El libro y las bombas

Historia de los archivos del almirante Rojas, a 67 años del intento de magnicidio de Perón

 

Llovía mucho aquella tarde de sábado, pero también era mucho mi interés por concurrir a un taller intensivo donde varios encuadernadores artesanales explicarían las técnicas usadas para la reparación, acondicionamiento y exposición de obras bibliográficas. Tras el largo viaje descendí en Sarmiento y Lambaré y, esquivando algunos charcos y metiéndome en otros, llegué hasta el local donde se haría la reunión. A pesar de la lluvia la concurrencia era numerosa, la calidad profesional de las y los expositores justificaba ese interés. Los primeros hablaron de un antiguo documento impreso sobre pergamino que se había deformado y demandó un tratamiento especial para recuperarlo. Luego especialistas describieron la digitalización de imágenes como una técnica complementaria para la conservación. Finalmente una encuadernadora contó su experiencia en la preparación de una caja atril para la guarda y exposición de un libro importante. Aunque todas las intervenciones fueron excelentes quiero detenerme especialmente en la última.

Florencia Goldztein contó que debió hacer algunos arreglos de la obra. Aquel era un documento histórico, un ejemplar único que después de 60 años sería expuesto por primera vez al público. Ella tuvo que construir el estuche donde permanecería resguardado. Según dijo, era su costumbre hacer una continua verificación del perfecto acoplamiento entre el libro y su continente, para evitar rozamientos que pudieran dañar la obra, que no debía “bailar” ni deslizarse innecesariamente. En cada paso de la construcción solía corroborar la perfección del trabajo. Pero en este caso tuvo el libro durante muy poco tiempo, no sólo porque se recuperaban imágenes que se usarían en la inminente exposición, también porque otras personas reclamaban el volumen para consultarlo o simplemente para curiosear. ¿Por qué tanto interés en ese ejemplar?

Ese libro había sido encontrado durante el relevamiento de documentos que habían estado en poder del almirante Isaac Rojas. El volumen contenía el “Informe Casa Militar del 16 de junio de 1955”.

Aquel ejemplar único mostraba fotografías y gráficos de las zonas atacadas y de los daños producidos durante el bombardeo. Antes de convertirse en un álbum, las hojas, fotos e informes mecanografiados habían estado separados. Luego las fotografías se fijaron sobre las hojas, se agregaron los gráficos y los informes, y nació el libro que años después sería encontrado en un depósito.

 

El libro de Rojas en la muestra «1955, golpean en casa», a 60 años de los bombardeos. Foto: Presidencia.

 

 

 

El archivo de Rojas

Durante su paso por la función pública, Rojas acumuló una enorme cantidad de documentos. Sus biógrafos dicen que dedicaba buena parte del día a organizar su archivo personal con la ayuda de un par de asistentes. Después de su muerte la documentación fue entregada por sus hijos al Archivo General de la Armada Argentina. En el acta de recepción consta que “el Archivo General recibe la cantidad de 30 cajas selladas e identificadas con numeración correlativa, y el subdirector se compromete a su indización”. Mientras se encontraba en el Archivo General de la Armada, la única persona autorizada para consultar esos documentos fue María Sáenz Quesada.

La historiadora recogió el testimonio de María Teresa Rojas afirmando que las cajas originales con las cuales ingresó al Archivo, de cartón y de grandes dimensiones, fueron reemplazadas por unas 65 cajas un poco más pequeñas de polipropileno azul. A partir de ese momento muchos documentos van desapareciendo: “Se han podido detectar algunos faltantes de documentación, desde carpetas vacías hasta algunas cuyo índice señala documentación que no se encuentra, en general de acontecimientos relacionados al gobierno de la Revolución Libertadora”.

“María Teresa Rojas afirma que su padre tenía varias cajas con documentación relativa a los fusilamientos de 1956 y en el DEHN (referencia al Departamento de Estudios Históricos Navales de la Armada Argentina) solamente se ha podido identificar un sobre con copias de la declaración de Rojas de 1958 sobre este hecho”.

En octubre de 2010 (Nota 750/10 letra SSRI, ASJ) el director del Archivo General de la Armada resuelve transferir la documentación de Rojas al Departamento de Estudios Históricos Navales de la Armada Argentina, que funciona como Archivo histórico de la fuerza. Según testimonios del personal del Departamento, el archivo de Rojas no ingresó en cajas ni contenedores de ningún tipo, por lo que fue depositado en una mesa y algunos documentos fueron envueltos en grandes paquetes para evitar su dispersión, pero sin orden alguno.

A mediados de 2012 se detecta la documentación de Rojas en una gran mesa del depósito del DEHN, “suelta, sin contenedor, mezclada con documentos de otras procedencias y sin orden aparente”. Las autoridades en ese momento no pueden dar cuenta de la forma de ingreso, del porqué de su estado y de ningún instrumento descriptivo de la misma. Se solicita entonces el traslado del archivo de Rojas a un lugar más adecuado para su futura estabilización, clasificación y ordenación.

En marzo de 2014 se decide que todos los documentos en manos de los investigadores sean devueltos; allí se encuentran algunos pertenecientes al Fondo particular de Rojas, específicamente aquellos relacionados a los hechos de la autoproclamada Revolución Libertadora. Pero también se descubren documentos con clasificación de seguridad producidos orgánicamente por la Armada Argentina, entre ellos uno denominado “Relación de antecedentes Revolución Libertadora año 1955 y acto subversivo año 1951”, que da cuenta de la remisión de la mayoría de estos documentos desde el Despacho Operaciones del Estado Mayor General Naval al DEHN en 1962. No es el único material ajeno que aparece entre los documentos de Rojas, también se encuentran una serie de libros de actas y resoluciones del Partido Peronista que fueron requisados tras el golpe de 1955.

 

Encuentran el libro

A mediados del 2012 se encontró el llamado Archivo Rojas sobre una gran mesa del depósito del Departamento de Estudios Históricos Navales de la Armada Argentina. Entre los documentos estaba el “Informe Casa Militar del 16 de junio de 1955”. Tres años después, en el 60º aniversario del bárbaro atentado contra la población civil, se decidió incluirlo en la muestra que bajo el nombre “1955, golpean la casa” se realizó en el Museo del Bicentenario de Casa Rosada. Las imágenes incluidas en aquel libro habían permanecido inéditas y la exhibición fue la oportunidad para difundirlas.

Por entonces también se reeditó el libro “Bombardeo del 16 de junio de 1955”. La edición original había sido prologada por Eduardo Luis Duhalde, quien iniciaba la presentación con estas palabras: “El bombardeo de una ciudad abierta por parte de fuerzas armadas del propio país es un acto de terrorismo que registra pocos antecedentes en la historia mundial”.

Efectivamente, la Argentina no se encontraba en guerra con ningún país extranjero, tampoco había un conflicto interno declarado; existían diferencias políticas bastante intensas pero nada hacía prever un atentado de semejante envergadura. La intención inicial era asesinar al Presidente Perón y a todo su equipo de ministros atacando la reunión que se realizaba miércoles por medio en la Casa de Gobierno. Los complotados formaban parte de las fuerzas armadas, mayoritariamente eran marinos, algunos pertenecían a la Fuerza Aérea y un grupo más reducido provenía del Ejército. Junto a ellos operarían los llamados comandos civiles.

 

Mural de Daniel Santoro sobre el bombardeo, en la exposición en el Museo del Bicentenario.

 

 

 

 

El bombardeo

Desde un principio el objetivo fue el magnicidio, no existía ninguna opción alternativa. Un par de años antes el capitán de fragata Jorge Bassi había planteado la posibilidad de bombardear la Casa de Gobierno. En un primer momento el proyecto pareció irrealizable: curiosamente se lo rechazaba por ser casi fantástico y no por ser criminal. Después los conspiradores fueron puliendo los detalles y terminaron convencidos de su viabilidad. Con meses de anticipación se compraron los fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga y se los ingresó al país en buques de la Armada. En secreto se construyeron depósitos para el combustible y las bombas en el Aeropuerto de Ezeiza, que funcionaría como central de reabastecimiento después del primer ataque. Los complotados civiles recibieron entrenamiento militar y fueron provistos de las armas que usarían para el asalto a la Casa Rosada. La jerarquía eclesiástica aportó su parte en el complot transformando la procesión de Corpus Cristi en una manifestación opositora.

Una operación militar de esa magnitud, en la que iban a participar varios centenares de efectivos y con una logística enormemente compleja, no podía pasar desapercibida. El servicio de inteligencia funcionó bien, pero también funcionó bien la contrainteligencia: de un lado se supo que se tramaba algo importante contra el gobierno, del lado de los conspiradores, que los otros podían saber. La sospecha de que el plan había sido descubierto llevó a los complotados a adelantar las operaciones. Inicialmente el ataque iba a realizarse el miércoles 22 a las 10 de la mañana, pero ante la posibilidad de haber perdido el factor sorpresa se adelantó el bombardeo de la Casa de Gobierno para el jueves 16 de junio.

El único plan seguía siendo el asesinato del Presidente, pero como ya no estaría reunido con los ministros sería la población civil la que lo acompañaría en el holocausto: ¡Terrorismo en estado puro! Desde el mediodía hasta el atardecer se prolongaron los bombardeos y ametrallamientos principalmente por el centro de la ciudad.

A las 10 de la mañana del jueves 16 de junio, el capitán Noriega partió con su avión desde Punta Indio. Llevaba dos bombas de demolición de cien kilos cada una. Para ese momento los efectivos a las órdenes del capitán Bassi ya habían tomado Ezeiza y esperaban la llegada de los infantes de marina que viajaban en cinco aviones de transporte. El general Franklin Lucero, informado de los movimientos en Punta Indio y de la toma del aeropuerto de Ezeiza, le propuso a Perón que se trasladara al Ministerio de Guerra. A partir de las 12.30 aviones de la Marina iniciaron el bombardeo: catorce toneladas de explosivos fueron lanzados sobre la Casa de Gobierno, la Plaza de Mayo, la Avenida Paseo Colón y la Residencia presidencial. Otros aviones se encargaron de ametrallar la Avenida de Mayo desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo, mientras un grupo compuesto por efectivos navales y comandos civiles tiroteaban la Casa Rosada desde el lado de Plaza Colón. El criminal ataque dejó un saldo de más de 300 muertos y un millar de heridos, de los cuales casi 80 quedarían inválidos de por vida.

La férrea resistencia de los granaderos impidió que los marinos y comandos civiles pudieran asaltar la Casa Rosada. La defensa fue verdaderamente heroica y la llegada de refuerzos terminó por inclinar la balanza hacia el lado leal. Tal vez porque ya eran inútiles los ataques resultó más evidente la irracionalidad asesina de los complotados. Desde el aire siguieron ametrallando los alrededores de Plaza de Mayo, sumando muertos y heridos sin otra finalidad que sembrar el terror.

 

 

Epílogo

El libro encontrado hace una década entre los centenares de documentos que habían estado en poder de Isaac Francisco Rojas se convirtió así en un testimonio histórico de enorme importancia. El “Informe Casa Militar del 16 de junio de 1955” estaba acompañado con gráficos de situación, croquis de las zonas atacadas y numerosas fotografías que permitieron reconstruir la historia de lo sucedido durante el bombardeo en el interior de la Casa de Gobierno y en la Plaza de Mayo. Esa obra fue puesta en red para que pudiera ser conocida por toda la población. Abriendo aquella edición se citaban fragmentos de un discurso de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y de la intervención del Presidente Néstor Kirchner cuando se cumplió el cincuentenario del ataque genocida. Con esas mismas palabras se cierra este recuerdo.

“El 16 de junio de 1955 no murieron solamente ciudadanos de un partido determinado, murieron argentinos, chicos que iban en colectivo, hombres y mujeres que por ahí salían a buscar trabajo, a encontrarse con sus familiares, que salían de almorzar; murieron argentinos que por allí estaban de acuerdo con los que tiraban las bombas. Pero la incomprensión, la intolerancia y la irracionalidad de quienes las tiraban ni siquiera ese tipo de cosas alcanzaban a medir, era tal la acción de odio que no importaba”.

 

Destrozos en Paseo Colón, a metros de Casa Rosada, después del bombardeo. Foto: Archivo General de la Nación.

 

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