El lenguaje maldito

Aguafuertes de un defensor

 

–¿Vos defendés a H? –me prepotearon un día en la calle.

Yo afirmé sin titubear.

–Encima tiene abogado esa rata…

¿Qué había hecho el adolescente H?

Había ingresado a robar una vivienda de un barrio residencial, y como de repente se disparó la alarma, mantuvo secuestrada a la familia hasta que llegó la policía.

El descomunal despliegue del grupo Albatros implicó helicópteros y varios vehículos de asalto. También se hizo presente el ministro de Seguridad, que vivía en la misma zona, y poco más tarde la camioneta de Crónica TV.

Por suerte no hubo disparos ni heridos. Tras una negociación que duró cuatro horas, y que tuvo como factor decisivo la comunicación telefónica con su mamá, H se entregó.

Esa mañana de marzo de 2010 me avisaron que había sido designado su defensor. Un caso complejo y resonante, del que hablarían los medios durante un tiempo.

 

***

 

 

–Encima tiene abogado esa rata…

La posibilidad de que estos jóvenes tengan defensa parece algo insólito para algunos; algo impensable para quienes exigen fusilarlos en la plaza o directamente lincharlos. En ese imaginario, que un pibe pobre acceda a un juicio justo o tenga un abogado que lo defienda parece un lujo o un gasto estatal que buena parte de la sociedad se niega a pagar de sus impuestos.

De ahí la cantidad de insultos e improperios que recibía a diario por cumplir mi rol. La Constitución dice que todos los ciudadanos, sin importar su condición, tienen derecho a una defensa por igual. Y que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Contar con abogado ante una acusación penal no debería discutirse a esta altura en un país donde rige el Estado de Derecho. Y menos cuando no se tiene dinero para costearse uno de confianza. Y mucho menos cuando se trata de un adolescente sumido en la pobreza o el abandono.

Asumir la defensa de alguien que carece de recursos es un oficio que se puede llevar a cabo como un simple burócrata o como alguien que está convencido de lo que hace y lo vive con pasión. Defender a alguien no es ocupar el lugar del otro, sino representarlo sin que pierda su voz. Y eso es un aprendizaje continuo, como un ida y vuelta. Algo dialógico.

En todos estos años, cada pibe con que me encontré fue un mundo distinto del que nutrí mi experiencia. Con H, de algún modo, aprendí algo que tenía que ver con las formas de contar y entender los expedientes judiciales.

Por eso, aunque parezca un juego de espejos, esta es la historia sobre la interpretación que hice del caso H, a la luz de la interpretación que H hizo de su propio caso a través mío. Yo sólo fui un puente, puente de palabras. La historia del lenguaje con el que él interpretó su proceso y la forma en la que lo asimiló.

Me refiero al lenguaje con el que se construyó la mirada de los otros: la de los medios, la que se escribe en el expediente, la de los policías, de los jueces, de la víctima, del testigo, de la opinión pública.

Todos hablaban de H, pero H no hablaba. H quería entender para después hablar.

 

***

 

 

H sabía leer y escribir. El día que lo atendí le expliqué el expediente con un lenguaje claro y sencillo. Le señalé cada parte en la que decía por qué quedaba detenido y le enumeré las pruebas en su contra.

Ni se inmutó. Sólo quería entender, saber qué decía el manojo de papeles que tenía adelante mío. Se lo di y lo leyó. Al rato me lo devolvió diciendo que no entendía nada de nada.

Entonces le fui traduciendo las oraciones. Párrafo a párrafo. Comenzó a entender, a desmalezar sentido para asimilar las palabras. A diferencia de otros pibes, H quería saber, tenía avidez por los significados de lo que estaba escrito. Me dijo que si él podía entender el expediente, iba a recuperar la libertad. Le traté de explicar que no era tan simple, pero insistió… Se me ocurrió utilizar un método de aprendizaje ideado por un fantástico poeta estadounidense, Charles Reznikoff, que fabricaba poemas con los expedientes judiciales del Holocausto. Su método era una suerte de arte por sustracción de testimonios, en el cual un máximo de simplificación puede resultar inesperadamente en un máximo de sugestividad.

Un poeta nunca se apropia de una fuente tal como la encontró, siempre la edita severamente. Borra material, especialmente las repeticiones y las irrelevancias, afila la dicción, mejora el ritmo, y despoja la fuente del lenguaje figurativo y otros adornos retóricos. Reduce la historia a su esencial dramático. De eso se trataba.

Visité a H en el encierro varias veces y llevaba fotocopias de la causa y de las noticias periodísticas que hablaban del caso. Trabajamos con el método Reznikoff. Y H empezó a escribir.

Fragmento del expediente judicial: “Que habiendo el menor H privado de la libertad a sus víctimas en horas de la noche y dentro de su vivienda, intentando sustraer los efectos privados, amedrentando en todo momento con lo que entonces parecía un arma de fuego, mantuvo en ese estado a las mismas durante un lapso en el que personal policial se hizo presente y pudo negociar la entrega y lograr reducir al caco, impidiendo de ese modo la consecución del iter delictivo”.

 

Poema de H:

Menor / privado

en horas de la noche / parecía

un arma de fuego /

en ese estado / lapso / entrega /

consecución del iter

 

Noticia periodística del mismo hecho: “Un delincuente solitario, a quien sus cómplices habrían abandonado en un frustrado intento de robo, mantuvo durante más de tres horas como rehén a una familia en una vivienda del residencial barrio de Gonnet, pero se entregó antes de la medianoche tras arduas negociaciones… El joven alcanzó a tomar de rehén a una de las hijas, y la mantuvo en su poder en una de las dependencias de la casa, mientras la vivienda era rodeada por la policía e integrantes del grupo especial Halcón. ‘Estaban preparados para (actuar) en cualquier circunstancia imprevista’, informó el ministro de Seguridad… Al respecto explicó que durante la negociación se logró convencer al joven que no tenía alternativas más que rendirse porque estaba cercado por la Policía. A los pocos minutos de iniciado la toma comenzó un amplio despliegue policial –que incluyó la presencia de los negociadores de la Policía– rodeando la vivienda y en un radio de cuatro manzanas, ya que se presumía que algunos de los delincuentes habrían escapado por los fondos”.

 

Poema de H:

delincuente solitario / frustrado

antes de la medianoche / Halcón

cercado / no tenía alternativas

en un radio de cuatro manzanas

presumía / habrían escapado

por los fondos

 

Tomaba el testimonio policial, el de las víctimas, vecinos, etcétera, y jugaba con los espacios de las palabras, letras, silencios. Los documentos judiciales y las fuentes periodísticas son un lenguaje instrumental, estereotipado. A través del método de recorte, buscaba que H pudiera romper esa cáscara, destrabarla y quitarle el lugar común, dejando lo intraducible. Hacíamos estos ejercicios en cada visita que le hacía.

Deconstruir para construir. Deconstruir el lenguaje endiablado de expedientes y noticias para luego volverlos a construir en otro lenguaje, menos maldito. Más propio. Su lenguaje. Y después transformarlo nuevamente y así…

Como quien desarma y vuelve a armar un artefacto, cambiando las piezas de lugar. Mejorándolo. Hasta llegar a formar una suerte de código que alterara la forma y tuviera otra significación para el nombrado.

Escribir o reescribir la palabra que designa. Que marca.

Como el lenguaje judicial penal es performático y hacerlo hablar es dejar huellas en un cuerpo, se trataba de asimilarlo desde las propias palabras para hacerse un escudo. Para, de algún modo, protegerse.

 

***

 

 

Apelaciones, excarcelaciones, peticiones, alegatos, etc. Al principio, elaboraba unos escritos de defensa a los que les dedicaba muchísimo tiempo y trabajo. Enfrascado en la oficina y en el escritorio de mi casa, estudiaba la doctrina, la jurisprudencia, las teorías sobre el derecho de la minoridad. Me iba a la biblioteca y me quedaba horas recabando material. Pero me daba cuenta que nadie, ningún juez, leía todo ese esfuerzo reflejado en cada escrito.

Un día me tocó realizar un recurso extraordinario ante la Corte bonaerense, presidida ese año por el decano de los jueces, el doctor Héctor Negri, a quien yo conocía por haber cursado en la facultad la materia Filosofía del Derecho, y porque era autor de varios libros de poesía que tenía en mi casa. Decidí entonces iniciar mi recurso utilizando como epígrafe uno de sus versos en los que se refería al tema de la infancia.

El recurso tuvo éxito. La Corte hizo lugar a mis planteos. Desconozco si la existencia de esos versos fueron los que conmovieron al cortesano y abrieron mis esperanzas, pero en adelante seguí hurgando en su poesía y las cortaba y pegaba en cada capítulo de mis arengas jurídicas. Siempre con buena recepción, siempre logrando revocar las sentencias que los jueces de primera instancia dictaban contra los jóvenes que defendía.

 

***

 

 

Desde que H había quedado detenido, lo visitaba periódicamente en el encierro. Seguir desmalezando su causa judicial era una manera de intercambiar puntos de vista, y jugábamos también con los poemas que extraídos con aquel método Reznikoff que le había enseñado.

Tenía su causa fotocopiada dentro de la celda y se la pasaba leyendo. Subrayaba párrafos y palabras que no entendía, y cuando nos encontrábamos me pedía que se los explicara. Me decía que algún día quería ser abogado, para defender a pibes iguales a él.

–¡Tu laburo está buenísimo…! –me decía.

Un día me pidió escribir una carta al juez de su causa. Al revés que con el método de sustracción de palabras, esta vez le propuse hacerlo sin el expediente. Que largase todo lo que tenía guardado y lo que pensaba o creía que decía el expediente de lo que había pasado.

–Como un vómito –me dijo.

 

 

La siguiente vez que lo vi me dio la carta. Eran dos carillas con borbotones de palabras, llenas de faltas de ortografía y sin puntuación. Cuando uno la leía de corrido y llegaba al final se quedaba sin aire. Algo desesperante.

No había forma de no recibir la angustia que H había sentido en el momento de su detención, lo que lo había llevado a robar, y lo que sentía encerrado. Todo eso lo expresaba y se lo decía al juez de un tirón. “Como un vómito”.

El texto era autoincriminante, por lo que meditamos un efecto negativo desde lo jurídico. Pero H se sintió mejor después de escribirla, y eso era lo importante. Decirlo todo. Vomitarlo. Y se sentía satisfecho por eso.

H estuvo preso cinco años. Tiempo después, con su autorización y bajo seudónimo, publiqué su carta en uno de mis libros de poesías. Varias personas coincidieron en que es uno de los textos más potentes del libro.

 

 

 

* Julián Axat es escritor y abogado. Ernesto Domenech, fotógrafo y juez.

 

 

 

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