de inversión pública en infraestructura económica y social financiada con impuestos progresivos e imprenta, y las bestias peludas –que en la Argentina se encarnan en los primates– que se oponen. Los argumentos de los Pies Grandes no podrían ser más fútiles y rutinarios. Vociferan que el gasto público no da para más, que hay que fijarse bien dónde se gasta, no sea cosa de que reciban más los que menos necesitan y entonces (por las dudas) que nadie reciba nada y, vade retro: emisión. Todas advertencias tan infundadas como destinadas a preservar el interés de clase en contra del interés nacional bien entendido.

 

 

Pies Grandes por si alguna deuda chica…

 

 

 

Paradoja del valor

El valor de uso cambia, la simpática frivolidad de desayunar con diamantes queda. Lo antipático de la reacción anti gasto público también. Es conveniente no perder de vista la ambivalencia, porque con los diamantes traídos como protagonistas hay otros ritos a considerar, imbricados a fondo con la conflictividad social. Entre ellos, el interrogante mediante el cual Adam Smith inquiría por qué los diamantes que sirven de adorno y que nadie los necesitaba para reproducir la vida, al menos en la tecnología de esa época, costaban infinitamente más que el agua que si no la beben los individuos, a más tardar por unos días, fenecen. Se la conoce como la paradoja del valor y, a decir verdad, el teólogo e inspector de aduanas escocés fundador de la teoría económica recogió el guante arrojado por los filósofos griegos siglos antes de Cristo.

La respuesta que se le dé a la paradoja del valor hace a la misma teoría de los precios que es el parteaguas entre las teorías objetivas y subjetivas del valor, las que se enfrascan en explicar teóricamente qué son los precios. Las teorías objetivas corresponden al análisis económico clásico, y las subjetivas, al neoclásico. Y lo alejado que luce la temática de marras de los densos problemas cotidianos es sólo aparente. Está en el pasto y las raíces de la lucha de clases.

Al dilema de la paradoja, un neoclásico respondería con que la oferta y la demanda de los diamantes se cortan arriba (precios muy altos) y las correspondientes del agua bien abajo (precio de bagatela). Como dijo en su momento el economista inglés Maurice Dobb sobre estas inferencias: “Las teorías que utilizan la demanda como determinante del valor, lo único que explican es que ciertos artículos se venden a determinados precios porque los consumidores los compran a esos precios”. En otras palabras, estas tautologías aducen que el valor de cambio (el precio) depende del valor de uso (la utilidad) el que proviene de la pura apreciación de un individuo, de su demanda individual.

 

Eternos problemas de gravedad con los diamantes.

 

La correcta intuición de los clásicos de que la cosa andaba por los costos en las mercancías reproducibles (las obras de arte no lo son) se enredó en las contradicciones lógicas insalvables de la teoría del valor trabajo, puesto que para que haya una ganancia tienen que haber sido determinados previamente los costos monetarios. No tenían una buena respuesta para dar a la pregunta de qué determinaba los costos monetarios. Hubo que esperar hasta 1960, cuando el economista italiano Piero Sraffa (muy apreciado por Lord John Maynard Keynes, quien lo llevó a residir a Cambridge; Sraffa fue quien sostuvo económicamente a Antonio Gramsci en la cárcel), editó Producción de mercancías por medio de mercancías. En ese corto ensayo se enuncia con toda consistencia lógica que son los costos los que determinaban el precio de cualquier bien reproducible. El razonamiento de los clásicos encuentra así su adecuada fundamentación. ¿Qué determinan los costos? Arghiri Emmanuel demostró que es un precio extra económico: el salario establecido por la lucha política como dato primario a partir del cual se desencadena todo el sistema de precios. En esta trama, la ganancia es un residuo que queda en el producto una vez que previamente la lucha política fija la remuneración del trabajo.

 

 

Quilates salariales

Y esa anatomía abstracta del precio explica el hecho muy concreto de que los diamantes extraídos de las minas arruinan a los africanos y enriquecen a sus talladores en los Países Bajos, Londres o Manhattan. Lo mismo vale para ese ataque que el siniestro golpe de 1976 también emprendió contra los salarios de los trabajadores argentinos. Cuando se trata del mercado nacional, si hay diferencias salariales, estas se subsanan con la movilidad del trabajo desde los que menos pagan hacia los que erogan el precio correcto del trabajo. No es posible salirse por mucho tiempo de la norma establecida por la disputa política como remuneración del trabajo. Igual sucede con la ganancia: el funcionamiento del sistema tiende a la igualación de los rendimientos entre las distintas actividades.

En el mercado mundial el asunto cambia, porque la movilidad permanece para la ganancia. Es decir, los capitales están en constante movimiento en pos de igualar el rendimiento que genera su aplicación. En cambio, para los salarios no hay mercado mundial, porque las fronteras impiden que se igualen. Como la lucha de clases africana fijó –por razones que vienen al caso pero que sería muy largo enumerar–, salarios en extremo bajos, el precio que alcanzan los diamantes en el mercado mundial se lo apropian enteramente los altos salarios del centro logrados por la lucha política y los dueños de la renta minera. Así es como los diamantes, al venderse en el mercado mundial, enriquecen a los trabajadores del centro y empobrecen a sus pares africanos, los que además son sometidos a las prácticas laborales inhumanas.

De forma similar, cuando la política económica les abate los salarios a los trabajadores argentinos, además del perjuicio inmediato, se malogra la perspectiva de salir de la malaria. Esto sucede porque el excedente, conforme el mecanismo del intercambio desigual descrito, se lo apropia el consumidor del centro, se achica el mercado y se vuelve inoportuno invertir. Pero pasa lo mismo cuando la política económica o bien deja estancados los salarios o bien crecen a un ritmo mucho menor que en el centro.

 

 

Política industrial

Pese a todo, la coyuntura viene con un par de oportunidades para ayudar a revertir a favor la tendencia de la estructura productiva a que el excedente nacional fluya al extranjero. A fines de abril, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos ha elevado para su tratamiento legislativo el proyecto de Ley de Competencia Estratégica de 2021, que etiqueta a China como un competidor estratégico en múltiples áreas, incluidas la economía, la tecnología y la seguridad militar. El proyecto prevé más ayuda para África y para América Latina y más financiación para la tecnología. Dice el proyecto que “es política de los Estados Unidos, al perseguir la competencia estratégica con la República Popular China (…) exponer el uso de la República Popular China de la corrupción, la represión, la coerción y otros comportamientos malignos para lograr una ventaja económica injusta y la deferencia de otras naciones a sus objetivos políticos y estratégicos”. La ley especifica que no promueve soluciones militares para los conflictos entre China y los Estados Unidos.

A esto se suma la propuesta de Biden de gastar otros 4 billones de dólares (8 ó 9 PIBs argentinos) en infraestructura física y humana. Sus críticos le reprochan que eleva aún más la deuda nacional que alcanzó el 100% del PIB en 2020. Es su nivel más alto desde 1946, cuando la guerra y la recesión la llevaron al 106% del PIB, en tanto gran parte de los préstamos recientes provienen de la Reserva Federal, que esencialmente imprime dinero para comprar deuda pública. La situación es completamente previsible para la administración Biden si se tiene en cuenta que el actual asesor de seguridad nacional Jake Sullivan señalaba en un análisis publicado en Foreign Policy hace un año (07/02/2020) que “los expertos en seguridad nacional de alto nivel todavía critican a la deuda como una de las principales amenazas para la seguridad nacional (…) Pero a estas alturas ya debería estar más allá de toda discusión que no es la deuda (…) sino el estancamiento secular, de lejos la preocupación de seguridad nacional más urgente. Después de todo, el mundo ha tenido ahora un experimento en vivo de 10 años que muestra cómo la austeridad y la falta de inversión frente al bajo crecimiento producen autócratas desestabilizadores en el molde de Viktor Orbán de Hungría y Jair Bolsonaro de Brasil”.

 

Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional del gobierno de Biden.

 

En la perspectiva de Sullivan “la defensa de la política industrial (en términos generales, las acciones gubernamentales encaminadas a remodelar la economía) alguna vez se consideró vergonzoso; ahora debería considerarse algo casi obvio. A pesar de una pausa de cuarenta y tantos años, la política industrial es profundamente estadounidense”. De esto resulta que, para el funcionario, “la política comercial de Estados Unidos ha sufrido demasiados errores a lo largo de los años para aceptar los argumentos a favor de los acuerdos comerciales al pie de la letra (…) Un mejor enfoque del comercio, entonces, debería implicar atacar de manera más agresiva a las guaridas fiscales y a las lagunas que socavan muchos de los beneficios teóricos del comercio. También debería implicar un enfoque muy preciso en lo que mejora los salarios y crea empleos bien remunerados en los Estados Unidos, en lugar de hacer que el mundo sea seguro para las inversiones corporativas. (¿Por qué, por ejemplo, debería ser una prioridad de negociación de Estados Unidos abrir el sistema financiero de China a Goldman Sachs?) Y debería conectar la política de comercio exterior con las inversiones nacionales en trabajadores y comunidades para que el ajuste comercial no sea una promesa vacía”.

Lo que se está haciendo estaba todo dicho. Para que sea aprovechable para el interés argentino el reverdecer de la política industrial, sin mellar la buena relación con China, hay que salirle al cruce a la coartada derechista infantil que, desoyendo la realidad, pretende que las inversiones resulten atractivas a condición de empobrecer a los trabajadores. Los argentinos también quieren desayunar café con leche vegetal con diamantes industriales y regularmente se sacan de encima a quien falta a la cita.

 

 

 

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