EL IMPERIO (NO) ERES TU

Estados Unidos, China y la pugna por el poder hegemónico global

 

Después de que Donald Trump ha ignorado a nuestra región durante casi todo su mandato, el asesor del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Robert O’Brien, anunció a fines de agosto un plan estratégico para América Latina y el Caribe donde se detallan los objetivos y acciones para “asegurar la democracia, la seguridad y la prosperidad en la región”. Oh casualidad: en plena campaña electoral se escogió el sur de la Florida para lanzarlo. Por un momento se sacaron la chapa de America First y O’Brien presentó el oficialmente denominado Nuevo marco estratégico para el hemisferio occidental.

El plan identifica a los enemigos principales en la región: Cuba, Nicaragua y Venezuela, a los cuales considera “regímenes dictatoriales y represivos que amenazan la seguridad regional”. Como enemigo extra regional señala a China, por “su influencia maligna”. Uno de sus objetivos es construir una «comunidad regional de socios con ideas afines», lo que obviamente implica que Estados Unidos apoyará sólo a los países que compartan su ideología y que participen de la construcción de una alianza contra China que permita frenar la cooperación entre ese país y América Latina.

 

 

Desinterés sin precedentes

Durante su gobierno, el Presidente Trump ha centrado su atención en la guerra comercial, tecnológica y diplomática con China y le ha dado la espalda a la región. No sólo ha maltratado a los inmigrantes latinoamericanos durante su xenófoba campaña electoral por la presidencia en 2016. Asumido su mandato, envió tropas militares a la frontera con México, país al que llegó a calificar como el “más peligroso del mundo” –aunque los propios datos oficiales de Washington señalaran que eso era falso–, se refirió a Haití y otros lugares de Centroamérica como “países de mierda”, anunció el fin de programas de protección temporal de ciudadanos de El Salvador y Haití así como la culminación del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), entre otros.

Donald Trump ha sido el primer Presidente estadounidense en no participar en una Cumbre de las Américas, evento que se realiza cada tres años desde 1994. La VIII Cumbre celebrada en Lima, en 2018, puso de manifiesto que su gobierno carecía de un proyecto político claro para la región.

Lejos han quedado los tiempos en los que los sucesivos gobiernos de Estados Unidos impulsaron, para bien o para mal, iniciativas para el desarrollo de la región como el Área de Libre Comercio para América Latina (ALCA), la Iniciativa Energética Hemisférica (de George Bush), la Nueva Alianza Energética de las Américas basada en energías renovables para aminorar los efectos del cambio climático (de Barack Obama), entre tantas otras. Inclusive el gobierno cubano, representado por Raúl Castro, fue invitado a ser miembro y participar por primera vez en la VII Cumbre de las Américas realizada en Panamá en 2015, año en que Estados Unidos y Cuba restablecieron relaciones diplomáticas después de 54 años. En aquella oportunidad el entonces Presidente Obama anunció que propondría al Congreso el levantamiento del embargo y celebró como un hecho histórico que los líderes de ambos países participaran en un evento continental por primera vez en cinco décadas.

Pero ese acercamiento no duró mucho. La llegada de Trump al poder cambió todo. Se restablecieron las medidas revocadas por Obama y se endureció el embargo. El Presidente contrató al bloguero anticubano Mauricio Claver Carone como asesor para la región en el Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca y hace un mes lo impuso como presidente del BID. Antes, Claver Carone impulsó la desactivación la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) para convertirla en un engendro denominado Foro para el Progreso de América del Sur (PROSUR), en septiembre de 2019.

El gobierno presidido por Trump marcó un punto de inflexión y reemplazó la construcción de agendas en el continente por simples exigencias de respaldo a su política guerrerista y una actitud de agresión desmedida a países con situaciones políticas complejas, que en nada han contribuido a solucionarlas.

 

 

Ocupar el vacío

En los últimos años China ha afianzado sus vínculos comerciales, financieros y de inversiones con la región, que empezaron con el inicio del milenio. Su presencia se hizo más visible a raíz del estallido de la primera gran recesión del milenio, en 2008, marcada por la explosión de la burbuja inmobiliaria y la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyos efectos se trasladaron a las bolsas y a la economía real en todo el mundo. La crisis mostró también la magnitud de la deuda que Estados Unidos mantenía con China al haberse convertido en el principal comprador de Bonos del Tesoro emitidos por el primero.

Para contrarrestar la influencia china, mantener el dominio del dólar y tener una mayor presencia en Asia, el gobierno de Obama lanzó en 2010 la negociación del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), una suerte de Tratado de Libre Comercio suscrito en 2015 entre doce países, incluidos tres latinoamericanos (Chile, México y Perú). Solo faltaba la ratificación por los respectivos Congresos. Sin embargo, abandonarlo fue lo primero que hizo Trump cuando asumió el gobierno en enero de 2017. El Presidente no es un estratega y su mirada geopolítica es muy básica. Optó por una política guerrerista con China al considerar que los problemas de empleo en su país serían resueltos mediante la reversión del déficit comercial que mantenía con ese país y el otorgamiento de incentivos a las empresas norteamericanas para que retornaran a casa e incrementaran los empleos. Ninguno de los objetivos se ha logrado.

Con Trump ensimismado en su guerra comercial y en otros temas de la agenda global, como su retiro de organismos y acuerdos multilaterales, la presencia china se hacía cada vez más activa en América Latina, en detrimento de la presencia norteamericana. Esta no se limitaba al ámbito económico. Su presencia diplomática expresada en la participación en diversos organismos multilaterales de la región así lo demuestra.

El malestar de Estados Unidos ha sido especialmente exacerbado por el lanzamiento de parte de China, en 2013, de la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (BRI, por sus siglas en inglés), un proyecto para desarrollar infraestructura, telecomunicaciones y tecnología digital, inicialmente pensado para unir a Asia con Europa y África, y luego extendido a América Latina y el Caribe al considerarse como un “apéndice natural”. Diecinueve países de la región han suscrito memorándums de entendimiento con China en el marco de esta iniciativa. Es así que empresas chinas han ganado licitaciones importantes en proyectos de minería, energía y transporte, como ocurrió con la de la construcción del metro de Bogotá en octubre del año pasado.

Otro tema que ha irritado al gobierno han sido las decisiones de Panamá (en 2017), República Dominicana y El Salvador (en 2018) de finalizar sus relaciones diplomáticas con Taiwán y establecer vínculos con China. Había que poner orden.

 

 

Mostrar las garras

En la estrategia de seguridad nacional de 2017 el gobierno estadounidense ya expresaba preocupación por los esfuerzos chinos “para poner la región en su órbita a través de inversiones y préstamos estatales”. En el discurso sobre el Estado de la Unión de enero 2018, Trump calificó a Beijing como un “rival” que pone en peligro los intereses, la economía y los valores de Estados Unidos. En un informe de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China del Congreso norteamericano se señaló que la cooperación representa una amenaza integral.

Sin embargo, no ofrecía ningún plan a la región. Todo quedaba en declaraciones. En realidad, el gobierno chino no parece estar interesado en imponer su modelo de desarrollo económico, político o sus formas de vida a ningún país. A China le interesa hacer negocios, asegurarse la provisión de recursos naturales, expandir sus empresas por el mundo y ser protagonista de la gobernanza global. De hecho, el gobierno de Trump le ha regalado el protagonismo de la resquebrajada institucionalidad multilateral al haberse retirado de una gran parte de ellas.

Recién en diciembre del año pasado Estados Unidos se decidió a impulsar el financiamiento privado de proyectos de inversión en infraestructura, telecomunicaciones y redes digitales, para lo cual lanzó la iniciativa América Crece. El objetivo es afectar las políticas de China en desarrollos futuros en la región y presionarlos para que cooperen con su agenda política global. Se trataría de una suerte de remake de la doctrina Monroe. Sin embargo, América Crece no dispone de recursos adicionales a los ya previstos en las agencias que supuestamente financiarán los proyectos. Por ello es poco probable que las naciones que se unan a la iniciativa noten mucha diferencia en el nivel de atracción de inversión privada estadounidense.

También se ha diseñado un plan Regreso a las Américas, anunciado por el recientemente elegido presidente del BID, Mauricio Claver-Carone. Consiste en un conjunto de incentivos tributarios para que empresas multinacionales de capital estadounidense, que actualmente operan en Asia, retornen a los Estados Unidos y a partir de ahora también a América Latina y el Caribe.

La presión para frenar la cooperación con China es intensa y creciente y la verdad no es un valor considerado. A mediados de septiembre, el secretario de Estado Mike Pompeo realizó una visita a Surinam y Guyana —que recientemente han realizado importantes descubrimientos de petróleo— y dijo que “ninguna operación de propiedad estatal puede superar la calidad de los productos y servicios de las empresas privadas estadounidenses (…) Hemos visto al partido comunista chino invertir en países, y todo parece genial al principio y luego todo se derrumba cuando los costos políticos relacionados con eso se vuelven claros”. Ambos países ya habían suscrito acuerdos en el marco de la Iniciativa BRI, por lo cual Pompeo los inscribió en el programa América Crece.

El 23 de septiembre la Embajada de Estados Unidos en el Perú publicó un comunicado en el que advertía la presencia de embarcaciones pesqueras con bandera china dentro del mar territorial peruano. La información fue difundida masivamente por los medios de comunicación mientras que la respuesta de la Embajada China, negando el hecho, no lo fue tanto. La Marina de Guerra del Perú tuvo que aclarar que las naves no se encontraban dentro de las 200 millas del mar territorial.

 

 

Soberanía

El Nuevo Marco Estratégico del hemisferio occidental es una muestra clara de injerencia de Estados Unidos en la región que debe ser rechazada. América Latina tiene el derecho soberano de elegir a sus proveedores, inversores y prestamistas.

Tanto el BRI como la iniciativa América Crece competirán –si acaso esta última dispone de recursos financieros dado el descontrol de la pandemia, la severa caída de su economía y las altas tasas de desempleo– por inversiones en sectores de infraestructura, recursos naturales, telecomunicaciones y tecnología digital.

La falta de interés en la región tanto del gobierno como de las empresas estadounidenses ha determinado una creciente presencia de empresas extranjeras, especialmente provenientes de China. Es evidente que Estados Unidos las considera como rivales para las suyas tanto en el campo del comercio como en el de las inversiones en América Latina y no está dispuesto a aceptar esa creciente vinculación con la región.

La nueva estrategia anunciada por el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca advierte explícitamente que contrarrestará la agresión económica de China, su influencia política maligna y alentará a los gobiernos a evitar comprar tecnología china (5G). Algo inadmisible para la soberanía de cualquier país. En la región se han realizado –o están por lanzarse– licitaciones para instalar estas tecnologías. Las amenazas y chantajes para impedirlo son feroces y seguramente quien más sabe de ello es el Presidente Bolsonaro. Si se produjera un milagro y Trump resultara electo, las presiones continuarán incrementándose y los medios utilizados no tendrán códigos ni límites. Si ganara Biden, como las encuestas y la lógica parecerían indicarlo, la desconfianza hacia China no será distinta. Pero la estrategia para enfrentar lo que en el fondo es una pugna por el poder hegemónico global muy probablemente no será igual. En cualquier caso, esa no es una pugna de la región.

 

 

 

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