El muladar

La incesante acumulación de inmundicia política, mediática y judicial

 

Contrabando ejemplar

Con el contrabando y su caterva de transgresiones, Mauricio Macri, el celebrity al que todo le resbala –según palabras de Jorge Asís–, que encarnó para muchos la seductora fantasía del sujeto al que nada le falta (paradigma proposicional del perverso), violó otra hilada de normas.

En mi nota anterior en El Cohete a la Luna, “Contar muertos”, decía que el modo de hacer política del nuevo liberalismo tiene las características de un actuar que se caracteriza por desafiar y violar las normas bajo la guía de un dar a los otros la norma propia, lo que se define como heteronomía, aunque encubriendo esa conducta bajo la pretensión de impunidad de una continua apelación retórica a supuestos de libertad (designación de jueces de la Corte Suprema por decreto y declaraciones como “la libertad es un valor que no se puede negociar”, 14-10-19), legitimada mediáticamente al estilo de “¡Queremos preguntar!”, políticamente según el “¡Queremos República!” o judicialmente con fallos como el 2×1.

Se trata de un manoseado concepto de libertad frente a las restricciones que a la misma le impondrían los populismos (en particular, el peronismo kirchnerista) con una falsedad descubierta en las mentiras, persecuciones y otros abusos con los que nunca se respetó la regla de oro de la autonomía moral, que es el respeto a la dignidad y los derechos de los otros.

Pero si un candidato presidencial del país más poderoso, considerado a sí mismo como la mayor democracia del mundo, pudo impugnar los votos y con ayuda fraternal robarle el triunfo a otro candidato, y si un Presidente de ese Estado pudo enviarle armas de contrabando a los grupos contrarios al triunfo de quienes habían vencido a la dictadura más sangrienta de un pequeño país centroamericano, ¿por qué no se podría, desde esos ejemplos, ir contra el triunfo por elecciones libres de un indio Presidente y candidato en un Estado insignificante –salvo para expoliarlo–, ofreciendo un puñado de dólares para que su custodia lo entregue, pidiéndole desde el jefe del Ejército que renuncie y enviando pertrechos militares desde otros países para reprimir todo alzamiento? ¿Por qué Macri no podía seguir el ejemplo de lo que habían hecho Ronald Reagan y George Bush hijo y ayudar a un golpe de Estado en Bolivia? Ese había sido su aprendizaje, fue su lógica y allí estaba su sustento.

 

Jeanine Áñez y Mauricio Macri.

 

 

 

Poner límites

Está claro que si la conducta perversa consiste en no aceptar límites, se trata entonces de una cuestión normativa, y ese ha de ser el foco para responder a la misma, sea por vía educativa y de reglas de convivencia para quienes pueden actuar confundidos o socioculturalmente inducidos, o sea por una vía prescriptiva fuerte para quienes actúan con deliberada y flagrante violación a los supuestos democráticos. El “Nunca más” es una de estas últimas normas, aunque en modo de imperativo moral categórico para toda otra norma en la Argentina como Estado de Derecho. Y por eso es que en el intento negacionista de las consecuencias del terrorismo de Estado o en la disolución de su singularidad por el reduccionismo comparativo entre sus muertes y las muertes de la pandemia por parte de Martín Lousteau, Mario Negri o el redivivo Darío Lopérfido, es fácil identificar por su lenguaje a las actitudes y actuaciones contrabandistas.

La decisión del Presidente francés de poner límites en el borroso umbral de la cuestión normativa en cuanto a la libre voluntad de vacunarse contra el coronavirus ha sido tan lúcida como para dejar sin respuestas a unos y a otros.

 

Emmanuel Macron.

 

La gran mayoría de las personas que han rechazado vacunarse lo han hecho por temor a los efectos adversos de la vacuna, por desconocimiento de la correlación entre la vacunación y la reducción de los contagios y la muerte, o por el rechazo a una autoridad superior que se deja influenciar, en cambio, por el boca a boca de los grupos de pertenencia. Esto se puede y se debe trabajar educativamente y con reglas que indiquen que las conductas individuales que pueden afectar a la comunidad en su conjunto tienen consecuencias desde los límites que la propia comunidad impone en orden a un vivir saludable y en bienestar.

Hay otras personas que rechazan vacunarse, en cambio, inducidas por referentes sociales, políticos y de medios de comunicación que, con visiones sesgadas por intereses particulares, promueven la descalificación y el rechazo de las estrategias preventivas y asistenciales en salud pública, estimulando las conductas antisociales basadas en una falsa concepción de la libre voluntad. Esta actitud de rechazo a vacunarse también se puede y se debe trabajar con la estrategia anterior de educación y reglas de la vida cotidiana. Sin embargo, la novedosa situación del vivir en contexto de pandemia y sus amenazas a la convivencia democrática deberían alumbrar nuevos criterios y respuestas normativas dirigidas a poner límites a aquellas conductas desviadas de sus fines legítimos.

 

 

Un reality show

Se ha dicho que las sociedades actuales, en un momento histórico en que la mercancía completa su colonización de la vida social, se convierten en sociedades del espectáculo (Guy Debord, 1967). Hoy ya hemos visto que esa consumación se ha realizado y se sigue realizando desde las políticas del nuevo liberalismo que en el espectáculo, como carrusel del imaginario, suplanta la relación real y simbólica entre las personas porque entre unos y otros pone a las imágenes como fetiche al modo en que lo hacen los medios de comunicación. Pero aunque las sociedades actuales hayan llevado a su culminación el fetichismo de la mercancía hecha imagen, en el origen de la modernidad ya era posible ver los bosquejos de lo que vendría.

Las normas sociales, culturales, profesionales o legales son la materia de los progresivos cambios en la historia y su violación, siempre, es una regresión hacia los estadios previos a las mismas. El macrismo desató, durante el retroceso interminable de la cultura política y social de su presidencia, un regreso tan brutal que no es un exceso mirar a esos cuatro años como un homogéneo collage de figuras inquisitoriales cuyos fantasmas vuelven a agitarse hoy con la proximidad de las elecciones legislativas, al pensar en los restos que aún puedan tener vitalidad en muchas de las figuras de la oposición que ayer acompañaron las transgresiones macristas envueltos en globos de colores.

 

Un retroceso interminable.

 

 

 

El juego de las semejanzas

En los quinientos años que nos separan de las monarquías de Isabel y Fernando y las de los Austria, hay tantas diferencias que a cualquiera nos puede costar encontrar las semejanzas con aquella época. Pero la Inquisición fue una defensa regresiva del antiguo régimen y en este tipo de defensa que se repite a lo largo de la historia, como en la actual que acomete el neoliberalismo, la arquitectura formal de las ideas se repite, como la explotación de un hombre por otro, aunque su expresión fenoménica cambie según los tiempos. Por eso es bueno ver el progreso moral que podamos haber alcanzado después de cinco siglos analizando los retrocesos que hoy se observan en la negación del orden normativo de la democracia liberal dado por el derecho internacional de los derechos humanos como respuesta a las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial.

Aquellos reyes tenían en su época como problema a la distinta fe de moros y judíos. El primer tribunal de la Suprema –nombre popular del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición– comenzó a trabajar en 1480 en Sevilla para proteger la única fe posible. Alcanzada la Reconquista, hubo expulsión o conversión, dicha voluntaria pero de una forzosa elección que, como era obvio, llevaría a que marranos y moriscos siguieran con los mandatos propios de sus creencias. Había que reprimirlos y ese fue el primer objetivo con el espectáculo de los autos de fe que entonces solían ser anuales en cada ciudad y no diarios como lo son hoy en los medios. Sus condenas incluían la quema, aunque interesa aclarar que la ejecución de las penas se dejaba en manos de la Justicia ordinaria, al modo en que hoy la condena mediática es seguida del pase a los tribunales de Justicia para su ejecución. Así es como la Suprema alegaba que ella no ejecutaba a los condenados. En síntesis: acusación de herejes por ser contrarios al poder dominante, juicio y condena en modo de espectáculo y pase a la otra Justicia para su ejecución. Marco (1) para esta semejanza.

 

La defensa del antiguo régimen.

 

Pero no todos los conversos persistieron en su antigua fe, sino que algunos abrazaron el nuevo credo con tanta pasión como para pedir ocupar el cargo de “familiares” del Tribunal (nefastos amicus curiae), sin funciones administrativas como inquisidores, fiscales o secretarios, sino como grupo de defensa de la propia Inquisición. Los conversos de hoy son del tipo de Jorge Lanata, torciendo verdades y derechos, o como Florencio Randazzo, que tuvo el beneficio de ejecutar a dos de los mayores planes sociales del kirchnerismo que fueron los DNI y los trenes y ahora dice que hay que acabar con los planes sociales de este gobierno que integra como Vicepresidenta quien le asignó aquellas fortunas de las que todavía respira (2).

A los perseguidos se los exhibía y estigmatizaba en público, del tipo escraches y denigraciones de todo marcado con el sanbenito K, como en la detención de Amado Boudou (3). Muchos de los juicios sólo buscaban escandalosamente quedarse con las propiedades de los acusados confiscando sus bienes –dueños del Grupo Indalo, caso D’Alessio– (4) y pese a los diversos castigos para limpiar la tierra de herejía (populismo K), fue necesario incentivar los procesos promoviendo las delaciones aunque no tuvieran fundamento alguno, al modo de los actuales denunciantes seriales, o bien de envenenamiento por las vacunas como Elisa Carrió, o del peligro mortal de las cunas dirigidas a evitar la muerte como la “familiar” Graciela Ocaña, así reconocida en una nueva lista de candidatos (5).

Entre 1575 y 1610 el delito más condenado por la Inquisición fue el de no considerar pecado a la fornicación, como los que hoy pecan al comprar penes de madera para la educación sexual y sufren la condena bufonesca de un político como Luis Juez o las risitas infantilmente nerviosas de hombres grandes como Carlos Pagni y su equipo (6).

 

 

La bruja relapsa

Faltaba una para las siete. El peor de todos los delitos de acusación inquisitorial no era el cometer herejía, sino el persistir en ello. Incluso, una vez condenados a la quema, quienes ya en el poste se arrepentían, tenían el beneficio de morir estrangulados por garrote vil antes de ser quemados. Pero si no lo hacían, eran quemados vivos. Y si ya habían muerto, se los ejecutaba en efigie desenterrando sus huesos e incinerándolos para reducirlos a cenizas y dispersarlos a los cuatro vientos.

 

Sólo le falta volar en escoba.

 

En estos días arrecian viejos y nuevos ataques contra Cristina Fernández de Kirchner, antes acusada de ser cómplice del terrorismo iraní y traición a la patria, lavado de dinero, sobornos, cartelización de la obra pública, sustracción de documentos históricos, autorización de operaciones de dólar futuro a precio más bajo, uso privado de aviones oficiales, y llamada ahora adoradora del régimen cubano (Roberto García), autócrata y monarca absolutista (Alfredo Leuco), dogmática irracional aunque haya igualado derechos –lo que es contradictorio– (Luis Novaresio), dueña del poder absoluto (Jonatan Viale) y cada vez más impotente (Luis Majul). Falta que la acusen de volar en una escoba, lo que demostraría la liviandad de su cuerpo por la ausencia original de alma en ella (7).

 

 

Una zona infecta

En 1526, Fernando, uno de los hijos de Cristóbal Colón, compró unas huertas a la iglesia de San Miguel en Sevilla y el Cabildo le cedió unos terrenos ocupados por un depósito al aire libre donde durante un siglo se había acumulado cuanta inmundicia había para hacer del lugar una zona infecta y maloliente a unos pocos pasos de una de las puertas de acceso a la ciudad amurallada. La cesión estaba condicionada a que don Fernando construyera una casa en el lugar del muladar. Colón desmontó la zona y en diez años levantó un palacio renacentista para albergar en sus inmensas salas su colección de los más de quince mil volúmenes que había ido adquiriendo a lo largo de treinta años para hacer con ellos la mayor biblioteca de Europa. Felipe II, que era un niño cuando el hijo del almirante era asesor de su padre, el emperador Carlos V, siempre había admirado, como toda la Corte, la cultura y la pasión de ese hombre por los libros y en él se inspiró para fundar la Biblioteca Laurentina de El Escorial.

Hoy vivimos tiempos en que día tras días asistimos a la descarga de una basura tras otra sobre las normas de convivencia social, cultural y política en democracia. Bueno sería que las elecciones primarias y las legislativas sirvieran para desmontar un poco el muladar político, mediático y judicial que no cesa de acumularse, para empezar así a reemplazarlo con cultura democrática, respeto de la dignidad y las diferencias y argumentos imparciales con verosimilitud para buscar algún tipo de progreso en cuestiones de justicia social.

 

 

 

 

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